Tribuna global

«Realismo capitalista» y nuevas subjetividades

En su libro Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, Mark Fisher se enfoca en la famosa frase de Margaret Thatcher («There is no alternative») e indaga las nuevas subjetividades del capitalismo tardío. A continuación, reproducimos el capítulo «Impotencia reflexiva, ‘inmovilización’ y comunismo liberal», escrito a partir de su experiencia como educador en el Reino Unido.

«Realismo capitalista» y nuevas subjetividades

Si uno los compara con sus antecesores de las décadas de 1960 y 1970, los estudiantes británicos de la actualidad parecen políticamente descomprometidos. Mientras que todavía puede verse a los estudiantes franceses protestando en las calles contra el neoliberalismo, los estudiantes británicos, cuya situación es incomparablemente peor, parecen resignados a su destino. Este resultado evidente según mi hipótesis no es una cuestión de apatía o cinismo, sino de impotencia reflexiva. Los estudiantes del Reino Unido son conscientes de que las cosas andan mal, pero más aún son conscientes de que ellos no pueden hacer nada al respecto. Sin embargo, este «conocimiento», esta reflexividad, no es resultado de la observación pasiva de un estado de cosas previamente existente. Es más bien una suerte de profecía autocumplida.La impotencia reflexiva conlleva una visión de las cosas tácita, muy común entre los jóvenes británicos y a la vez correlacionada con las patologías más difundidas. Muchos de los alumnos con los que me tocó trabajar en el terciario presentaban problemas de salud mental o de aprendizaje. La depresión entre ellos es endémica. Y es la enfermedad más recurrente en el sistema público de salud, que castiga, además, a franjas de la población cada vez más jóvenes. El número de los estudiantes que padecen alguna variante de dislexia también es sorprendente. No es una exageración afirmar que ser «adolescente británico» en la actual etapa del capitalismo tardío casi podría ser sinónimo de enfermedad. Esta patologización en sí misma ya ocluye toda posibilidad de politización. Al privatizar los problemas de la salud mental y tratarlos solo como si los causaran los desbarajustes químicos en la neurología del individuo o los conflictos de su contexto familiar, queda fuera de discusión cualquier esbozo sistémico de fundamentación social.

Muchos de los jóvenes a los que he enseñado se encontraban en lo que llamaría un estado de hedonia depresiva. Usualmente, la depresión se caracteriza por la anhedonia, mientras que el cuadro al que me refiero no se constituye tanto por la incapacidad para sentir placer como por la incapacidad para hacer cualquier cosa que no sea buscar placer. Queda la sensación de que efectivamente «algo más hace falta», pero no se piensa que este disfrute misterioso y faltante solo podría encontrarse más allá del principio del placer. En buena medida, este fenómeno es consecuencia de la ambigua posición estructural de los estudiantes, que se divide entre su antiguo rol como sujetos de las instituciones disciplinarias y su nuevo estatus como consumidores de servicios. En uno de sus ensayos más cruciales, «Post-scriptum sobre las sociedades de control», Deleuze distingue entre las sociedades disciplinarias organizadas alrededor de espacios estancos que había descripto Foucault, como la fábrica, la escuela y la prisión, y las nuevas sociedades de control en las que todas las instituciones se incrustan en una especie de corporación dispersa. Deleuze está en lo cierto al afirmar que Kafka es el profeta del poder cibernético distribuido, típico de las sociedades de control. En El juicio, Kafka distingue de forma clarificadora entre los dos tipos de absolución que podría alcanzar el acusado. La absolución definitiva ya no es posible, si es que alguna vez lo fue. («Solo existen relatos legendarios sobre antiguos casos que resultaron en una absolución»).

