Tribuna global

Podemos y el «populismo de izquierdas» ¿Hacia una contrahegemonía desde el sur de Europa?

Podemos es una nueva formación política que ha aprovechado la ventana de oportunidad abierta por la crisis y ha logrado acudir el tablero político español con efectos impredecibles. Por primera vez en décadas, una izquierda educada en la derrota encuentra un discurso para interpelar a una mayoría social. Aunque el partido de Pablo Iglesias enfrenta hoy obstáculos al crecimiento irrefrenable que manifestó en sus primeros meses, los históricos resultados logrados por candidaturas ciudadanas apoyadas por Podemos en ciudades como Barcelona y Madrid muestran que la grieta abierta por la crisis en la política española no se ha cerrado.

Podemos y el «populismo de izquierdas» / ¿Hacia una contrahegemonía desde el sur de Europa?

El 17 de enero de 2014, en un pequeño teatro del centro de Madrid, se presentó una iniciativa ciudadana dirigida a lanzar una nueva candidatura a las elecciones al Parlamento Europeo. Su cabeza visible era Pablo Iglesias, un profesor de Ciencias Políticas de 36 años, bien conocido entre los movimientos sociales madrileños, que en los meses precedentes había alcanzado cierta notoriedad por sus apariciones en programas televisivos de gran audiencia. Iglesias no presentó un partido o una coalición tradicionales, sino lo que definió como «un método participativo abierto a toda la ciudadanía». Cinco meses más tarde y tras un ascenso deslumbrante, Podemos se convertía en la gran sorpresa de las elecciones europeas al obtener 8% de los votos y cinco diputados. Aun así, Iglesias declaró que no consideraba los resultados satisfactorios: «Hemos avanzado mucho y hemos sorprendido a la casta, pero la tarea que se presenta ante nosotros a partir de mañana es enorme (…). Podemos no nació para jugar un papel testimonial, nacimos para ir a por todas y vamos a ir a por todas». No era una bravuconada. Pocos meses después, Podemos se convertía en el primer partido en intención de voto en las encuestas.

En su año y medio de vida, esta formación revolucionó la vida política española. Su principal mérito ha sido vencer el impasse al que parecían haber llegado las movilizaciones populares producidas al calor del 15-m y, más en general, superar las limitaciones tradicionales de la izquierda, ofreciendo una exitosa expresión electoral a la ola de cambio. El movimiento de los indignados había conseguido articular el malestar difuso provocado por la crisis político-económica con un discurso democratizador que cuestionaba los consensos sobre los que se asentaba la hegemonía de las elites económicas y sociales españolas durante las últimas décadas. Pero no fue capaz de desarrollar formas organizativas duraderas ni pudo detener los recortes impuestos por el «austericidio». Tampoco los partidos políticos, los sindicatos o los movimientos sociales parecían capaces de convertir esa indignación en una herramienta de cambio institucional. El peligro que se intuía a finales de 2013 era que ese impasse diera lugar a un cierre de la crisis «por arriba» que preservara el statu quo.

La irrupción de Podemos alteró completamente ese escenario empujando la ventana de oportunidad entreabierta y obligando a todos los actores a posicionarse frente a su emergencia. Pero Podemos no solo ha transformado el paisaje político español, también ha sacado a la luz oportunidades, dilemas y peligros que afectan a toda la izquierda europea. En el mejor de los escenarios, podría anunciar, junto con Syriza, la construcción de un polo de antagonismo a la Unión Europea neoliberal desde los países del sur de Europa.

La crisis del «régimen del 78» y el fin del milagro español

El laberinto político español solo puede entenderse a la luz de la profunda crisis económica que atraviesa el país desde 2008. El estallido de la crisis de las hipotecas subprime tuvo un impacto violento en la economía española, que había experimentado una enorme burbuja inmobiliaria durante toda la década anterior. La ilusión de que se trataba de un bache temporal, tras el cual volvería la belle époque neoliberal, pronto se desvaneció. En los últimos cuatro años la tasa media de desempleo fue de casi 25%, más de la mitad de los desempleados son parados de larga duración y cerca de un millón vive en hogares donde todos los miembros están en paro. La desigualdad creció en mayor medida que en cualquier país de Europa, la tasa de pobreza ronda el 20% y se han producido casi 100.000 desahucios anuales. Si el boom inmobiliario arruinó el paisaje natural, la crisis arrasó el paisaje social.


Pero la crisis económica se ha convertido en una crisis política. En el último lustro, la ciudadanía ha empezado a cuestionar no ya a uno u otro de los dos grandes partidos (Partido Popular [pp] y Partido Socialista Obrero Español [psoe]), sino al conjunto de actores e instituciones que conforman el régimen político, cuyos déficits democráticos fueron subrayados por la crisis y los continuos escándalos de corrupción (el gráfico recoge algunos indicadores). De igual modo, se ha extendido un difuso sentimiento antipolítico, ideológicamente transversal, cuyo mejor ejemplo quizás sea la amplia difusión que tuvo en las redes sociales un bulo completamente falso: que en España había 445.568 políticos.

Lo que está en crisis es el llamado «régimen del 78» (por el año en que se aprobó la Constitución española): un conjunto de consensos políticos, económicos y culturales que nacieron con la transición a la democracia en España y que durante tres décadas permitieron a las elites económicas y políticas gestionar con relativo éxito los conflictos laborales, territoriales y culturales. Entre 1975, con la muerte del dictador Francisco Franco, y 1982, cuando se produce la primera victoria electoral del psoe, se consolidó una estructura de poder que trazó la frontera de lo que se consideraba políticamente factible, limitó el proceso de democratización de las instituciones políticas españolas e impidió un desarrollo más igualitario. Esa estructura de poder se ha reproducido durante las décadas siguientes bajo los gobiernos del psoe y el pp.

Los gobiernos del psoe (1982-1996) consolidaron el modelo de la transición. Fue una larga hegemonía política que terminó de dar forma al país y que puede considerarse un ejemplo pionero de la vía socialdemócrata al neoliberalismo. Casi desde el primer día, el gobierno de Felipe González guardó en un cajón su programa keynesiano y puso la política económica en manos de dos ministros ligados a las elites bancarias –Miguel Boyer y Carlos Solchaga–. El resultado fue la aplicación de recetas ortodoxas de ajuste y reducción de la inflación de forma mucho más decidida que en otras experiencias del sur de Europa. Con un desempleo por encima de 20%, España se convirtió en un laboratorio neoliberal, y si bien es cierto que se introdujeron avances en el desarrollo de un incipiente Estado de Bienestar, estos fueron notablemente tímidos.