Tribuna global

Podemos y el «populismo de izquierdas» ¿Hacia una contrahegemonía desde el sur de Europa?

Podemos es una nueva formación política que ha aprovechado la ventana de oportunidad abierta por la crisis y ha logrado acudir el tablero político español con efectos impredecibles. Por primera vez en décadas, una izquierda educada en la derrota encuentra un discurso para interpelar a una mayoría social. Aunque el partido de Pablo Iglesias enfrenta hoy obstáculos al crecimiento irrefrenable que manifestó en sus primeros meses, los históricos resultados logrados por candidaturas ciudadanas apoyadas por Podemos en ciudades como Barcelona y Madrid muestran que la grieta abierta por la crisis en la política española no se ha cerrado.

Podemos y el «populismo de izquierdas» / ¿Hacia una contrahegemonía desde el sur de Europa?

El 17 de enero de 2014, en un pequeño teatro del centro de Madrid, se presentó una iniciativa ciudadana dirigida a lanzar una nueva candidatura a las elecciones al Parlamento Europeo. Su cabeza visible era Pablo Iglesias, un profesor de Ciencias Políticas de 36 años, bien conocido entre los movimientos sociales madrileños, que en los meses precedentes había alcanzado cierta notoriedad por sus apariciones en programas televisivos de gran audiencia. Iglesias no presentó un partido o una coalición tradicionales, sino lo que definió como «un método participativo abierto a toda la ciudadanía». Cinco meses más tarde y tras un ascenso deslumbrante, Podemos se convertía en la gran sorpresa de las elecciones europeas al obtener 8% de los votos y cinco diputados. Aun así, Iglesias declaró que no consideraba los resultados satisfactorios: «Hemos avanzado mucho y hemos sorprendido a la casta, pero la tarea que se presenta ante nosotros a partir de mañana es enorme (…). Podemos no nació para jugar un papel testimonial, nacimos para ir a por todas y vamos a ir a por todas». No era una bravuconada. Pocos meses después, Podemos se convertía en el primer partido en intención de voto en las encuestas.

En su año y medio de vida, esta formación revolucionó la vida política española. Su principal mérito ha sido vencer el impasse al que parecían haber llegado las movilizaciones populares producidas al calor del 15-m y, más en general, superar las limitaciones tradicionales de la izquierda, ofreciendo una exitosa expresión electoral a la ola de cambio. El movimiento de los indignados había conseguido articular el malestar difuso provocado por la crisis político-económica con un discurso democratizador que cuestionaba los consensos sobre los que se asentaba la hegemonía de las elites económicas y sociales españolas durante las últimas décadas. Pero no fue capaz de desarrollar formas organizativas duraderas ni pudo detener los recortes impuestos por el «austericidio». Tampoco los partidos políticos, los sindicatos o los movimientos sociales parecían capaces de convertir esa indignación en una herramienta de cambio institucional. El peligro que se intuía a finales de 2013 era que ese impasse diera lugar a un cierre de la crisis «por arriba» que preservara el statu quo.

La irrupción de Podemos alteró completamente ese escenario empujando la ventana de oportunidad entreabierta y obligando a todos los actores a posicionarse frente a su emergencia. Pero Podemos no solo ha transformado el paisaje político español, también ha sacado a la luz oportunidades, dilemas y peligros que afectan a toda la izquierda europea. En el mejor de los escenarios, podría anunciar, junto con Syriza, la construcción de un polo de antagonismo a la Unión Europea neoliberal desde los países del sur de Europa.

La crisis del «régimen del 78» y el fin del milagro español

El laberinto político español solo puede entenderse a la luz de la profunda crisis económica que atraviesa el país desde 2008. El estallido de la crisis de las hipotecas subprime tuvo un impacto violento en la economía española, que había experimentado una enorme burbuja inmobiliaria durante toda la década anterior. La ilusión de que se trataba de un bache temporal, tras el cual volvería la belle époque neoliberal, pronto se desvaneció. En los últimos cuatro años la tasa media de desempleo fue de casi 25%, más de la mitad de los desempleados son parados de larga duración y cerca de un millón vive en hogares donde todos los miembros están en paro. La desigualdad creció en mayor medida que en cualquier país de Europa, la tasa de pobreza ronda el 20% y se han producido casi 100.000 desahucios anuales. Si el boom inmobiliario arruinó el paisaje natural, la crisis arrasó el paisaje social.