Las dos opciones que quedan son, en primer lugar, la «absolución ostensible», en la que el acusado es absuelto para todo fin práctico, pero puede en el futuro, y aparentemente sin causa, afrontar los cargos que se le han levantado; segundo, la «postergación indefinida», en la que el acusado se consagra a un proceso legal con la esperanza de estirarlo lo más posible para que la elevación del caso a juicio se vuelva cada vez más improbable. Deleuze observa que las sociedades de control delineadas por el mismo Kafka, pero también por Foucault y por Burroughs, operan sobre la base de la postergación indefinida. Por ejemplo: la educación es un proceso de toda la vida; la capacitación para el trabajo abarca toda la vida laboral; el trabajo sigue en casa, se trabaja desde la casa o se está como en casa en el lugar de trabajo, etc. Una consecuencia de este ejercicio «indefinido» del poder es que la vigilancia externa ya no es tan necesaria: en gran medida la sustituye la vigilancia interna. El Control solo funciona si uno es cómplice con él. De ahí viene esa figura de Burroughs, el «adicto al control»: aquel que necesita fanáticamente controlar, pero que también es víctima él mismo del Control que lo domina y lo posee. Al entrar a cualquiera de las aulas del terciario en el que daba clases, resulta evidente que se trata de un contexto posdisciplinario. En enumeraciones muy urticantes, Foucault se refería a la forma en que la disciplina se encarnaba a través de posiciones corporales muy duras. En nuestro terciario, en cambio, podrías encontrarte con que los alumnos se duermen sobre el escritorio, hablan casi sin parar, comen incesantemente snacks o, a veces, incluso comidas enteras. La vieja segmentación disciplinaria del tiempo se está rompiendo. El régimen semicarcelario de la disciplina se erosiona gracias a las tecnologías del control, con sus sistemas de consumo perpetuo y despliegue continuo.

El sistema de financiamiento del instituto hace imposible rechazar a alumnos o expulsarlos, inclusive si la dirección lo deseara. Los recursos llegan o no llegan de acuerdo con factores como el éxito en alcanzar los objetivos de desempeño (es decir, los resultados en los exámenes), la asistencia y la retención de los estudiantes. Esta combinación de imperativos de mercado y «objetivos» definidos en términos muy burocráticos es una típica iniciativa del estalinismo de mercado que hoy regula nuestros servicios públicos. Pero la falta de un sistema disciplinario no se compensa, para decirlo suavemente, con un aumento en la automotivación de los estudiantes. Los chicos son conscientes de que si dejan de ir a la escuela, o si no presentan ningún trabajo, no recibirán ninguna sanción seria. Y no reaccionan a esta libertad comprometiéndose con un proyecto propio, sino recayendo en la lasitud hedónica (o anhedónica): la narcosis suave, la dieta probada del olvido: Playstation, tv y marihuana. Si uno les pide que lean más de un par de oraciones, muchos (aunque se trata de estudiantes con buenas notas) protestarán alegando que no pueden hacerlo. La queja más frecuente es que es aburrido. Pero el juicio no atañe al contenido del material escrito: es el acto de leer en sí mismo lo que resulta «aburrido». No se trata ya del torpor juvenil de siempre, sino de la falta de complementariedad entre una «Nueva Carne» posliteraria «demasiado conectada para concentrarse» y la antigua lógica confinatoria y concentracionaria de los sistemas disciplinarios en decadencia. Estar aburrido significa simplemente quedar privado por un rato de la matrix comunicacional de sensaciones y estímulos que forman los mensajes instantáneos, YouTube y la comida rápida. Aburrirse es carecer, por un momento, de la gratificación azucarada a pedido. A algunos alumnos les gustaría que Nietzsche fuera como una hamburguesa; no logran darse cuenta (y el sistema de consumo en la actualidad alienta este malentendido) de que la indigestibilidad, la dificultad, eso es precisamente Nietzsche.

