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Rusia y China: ¿aliados-rivales? Geopolítica de los acuerdos por el gas

El 21 de mayo de 2014, Rusia y China firmaron un tratado que prevé el suministro continuo de gas natural ruso en grandes cantidades a China por un periodo de 30 años. El contrato tiene un valor de 400.000 millones de dólares y fortalece a Moscú en su conflicto con Occidente. Pero la alianza entre ambas potencias enfrenta obstáculos tanto históricos como vinculados a la actual geopolítica asiática y global, que generan incentivos para un acercamiento, pero también numerosas susceptibilidades mutuas.

Rusia y China: ¿aliados-rivales? Geopolítica de los acuerdos por el gas

No fue por la crisis en Ucrania que apareció la preocupación, pero es por ella que esa preocupación crece en todo el mundo: ¿podría la Rusia de Vladímir Putin hacer una alianza con China? En caso afirmativo, ¿de qué naturaleza sería una alianza tal, capaz de causar movimientos en la tectónica del poder global?

Ha habido numerosos indicios en ese sentido: en la crisis de Ucrania, Beijing tomó partido por Putin y no solo prometió apoyo financiero al presidente prorruso de Ucrania, Víktor Yanukóvich (2010-2014), cuando este visitó China después de haberse interrumpido las negociaciones para un tratado con la Unión Europea, sino que le prometió incluso que, en caso de necesidad, instalaría un escudo de protección nuclear sobre Ucrania. Después, Yanukóvich fue derrocado a raíz de las protestas en la plaza Maidán. Durante un tiempo, China no reconoció al gobierno ucraniano de transición; por el contrario, le demandó ante una corte civil internacional una indemnización de 3.000 millones de dólares por la supuesta violación de un contrato de préstamos por granos firmado en 20121. Esto coincidió temporalmente con la negativa de Moscú a vender gas natural a Ucrania a menos que lo pague de manera anticipada. Si bien en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) Beijing no bloqueó expresamente las críticas a Putin provenientes de Occidente, durante la votación se abstuvo dos veces para no enemistarse con él. Frente a la delicada pregunta –incluso para China– de si «un Estado puede dividir a otro por medio de una consulta popular escenificada», Beijing ensayó, hasta el cierre de las elecciones presidenciales en Kiev a fines de mayo de 2014, respuestas diplomáticas como que «debían considerarse todas las causalidades de la historia y del presente para llegar a una solución». No puede negarse la sospecha de que, de algún modo, China se resignó al hecho de que Moscú mantenga sus aspiraciones imperiales.

Alentada por las señales provenientes del vecino chino, Rusia no solo envió bombarderos de gran alcance en dirección a Alaska, en una advertencia dirigida a Estados Unidos, el verdadero rival. Se denunció que bombarderos rusos se dirigieron asimismo hacia el archipiélago de Guam, la principal base naval de la Séptima Flota estadounidense, que protege a Japón2. Se trata de una zona caliente, ya que Beijing mantiene desde 2012 una disputa con Japón por tres pequeñas islas deshabitadas del Mar de China Oriental. Desde entonces, el gobierno chino amenaza a Japón con tomar represalias, y en ese marco envió destructores misilísticos a las correspondientes zonas marítimas, mientras que cazas chinos interceptaron durante semanas a aviones de combate japoneses. Parecía que todo esto no iba a pasar a mayores, hasta que Moscú acudió en ayuda de Beijing, obviamente a cambio de un objetivo estratégico.

El 21 de mayo de 2014, Rusia y China firmaron un tratado que prevé el suministro continuo de gas natural ruso en enormes cantidades a China por un periodo de 30 años. El valor del contrato es de 400.000 millones de dólares, un dinero que fortalece a Moscú en su conflicto con Occidente y frente a las sanciones de Bruselas3. Como recompensa, para la misma época en que se cerró el tratado, la flota rusa del Pacífico realizó maniobras militares durante siete días junto con la Marina china frente a Shanghái, la máxima ciudad industrial del país. En Beijing se dice que esto es una clarísima señal hacia Japón y su regente, EEUU, que no pueden tener dudas sobre a quién está dirigido el desafío.

Ahora se consolida la idea de un tándem de dos potencias: la monetaria (Beijing) y la militar (Moscú). Ambas aspiran, cada una a su manera, a tener derecho a intervenir en caso de un cambio en el orden geopolítico que actualmente está encarnado en EEUU y «Occidente». A la comunidad de intereses se agrega el hecho de que los respectivos «puntos fuertes» de ambas partes parecen ser complementarios. En ese marco, ¿qué podría obstaculizar una alianza?