Pero la crisis económica se ha convertido en una crisis política. En el último lustro, la ciudadanía ha empezado a cuestionar no ya a uno u otro de los dos grandes partidos (Partido Popular [pp] y Partido Socialista Obrero Español [psoe]), sino al conjunto de actores e instituciones que conforman el régimen político, cuyos déficits democráticos fueron subrayados por la crisis y los continuos escándalos de corrupción (el gráfico recoge algunos indicadores). De igual modo, se ha extendido un difuso sentimiento antipolítico, ideológicamente transversal, cuyo mejor ejemplo quizás sea la amplia difusión que tuvo en las redes sociales un bulo completamente falso: que en España había 445.568 políticos.

Lo que está en crisis es el llamado «régimen del 78» (por el año en que se aprobó la Constitución española): un conjunto de consensos políticos, económicos y culturales que nacieron con la transición a la democracia en España y que durante tres décadas permitieron a las elites económicas y políticas gestionar con relativo éxito los conflictos laborales, territoriales y culturales. Entre 1975, con la muerte del dictador Francisco Franco, y 1982, cuando se produce la primera victoria electoral del psoe, se consolidó una estructura de poder que trazó la frontera de lo que se consideraba políticamente factible, limitó el proceso de democratización de las instituciones políticas españolas e impidió un desarrollo más igualitario. Esa estructura de poder se ha reproducido durante las décadas siguientes bajo los gobiernos del psoe y el pp.

Los gobiernos del psoe (1982-1996) consolidaron el modelo de la transición. Fue una larga hegemonía política que terminó de dar forma al país y que puede considerarse un ejemplo pionero de la vía socialdemócrata al neoliberalismo. Casi desde el primer día, el gobierno de Felipe González guardó en un cajón su programa keynesiano y puso la política económica en manos de dos ministros ligados a las elites bancarias –Miguel Boyer y Carlos Solchaga–. El resultado fue la aplicación de recetas ortodoxas de ajuste y reducción de la inflación de forma mucho más decidida que en otras experiencias del sur de Europa. Con un desempleo por encima de 20%, España se convirtió en un laboratorio neoliberal, y si bien es cierto que se introdujeron avances en el desarrollo de un incipiente Estado de Bienestar, estos fueron notablemente tímidos.

El aspecto más negativo de la política económica socialista fue sin duda la desregulación del mercado de trabajo, que disparó la temporalidad laboral hasta el 30%, debilitó a los sindicatos y consolidó el modelo heredado de «baja productividad, bajos salarios». Al mismo tiempo, la liberalización de los alquileres de vivienda sentó las bases de la futura burbuja especulativa. Las declaraciones que hicieron famoso al ministro Solchaga –«España es el país del mundo en el que es más fácil hacerse rico rápidamente» o «la mejor política industrial es la que no existe»– resumen el espíritu de celebración de la riqueza y de desconfianza hacia el Estado de lo que más tarde se conocería como la «tercera vía», que los dirigentes socialistas reivindicaron con orgullo.

Cuando el pp accedió al gobierno en 1996, favorecido por los escándalos de corrupción que acosaron al psoe y por su enfrentamiento con los sindicatos, se encontró con una coyuntura internacional favorable que le permitió mantener, sin apenas hacer cambios en la política económica, un modelo productivo basado en el turismo y la construcción. El resultado fue una inmensa burbuja inmobiliaria que alimentó la idea de un milagro económico español. Pero por más que el eslogan de aquellos años fuera «España va bien», lo cierto es que entre 1995 y 2007 los salarios reales se estancaron y cayó la participación de los trabajadores en la renta nacional. La clave del efecto riqueza que experimentó la población está en lo que se ha denominado «keynesianismo de precio de activos». La sobrevalorización de los bienes inmuebles, en un país donde 85% de la población es propietaria de su vivienda, y la posibilidad de endeudarse gracias al crédito barato crearon la ilusión colectiva de un capitalismo popular en el que la escasez había dado paso a la abundancia.

La llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero en 2004, provocada sobre todo por el arrogante belicismo del pp en Iraq y su gestión manipuladora de los atentados islamistas del 11-m, supuso la culminación de esta belle époque. Los logros de Zapatero en materia de derechos civiles –como el matrimonio entre personas del mismo sexo– deben ser reconocidos, pero en política económica, social y laboral los cambios fueron superficiales. El estallido de la burbuja en 2008 terminó de golpe con las ilusiones. Pero hubo que esperar tres años, hasta un 15 de mayo de 2011, para que una chispa encendiera la pradera del malestar social y se empezaran a resquebrajar los consensos del «régimen del 78».

