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Reproducción, mujeres y comunes. Leer a Silvia Federici desde el Ecuador actual

Los trabajos de Silvia Federici nos permiten comprender procesos actuales de desposesión y resistencia, en este caso vinculados a la expansión del extractivismo en Ecuador. El análisis del disciplinamiento y la devaluación del trabajo de las mujeres en los violentos procesos capitalistas nos permite iluminar las formas en que la acumulación del capital provoca una ruptura de la interdependencia entre lo humano y lo no humano en la reproducción de los ciclos de fertilidad. Todo ello se perfila como clave a la hora de pensar las políticas de lo común en la América Latina actual.

Reproducción, mujeres y comunes. Leer a Silvia Federici desde el Ecuador actual

El presente texto es una lectura situada de la obra de Silvia Federici desde Ecuador, fundamentalmente de Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria1, pero también de otros textos recientes a propósito del proceso de acumulación en el Tercer Mundo y las políticas de lo común. Leer desde Ecuador, y más concretamente desde las transformaciones de una comunidad kichwa amazónica que el gobierno de la Revolución Ciudadana busca insertar en el circuito petrolero del país, nos permite comprender la continuidad del análisis propuesto por Federici. El ajuste de la reproducción de la vida humana y natural al proceso de acumulación sigue siendo una cuestión crucial que afecta de manera específica a las mujeres en la medida en que estas se sitúan en el epicentro del común.

Así, partimos de la advertencia de Federici acerca de que este ajuste pasa necesariamente por subordinar bienes, relaciones comunales, formas de vida y mujeres. Pero proponemos extender sus aportes, que al centrarse en los procesos de disciplinamiento de la reproducción no nos permiten entrever que lo común, más allá de ser un concepto transcultural mediante el cual se podría refundar lo político anticapitalista, debe ser interpretado a partir de los sentidos particulares y múltiples en contextos específicos. Solo entonces cobra sentido, fuerza y concreción la política de los comunes. No se trata solamente de advertir las diferencias entre distintos comunes desde una lectura feminista y no antropocéntrica, o de quebrar el binarismo entre el neodesarrollismo y un otro radicalmente puro y/o diferente: el límite en la politicidad del común bien puede hallarse en su abstracción y desanclaje conceptual.

Comunes, reproducción y subversión de la comunidad

En Calibán y la bruja, Federici propone un vasto recorrido por los procesos históricos que dieron lugar al capitalismo en Europa y América gracias a la expropiación y al cercamiento. Se trata de una historia que la propia autora conecta con nuestro presente en distintas partes del planeta. Quizás uno de los elementos que explican el apasionamiento con que hoy se lee este libro sea el lugar central que en él ocupan no solo las mujeres, sino el problema general de la reproducción.

Para Federici, al igual que para otras feministas que iniciaron su reflexión en la estela del marxismo en la década de 1960, y entre quienes se destacan Mariarosa dalla Costa, Selma James y María Mies, la dificultad de una lectura feminista del capitalismo no era solo que se invisibilizara el trabajo crucial de las mujeres en los hogares, sino sobre todo que dicho trabajo era una de las herramientas de disciplinamiento más importantes, primero, por su anclaje al salario –el salario, decían Dalla Costa y James en 1972, controla más trabajo del que aparenta2–, y segundo, porque a través de ese trabajo corporal, sexual, educativo, cultural, etc. se producían la subjetividad y los vínculos sociales y obreros que permitían la continuidad del sistema.Por lo tanto, no cabía concebir un proceso de lucha anticapitalista que dejara al margen –que se fundara sobre la apoliticidad de– todo un campo de actuación tan global y estratégico. Tanto para Federici como para el resto de sus compañeras de entonces, el trabajo doméstico nos llevaba de la mano hacia una concepción profundamente enriquecida de la reproducción. El problema de la lucha de clases se redefinía de forma radical como una apuesta por la «subversión de la comunidad», estirando de este modo los confines del debate sobre el trabajo asalariado, sobre el trabajo doméstico y, desde luego, sobre la propia concepción de la clase. El rechazo del trabajo en todas sus expresiones, incluido el trabajo doméstico, equivalía al rechazo de la formación de una comunidad domesticada cuya reproducción quedaba anclada a las necesidades cambiantes del capital.

La comunidad rebelde está presente en Calibán y la bruja, donde la idea de los comunes aparece estrechamente vinculada a una colectividad en lucha. En efecto, según se narra en el libro, las revueltas antifeudales que se desplegaron a lo largo de la Edad Media se saldaron violentamente, estableciendo lo que serían las bases del proceso de acumulación. Esto solo fue posible gracias a una alianza entre la nobleza y la burguesía contra el campesinado. Tal y como explica Federici, en este proceso «el Estado se convirtió en el gestor supremo de las relaciones de clase y en el supervisor de la reproducción de la fuerza de trabajo –una función que continúa realizando hasta el día de hoy–»3. La transición al capitalismo no fue un desarrollo natural, sino violento y contrarrevolucionario, que precisó, y que aún precisa, de una imposición incesante de formas de organizar, dividir y domesticar el trabajo y la vida.

La crisis de población de los siglos XVI y XVII tornó la procreación en un problema central y en un asunto de Estado. El control del cuerpo de las mujeres se convirtió en un instrumento para la acumulación, pero para ello era necesario antes desposeer a las mujeres de su propio cuerpo y de todos los saberes propios de una sociedad ginocéntrica. La caza de brujas que se libró en Europa y América en esos siglos fue el dispositivo violento dirigido a tal fin, algo que ni Karl Marx ni Michel Foucault llegaron a mencionar. Los «crímenes reproductivos y sexuales» justificaron una inmensa represión que aún hoy perdura. El ordenamiento de la reproducción biológica y sexual se convirtió en un decisivo campo de batalla que se saldó con una derrota: la de las mujeres.Pero Federici le da a este argumento otra vuelta de tuerca: un proceso de desposesión por otro. La pérdida de la tierra y los medios de existencia fue parcialmente compensada en un pacto interclasista entre varones gracias a una apropiación ulterior: la de las mujeres. La conversión de las mujeres en comunes implicó una nueva división (hetero)sexual del trabajo. Algunas mujeres fueron privatizadas, es decir, su trabajo se apropió para el beneficio particular de estos hombres con quienes compartían condición de clase. El resto de las mujeres, en la medida en que fueron excluidas total o parcialmente del acceso al salario y que su trabajo sufrió un proceso incesante de devaluación y naturalización, fue accesible de un modo u otro, en la prostitución o en el contrato matrimonial, para el resto.

  • 1. Cristina Cielo: doctora en Sociología por la Universidad de California en Berkeley. Es profesora e investigadora del Departamento de Sociología y Estudios de Género de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso)-Ecuador. Coordina el grupo de investigación «Transacciones, economía y vida común».Cristina Vega: doctora en Filología por la Universidad Complutense de Madrid. Es profesora e investigadora del Departamento de Sociología y Estudios de Género de Flacso-Ecuador. Coordina el grupo de investigación «Transacciones, economía y vida común».Palabras claves: comunes, extractivismo, mujeres, naturaleza, Silvia Federici, Calibán y la bruja, Ecuador.. S. Federici: Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria [2004], Traficantes de Sueños, Madrid, 2010.
  • 2. M. Dalla Costa y S. James: El poder de las mujeres y la subversión de la comunidad [1972], Siglo xxi, México, df, 1975.
  • 3. S. Federici: Calibán y la bruja, cit., p. 82.