Opinión

Selfies en Irán El nuevo turismo en la república de los ayatolás

Tras el acuerdo nuclear con las potencias occidentales, hoy puesto en cuestión por Donald Trump, muchos iraníes esperan una normalización del país. En este marco, el turismo es una de las formas de la «vuelta al mundo» de la república islámica. Guías de viaje y blogueros empiezan a colocar Persia como nuevo destino de moda, Lonely Planet reeditó una nueva versión sobre Irán y el propio gobierno iraní va tomando medidas para expandir su industria hotelera y facilitar la obtención de visados. Pero como ya ocurriera en otras latitudes, la llegada de turistas tiene efectos tanto económicos como político-culturales.

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Ruinas milenarias, bellas ciudades donde laberínticas callejuelas conducen a animados bazares, montañas que en invierno son un paraíso para los esquiadores y costas que en verano esconden blancas playas, una larga lista de sitios patrimonio de la humanidad y una gastronomía legendaria... ¿Suena a destino ideal para unas vacaciones? Tal vez sí, pero muchos turistas acaban por replantearse el viaje al saber que este idílico destino se llama Irán.

Con tres veces el tamaño de Francia, un clima tan variado como benigno y una situación geográfica clave para la entrada en Asia desde los tiempos de la ruta de la seda, el Irán posterior a la revolución de 1978 está siguiendo, sin embargo, un tortuoso camino para incorporar el turismo como motor de su economía. Es sorprendente cómo incluso hoy, hasta una arteria principal del turismo organizado nacional como el gran bazar de Isfahán, sigue manteniendo un fuerte sabor local alejado de las masas extranjeras.

A raíz de la resolución 598 que en 1987 puso fin a la guerra con Irak, la república vio un lento incremento en el turismo interno y en el número de los extranjeros que entraban en el país; sin embargo la mayoría de los viajeros seguían siendo peregrinos de países adyacentes y empresarios de paso. En 1988 el número de turistas extranjeros en la república persa fue de apenas 70.740, y tras diez años se alcanzó el récord de 764.092 individuos.

Desde la década de 1990, a pesar de su innegable atractivo y de ser un país mucho más seguro a pie de calle que otros de su zona, Irán había permaneciendo fuera de los circuitos de turismo estándar, limitado a ser un destino fugaz solo para inversores o viajeros en busca de destinos inusuales. Un buen ejemplo es el caso del escritor y editor alemán Stephan Orth, que en 2014 recorrió el país como viajero independiente, y se alojó solo en casas privadas gracias a la red de hospitalidad Couchsurfing (donde residentes locales se ofrecen para recibir en casa a viajeros internacionales de manera gratuita). Sus experiencias revelaron una cara de Irán oculta entre dominatrix teheraníes y productores de vino para el mercado negro; el libro con sus experiencias se convirtió en un superventas inmediato y sigue inspirando a cientos de viajeros solitarios.

Solo en los últimos años, a raíz sobre todo de la firma del acuerdo nuclear con las potencias mundiales en julio de 2015, la república persa ha visto por fin un aumento estable en el número de turistas internacionales, con estadounidenses y alemanes a la cabeza. Así, no solo 5 millones de viajeros visitaron el país entre 2014 y 2015, sino que Irán aspira ya a recibir 20 millones de turistas extranjeros en 2025 y mantener unos 2 millones de trabajos relacionados con esta industria.

Al tiempo que muchas guías de viaje y blogueros empiezan a colocar Persia como nuevo destino de moda y que Lonely Planet reedita (con fecha de septiembre de 2017) una nueva versión de su famosa guía, el propio gobierno iraní va tomando medidas para expandir su industria hotelera y facilitar la obtención de visados. Por ejemplo, destacan las excepciones fiscales concedidas a las islas del golfo Pérsico (Kish, Qeshm y Hormuz) para convertirlas en paraísos de la importación de bienes baratos; su belleza natural combinada con sus centros comerciales atraen ya a cientos miles de turistas internos y de otros países de la península arábica.

Las principales dificultades con que Irán se enfrenta hoy para fomentar su industria turística se pueden resumir en cuatro puntos básicos: su reputación mediática de país inestable, un sistema bancario aislado que impide los pagos online e incluso usar tarjetas internacionales en los cajeros, una falta de infraestructura hotelera adecuada y una serie de leyes restrictivas que desaniman a potenciales turistas (obligación de cubrirse el cabello para todas las mujeres, persecución de la homosexualidad, prohibición del alcohol, de la música rock y hasta de bailar en público son solo algunos ejemplos).

