Tribuna global

¿Por qué triunfa el sultán populista? Los riesgos de la actual coyuntura turca

Tras el último triunfo electoral de Tayyip Erdogan, muchas personas se preguntaron por qué las fuerzas democráticas y laicas no logran triunfar en Turquía. Para responder esta pregunta, es preciso tener en cuenta la «guerra civil» cultural que golpea al país y se desarrolla en tres frentes: étnico, religioso e identitario. En los tres casos, el presidente turco se ubica de forma estable del lado de la mayoría conservadora que, lamentablemente, sigue siendo hegemónica en la sociedad turca. Una nueva izquierda ha logrado crecer venciendo numerosos obstáculos, pero aún es mucho e incierto el camino que deben recorrer los sectores democráticos.

¿Por qué triunfa el sultán populista? /  Los riesgos de la actual coyuntura turca

Nota: una primera versión de este artículo fue publicada por la revista MicroMega, 8/2015, con el título «Perché vince il sultano populista». Traducción del francés de Gustavo Recalde.

El resultado de las elecciones legislativas turcas, ganadas cómodamente por Tayyip Erdoğan el 1o de noviembre de 2015, tomó por sorpresa a muchos comentaristas extranjeros. Turquía parece estar cada vez más atrapada en un autoritarismo de matriz conservadora-islamista, y el régimen instaurado progresivamente por el actual presidente de la República turca y el Partido de la Justicia y el Desarrollo (Adalet ve Kalkinma Partisi, akp) sigue gozando de un apoyo social mayoritario. Cuestionado en el pasado por varios sectores de la sociedad civil (pensemos en el movimiento de la plaza Taksim de mayo-junio de 2013), Erdoğan sigue siendo hoy, luego de 13 años consecutivos en el poder, el dueño hegemónico de la política turca, lo que no deja de sorprender con desagrado a aquellos interesados en el destino de la democracia. Ahora bien, el 7 de junio de 2015, luego de las elecciones legislativas, Erdoğan y su partido habían perdido la mayoría parlamentaria por primera vez desde 2002. Se esperaba el inicio de una nueva era de democratización en Turquía, con una oposición parlamentaria más fuerte y coaliciones gubernamentales que redujeran el poder exorbitante concentrado en manos del hombre fuerte de Turquía. Pero las expectativas no se cumplieron, y Erdoğan, impulsando la convocatoria a nuevas elecciones, logró recuperar el 1o de noviembre de 2015 una cómoda mayoría parlamentaria, al precio del retorno de la violencia política y la exacerbación de la polarización sociopolítica en el país.

Cinco meses plagados de peligros

Las elecciones de junio de 2015 crearon en Turquía una situación sin salida, que se desbloqueó solamente con la convocatoria a una nueva elección que debía celebrarse en una fecha cercana. Los cinco meses que transcurrieron entre ambas citas electorales se caracterizaron por una fuerte inestabilidad y un recrudecimiento de la violencia política que el partido en el poder supo explotar hábilmente. Es este el punto de donde se debe partir para comprender las razones del reciente triunfo de Erdoğan.

El hecho de que, en la consulta de junio, el oficialista akp no lograra obtener la mayoría calificada necesaria que le permitiera reformar la Constitución en el sentido del hiperpresidencialismo –el proyecto del propio Erdoğan– era en realidad más bien previsible. En cambio, que el partido en el poder no ganara ni siquiera el número de bancas suficiente para poder formar su propio gobierno sin recurrir a una alianza (improbable) con otros partidos lo era decididamente menos. Se trataba de una circunstancia inédita, capaz de comprometer no solo el sueño presidencial de Erdoğan sino también el propio régimen instaurado por su partido.

La imposibilidad de obtener las 276 bancas necesarias para permitir el nacimiento de un gobierno bajo el único estandarte del akp, un claro fracaso, es producto sobre todo del éxito obtenido el 7 de junio por el Partido Democrático de los Pueblos (Halklarin Democratik Partisi, hdp), la gran novedad de estas elecciones. Contra todo pronóstico, el hdp, partido filokurdo y de izquierda, no solo superó el umbral electoral nacional de 10%, sino que llegó incluso a obtener 13% de los votos, lo que representa más de seis millones de personas, e ingresó así en la Gran Asamblea Nacional con 80 diputados. Si el hdp no hubiera logrado atravesar la barrera de 10%1, el akp habría en cambio ganado unos 65-70 diputados más y habría logrado pues formar su propio gobierno. Por el contrario, lo que sobrevino fue una situación inesperada, sobre todo para el partido en el poder, que gobierna el país en soledad desde noviembre de 2002.