En primer lugar, los astutos movimientos de ambas partes. Ante señales tan claras de una acción conjunta entre China y Rusia, ambas potencias hacen todo lo posible para no dar la impresión de que aspiran a una alianza al estilo de la Guerra Fría, o tan siquiera a una alianza militar, estilo Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que según Putin es algo anticuado. Resulta digno de mención el hecho de que si bien China necesita fuerza militar para equilibrar el predominio estadounidense-japonés en el Lejano Oriente, los chinos acompañan aplicadamente a Putin en su estrategia de evitar una alianza.

Los observadores occidentales que ven esto con buenos ojos se dejan impresionar por la retórica y ponen paños fríos al asunto centrando su atención en los BRIC –Brasil, Rusia, la India y China–, que por su parte desafían económicamente el orden mundial dominado por Occidente. En su opinión, el problema para Occidente en crisis no sería una coalición entre Moscú y Beijing, sino una coalición de los países BRIC, un discurso que data del apogeo de la globalización y que sigue vigente.

Para China, esta concepción del mundo tiene muy poca relación con la realidad: casi simultáneamente a la crisis en Ucrania y a las propias tensiones con países vecinos como Japón en el Este y Vietnam y Filipinas en el Sur, la potencia asiática siente una creciente rivalidad con la India, uno de los BRIC. Además de los conflictos territoriales por el sur de Tíbet, que desde 1959 está bajo control indio, China insiste en su derecho a embalsar aguas en las regiones montañosas del Himalaya solo para beneficio de ciudades chinas situadas en el este del país, un intento que hace sonar desde hace años campanas de alarma en Nueva Delhi. Varios generales indios amenazan abiertamente con atacar instalaciones hidráulicas chinas en la región con misiles de mediano alcance. El motivo: el proyecto chino le restaría a la India una importante cantidad de agua (potable), ya que algunos ríos importantes, como el Brahmaputra, nacen en el Himalaya. Todo hace prever que la elección de Narendra Modi como primer ministro indio tensará más las relaciones entre ambas naciones, ya que el Partido Popular de Modi ha propiciado siempre un trato más duro hacia China.

A fines de mayo de 2014, Luo Tianhao, un experimentado analista de la Comisión Estatal China de Recursos y Asuntos Energéticos, hizo una clara referencia a la rivalidad entre los países BRIC4. Por ejemplo, Brasil ya es una fuerte competencia para China en África y en algunas partes del continente americano. Luo concluye que los BRIC no son una alianza, ni siquiera una débil red que pueda desafiar unida el orden mundial existente. No se equivocan Luo y otros con su advertencia sobre la competencia dentro del bando de los BRIC, que se evidencia, en el caso de Rusia, en el hecho de que el volumen de intercambio comercial entre ese país y China, a pesar de todas las declaraciones de amistad, haya alcanzado en 2013 apenas los 97.000 millones de dólares, menor al volumen de intercambio entre Alemania y China (de unos 150.000 millones de dólares por año), para no hablar de los volúmenes de intercambio de China con EEUU, Japón o Europa5.

Por eso, para estrategas como Luo, la cercanía que se manifiesta entre Beijing y Moscú no debe entenderse tanto desde su pertenencia común al bando de los BRIC. Rusia es atractiva para China más bien porque cuenta con un potencial militar superior, especialmente en relación con EEUU. Pero esta ventaja tiene también sus límites para Beijing: Moscú muestra cada vez más interés en la búsqueda de petróleo en el mar de China Meridional, donde China hace valer sus derechos inalienables. En esta competencia con su vecino, Rusia incluye a rivales de China, como Vietnam. Poco tiempo después de la visita de Putin a Shanghái, celebrada con el acuerdo gasífero además de una gran maniobra naval, Moscú anunció que equipará por completo la flota de submarinos de Vietnam y, a cambio, arrendaría la bahía vietnamita de Cam Rahn como base para su Marina. Tanto la flota de submarinos de Vietnam como la presencia de la Marina rusa directamente frente al acceso chino al mar de China Meridional son peligros reales que la Armada de la República Popular, que ya está muy ocupada con el desafío de la presencia estadounidense en la misma región, debe tomar en serio. Y ahora mismo.

