Opinión

Robots, sexo y muerte La inteligencia artificial en debate

¿Qué pasa con la inteligencia artificial en América Latina? ¿Pueden los robots hacer la guerra? ¿Las muñecas robóticas sexuales pueden perpetuar el machismo y la violencia de género? Ana Paula Rumualdo, experta en la materia, explica los dilemas éticos y políticos de la inteligencia artificial en una entrevista exclusiva.

Robots, sexo y muerte / La inteligencia artificial en debate

Actualmente, el desarrollo de la inteligencia en artificial parece estar en un auge inusitado en comparación a las décadas pasadas. La mayor parte de las noticias de su evolución llegan, como es lógico, de Europa y Estados Unidos. ¿Qué pasa con este tipo de tecnología en América Latina? ¿Hay un verdadero interés en su incorporación y desarrollo o todavía es vista como un fenómeno lejano que se circunscribe meramente a los países más avanzados?

Sí hay un verdadero interés por su incorporación y desarrollo en América Latina. Hay investigación y enseñanza en dichas materias y, al igual que en las regiones que mencionas, se trata de fomentar el interés de los niños y jóvenes en estas áreas. Sin embargo, la diferencia es que en América Latina la difusión no es suficiente. En cuanto a la regulación, ahí sí creo que se ve como algo lejano que estamos esperando que se haga en otros lugares para tropicalizar la legislación. Por ejemplo, a en octubre del año pasado el Comité de Tecnología de la Oficina Ejecutiva Presidencial de Estados Unidos publicó un documento titulado Preparándonos para el futuro de la inteligencia artificial. En septiembre del mismo año, la universidad de Standford publicó un análisis con proyecciones en inteligencia artificial para 2030. En Reino Unido se han propuesto recomendaciones respecto de la posible personalidad electrónica. En ese sentido sí considero que estamos atrasados, como si estuviéramos esperando que el futuro nos alcance.

Uno de los desafíos que se presentan con la robotización de ciertas actividades económicas, es la pérdida de fuentes de trabajo. Se han producido diversas propuestas para establecer gravámenes al uso de este tipo de tecnología artificial para poder sustentar a los trabajadores que pierden o perderán sus empleos.¿Realmente se está discutiendo una política a aplicar en este terreno o, finalmente, el avance tecnológico del capitalismo podría provocar una situación de desplazamiento de trabajadores que no cuente con una batería de políticas públicas para sostener a los ciudadanos que ven perder sus empleos?

Aquí hay varias perspectivas. Por ejemplo, se dice que cuando una industria desaparece a manos de otra, la nueva crea otras fuentes de empleo y a eso se lo llama destrucción creativa. La idea de varios tecnólogos es que la pérdida de fuentes de trabajo será de labores repetitivas y mecánicas. Hay una charla muy interesante de David Autor en la que explica que la automatización no hará las habilidades humanas obsoletas, que el futuro está en la cooperación entre humanos y máquinas. Por otra parte, el impuesto que comentas busca disminuir el avance la automatización y evitar una pérdida parcial de la recaudación fiscal, dando espacio para buscar otras fuentes de trabajo para los humanos y continuar con la mejora a programas educativos y sociales. No obstante, esta externalidad también puede ser vista como un impuesto para cubrir un área de incertidumbre. También se ha propuesto que en lugar de poner un impuesto a la automatización se otorgue un salario básico universal y que el presupuesto para ese salario debería venir de tecnologías contaminantes, puesto que esas son las que necesitan ser desincentivadas, no la robótica.

Otra de las cuestiones esenciales a la hora de discutir la inteligencia artificial es la vinculada con su utilización para la guerra. ¿Cuáles son los actuales debates éticos en este terreno? ¿Las posiciones más críticas con los robots preparados para las conflagraciones bélicas están logrando tener incidencia o, por el contrario, no tienen ninguna?