De los indignados a Podemos

La aparición de Podemos está inextricablemente unida al 15-m, el movimiento de los indignados de mayo de 2011. No existe ninguna relación orgánica entre ambos fenómenos, pero el 15-m abrió oportunidades políticas que el partido liderado por Pablo Iglesias ha sabido interpretar y aprovechar, además de que muchos de sus miembros participaron activamente en esas movilizaciones.

El domingo 15 de mayo de 2011, una semana antes de las elecciones municipales y regionales, fueron convocadas una serie de manifestaciones en más de 50 ciudades de toda España, bajo el lema «No somos mercancía en manos de políticos y banqueros». La iniciativa procedía de Democracia Real Ya, una pequeña asociación con apenas unos meses de vida muy crítica con la política institucional, pero también alejada del activismo de izquierdas. La manifestación de Madrid fue la más importante, convocó a decenas de miles de personas. Cuando concluyó, unas 40 personas decidieron acampar en la Puerta del Sol, una importante plaza del centro histórico de Madrid, y pasar la noche allí.

La ocupación tuvo un espectacular efecto bola de nieve. Poco después, miles de personas se instalaban en la Puerta del Sol y se producían réplicas de las acampadas en decenas de ciudades de toda España. En ellas se constituyeron asambleas ciudadanas y se crearon numerosas comisiones y grupos de trabajo. El ideario común era el rechazo profundo del bipartidismo, una reivindicación de la participación política directa, la condena de las medidas de austeridad y la crítica de la especulación financiera. Organizativamente, el movimiento estaba marcado por la horizontalidad asamblearia y, de hecho, a pesar de su intensa presencia mediática, no generó líderes ni cabezas visibles. En lo que se refiere a la composición social, destacaba el protagonismo de jóvenes universitarios de clase media con expectativas frustradas, pero el movimiento despertó una intensa simpatía entre la mayoría de los ciudadanos.

Una parte de la izquierda tradicional observó el 15-m con escepticismo. El movimiento subrayaba la democracia antes que el antagonismo de clase, la participación directa y el consenso frente al partidismo, la centralidad de una noción enriquecida de ciudadanía frente a los ejes políticos convencionales de izquierda y derecha. Sin embargo, el 15-m también permitió a muchos antiguos activistas desencantados con la militancia volver a la política activa. A su vez, la presencia de estos activistas dio estabilidad al 15-m y permitió que los discursos elaborados por la izquierda alternativa a lo largo de las décadas pasadas fueran asumidos por una gran cantidad de personas que hasta entonces habían sido muy refractarias a ellos. El éxito de Podemos seguramente está relacionado con el modo en que el 15-m produjo un cambio profundo en el sentido común político, un desplazamiento de lo que la mayoría social considera necesario, deseable o, al menos, posible. Sin embargo, el éxito expresivo del movimiento, su capacidad para cuestionar los consensos del «régimen del 78», contrasta con su fracaso organizativo: no cristalizó en formas capaces de producir cambios institucionales efectivos.

Pese a ello, alumbró importantes movilizaciones populares (las mareas en defensa de la educación o la sanidad pública, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca o las Marchas de la Dignidad) que, no obstante, casi siempre se topaban con el muro institucional de un sistema político poco receptivo. En este contexto de impasse, el ascenso electoral de Syriza en Grecia –una fuerza con aspiraciones mayoritarias que defendía explícitamente el no pago de la deuda ilegítima– se convirtió en una referencia de cara al aprovechamiento del ciclo electoral de 2014-2015 (elecciones europeas de mayo de 2014, municipales y regionales de mayo de 2015 y generales de otoño de 2015) para traducir la movilización en votos. Izquierda Unida era la organización mejor posicionada para encabezar una Syriza española, pero su ala conservadora cerró la puerta a esta posibilidad: prefería asegurar un moderado crecimiento electoral con vistas a futuros pactos con el psoe antes que embarcarse en la refundación defendida por el sector más afín al espíritu del 15-m, encabezado por Alberto Garzón.

Estas eran las circunstancias en las que un joven profesor asiduo de las tertulias televisivas se decidió a dar un paso adelante.