Un ejemplo: un día tuve que llamar la atención de un alumno porque siempre llevaba los auriculares puestos durante la clase. Me respondió que no había problema porque no estaba escuchando nada. En otra clase apareció otra vez con los auriculares, esta vez sin ponérselos y con la música a un volumen muy bajo. Cuando le pedí que la apagara me respondió que ni él podía escucharla. ¿Por qué alguien desearía llevar los auriculares puestos sin escuchar música o escuchar música sin ponerse los auriculares? Porque la presencia de los auriculares en los oídos o la certidumbre de que la música sonaba incluso si no podía escucharla resultan una ratificación de que la matrix está ahí todavía, al alcance. Por otro lado, la anécdota parece un ejercicio clásico de interpasividad: si la música estaba sonando, aunque el estudiante no la estuviera escuchando, el reproductor mismo podía disfrutarla por él. El uso de auriculares es significativo: una experiencia del pop no como algo que tendrá efectos sobre el espacio público, sino como una retracción al «Edipod» privado; un consumo narcótico que pone un muro entre el sujeto y la esfera social. La consecuencia de esta adicción a la matrix del entretenimiento es una interpasividad agitada y espasmódica, acompañada de una incapacidad general para concentrarse o hacer foco. Los estudiantes no pueden conectar su falta de foco en el presente con su fracaso en el futuro; no pueden sintetizar el tiempo en alguna especie de narrativa coherente. Estos son síntomas de algo más que desmotivación y nos recuerdan pavorosamente el análisis que hace Fredric Jameson en «El posmodernismo y la sociedad de consumo». Jameson observa que la teoría de la esquizofrenia de Lacan ofrece un «modelo estético interesante» para intentar entender la fragmentación de la subjetividad con vistas a la emergencia del complejo industrial del entretenimiento. «Con la destrucción de la cadena significante», dice Jameson sumariamente, «el esquizofrénico lacaniano queda reducido a la experiencia del puro significante material, en otras palabras, a una serie de presentes puros en el tiempo, desconectados entre sí». Jameson escribía a mediados de la década de 1980, en la que nacieron muchos de los estudiantes de mis clases. Nos enfrentamos, en las aulas, con una generación que se acunó en esa cultura rápida, ahistórica y antimnemónica, una generación para la cual el tiempo siempre vino cortado en microrrodajas digitales predigeridas.

Si el trabajador-preso es el protagonista de la disciplina, el deudor-adicto es el personaje del control. El capital ciberespacial funciona en el momento en que sus usuarios se vuelven adictos. William Gibson lo reconoce en Neuromante, cuando Case y el resto de los cowboys del ciberespacio se desconectan de la matrix y sienten insectos bajo la piel. (La afición de Case a las anfetaminas no es más que el sustituto de su adicción a una velocidad mucho más abstracta). Si algo como el desorden de déficit de atención e hiperactividad es una patología, entonces es una patología del capitalismo tardío: una consecuencia de estar conectado a circuitos de entretenimiento y control hipermediados por la cultura de consumo. Del mismo modo, lo que se conoce como dislexia puede no ser otra cosa que una suerte de poslexia. Los adolescentes tienen la capacidad de procesar los datos cargados de imágenes del capital sin ninguna necesidad de leer: el simple reconocimiento de eslóganes es suficiente para navegar el plano informativo de la red, el celular y la tv. «La escritura nunca fue algo propio del capitalismo. El capitalismo, de hecho, es intrínsecamente iletrado», afirmaron Deleuze y Guattari en El anti-Edipo. «El lenguaje electrónico no funciona a través de la voz o la escritura; los datos se procesan perfectamente en ausencia de ambas». De ahí que tantos empresarios exitosos sean en efecto disléxicos, aunque no sepamos si su eficacia posléxica es la consecuencia, o la causa, de su triunfo.

Hoy en día los profesores soportan una presión intolerable: la de mediar entre la subjetividad posliteraria del capitalismo tardío y las demandas propias del régimen disciplinario (como los exámenes). En este sentido, y lejos de ser una torre de marfil que se mantiene a salvo del mundo real, la educación es más bien el motor de la reproducción de la realidad social, el espacio donde las incoherencias del campo social capitalista se confrontan en directo. Los profesores debemos ser facilitadores del entretenimiento y, al mismo tiempo, disciplinadores autoritarios. Deseamos ayudar a los alumnos a pasar los exámenes, y ellos desean tenernos como figuras de autoridad, capaces de decirles qué hacer. Pero esta interpelación del profesor como figura de autoridad es justamente lo que exacerba el problema del «aburrimiento»: ¿o existe algo cuya raíz esté en la autoridad que no sea, de entrada, aburrido? Irónicamente, a los educadores se les exige el rol del disciplinador justo cuando las estructuras disciplinarias colapsan.