Los debates éticos de los robots de guerra van desde considerar que si un robot se defendiera de un ataque se podría considerar legítima defensa, puesto que el robot, a diferencia del humano, no está expuesto a los mismos riesgos. En otras palabras: el ataque de un soldado hacia otro se justifica bajo la premisa de matar o morir y eso es justamente lo que les otorga licencia para matar. Cualquier acto fuera de este terreno va en contra de la teoría de la guerra justa y tendría que ser prohibido. Así, los sistemas altamente tecnológicos capaces de marcar como objetivos y destruir a otras personas con solo presionar un botón rebasarían dicho límite. Cuando la reciprocidad en el ataque deja de existir, surge la paradoja de la guerra sin riesgos. Luego interviene una mirada que complica el asunto: es la visión romántica de la guerra y el honor. Por ejemplo, en 2011, la revista The Atlantic publicó un artículo en el que, según sus críticos, el uso de robots en la guerra podía mandar un mensaje de cobardía al enemigo porque los soldados no estaban dispuestos a pelear de hombre a hombre. Por otra parte también se ha argumentado que la guerra con robots no garantiza trato humanitario para los combatientes. Sin embargo, basta con traer a la mente la tortura y el abuso de prisioneros en Abu Grahib (Irak) para recordar que la intervención humana no garantiza trato humanitario.

Durante las últimas semanas, otro fenómeno saltó a la escena de debates públicos internacionales vinculado a la inteligencia artificial. Se trata del desarrollo de una serie de robots destinados a cumplir deseos sexuales de sus eventuales compradores. La apertura de un prostíbulo con muñecas sexuales robóticas en Barcelona alertó de este problema, aunque su desarrollo lo precede. ¿Cuáles son actualmente los debates en esta materia? ¿Hay planteos de regulación ética al respecto? ¿Qué pasa con aquellos que desarrollen prácticas de violencia sexual con dichas muñecas, reproduciendo así las prácticas machistas de objetivación de la mujer, a pesar de que se trate de robots?

Aquí la cuestión es que la objetivización se mantiene en la figura de la mujer. Sí, es cierto que también existen sex robots masculinos, pero sus ventas representan si acaso el 10% de las ventas de esta industria. Ojalá la cosa fuera tan fácil como decir que las sex dolls pueden remediar algún problema, pero la verdad es que perpetúan el sexismo y reafirman patrones que incitan a la violencia en contra de la mujer. Tal vez esta perspectiva no se vea muy clara, pero sirve si ponemos como ejemplo que la comercialización de muñecos sexuales infantiles se ha prohibido en países como Canadá y Australia porque normaliza comportamientos delictivos y su venta no evita el abuso sexual a menores. Entonces ahí lo tienes, se trata de normalización de la violencia, sobre todo cuando este tipo de muñecos se comercializan bajo la consigna de que puedes hacer con ellos lo que quieras, libre de problemas éticos y legales, no creo que sea tan sencillo. Luego está Harmony, la muñeca que se vende no únicamente como sexual, sino como compañera porque puede comunicarse, tiene tendencia a enamorarse del usuario y su personalidad es programable. Esta tecnología, a diferencia de otras, no pretende hacer conexiones humanas, sino reemplazarlas.

Más allá de los inconvenientes que genera tanto para el futuro del trabajo como en relación a determinados patrones de conducta, ¿cuáles son las potencialidades de la inteligencia artificial en términos de capacidad creadora? ¿Qué tipo de aportes reales pueden producir este tipo de tecnologías en el futuro y que incidencias pueden tener en América Latina?

Estamos por ver la potencia creadora de las inteligencias artificiales. El sistema de aprendizaje Deep Learning nos ha dado una probada de ello, pero falta mucho por ver. Tal vez lo que ahora son capaces de crear, como guiones para cortometrajes, música, partes de novelas sea tosco en comparación de lo que se viene. Para crear, una inteligencia artificial necesita ser alimentada con cierto material. Por ejemplo, para hacer un guión corto de terror y ciencia ficción (y sin mucho sentido), requirió montones de guiones y novelas de terror y ciencia ficción y logró hacer algo rudimentario. La máquina, como la mente humana, se alimenta para crear, pero por el momento no estamos en el punto en que una máquina pueda darnos algo al nivel de Ficciones de Borges o La invención de Morel de Bioy Casares, por citar algunos ejemplos, aunque que se programe para ser creativa. En América Latina y en el resto del mundo está por verse qué se puede hacer cuando la capacidad creadora humana y la capacidad de las máquinas para manejar grandes cantidades de datos, trabajen en conjunto.


ANA PAULA RUMUALDO es Maestra en innovación, tecnología y ley. Estudia fenómenos vinculados a la inteligencia artificial y la robótica. Escribe regularmente en Letras Libres.

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