¿Cómo hay que entender entonces la «cercanía» demostrada recientemente por Moscú y Beijing? Se suele recurrir a la teoría de la nueva Guerra Fría, según la cual la hostilidad por parte de «Occidente» une a sus adversarios. Pero si se sigue esta lógica, es necesario responder la siguiente pregunta: ¿es la hostilidad que empiezan a sentir Rusia y China lo suficientemente intensa como para forzar la necesidad de una coalición de largo aliento? Un artículo en la revista alemana Der Spiegel habla del surgimiento de un nuevo bloque del Este. Otros se remiten a pruebas de amenazas provenientes de «Occidente», que promovieron una coalición entre Rusia y China. Por el lado de Rusia, hay que mencionar las sanciones. Por el lado de China, debe considerarse la disposición estadounidense a apoyar a Japón, Filipinas y Vietnam en el caso de que se agudice el conflicto territorial6.

La pregunta es si la UE va a reaccionar en función de su dependencia del gas ruso. En ese sentido, hay que destacar que ya antes de que estallara la crisis en Ucrania, los pedidos de gas ruso desde la UE disminuyeron notoriamente: hasta 12%. Expresado en valores absolutos, en 2013 el volumen anual de gas fue de entre 30.000 y 35.000 millones de metros cúbicos. Es exactamente este volumen el que, según el acuerdo entre Rusia y China de fines de mayo de 2014, tendría que ir desde Siberia hacia territorio chino a partir de 2018. «Creciendo paulatinamente hasta el nivel de 38.000 millones de metros cúbicos anuales», según el comunicado conjunto7. Es decir, recién en cuatro años China comenzará a compensar la disminución de suministro que tuvo lugar hasta 2013 –sin influencia de la actual crisis en Ucrania– y la consiguiente baja de ingresos de Rusia. Dicho de otra manera: desde el punto de vista meramente contable, con el reciente acuerdo gasífero entre Rusia y China, dista mucho de verse una disposición china a ayudar económicamente a Rusia en caso de sanciones severas, por ejemplo cerrando la importación de gas de la UE, de forma que Moscú pudiese resistir la «hostilidad occidental».

También es contradictorio el balance en relación con Japón desde el punto de vista ruso. Japón ha acompañado las sanciones occidentales contra Moscú. Sin embargo, sigue intacto el interés compartido por Moscú y Tokio en ampliar las inversiones japonesas en la Siberia rusa y las regiones de la costa del Pacífico, por no hablar del enorme interés de Japón por el gas ruso. Si la Rusia de Putin se toma en serio su supervivencia económica, Moscú no puede tener interés en mantener por mucho tiempo, junto con China, una enemistad con Japón y sus aliados en el mar de China Oriental.

Esto explica una serie de «inconsistencias» en las maniobras navales ruso-chinas que ambas naciones describen con términos grandilocuentes: hasta su inicio en las cercanías de Shanghái, el Ministerio de Relaciones Exteriores chino se contradijo con el portavoz de la flota rusa del Pacífico en cuanto al lugar donde iban a desarrollarse las maniobras. A mediados de abril, el gobierno chino anunció que se realizarían cerca del archipiélago de Diaoyu (en japonés: Senkaku), disputado por China y Japón. Esto sería en mitad del Pacífico, entre Taiwán y Okinawa. Luego, la división naval rusa dio a conocer, a comienzos de mayo, que las maniobras se harían en el mar de China Meridional, a algo más de 2.000 kilómetros del objeto de controversia entre China y Japón. A último momento, ambas partes acordaron su despliegue en la zona marítima frente a la desembocadura del río Yangtsé, cerca de Shanghái. El lugar donde se realizaría este gesto amenazante quedó, así, muy lejos de las zonas en conflicto, tanto en dirección a Japón como en dirección a Vietnam o Filipinas, frente a los cuales China mostraría de buen grado un respaldo de Rusia, aunque más no fuera un show.

A la hora de decidir si será factible en el futuro próximo una coalición estratégica entre Moscú y Beijing, hay factores que son más importantes que estos detalles en la simbología de la política exterior que, por cuestiones de necesidad, son gustosamente exagerados por la propaganda política rusa y china. Por ejemplo, es necesario incluir el horizonte de largo plazo de ambas economías.