Con las familias agotadas por la presión del capitalismo que les exige a ambos padres trabajar todo lo que puedan, los profesores debemos actuar ahora como padres sustitutos capaces de instalar los protocolos de conducta más básicos, y proveer apoyo pastoral y emocional a los adolescentes que, en algunos casos, están mínimamente socializados. Insisto en el hecho de que ninguno de mis estudiantes tenía la menor obligación de presentarse a clase. De hecho, disponían de toda la libertad de irse si lo deseaban. Pero la falta de oportunidades de empleo junto con el incentivo cínico procedente del gobierno hace que seguir en la escuela parezca la opción más segura, y también la más fácil. Deleuze dice que las sociedades de control se basan en la deuda más que en el encierro. Sin embargo, el sistema educativo de la actualidad hace que el estudiante se endeude y, en simultáneo, lo encierra. Según esta melodía, uno debe pagar por su propia explotación, endeudarse y estudiar para poder conseguir el mismo «McEmpleo» que habría conseguido si hubiera dejado la escuela a los 16.

De acuerdo con Jameson, «de repente el colapso de la temporalidad libera al presente de todo el tendido de actividades e intencionalidades que podrían ponerlo en foco y convertirlo en un espacio de trabajo». Al mismo tiempo, hay que decir que la nostalgia por el contexto en el que operaban las prácticas de viejo tipo es completamente inútil. Esa es la razón por la cual los estudiantes franceses y sus protestas no constituyen, en el fondo, una alternativa a la impotencia reflexiva de sus pares británicos. Que una publicación liberal como The Economist desprecie toda forma de oposición al capitalismo no sorprende; pero su postura burlona frente a la llamada «inmovilización» francesa contenía algo de verdad. «En realidad los estudiantes que protagonizaron las últimas protestas parecían convencidos de estar actualizando los reclamos que sus padres le hicieron a Charles de Gaulle en mayo de 1968», decía su artículo de tapa del 30 de marzo de 2006:

Les habían robado hasta los eslóganes («debajo del asfalto, la arena de playa») y los símbolos (como la Sorbona). En este sentido, la revuelta parece no ser más que la secuela natural de los desmanes que ocurrieron en los suburbios [de París, en 2005] y que llevaron al gobierno a declarar el estado de emergencia. En ese momento eran los jóvenes desempleados, extranjeros de las clases bajas, los que se rebelaban contra un sistema efectivamente capaz de excluirlos. En cambio lo más llamativo de las últimas protestas es que esta vez las fuerzas rebeldes están del lado del conservadurismo. A diferencia de sus coetáneos de la banlieue, los estudiantes y los sindicatos que los acompañan solamente quieren evitar el cambio y mantener el estado de cosas presente en Francia.La práctica de muchos de estos «inmovilizadores» es justamente contraria a la de otro grupo de los que se cuentan herederos de Mayo del 68: aquellos llamados «comunistas liberales» como George Soros y Bill Gates, rapaces predadores del beneficio económico que, al mismo tiempo, pueden levantar las banderas de la ecología y la responsabilidad social. Junto con estas preocupaciones sociales, los comunistas liberales creen que la estructura del trabajo debe (pos)modernizarse, en línea con el concepto de «ser astuto» [being smart]. Así lo explica Slavoj Žižek:

«Ser astuto» significa ser dinámico y nómada, estar en contra de la burocracia centralizada. Significa creer en el diálogo y en la colaboración y no en la autoridad central; en la flexibilidad y no en la rutina; en la cultura y el conocimiento y no en la producción industrial; en la interacción espontánea, en la autopoiesis y no en las jerarquías fijas.

Los inmovilizadores partían de una concesión implícita: que solo es posible resistir al capitalismo, no superarlo. Los comunistas liberales, por otra parte, creen que los excesos morales del capitalismo deben ser combatidos con la caridad. Ambos grupos muestran el modo que encuentra el realismo capitalista para circunscribir las posibilidades políticas actuales. Mientras que los inmovilizadores retienen la forma y el estilo de las protestas de 1968 pero en nombre de la resistencia al cambio, los comunistas liberales abrazan enérgicamente lo nuevo. Žižek está en lo cierto al afirmar que el comunismo liberal no es otra cosa que la forma dominante de la ideología capitalista hoy en día, más que constituir una especie de correctivo progresista a la ideología capitalista oficial. La «flexibilidad», el «nomadismo» y la «espontaneidad» son los rasgos salientes de la gerencia posfordista típica de la sociedad de control. Y el problema es que toda oposición a la flexibilidad y la descentralización corre el riesgo de autoboicotearse, puesto que un llamado a la rigidez y la centralización no sería muy contagioso que digamos. En cualquier caso, la resistencia a lo nuevo no es una causa en la que la izquierda debería inmiscuirse actualmente.

