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¿Podrá la democracia sobrevivir al siglo XXI?

La democracia liberal es el único sistema de gobierno que ha emergido del convulsionado siglo XX con legitimidad global. Sin embargo, sus principios fundacionales se encuentran hoy bajo ataque en las democracias industrializadas. ¿Cómo explicar este fenómeno? Un nuevo contexto global, caracterizado por la relocalización de la producción industrial, impulsa a los votantes a respaldar liderazgos crecientemente radicalizados. La experiencia latinoamericana sugiere que estos gobiernos intransigentes erosionan los derechos políticos y las libertades civiles de sus adversarios. Los intentos por renovar la democracia a menudo conducen, inesperadamente, a veladas formas de poder autocrático.

¿Podrá la democracia sobrevivir al siglo XXI?

Los principios de la democracia liberal se encuentran cuestionados en los países del Atlántico Norte que representaron su baluarte durante la segunda mitad del siglo xx. En Estados Unidos, Donald Trump ganó la elección presidencial con un discurso hostil al ideal de diversidad que fue motor del desarrollo democrático desde 1965. En Europa, los partidos tradicionales que dominaron la política de posguerra están perdiendo votos en beneficio de una derecha nacionalista que resiste la integración regional y rechaza la tolerancia cultural. Esta fuerza ascendente incluye al Frente Nacional en Francia; al Partido del Pueblo en Suiza (svp, por sus siglas en alemán), el más votado desde 2003; al Partido de la Libertad (fpö) en Austria, e incluso a los Demócratas de Suecia, que ya controlan 14% de los escaños en el Parlamento.

Resulta paradójico que esta crisis se manifieste en los países centrales precisamente cuando la democracia liberal parece ser el único sistema de gobierno con legitimidad global. Algo más de la mitad de los países del mundo tienen hoy gobiernos democráticos, un nivel récord en la historia humana. Incluso los regímenes autoritarios contemporáneos –excepto raras excepciones, como Arabia Saudita– simulan tener credenciales republicanas. Este es, sin duda, el gran legado político del siglo xx.

Este legado será disputado en el siglo que viene. El argumento central de este ensayo es que la relocalización global de la actividad industrial ha producido una segmentación creciente del mercado de trabajo en los países centrales. La exclusión de importantes sectores del electorado de las cadenas de producción genera un riesgo para las democracias industrializadas. Algunas experiencias recientes de América Latina sugieren que este contexto resulta favorable al surgimiento de líderes con discursos radicalizados, quienes promueven la concentración del poder en el Ejecutivo y la erosión de las libertades civiles. El principal riesgo para la democracia del siglo xxi no son los líderes abiertamente autoritarios, sino aquellos que proponen reformar el sistema a partir de un discurso intolerante.

La democracia en juego

Para comprender este problema, es necesario establecer en qué consiste el sistema actualmente en disputa. La forma de gobierno conocida como democracia –con elecciones regulares, partidos políticos y vociferantes tertulias en televisión– podría describirse con mayor precisión como una república liberal de masas. Tres elementos definen este régimen. El primero, central para los debates del siglo xix, es la idea de un gobierno ejercido a través de instituciones representativas en que los líderes ejercen poder por tiempo limitado. Las monarquías parlamentarias aceptaron transformarse en repúblicas de facto al entregar el gobierno a un gabinete sujeto a elecciones periódicas. El segundo elemento se manifiesta en la idea de derechos constitucionales que protegen a toda la ciudadanía y limitan el ejercicio del poder por parte de los gobernantes elegidos. El tercer principio justifica la invocación de la democracia ateniense: existe un derecho a la participación popular expresada a través del sufragio «universal». Las fronteras de esta «universalidad» han sido renegociadas a lo largo de dos siglos para incorporar a los hombres sin propiedad, a las mujeres, a votantes jóvenes y a grupos étnicos excluidos por las poblaciones de origen europeo.

Es importante destacar la novedad de este arreglo institucional, así como su contingencia histórica. Este modelo, vagamente inspirado en la República romana, era desconocido a fines del siglo xviii y emergió progresivamente como resultado de la experimentación institucional durante los siglos xix y xx1. La Segunda Guerra Mundial transformó la república liberal de masas en el modelo «oficial» de los países capitalistas del Atlántico Norte, y el fin de la Guerra Fría permitió su expansión a Europa del Este, su fortalecimiento en África y su estabilización en América Latina.

El mundo de posguerra ofrecía una afinidad electiva entre producción industrial y república liberal de masas que las ciencias sociales interpretaron en claves diversas. La teoría de la modernización propuso, desde fines de la década de 1950, la existencia de una relación causal entre desarrollo económico y democratización. La teoría de la dependencia interpretó este mismo patrón desde una perspectiva menos optimista, como conflicto entre un «centro» conformado por democracias industrializadas y una «periferia» de democracias inestables y dictaduras productoras de materias primas. Esta concepción del mundo está hoy en cuestión.

La periferización de los países centrales

El mundo que inspiró las teorías de la modernización y la dependencia fue alterado por el desplazamiento de la producción industrial hacia la «periferia» y por la desaceleración del crecimiento en los países «centrales». Este proceso comenzó lentamente con la instauración de un modelo de desarrollo industrial orientado a las exportaciones en Japón, Corea del Sur y Taiwán, y se aceleró con las reformas realizadas por Deng Xiaoping en la China de los años 80. El delta del río de las Perlas representa hoy en día una de las mayores concentraciones urbanas e industriales del planeta. Se estima que China produce actualmente 70% de los teléfonos móviles y 60% de todos los zapatos que se venden en el mundo2.La ventaja de estos competidores, centrada en un costo laboral menor al de las democracias industrializadas, fue reproducida posteriormente por México y parte del Sudeste asiático. Una empresa del Medio Oeste de eeuu paga a sus operarios industriales unos 20 dólares por hora. En México, la misma empresa paga actualmente unos 5. Una planta de 2.000 operarios ahorra, migrando hacia el Sur, unos 60 millones de dólares anuales en salarios. De este modo, la educación de nivel secundario que garantizaba a los votantes estadounidenses condiciones de vida de clase media en la segunda mitad del siglo xx apenas garantiza un empleo incierto a comienzos del siglo xxi.

  • 1.

    John Markoff: «Where and When Was Democracy Invented?» en Comparative Studies in Society and History vol. 41 No 4, 1999.

  • 2.

    «Made in China?» en The Economist, 14/3/2015.