Fue entonces cuando Turquía se encontró en un callejón sin salida. El akp había perdido la mayoría, pero, por otra parte, los demás partidos que ingresaron en el Parlamento –cuya asociación de bancas habría permitido la formación de un gobierno– estaban lejos de formar un bloque homogéneo. Entre ellos, se encuentran el Partido Popular Republicano (Cumhuriyet Halk Partisi, chp), es decir, el partido kemalista2 (de centroizquierda), la extrema derecha del Partido de Acción Nacionalista (Milliyetçi Hareket Partisi, mhp, los denominados «lobos grises»)3 y, justamente, el hdp. La derecha nacionalista había, por lo demás, descartado inmediatamente toda hipótesis de participación en un gobierno que incluyera también al partido filokurdo, y ofreció en bandeja a Erdoğan la posibilidad de montar sin demasiadas dificultades el escenario de elecciones anticipadas con el fin de recuperar, bajo la amenaza del caos, los votos perdidos el 7 de junio.

Más precisamente, la estrategia llevada a cabo por Erdoğan consistió en ejercer una presión directa sobre el entonces primer ministro Ahmet Davutoğlu, también del akp, para lograr que este último no llegara a un acuerdo de gobierno con el kemalismo. Durante las tres semanas que siguieron a la votación de junio, el akp simuló pues un avance en las negociaciones con los kemalistas, pero se trataba claramente de una estrategia de espera destinada a ganar tiempo para llegar al vencimiento del plazo establecido para la formación del gobierno previsto por la Constitución. Una vez superado ese plazo, el regreso a las urnas devino una obligación constitucional. Por añadidura, hasta después de la votación, Erdoğan comenzó a atizar el fuego, sin perder ocasión alguna para reiterar que en ausencia de un gobierno sólido y estable, la situación degeneraría rápidamente en el caos. En los meses siguientes, su fórmula «yo o el caos» se convirtió en una suerte de letanía con la que se machacaba de manera obsesiva.

Y el caos, precisamente, llegó. En efecto, a la situación de incertidumbre política se sumó el nuevo clima de violencia en el cual Turquía se sumió a partir de mediados de julio. Este recrudecimiento de la violencia política se presentó de dos formas: por un lado, sufrió los atentados terroristas atribuidos al Estado Islámico (ei), los del 20 de julio en Suruç y el 10 de octubre en Ankara (el más grave de ambos, con 102 muertos); por el otro, se reanudaron los combates entre el Estado turco y la guerrilla kurda ligada al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (Partîya Karkerén Kurdistan, pkk), que comenzó a declarar la autonomía de algunas pequeñas ciudades de mayoría kurda presentes en el territorio turco. En esas mismas ciudades, la guerrilla anunció además la creación de fuerzas de autodefensa. Esto generó la reacción del gobierno turco, que dio luz verde a operaciones de rastreo destinadas a desmantelar las posiciones del pkk presentes en Iraq y en las montañas turcas, lo que condujo a combates abiertos en las ciudades kurdas situadas a lo largo de la frontera de Iraq y Siria que causaron numerosas víctimas.

  • 1.

    Este porcentaje claramente proscriptivo es el piso necesario para entrar en la Gran Asamblea Nacional desde la Constitución de 1982 [n. del e.].

  • 2.

    Por «kemalismo» se entiende la ideología de la lucha de liberación nacional turca liderada por el mariscal Mustafa Kemal Atatürk, que concluyó en 1923 con la fundación de la república moderna de Turquía. Se basa en seis principios (las «seis flechas»): republicanismo, nacionalismo, populismo, estatismo, laicismo, revolución. El chp, el partido más antiguo que existe actualmente en Turquía, es el brazo político oficial del kemalismo desde 1923, año de su fundación bajo la acción del propio Atatürk. Uno de los dogmas de la ideología kemalista es la laicidad del Estado contra toda influencia del islam y las demás religiones en la esfera pública. Se trata, sin embargo, de un laicismo fuertemente orientado en un sentido autoritario y nacionalista, incompatible con el principio del respeto a los derechos de las minorías [n. del e.].

  • 3.

    Los «lobos grises» o «círculos idealistas» son una organización ultranacionalista y panturca, fervientemente anticomunista y a veces descripta como abiertamente neofascista, fundada a fines de los años 1960 por el coronel Alparslan Türkes (fundador además del Partido de Acción Nacionalista). Se trata formalmente de una organización juvenil distinta pero que mantiene estrechos lazos con el mhp, del que sería, para muchos, el brazo armado no oficial. Acostumbrada a la práctica de la violencia política y el terrorismo contra los militantes de izquierda y las minorías étnicas y religiosas, a lo largo de los años fue responsable de varias masacres y atentados. Nunca se esclareció totalmente su papel en el intento de asesinato de Juan Pablo ii ocurrido el 13 de mayo de 1981, perpetrado por Mehmet Ali Ağca, quien había sido miembro de esa organización [n. del e.].