El capital fue muy astuto en su empeño por destruir el sindicalismo; sin embargo, no ha habido en la izquierda reflexión suficiente respecto de las tácticas que podrían funcionar contra el capital en las condiciones propias del posfordismo, ni sabemos qué lenguaje nuevo podría improvisarse para lidiar con unas tales condiciones.

Por un lado, es importante debatir la apropiación de lo nuevo efectuada por el capitalismo; por otro lado, el llamado a lo nuevo no puede confundirse con la mera adaptación a las condiciones existentes: ya nos hemos adaptado demasiado. De hecho, la búsqueda de la «adaptación exitosa» es la principal estrategia del gerencialismo.

La asociación persistente entre el neoliberalismo y la idea de «restauración», una vinculación conceptual que promovieron Alain Badiou y David Harvey, es un correctivo necesario para la asociación falsa del capital y la novedad. Para Badiou y Harvey, la política neoliberal no tiene que ver con lo nuevo, sino con un retorno al poder y los privilegios de clase. «En Francia», según Badiou, «la idea de restauración hace referencia al periodo en que volvieron los reyes, después de la revolución y de Napoleón, desde 1815. Actualmente atravesamos un momento semejante. El capitalismo liberal y su sistema político, el parlamentarismo, nos parecen las únicas soluciones naturales y aceptables». A la vez, Harvey define la neoliberalización como «un proyecto político para restablecer las condiciones de la acumulación de capital y restaurar el poder a las elites económicas». Harvey demuestra que, en una era popularmente sindicada «pospolítica», la lucha de clases se sigue peleando aunque de un lado solo: del lado de los ricos. «Tras la implementación de las políticas neoliberales a finales de la década de 1970», escribe:

el porcentaje de la renta nacional en manos del 1% más rico de la sociedad ascendió hasta alcanzar, a fines del siglo pasado, el 15%. El 0,1% de los perceptores de las rentas más altas de este país vio crecer su participación en la renta nacional de 2% a cerca de 6% en 1999, mientras que la proporción entre la retribución media de los trabajadores y los sueldos percibidos por los altos directivos pasó de mantener una proporción aproximada de 30 a 1 en 1970 a alcanzar una proporción de 500 a 1 en 2000. (...) Y Estados Unidos no está solo en este proceso, ya que el 1% superior de los perceptores de renta en el Reino Unido ha doblado su porcentaje de la renta nacional de 6,5% a 13% desde 1982.

Como muestra Harvey, los neoliberales fueron más leninistas que los leninistas: supieron crear y diseminar think-tanks que formaran la vanguardia intelectual capaz de crear el clima ideológico en el que el realismo capitalista pudiera florecer. El modelo de la inmovilización, en cambio, con sus demandas para que el viejo modelo fordista-disciplinario se mantenga tal cual, jamás podría ser útil en aquellos países donde las reformas neoliberales ya han sido efectuadas. En el Reino Unido, el fordismo colapsó definitivamente, y en su colapso se llevó los espacios y las prácticas que organizaban la vieja manera de hacer política. Sobre el final de su ensayo sobre el control, Deleuze se pregunta cuáles podrían ser las nuevas formas que adquiriría una eventual política del anticontrol:

Uno de los temas más importantes será sin duda la ineficacia de los sindicatos: intrínsecamente unidos por su historia de lucha contra la disciplina que se ejercía en espacios de encierro, ¿serán capaces de adaptarse o solamente dejarán lugar a nuevas formas de resistencia contra la sociedad del control? ¿Podemos ya hoy en día percibir los trazos gruesos de las formas futuras de resistencia, aquellas capaces de amenazar la algarabía del marketing? Muchos jóvenes extrañamente se ufanan de estar «motivados»; de esta forma vuelven a requerir continuamente del aprendizaje y el entrenamiento perpetuos. Les tocará descubrir a su turno a aquellos a los que deberán servir, así como sus padres descubrieron, no sin dificultad, el telos de la disciplina.

Lo que hay que descubrir es una salida del par de opuestos motivación-desmotivación, de manera que la no identificación con el programa del control pueda ser algo más que una apatía descorazonada. Una estrategia sería mover la agenda de la política de izquierda del foco tradicional del sindicalismo, el salario, a reclamos más propiamente específicos del posfordismo.