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Siete piezas para un rompecabezas por armar en tiempos de izquierda

Incluso reconociendo los matices, es difícil no ver a América Latina teñida de rojo o, al menos, de rosado. Hoy, cada vez más Estados y movimientos sociales hacen suyas las propuestas de un orden no solo más justo, sino también más plural. Para entender el estado de América Latina y sus Estados en estos agitados tiempos, es necesario reflexionar acerca del orden capitalista neoliberal dentro del cual estos Estados han surgido y contra el cual han insurgido.

Siete piezas para un rompecabezas por armar en tiempos de izquierda

Para entender el estado de América Latina y sus Estados en estos agitados tiempos, es necesario reflexionar sobre el orden capitalista neoliberal dentro del cual estos Estados han surgido y contra el cual han insurgido, al menos en palabra. Efectivamente, en los últimos años ha aparecido en América Latina, para sorpresa de quienes celebraban el fin de la izquierda, un racimo de gobiernos y movimientos que enarbolan sus ideales y le dan nueva vida. En este ensayo me propongo examinar el contexto dentro del cual estos Estados se desenvuelven y reflexionar sobre el Estado en sí. Con estas notas deseo también celebrar este nuevo aliento por un mundo más justo y, a la vez, advertir contra toda tentación de ver a actor alguno como el agente exclusivo de la historia y la encarnación de su verdad. Mi deseo es evitar no solo la repetición de los errores de un pasado harto conocido, sino también el cierre de nuevos caminos al imaginario utópico democrático. Es ya un lugar común decir que se ha producido un giro hacia la izquierda en América Latina. Aun quienes por hábito profesional cuestionamos los lugares comunes, desconfiamos del uso de etiquetas genéricas y reconocemos las marcadas diferencias entre los gobiernos de Hugo Chávez en Venezuela y Michelle Bachelet en Chile, o la heterogeneidad de movimientos como los piqueteros en Argentina y los zapatistas en México, recurrimos al término «izquierda» como el signo político común de esta emergente realidad latinoamericana. Pero, incluso reconociendo los matices, es difícil no ver a nuestra América teñida de rojo o, al menos, de rosado. Después de estar de capa caída, la izquierda ondea en nuestro continente como una flamante bandera. Viejo signo en tiempos nuevos: ¿qué significa esto?

Significa, al menos en parte, que estamos, si no en guerra, al menos en pelea de parejas. Incluso en los centros metropolitanos se terminó la luna de miel con un neoliberalismo que era proclamado, después de la caída del socialismo realmente inexistente, como el fin de la Historia –su fin en el doble sentido de meta y de plena realización. Al cabo de unos breves años de difícil matrimonio planetario, el neoliberalismo ha dejado maltrecho al planeta y no ofrece recetas creíbles para mejorar las cosas. Aunque su implementación siempre fue muy selectiva –neoliberalismo para los «otros», no realmente para los centros metropolitanos–, todavía no aparece claramente un mejor partido. Hoy el neoliberalismo solo puede proclamarse como el único patrón mundial si oculta que puede ser el fin deseado por unos pocos a costa del desdichado fin de muchos más. Dado su descrédito como solución para organizar el mundo capitalista, no debería sorprendernos si la desenfrenada acumulación de capital se efectuase ahora por otros medios, incluso a través de Estados que proclaman enfrentarla.

Es evidente que quienes dominan el orden mundial desde las cimas imperiales buscan reformas que mantengan las relaciones de poder existentes. En buena medida porque la pobreza ha surgido como fuente de inestabilidad global, la lucha contra ella se ha convertido en un lema de agencias y organismos internacionales que antes no mostraban mayor interés en este problema. Hasta el Fondo Monetario Internacional (FMI) ahora lo proclama como suyo.

¿Y qué pasa en América Latina? En medio de tensiones agudas que hacen que las prácticas no vayan siempre de la mano del discurso, la retórica política, al menos, es cada vez más progresista. Estados y movimientos sociales hacen suyas las propuestas de un orden no solo más justo, sino también más plural. Doy dos ejemplos extremos: desde lo que aparece como cierta derecha, el nuevo presidente de México, Felipe Calderón, proclama luchar por una sociedad sin pobreza y multiétnica, por medio de un «elitesco» proyecto de mestizaje y capitalismo neoliberal. Desde lo que es visto como una izquierda radical, Hugo Chávez proclama el socialismo del siglo XXI apoyándose en un conservador modelo de producción petrolera basado en empresas mixtas de capital estatal y transnacional, dirigido principalmente al mercado metropolitano mundial. Mientras tanto, al margen del Estado, esquivando debates sobre izquierdas y derechas, el subcomandante Marcos pide que vayamos desde arriba hacia abajo: que veamos lo que quiere el pueblo y actuemos en base a sus demandas. En nuestra América, diversos movimientos populares –indigenistas, de vecinos, de mujeres, de campesinos sin tierra, de obreros sin trabajo– también se enfrentan al orden capitalista. Algunos quieren reformarlo, otros revolucionarlo, y otros crear un orden alterno en base a cosmologías no occidentales.

Entonces, ¿se puede hablar de un movimiento de izquierda, de un proyecto común? ¿Sería más acertado reconocer una multiplicidad de izquierdas y movimientos contra el orden imperante, o al menos dirigidos a reformarlo? ¿Se trata de realizar la promesa de igualdad del orden occidental, o de reconocer otros ideales basados en otras tradiciones culturales? Si ya no es el proletariado, ¿quién o quiénes serán los agentes del cambio? ¿Se lucha ahora por el poder o, como proponen algunos, contra el poder? Si no tenemos claros los fines, reconocemos al menos que estamos en lucha y tal vez en guerra. Pero ¿acaso compartimos el mismo adversario o enemigo? Muchos le han puesto nombre: capitalismo neoliberal, imperialismo, patriarcado, Europa, Occidente, la civilización blanca, la episteme moderna. Pero, más allá de las etiquetas, ¿cómo comprendemos a nuestro contrincante y, aún más importante, cómo lo diferenciamos de nosotros mismos? ¿En qué mundo nos hemos formado, en qué idiomas hablamos, qué contenidos y qué experiencias informan los sueños que soñamos?

Estas preguntas sirven de guía para explorar algunos aspectos del orden imperial dentro del cual se mueven los Estados de América Latina. Las presentaré siguiendo un modelo del subcomandante Marcos que ya he hecho mío: como piezas de un rompecabezas para armar en común. Las piezas son incompletas –usted, lector, puede agregar las que quiera y tal vez quitar las que no cuadren. Quizás no todas encajen bien, pero, como en los rompecabezas que uno armaba de niño, a veces entran si uno las empuja, y de este modo permiten vislumbrar algo no imaginado antes; lo que no cuadra a veces ofrece una inesperada iluminación.