De la televisión al populismo de izquierdas

El proyecto de Podemos comenzó a gestarse en otoño de 2013 entre Izquierda Anticapitalista y un pequeño grupo de profesores de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid. Izquierda Anticapitalista era un pequeño partido trotskista que había abandonado Izquierda Unida en 2008. Aportó el músculo organizativo que permitió a Podemos dar sus primeros pasos, pero pronto quedó arrinconado en favor del grupo de profesores. Muchos de ellos –como el propio Pablo Iglesias– eran antiguos militantes o colaboradores de iu, agrupación que miraba a Podemos con una mezcla de indiferencia y desprecio. Durante la última década, todos estos docentes habían asesorado a los gobiernos latinoamericanos de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Las lecciones extraídas de esa experiencia representaron su principal fuente de inspiración política. Se trataba, como escribió su principal ideólogo, el joven Iñigo Errejón (de 31 años), de traducir las rupturas populistas latinoamericanas al contexto español y europeo.

Podemos partía con un activo fundamental. A lo largo de 2013, Pablo Iglesias se había convertido en una figura televisiva muy popular. Desde el inicio de la crisis, en las televisiones españolas se había producido un cierto auge de las tertulias políticas. Iglesias consiguió abrirse hueco en ellas con mucha eficacia, hasta el punto de que las mediciones de audiencia se disparaban cuando él participaba. Su secreto era un discurso crítico no demasiado original pero directo, empático y sencillo, perfecto para intervenir en espacios broncos y muy alejado de las argumentaciones académicas.

No hay nada de improvisado en esa estrategia. Es un proyecto de largo recorrido que el círculo de Iglesias elaboró durante años a contracorriente del prejuicio según el cual la televisión es un medio inaccesible o superado por internet y las redes sociales. Lo cierto es que, al menos en España, el consenso político se sigue construyendo mayoritariamente en los medios tradicionales: 60% de la población prefiere la televisión como fuente de información política. Así, en 2010 Iglesias creó un proyecto televisivo contrahegemónico de inspiración explícitamente gramsciana: La tuerka. Se trataba de un programa de televisión desde el cual intentó difundir las ideas de la izquierda en un lenguaje adaptado al sentido común de la mayoría social. Aunque se emitía en un pequeño canal comunitario, fue la escuela donde Iglesias aprendió algunas de las claves comunicativas que lo han convertido en una figura mediática.

Tanto la recepción del «populismo» latinoamericano como el hiperliderazgo mediático han tenido un encaje complejo en Podemos. La centralidad de Iglesias en el proyecto ha sido controvertida y difícil de gestionar. Por ejemplo, en las elecciones europeas, Podemos optó por imprimir la cara de Iglesias en la papeleta de voto donde normalmente aparece el logotipo de los partidos. La razón era sencilla: según los estudios que manejaba la agrupación, apenas 5% de los votantes reconocía el nombre de la formación, mientras que más de 50% sabía quién era Iglesias (que tiene el mismo nombre de quien fundó, en 1879, el Partido Socialista). La decisión se demostró finalmente correcta, pero fue ridiculizada por mucha gente que lo interpretó como una muestra de narcisismo.

Igualmente, si bien el populismo es un elemento central de su estrategia, se ha eludido esa etiqueta por sus connotaciones peyorativas (no en vano ha sido la acusación con la que más se los ha atacado). Podemos aplica la lógica discursiva populista consistente en dividir el espacio político en dos campos enfrentados: el pueblo versus una elite que se ha apoderado de las instituciones. La impugnación general del establishment abre la posibilidad de articular una unidad popular amplia e inclusiva que supere las lealtades preexistentes. Pero esto puede hacerse desde perspectivas muy diferentes, según el contenido con el que se rellene esa forma discursiva. El de Podemos es, sin ninguna duda, un «populismo de izquierdas». Sus propuestas, desde la auditoría y reestructuración de la deuda externa hasta la reforma fiscal o la intervención progresista del Estado en la economía, forman parte del acervo de esa tradición política.