China aspira, especialmente en el Extremo Oriente, a una integración abierta en redes económicas regionales tales como las zonas de libre comercio con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN, por sus siglas en inglés) o el Acuerdo de Asociación Integral Económica Regional (RCEP, por sus siglas en inglés), donde participan incluso países rivales como Vietnam o Malasia. De vez en cuando se escucha desde Beijing que no habría un rechazo total al ingreso al Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica (TPP), liderado por EEUU. Por el contrario, la Rusia de Putin está en las antípodas de una incorporación activa a redes económicas regionales con socios extremadamente heterogéneos. Aún resta que la Unión Euroasiática demuestre a sus participantes su potencia económica a partir de 2015. E incluso si esto se concretara, esta unión económica favorecida por Rusia tendría un limitado poder de persuasión ante otros potenciales participantes: sus actuales miembros, Belarús y Kazajistán, siguen estando muy cerca de la órbita de Moscú.

En este marco, tiene gran peso la compleja política económica que lleva adelante la cartera de Asuntos Externos china, ya que el crecimiento económico es desde hace más de tres décadas el único factor de legitimación del Partido Comunista. El creciente nacionalismo cambia poco esta situación: si China llegara algún día a dominar el mundo, esto sería en virtud fundamentalmente de su poder económico, que hoy ya es el segundo más grande del planeta. Pero desde hace un tiempo la economía china se está debilitando. Los gobernantes chinos tienen dificultades para emanciparse de este modelo de legitimación, por ejemplo, a favor de un modelo radical-nacionalista, o sea, especialmente geomilitar. Por ende, Moscú es evaluado por Beijing desde esa óptica: Rusia es importante especialmente como proveedor de recursos y energía. Rusia tiene este rol, así como muchos otros países tienen otro; por ejemplo, algunos países occidentales, como Alemania o Japón, suministran tecnología, el Sudeste asiático es proveedor de manufacturas, y África y algunos países de América del Sur son compradores de mercancías de baja calidad. Visto de esta forma, no sería aconsejable para China intimidar demasiado a otros stakeholders con el fin de asegurarse energía y materias primas.

El problema para la elite china es que el menor crecimiento actual, que podría terminar –en esto coinciden los economistas chinos– en una verdadera crisis, genera una creciente presión sobre la dirigencia para legitimar su poder cada vez más con una fuerza preponderantemente militar. Por otra parte, esta demostración de poder para la legitimación hace que se le crea cada vez menos al gobierno cuando dice que el país crecerá «solo pacíficamente», pues el crecimiento será económico. Cuanto más ostensible se hace esto, más rápido aumenta la presión para que la demostración de poder vaya más lejos y tenga un mayor énfasis militar, y si fuera necesario, con ayuda rusa.

Pero incluso esta ayuda necesaria que viene del Norte es un arma de doble filo para China. Cuando recientemente la discusión sobre la cuestión de si la nación asiática, en vista de la creciente amenaza de Occidente, debía o no pactar con Rusia llegó a amplios sectores de la sociedad urbana china, predominó el escepticismo. El argumento más esgrimido era que Rusia había sido históricamente, en especial en los últimos tiempos, el principal agresor de China. Esto comenzó en el siglo XVII, cuando Moscú, por medio de acuerdos desiguales, anexó unos tres millones de kilómetros cuadrados de territorio chino. Pero también durante el mandato de Iósif Stalin la Unión Soviética habría impuesto a China escisiones territoriales mediante referendos protegidos como el de los mongoles, en la década de 1920.

También aparecen los conflictos armados por cuestiones limítrofes de 1962 en la provincia norteña de Xinjiang y de 1969 en el noreste de China cuando se recuerdan las amenazas rusas. Algunos historiadores –con el profesor Shen Zhihua, de Nanjing, a la cabeza– han hallado, basándose en documentos de los archivos abiertos de la URSS, que Moscú había considerado hasta comienzos de la década de 1970 la posibilidad de atacar a China con armas nucleares.

Para la Realpolitik china, la discusión histórica gana importancia en tanto acompaña la actual ambivalencia de la diplomacia rusa: si Moscú no apoya enteramente a China en su presente demostración de poder frente a Japón, ¿tiene esto alguna relación con que Rusia históricamente ha buscado solo ventajas a costa de China? En 2012, la prefectura naval rusa echó a cañonazos a pescadores chinos y hundió una barcaza de pesca cerca de Sajalín. De inmediato vino a la memoria el conflicto por una pequeña isla en el río Ussuri. Esto se pagará con un cada vez mayor nacionalismo chino como factor legitimador en reemplazo de las tasas de crecimiento económico. Beijing no puede permitirse dar la imagen de que, a pesar de su poder económico, retrocede ante Rusia. «¡Antes de que nos peleemos con Japón por cuatro islas deshabitadas en el mar de China Oriental, vayan a buscar los tres millones de kilómetros cuadrados de territorio nuestro, cobardes!», escribió un bloguero a mediados de mayo de 2014.

