Opinión

¿Qué significa el acuerdo entre Argentina e Irán?

Con dudas en el oficialismo y fuertes críticas de la oposición, el Congreso argentino aprobó la semana pasada el acuerdo con Irán sobre el sangriento ataque a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), que causó la muerte de 85 personas en 1994. Negociado durante meses, sus primeros pasos datan de al menos seis años atrás. Hubiera sido importante un trabajo preparatorio para intentar evitar que la causa AMIA se vuelva parte de la antinomia kirchnerismo-antikirchnerismo, tal como el tema del nazismo ha sido parte de la antinomia peronismo-antiperonismo desde los años cuarenta.

¿Qué significa el acuerdo entre Argentina e Irán?

Con dudas en el oficialismo y fuertes críticas de la oposición, el Congreso argentino aprobó la semana pasada el acuerdo con Irán sobre el sangriento ataque a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), que causó la muerte de 85 personas en 1994. Negociado durante meses, sus primeros pasos datan de al menos seis años atrás.

En 2007, la propuesta iraní de conformar una comisión legal -cuya labor permitiría “resolver amistosamente” las discrepancias sobre ese atentado- no interesó a la Argentina. El país recurrió a Washington, cuya diplomacia cabildeó exitosamente a la Interpol en busca de la asistencia solicitada para dar con los iraníes presuntamente vinculados con el ataque.

Lo logrado ese año ameritó una prudencia atinada de formadores de opinión difícilmente parciales con Teherán o antitéticos a Washington y Jerusalén. El editor general del diario Clarín escribió en aquella ocasión que lo aprobado por Interpol “recoge lo que Israel y Estados Unidos siempre pensaron” sobre la responsabilidad iraní del ataque sin ignorar “alguna solidez en el planteo argentino”. Los aportes de Israel y de informantes iraníes, que resultaron poco confiables para evaluadores estadounidenses, parecen haber impulsado la aclaración de que requerir al entonces jefe de inteligencia iraní y al líder del brazo armado del partido libanés Hezbolá no significaba tener certeza de que la voladura “se decidió entre la inteligencia iraní y el Hezbolá”. Para un analista de diario La Nación, la causa AMIA, metamorfoseada en “cuestión de fe”, seguía estando “lejos de las pruebas”.

La polarización política nacional explicaría la omisión de referencias posteriores a distintas minusvalías pero un estudio reciente de un ex funcionario del gobierno de George Bush, hecho a pedido del departamento de Defensa, recalcó que seguía sin determinarse “quiénes fueron los perpetradores y cuáles sus motivos, más allá de toda duda fundada”.

Aún así, la evidencia acumulada por el fiscal Alberto Nisman fue un logro, catalogación que convive con sus endebleces. El diplomático argentino a cargo del dossier AMIA, por ejemplo, había esperado que el informe Nisman -destilado a partir del informe del ahora ex juez Juan José Galeano, que el entonces jefe de inteligencia argentina le entregó en 2003 a su par israelí para fortalecerlo-, fuese evidencialmente superior. Sus “puntos débiles” tampoco pasaron inadvertiidos para el juez Rodolfo Canicoba Corral. ¿Cómo ignorar, entonces, que la noción de una autoría intelectual iraní y una ejecución material de Hezbolá es una hipótesis a ser probada fehacientemente?

La desestimación británica de la extradición pedida por Galeano del entonces embajador iraní en Buenos Aires no se vio superada por el informe Nisman. Con anuencia estadounidense y argentina, Interpol además excluyó al ex presidente y al canciller de Irán de las alertas rojas concedidas. Y Brasil, pese a la importancia argentina para su política regional, no votó con Argentina ni cabildeó a países lusoafricanos en Interpol porque, a diferencia de Nisman, nunca le constó que el ataque hubiese contado con apoyos en la Triple Frontera. Recientemente, un colaborador en las pesquisas, antes encargado de Hezbolá en el FBI, reveló que sus sospechas sobre Irán cohabitaban con la tenuidad de las pruebas argentinas.

Con ese trasfondo, no sorprende que dos legisladores argentinos se preocuparan porque la Comisión de la Verdad a crearse tras la ratificación parlamentaria iraní escrutará la evidencia de Nisman. Ambos se hacían eco de la preocupación israelí de que su narrativa del atentado, largamente aceptada, pueda verse cuestionada. Esto puede y debe hacerse, con cargos y descargos.

Hubiera sido importante un trabajo preparatorio para intentar evitar que la causa AMIA se vuelva parte de la antinomia kirchnerismo-antikirchnerismo, tal como el tema del nazismo ha sido parte de la antinomia peronismo-antiperonismo desde los años cuarenta.

Negociar con Irán es la única alternativa a una solución militar de terceros, señaló Luis Moreno Ocampo, ex juez de la Corte Penal Internacional, invitado a asesorar a la AMIA. Semejante guerra podría “durar años”, según Zbigniew Brzezinski, antiguo asesor de seguridad nacional estadounidense. “Salvo una ocupación permanente de Irán, ninguna acción militar interrumpirá sempiternamente su programa nuclear”, sostiene Thomas Pickering, ex subsecretario de Estado estadounidense. Para Javier Solana, ex representante de política exterior de la Unión Europea, ir a la guerra con Irán implica mayor “inestabilidad regional y global”, lo cual es para Jack Straw, ex canciller laborista británico, un sinsentido.

A Israel, empero, el caso AMIA le sirve para proteger su monopolio regional sobre las armas atómicas, preparando a la opinión pública para un ataque al programa nuclear iraní que, a ojos de distintos jefes de inteligencia israelíes, no representa “una amenaza existencial”. Seguirá, entonces, buscando empujar a Washington en tal dirección y a una invalidación del acuerdo en Argentina.

El interés argentino debe ser lograr justicia, no fomentar guerras ajenas. Ello está en sintonía con la falta de apetito de Barack Obama por una guerra y su deseo, por ahora, de acotar consensuadamente las ambiciones nucleares iraníes. Resta ver, pues, si aquel informe estadounidense de 2004, donde el sobreseimiento de los implicados en la conexión local era visto como enrevesando más la causa AMIA, tornándola “más difícil –si no imposible- de resolver”, sólo es un vaticinio irrealizado.

(*) Historiador y compilador (con Zidane Zeraoui) de Irán. Los retos de la República Islámica, Siglo XXI, Buenos Aires, 2011.

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