Opinión

¿Renegociar el TLCAN? Muy bien.

El proteccionismo de Trump ofrece oportunidades únicas para México.

¿Renegociar el TLCAN? Muy bien.

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) no es negociable: este mantra era aún repetido por el gobierno mexicano cuando, en noviembre de 2016, Donald Trump era ya presidente electo de los Estados Unidos. Era entendible, ya que México es el principal ganador del tratado cerrado en 1994. Desde entonces, este país ha reestructurado su economía y su principal exportación no es ya el petróleo, como en la década de 1980, sino que son productos industriales.

La economía de México ocupa, en la actualidad, el puesto Nº15 a nivel mundial. Desde 1994, las exportaciones mexicanas a los Estados Unidos pasaron de 51,8 a 296 millones de dólares, la balanza comercial es positiva. Cada año se crearon cien mil puestos de trabajo en la industria manufacturera —las llamadas maquiladoras— a lo largo de la frontera. Debido a los bajos costos en México, consorcios automotrices como Volkswagen y Nissan fabrican en este país los autos que exportan a los mercados de Estados Unidos y el resto del mundo. Así es como México se ha transformado en el cuarto exportador mundial de automóviles. Entre los ganadores del TLCAN están también empresas mexicanas como la panificadora Bimbo, el productor de harina y tortillas Maseca y diversas empresas cerveceras y productoras de tequila que no solo venden su mercadería a los 34 millones de mexicanos que viven en los Estados Unidos sino que exportan también al resto del mundo. ¿Y justo en el momento en el que el proceso de transformación da buenos frutos cambiará todo nuevamente?

México tuvo que aprender, como dura lección de la realpolitik, que las reglas de juego solamente tienen validez mientras sean aceptadas por todos, especialmente los poderosos. Y como el tercer socio del TLCAN, Canadá, no quiso abrir un frente común contra Trump, a los mexicanos no les quedó otra alternativa que acceder a nuevas negociaciones de mala gana. Los economistas y diplomáticos debaten hoy acaloradamente cuáles serían las mejores estrategias a seguir por los negociadores. Se debate si hay que abrir el paquete completo o si se deben renegociar solo determinados aspectos, si se tienen que incluir temas como las migraciones y la seguridad o si la táctica más astuta es llegar a resultados rápidos o más bien la dilación con una simultánea amenaza de elevar demandas ante la Organización Mundial de Comercio (OMC) y crear un frente de resistencia latinoamericano.

El libre comercio no es una panacea para el desarrollo

Pero el debate no es tanto sobre los contenidos, ya que, en ese caso, también tendría que ponerse sobre el tapete la cara menos bella del TLCAN. Ya mucho antes de Trump, los trabajadores y agricultores mexicanos sostenían la necesidad de renegociar el TLCAN, pues se veían a sí mismos como los perdedores del libre comercio. Los trabajadores se quejaban por los magros salarios —en los Estados Unidos siguen ganando, en promedio, seis veces más que en México— y las condiciones laborales abusivas, mientras que los agricultores se quejan del ingreso de productos agrícolas subvencionados desde los Estados Unidos con los cuales no pueden competir. Lo seguro es que también en la agricultura hay ganadores: paltas, limones y bayas se exportan en gran cantidad. «Pero solo 15% de las empresas agrícolas trabaja para la exportación», dice Víctor Suárez, presidente de la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo (ANEC). «En ellas se concentran las subvenciones estatales, mientras que 85% de los pequeños productores agrícolas, que trabajan menos de cinco hectáreas, son considerados gente pobre e improductiva y, en el mejor de los casos, reciben ayuda social.» Antes había, según Suárez, un organismo estatal de compra de productos agrícolas que amortiguaba las oscilaciones de precios. El TLCAN hizo que fuera disuelto. «Ahora dependemos de intermediarios y de los grandes mercados, que hacen presión sobre los precios.» En estos momentos , los agricultores están ejerciendo una fuerte resistencia contra lo que consideran la estocada final: la presión de los consorcios estadounidenses —empezando por la productora de semillas Monsanto, comprada recientemente por Bayer— para que sean permitidas las plantas transgénicas. Hasta ahora, esta autorización pudo ser frenada con éxito en los tribunales por organizaciones de productores agrícolas críticos, pero los campos para experimentación que aprueba constantemente el gobierno y el contrabando de semillas transgénicas van socavando esos triunfos.

