Ensayo

Sendas de la renovación La idea de una forma de vida democrática

El socialismo ha sido el fundamento normativo y ha guiado la indignación hacia el capitalismo desde hace más de 150 años; sin embargo, hoy parece haber perdido gran parte de su atractivo. En su libro La idea del socialismo. Una tentativa de actualización (Katz, en prensa), Axel Honneth explica las razones de la rápida declinación de esa poderosa idea e indaga de qué todo es posible renovarla en el siglo XXI. En este fragmento, el autor examina una falencia de origen del socialismo: limitar la idea de libertad social a la esfera económica. La idea de democracia económica no tuvo como correlato una teoría de la democracia política.

Sendas de la renovación / La idea de una forma de vida democrática

Sigue siendo un enigma teórico por qué los socialistas tempranos no hicieron ningún esfuerzo por trasladar su nuevo concepto de libertad social a otras esferas de la sociedad. Esta insólita omisión se debía al hecho de que todos los autores del movimiento que recién se gestaba veían la causa de lo que ellos llamaban el «egoísmo privado» solo en las imposiciones de comportamiento de la sociedad de mercado capitalista y, por ese motivo, creían tener que dirigir todos sus esfuerzos políticos exclusivamente a la superación de aquellas; sin capacidad para ver el valor emancipador de los derechos humanos y de los ciudadanos, surgidos con la Revolución Francesa, veían en ellos solo el permiso para la creación de riqueza privada y pensaban, por lo tanto, que podían prescindir totalmente de ellos en una futura sociedad socialista. Desde entonces, el socialismo sufre de la incapacidad de encontrar por sí mismo, con la ayuda de sus propios medios conceptuales, un acceso productivo a la idea de la democracia política; si bien hubo siempre planes para una democracia económica, para consejos de trabajadores e instituciones similares de la autogestión colectiva, estos fueron referidos únicamente a la esfera económica porque se suponía que en el futuro ya no sería necesaria una creación de voluntad ético-política del pueblo, es decir, una autolegislación democrática. El agregado posterior, algo apresurado, del adjetivo «democrático» no pudo modificar realmente nada más en este error constitutivo del socialismo original, una especie de fundamentalismo económico, dado que con él no se aclaraba en absoluto qué relación debía guardar la cooperación económica en libertad social con la construcción de la voluntad democrática; más bien se permitió que el concepto de la democracia fuera dictado por parte de los liberales, y se dejó todo como estaba, de modo que surgió una figura necesariamente híbrida, carente de toda unidad intelectual1. Cuando se empezó a percibir el déficit democrático dentro del movimiento, habría sido mejor examinar en los escritos de la generación fundacional aquellos puntos en los que probablemente haya surgido el fatal malentendido. Entonces se habría encontrado rápidamente que este tenía que ver con la incapacidad de adaptar la nueva idea orientadora de la libertad social a la realidad, que se había vuelto visible, de una sociedad que se diferencia funcionalmente, y de aplicarla, con la apertura necesaria, a la esfera social, que se estaba desvinculando paulatinamente.

Volvamos entonces nuevamente al nacimiento teórico de la idea de la libertad social para corregir a posteriori este error. Esencialmente, el concepto fue acuñado por los socialistas tempranos y el joven Marx con la intención de eliminar la rotunda contradicción que veían en el proceso de realización de los principios de legitimación del nuevo orden social liberal capitalista: que dentro del intercambio económico mediado por el mercado se había establecido un individualismo de la libertad desenfrenado, que condenaba a la miseria a las capas sin recursos, mientras que al mismo tiempo debían reinar entre todos los miembros de la sociedad, además de la «libertad», también la «fraternidad» y la «igualdad».

La idea de la libertad social debía permitir la salida de esta situación contradictoria, dado que parecía haberse encontrado en ella un mecanismo o esquema de acción según el cual la realización de la libertad de un sujeto estaría directamente ligada al requisito de la realización de la libertad del otro; si atendiendo los recaudos institucionales correspondientes los propósitos de acción individuales de los miembros de la sociedad se ensamblaran de modo tal que solo se pudieran realizar sin imposiciones cuando hay aprobación y preocupación recíprocas, la fraternidad se convertiría en forma de ejecución de la libertad y estas dos coincidirían en una comunidad de iguales. De allí infieren todos los socialistas tempranos, desde Louis Blanc, pasando por Proudhon hasta Marx, que la contradicción encontrada y, con ella, la desigualdad existente, solo podrían ser superadas si se pudiera configurar la sociedad según el modelo de una comunidad de este tipo por individuos que se complementan sin imposiciones en sus formas de actuar; junto con la oposición de libertad y fraternidad, caería la existente entre pobres y ricos, porque cada miembro de la sociedad debería ver en el otro una parte en la interacción, a quien debe ya por su propia libertad una cuota de preocupación solidaria.