Su sugerencia fue tomada en serio en discusiones académicas: ¿cómo puede explicarse de forma convincente por qué los chinos se muestran tan inflexibles ante los filipinos y los vietnamitas, mientras que exhiben siempre un silencio sumiso ante los rusos? Es precisamente la historia la que muestra que Rusia ha sido para China mucho más peligrosa que cualquier otro país vecino, argumentan los think tanks políticos. El académico Yan Xuetong, uno de los halcones chinos, reflexiona: ninguna coalición que haya existido en la historia pudo descartar la posibilidad de que sus socios se engañen y traicionen. La pregunta central aquí es: ¿es China lo suficientemente fuerte como para desquitarse de cualquier engaño cometido por Rusia? ¿De qué dispondría China para ir contra Rusia si la política rusa volviese a perjudicarla como ya lo ha hecho? ¿Seguiría entonces dentro del modelo «dinero chino a cambio de gas ruso más maniobras militares en caso de necesidad»?

Tales son las consideraciones de los militares y de la industria armamentística de China, que desde la década de 1950 dependen de la tecnología rusa. Su motivo: Rusia se muestra extremadamente reservada frente a China cuando se trata de suministro de armas o transferencia de tecnología armamentística. El primer portaaviones chino Warjag no lo suministró Rusia en tanto sucesora de la URSS, sino Ucrania, un país mucho menos fuerte económicamente, pero que hasta hoy fabrica también los motores más importantes para la modernización de la Fuerza Aérea china. Por el contrario, Moscú vende «a rivales de China, tales como Vietnam o la India, sistemas armamentísticos que son por lo menos una generación más modernos», para de esta forma mantener en jaque la influencia económica de Beijing, según lo afirma la izquierda marxista, una de cuyas voces es el profesor Fang Ning, director del Instituto de Política Internacional de la Academia de Ciencias Sociales (CASS, por sus siglas en inglés). Algunos representantes de la industria armamentística china señalan que en 2004 Rusia acordó con la India el desarrollo conjunto del modernísimo avión de combate MiG-35, pero hasta hoy duda en venderle a China tan siquiera unos pocos ejemplares de este elemento tan codiciado por Beijing junto con la transferencia de tecnología.

Mientras tanto, China y Rusia se tienen –aún– mutua desconfianza: hasta ahora, los intereses que marca la Realpolitik de ambos no coinciden lo suficiente. Sus respectivos modos de legitimación muestran diferencias demasiado grandes. Al menos del lado chino, predomina una desconfianza en la asociación que los políticos chinos no pueden ignorar, ya que también abarca a parte de la elite. Estos son algunos de los motivos decisivos por los que actualmente es poco probable una coalición entre Moscú y Beijing, en el sentido estratégico del término. Sin embargo, resta esperar a ver cómo los políticos de ambos países piensan salir de sus diferentes crisis, tanto en términos de política interna como externa. El nacionalismo es considerado para ambos bloques de poder una atractiva fuente de legitimación. De allí ha surgido un escepticismo frente a «Occidente», especialmente frente a EEUU como país dominante, que está fuertemente enraizado en la conciencia de ambas nomenklaturas. La propaganda política, organizada desde el Estado de forma centralizada, tanto en medios clásicos como en medios nuevos –aun cuando en Rusia sea menos institucional–, provee en ambos regímenes la política simbólica necesaria para ejercer una fuerte influencia en la psicología urbana de masas. Estos son algunos de los motivos por los que Rusia y China podrán –primero de manera táctica y cuidadosamente– seguir acercándose.

En qué medida tal acercamiento modificará las relaciones de fuerzas globales es algo que depende no poco de hasta qué punto ambos países se reencuentren en el patrón de pensamiento que sigue en la política mundial una lógica más o menos imperial: quién, en qué circunstancias, con quién y por cuánto tiempo es posible pactar para sacar juntos provecho geopolítico de una primacía entendida de la manera que fuere. Esta era precisamente la lógica de la Guerra Fría. Pero hasta ahora no ha sido respondida prácticamente casi ninguna de estas preguntas.