«Para mí, los verdaderos ganadores del TLCAN son las empresas estadounidenses, ya que obtuvieron, a través del TLCAN, seguridad para sus inversiones y mano de obra barata», dice la catedrática de Relaciones Internacionales del Colegio de San Luis Potosí, Cecilia Costero. Para México ha aumentado la dependencia de los Estados Unidos, al tiempo que se ha incrementado el sector informal. Sostiene que, si bien las inversiones extranjeras han crecido 500% desde el TLCAN, han ido a unos pocos sectores, tales como manufacturas, textiles, bioquímica, industria automotriz y aeronáutica, y solamente a algunas regiones del país. «Esto ha incrementado la desigualdad». Según Costero, el gobierno considera el libre comercio un modelo de desarrollo, pero la realidad es mucho más compleja. México vende el 80 de sus exportaciones a los Estados Unidos, pero la industria exportadora ofrece pocos puestos de trabajo estables: aproximadamente 58% de los mexicanos trabaja en la informalidad, la mayoría en el comercio, sin horarios de trabajo fijos ni seguro social (Instituto de Estadísticas Inegi). Algunos economistas señalan, además, que a pesar del TLCAN, la economía mexicana ha crecido poco: un promedio de 2% anual. La cantidad de billonarios ha crecido desde 1994 de 2 a 27, mientras que la pobreza se ha reducido poco: de 52,4% de la población a 46,2% (datos: Coneval, Forbes).

Más educación, más instituciones

Por lo tanto, el TLCAN no ha traído a la mayoría de la población el progreso esperado. Renegociar tiene sentido. Por ejemplo, los acuerdos sobre protección de las inversiones del capítulo 11, según Costero, son problemáticos. Siempre hay conflictos por las inversiones dañinas para el medio ambiente, tales como las de inversiones en minería y eliminación de basura; los tribunales competentes para estos casos han fallado mayormente contra México. México y los Estados Unidos se hallan muy ligados también por la migración: para Costero sería aconsejable pensar en instituciones comunes siguiendo el ejemplo de la Unión Europea. También sería lógico para muchos economistas un mercado de trabajo común. A su vez los expertos en comercio de tendencia liberal exigen ampliar más el TLCAN, por ejemplo al área de energía, que en su momento quedó afuera por deseo de México, o a las tecnologías de comunicación que entonces todavía no existían.

El ex ministro de Economía Luis Ernesto Derbez señala que México, en tanto país de salarios bajos, no tiene futuro y debe apostar más al diseño y la calidad. Pero para eso se necesitan incentivos estatales para la industria y la tecnología. «El libre comercio sin medidas paralelas tales como una política industrial crea desequilibrios», advierte también la empresa consultora Consultores Internacionales. Si bien el deseo de México de orientarse ahora más a otros mercados llega tarde, es básicamente el camino correcto, según esta consultora. Algunos economistas no descartan tampoco medidas proteccionistas contra determinados productos provenientes de los Estados Unidos, como cereales o manzanas, en respuesta a los aranceles de Trump.

Los empresarios, por su parte, exigen un marco de reglas mejor: menos burocracia, créditos más baratos, menores precios de energía y mano de obra con mejor formación. Se supone que esto último quedaría garantizado por la reforma educativa propuesta durante la presidencia de Enrique Peña y la introducción de una educación dual según el modelo alemán. Si bien la cantidad de estudiantes universitarios mexicanos creció desde 1994 de 10 al 35% de la población, la calidad de la educación deja mucho que desear. Además, en un país en el que el Estado fija por ley un salario mínimo que está, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), debajo de la línea de pobreza y entre los más bajos de América Latina, resulta urgente una corrección de los salarios. Esto podría enojar a algún que otro inversor, pero no por mucho tiempo, tal como lo muestra el ejemplo de Brasil. Los salarios y los gastos sociales son allí sustancialmente más altos. Una medida de este tipo no solamente incrementaría la demanda interna sino que también reconciliaría a la población con el TLCAN. Estamos en una encrucijada, dice Eda Jaime, de la organización «México evalúa». «O tomamos ahora el toro por las astas o nos quedaremos en la trampa del desarrollo».


Fuente: http://www.ipg-journal.de/kommentar/artikel/nafta-...

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