Pero justamente aquí se inicia lo que denominé anteriormente un enigma de la construcción teórica de los socialistas tempranos: el modelo fecundo de la libertad social, que había probado ser clave para poder pensar la libertad individual y la solidaridad como principios que ya no se contradicen y que dependen entre sí, es desarrollado exclusivamente en referencia a la esfera del quehacer económico, sin siquiera ponderar la posibilidad de aplicarlo también a otras esferas de acción de la sociedad que estaba surgiendo en aquel momento. Si se deja de lado que una razón esencial para que se perdiera esta oportunidad fue la convicción de que todo el mal del individualismo desmedido provenía del aislamiento jurídico del individuo en la nueva forma económica del mercado, salta a la vista como segunda razón, de igual peso, nuevamente la sujeción al espíritu del industrialismo. Los padres fundadores del socialismo no estaban en condiciones, e incluso no tenían la voluntad de dar cuenta del proceso de diferenciación funcional de las esferas sociales que estaba ocurriendo ante sus propios ojos, porque estaban todos convencidos de que también en el futuro la integración de todos los ámbitos de la sociedad estaría determinada por los requerimientos de la producción industrial. A todo esto, sus antecesores liberales y sus adversarios intelectuales habían comenzado con anterioridad a ocuparse de las consecuencias sociopolíticas que se empezaron a manifestar a más tardar desde el siglo xviii en el pensamiento y en la acción, a partir de la diferenciación de distintas esferas sociales, las que de manera creciente eran tratadas solo como si siguieran sus propias leyes funcionales2: el liberalismo, ya con Hobbes, pero de manera más clara con Locke y Hume, había visto que juntamente con la diferenciación entre «moralidad» y «legalidad» había que marcar una diferencia entre los subsistemas de la «sociedad» y del «Estado», que parecían seguir sus propias regularidades, en un caso más personales privadas y en el otro, con mayor peso de lo público, neutro; de modo transversal y en un cierto grado de tensión con esta primera diferenciación, se comenzó también a distinguir un ámbito de lo puramente privado de una esfera de lo público y general, para hacer justicia a la tendencia que surgía paulatinamente de establecer relaciones matrimoniales y de amistad basadas solo en el afecto; y, por último, la disciplina aún joven de la economía política había dado pasos firmes hacia una separación de la economía y de la acción del Estado, que debían servir al objetivo de preservar las transacciones mediadas por el mercado de las intervenciones políticas3. En su Filosofía del derecho, Hegel ya proponía, como reacción a todas estas diferenciaciones liberales y haciendo una elaboración sistemática de ellas, una forma de diferenciar las distintas esferas de acción en relación con sus tareas específicas; según esta, el derecho, como medio englobante, debía asumir la función de asegurar la autonomía privada de todos los miembros de la sociedad; la familia debía garantizar la socialización y la satisfacción de las necesidades naturales; la sociedad del mercado debía asegurar la provisión suficiente de medios de subsistencia y el Estado, por último, debía hacerse cargo de la integración ético-política del todo4. Aun cuando en el socialismo temprano hubiese imperado la idea de que estas divisiones y trazados de límites eran excesivos, porque ponían en duda la primacía pura de la economía, habría que haber discutido como mínimo el desafío teórico que significaba la adopción de una diferenciación funcional; en cambio, se reaccionó a las consideraciones liberales y posliberales con mera incomprensión o se las descartó con poca reflexión, como lo había hecho Marx en su famosa crítica al Estado de derecho hegeliano5.

  • 1.

    De manera opuesta, esto significa que en aquellos casos en los que no tuvo lugar un giro hacia el «socialismo democrático» quedó una oposición muy poco clara en lo conceptual entre «democracia» y «socialismo/comunismo». Un ejemplo lo brinda Arthur Rosenberg: Demokratie und Sozialismus. Zur politischen Geschichte der letzten 150 Jahre [1962], Europäische Verlagsanstalt, Fráncfort, 1990.

  • 2.

    Acerca de esta cuestión, v. el esclarecedor pantallazo de Niklas Luhmann: Die Gesellschaft der Gesellschaft, Suhrkamp, Fráncfort, 1997. También es muy bueno el planteo del problema hecho por Hartmann Tyrell: «Anfragen an die Theorie der gesellschaftlichen Differenzierung» en Zeitschrift für Soziologie vol. 7 No 2, 1978.

  • 3.

    Acerca de todas estas propuestas de diferenciación en el liberalismo temprano, v. Stephen Holmes: «Differenzierung und Arbeitsteilung im Denken des Liberalismus» en N. Luhmann (ed.): Soziale Differenzierung. Zur Geschichte einer Idee, Westdeutscher Verlag, Opladen, 1985.

  • 4.

    G.W.F. Hegel: Grundlinien der Philosophie des Rechts [1820-1821], Suhrkamp, Fráncfort, 2004. [Hay edición en español: Principios de la filosofía del derecho, varias ediciones].

  • 5.

    Karl Marx: «Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilophie. Kritik des Hegelschen Staatsrechts » en K. Marx y Friedrich Engels: Werke (MEW), tomo I. [Hay edición en español: Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, varias ediciones].