Respecto a su reputación de país inestable, hasta 2015 Irán vivía en crisis económica en medio de sanciones que le impedían vender sus abundantes recursos naturales en el extranjero. A raíz de los acuerdos con el gobierno de Barack Obama, el país se abrió a un renacimiento económico y de influencia en la región que Donald Trump ha venido a poner en duda. Sin llegar a romper los acuerdos, las continuas sugerencias del presidente sobre la inestabilidad del pacto suponen ya un descalabro para posibles inversiones extranjeras y atracción de viajeros. En este mismo sentido, si en los últimos años Irán ha relajado las formalidades para obtener un visado de turismo a la llegada al aeropuerto, la prohibición de Trump de que los inmigrantes de Irán entren en Estados Unidos ha venido también a dificultar que los turistas del gigante americano entren a su vez en Persia.

En cuanto al aislamiento del sistema bancario iraní, en la actualidad, aunque las tarjetas de crédito están tan extendidas en el país que es casi posible vivir sin dinero físico, los turistas se ven obligados a acarrear fajos del dinero en efectivo que vayan a necesitar para todo su viaje. Más allá de la imposibilidad de realizar pagos online, una vez dentro de Irán ni Visa ni MasterCard son aceptadas ni en tiendas ni en cajeros. Y el problema es por supuesto más acuciante por lo que respecta a UnionPay u otras tarjetas dominantes en Asia. Un turista que hoy viaja por Irán sencillamente debe llevar todo su dinero consigo.

Más fácil solución a medio plazo plantea tal vez la ausencia de recursos hoteleros. Al ritmo que Irán se va convirtiendo a ojos vista en un goloso destino para mochileros ansiosos de viajes exóticos, viejas casas en las callejuelas de los bazares se transforman en hostales de un día para otro. Además, frente a los tradicionales hoteles de medio rango para los negociantes e inversores de paso, el gobierno iraní ya ha declarado que en los próximos años planea construir 400 hoteles de 4 y 5 estrellas, y ciudades turísticas como Isfahán han implantado un sistema de exención de impuestos para la construcción de hoteles. Mientras nuevas generaciones de trabajadores del sector turístico se van formando deprisa en el trato a los clientes extranjeros, hoy resulta normal ver libros de aprendizaje de inglés desplegados ante los ojos de taquilleros de museos y mezquitas.

Por último ¿qué sucederá con las restricciones gubernamentales? Como muchos viajeros descubren nada más aterrizar en Irán, lo cierto es que buena parte de la población lleva en privado un estilo de vida cuajado de fiestas en casas particulares, apps de citas, bebidas sacadas del mercado negro, televisión internacional por cable y conexiones VPN para saltar la censura. El barrio armenio de Jaffna, repleto de cafés, galerías de arte y jóvenes con atuendos alternativos, es un buen ejemplo de cómo espacios de libertad civil están brotando en el Irán contemporáneo.

Pero si la república iraní está abriéndose a recibir turistas, en ningún caso parece dispuesta a ponérselo fácil a los iraníes que desean viajar al extranjero. Si antes de la Revolución el pasaporte iraní era garantía de bienvenida en numerosos países, en la actualidad los ávidos turistas persas se ven constreñidos para conseguir documentos de viaje. Salvo Turquía, Armenia y Tailandia, pocos países emiten visados de turismo y a precios asequibles para los iraníes; respecto a los visados de trabajo, Alemania y Austria suelen ser destinos para muchos jóvenes frustrados con las perspectivas laborales en Irán. Por otra parte, el bloqueo del sistema bancario persa juega por supuesto en contra de los emigrantes iraníes, que encuentran notables dificultades para obtener dinero e incluso abrir cuentas bancarias en entidades extranjeras.

En conjunto, el Irán de hoy presenta un panorama de jóvenes muy preparados que desean moverse fuera de sus fronteras, y una inminente ola de turistas de clase media. Por ello mismo, tal vez la pregunta más pertinente sea cómo reaccionará el gobierno de los ayatolás ante el impacto de influencias extranjeras sobre la población local. Hoy en día, en el Irán de latentes protestas populares, al recorrer las calles de la capital es ya muy fácil que un extranjero sea abordado por jóvenes en paro, profesionales liberales cargados de quejas por la subida de precios o estudiantes deseosos de usar su inglés pero incapaces de conseguir un visado de viaje. Así pues, ¿podría la ola de turismo extranjero servir para acelerar siguiera levemente algunos cambios sociales? Tal vez la huella que las libertades de los pioneros turistas escandinavos dejaron en la beata España del tardofranquismo pueda servir de ejemplo de la no menospreciable influencia de los visitantes extranjeros en el imaginario colectivo de un país en transformación.


(Foto: Susana Arroyo. @suniggurath)


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