Tema central

Segunda página 258

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En los últimos años, comenzó a circular en América Latina la expresión «década ganada» para retratar los avances operados en la región. Con esa formulación se busca construir la imagen de un espejo invertido respecto a la «década perdida» de 1980, marcada por diversos tipos de crisis (hiperinflación, deuda externa, recesión, pobreza, etc.). A diferencia de esos años, los gobiernos progresistas –de tonalidades socialdemócratas o nacional-populares– contaron con un contexto internacional favorable (gracias a los altos precios de las materias primas que exporta la región) que llevó a los opositores a apelar a una metáfora aérea y hablar del «viento de cola». No obstante, la llegada de gobiernos posneoliberales trajo consigo un aumento del rol del Estado y un mayor énfasis en la (des)igualdad. Las cifras muestran una reducción de la pobreza muy significativa, al tiempo que se fueron debilitando algunas desigualdades sostenidas en diversas formas de «colonialismo interno» contra los indígenas o los negros. Pero de los datos sobre reducción de la pobreza se pasa a menudo con demasiada rapidez a hablar del crecimiento de las «clases medias». Como señalan diversos análisis, muchos de quienes salieron de la situación de pobreza podrían volver a caer en ella si el ciclo económico actual cambia, y la caída de los precios de los hidrocarburos y minerales ya enciende luces amarillas.

En este marco, el Tema Central de este número de Nueva Sociedad se enfoca en el Estado y la (des)igualdad desde varios puntos de vista: sistema impositivo, administración pública, educación, concentración/distribución del poder, pobreza y desigualdad social. El artículo de Alfredo Iñiguez repasa los (poco numerosos) cambios en las políticas impositivas, lo cual lleva a la pregunta de si es posible avanzar hacia mayores niveles de igualdad sin alterar la estructura tributaria. Los intentos del presidente ecuatoriano Rafael Correa de introducir cambios en el impuesto a las herencias chocaron con una enorme resistencia social. Es cierto, como lo muestra Pablo Ospina Peralta, que las protestas articularon una serie de descontentos hacia el gobierno, pero también nos hablan de economías familiares que se sintieron amenazadas –real o imaginariamente– por esa forma de «redistribución de la riqueza». Y nos advierten que es fácil que cualquier aumento de impuestos se vuelva una bandera de las oposiciones.

Los artículos de Alejandra Peña López y Ximena Soruco Sologuren abordan la construcción del Estado en Ecuador y Bolivia. Aunque a menudo ambos países son considerados parte del mismo «bloque bolivariano», estos trabajos dejan ver que en lo que se refiere a los tipos de Estado que imaginan sus gobiernos, están en muchos aspectos en las antípodas. Es verdad que comparten la concepción de que los Estados deben ser fuertes y con amplias capacidades económicas y regulatorias, pero si en Bolivia se dio paso a un gobierno autotitulado «de los movimientos sociales», de rasgos plebeyos, en Ecuador se ha hecho de la «meritocracia» el principal estandarte de la refundación del país, aunque «populismo» y meritocracia suenen para muchos como un oxímoron. En ambos casos, y eso lo comparten, la llamada «plurinacionalidad» choca con visiones centralizadoras –en clave nacional-popular– de sus presidentes, pero también con las dificultades para pasar del discurso a la práctica por quienes alientan esa dispersión del poder entre naciones indígenas. Horacio Cao y Maximiliano Rey muestran, a su vez, las diferentes concepciones de Estado –especialmente de administración pública– de los países de la Alianza del Pacífico y los llamados «populistas».

Inés Dussel se enfoca en los desafíos de la educación pública y en sus dilemas: la legitimidad de la institución escolar –que en América Latina fue una gran productora de igualdad– parece cada vez menor y son múltiples los debates sobre cómo procesar la inclusión educativa, al tiempo que el trabajo docente se define en la tensión entre las vicisitudes del empleo público, la precarización de recursos, el poder sindical y los dilemas de la profesión de enseñante. Roberto Gargarella, por su parte, lleva la mirada a las ambivalencias de los cambios constitucionales en la región, en muchos de cuyos países se promulgaron nuevas constituciones, poniendo el eje en la cuestión de la igualdad respecto del poder. En este sentido, señala que «una mirada de los nuevos textos (constitucionales), desde una perspectiva basada en un ideal democrático-igualitario, encuentra que pese a los avances logrados, las transformaciones a menudo no son tan profundas y, sobre todo, que ‘lo nuevo’ se mezcla con demasiada frecuencia y sin problematización con ‘lo viejo’».

Pierre Salama y Karl-Dieter Hoffmann nos proyectan a uno de los núcleos de este Tema Central: la (des)igualdad económica, y cuestionan el uso del principal instrumento que vienen esgrimiendo diferentes organismos públicos e internacionales para sostener que en esta década se redujo la desigualdad: el coeficiente de Gini. Muestran que si, por ejemplo, se utilizan fuentes fiscales, se llega a conclusiones menos optimistas: los pobres habrían mejorado, pero los ricos no dejaron de seguir siendo igual o más ricos. Esto funcionó mientras las economías crecían, pero ¿qué pasará a partir de ahora?

En definitiva, estas discusiones remiten a un balance de la década. A mirar el vaso medio lleno o medio vacío. A valorar los grandes avances respecto de la «larga noche neoliberal» o a poner el acento en el largo camino que falta recorrer hacia sociedades más igualitarias. Pero, al mismo tiempo, emergen acuciantes interrogantes acerca de la disposición social (no solo de los más ricos) a aceptar cambios profundos en los sistemas impositivos y a la necesidad de pensar transformaciones en los Estados que justifiquen, en términos de calidad y cantidad de servicios prestados, que los contribuyentes paguen más tributos. El éxito de libros como El capital en el siglo xxi de Thomas Piketty –centrado en la discusión de la desigualdad en el capitalismo– muestra que esta temática ha vuelto al diálogo público. Pero en América Latina el debate es aún insuficiente y está atravesado por miradas demasiado cortoplacistas acerca de qué sociedades y Estados queremos para el presente y el futuro.