No obstante, la estrategia populista de Podemos ha consistido precisamente en no presentarse como «de izquierdas». Su objetivo no era ocupar el margen izquierdo del tablero político, sino limpiar el tablero y jugar con nuevas reglas: no hablar de izquierda y derecha, sino de abajo y arriba o de nueva y vieja política. En el contexto español, la imagen pública de «la izquierda» estaba asociada a menudo al establishment del viejo régimen (el psoe, las cúpulas de los sindicatos Unión General de Trabajadores [ugt] y Comisiones Obreras [ccoo], e incluso una parte de iu) y, en cualquier caso, carecía de gran poder movilizador. Siguiendo de cerca las tesis de Ernesto Laclau, los promotores de Podemos han tratado de articular un sujeto lo más amplio posible a partir del malestar social amorfo y, para ello, han recurrido a los llamados «significantes vacíos», poco connotados, que sortearan lealtades preexistentes divisoras y permitieran movilizar a una «mayoría social» por encima de ellas.

Los nuevos sujetos políticos: «la gente» y «la casta»

A pesar del enorme descontento y la falta de legitimidad provocados por la crisis, no era sencillo forjar un «nosotros» en un contexto plurinacional como el español, en el cual conceptos como «patria» todavía conservan cierto sabor conservador. En esas circunstancias, los significantes escogidos por Podemos fueron «la gente» contra «la casta». El segundo concepto, empleado previamente por Beppe Grillo en Italia, tuvo un éxito incontestable y se incorporó al lenguaje cotidiano. Ha servido para nombrar al enemigo frente al que se define, negativamente, el proyecto de Podemos. La «casta» es una amalgama de políticos, grandes empresas, medios de comunicación, especuladores y otros grupos privilegiados. Se trata de una categoría difusa –un significante flotante– a la que cualquiera, desde quienes poseen una cierta conciencia de clase hasta los que abrazan la antipolítica, puede recurrir para expresar su indignación con el establishment. Al mismo tiempo, Podemos ha hecho un esfuerzo sistemático por contener o eludir las referencias izquierdistas que, de un modo espontáneo, podían aparecer en su discurso, no expresándose demasiado en conflictos muy marcados ideológicamente como la cuestión monarquía-república, la regulación del aborto o el problema catalán. El objetivo era sortear elementos que dividieran al bloque social que pretendían conformar a partir del descontento generalizado.

Pero por más que el objetivo de Podemos sea conquistar la «centralidad» del tablero político rompiendo con los límites del eje izquierda-derecha, lo cierto es que su electorado es básicamente de izquierdas. Es decir, Podemos no ha recibido el apoyo electoral heterogéneo que sí obtuvo un partido como el Movimiento 5 Estrellas en Italia. Su patrón de crecimiento electoral reproduce el perfil del psoe de estas últimas tres décadas: a lo largo del eje de autoidentificación ideológica (del 1 al 10, siendo 1 muy de izquierdas y 9 muy de derechas), 25% se sitúa en el 1-2, 48% en el 3-4 y 18% en el 5-6.

Sin embargo, aunque sus apoyos no sean todo lo «transversales» que sugiere su discurso, Podemos ha conseguido situarse en el centro de la izquierda y arañar votos de sectores no ideologizados. Esta cuadratura del círculo ha sido posible gracias a un discurso muy medido que, por un lado, rechaza ubicarse en la izquierda pero, por otro, evita caer en el «no somos ni de derechas ni de izquierdas» o en la antipolítica. Una forma inmejorable de expresarlo es la frase repetida a menudo por Iglesias: «El poder no teme a la izquierda, sino a la gente». Hasta el momento, el resultado ha sido extraordinariamente eficaz. Podemos ha tenido un espectacular crecimiento en las encuestas electorales y llegó a igualar al pp y al psoe, por más que se haya ralentizado en los últimos meses (en las elecciones regionales de mayo obtuvo 15% de los votos, pero se trataba de unos comicios peculiares, poco favorables para una fuerza con escasa implantación territorial y sin líderes regionales conocidos). Cabe destacar que sus apoyos electorales son notablemente interclasistas, lo cual no es tan sorprendente si consideramos que el voto de clase en España es menos relevante que en otros lugares y que ha decaído en las últimas décadas; aunque también es cierto que con el tiempo Podemos ha ido ganando más apoyo entre los sectores más golpeados por la crisis.

Partido-movimiento o máquina de guerra electoral

El uso estratégico de los medios de comunicación por parte de Iglesias encaja con otro aspecto ambiguo de la estrategia de Podemos. Desde el principio ha combinado un discurso horizontal y asambleísta que apela a la gente con una clara aspiración a impulsar el cambio político «por arriba», a crear una «máquina de guerra electoral» capaz de tomar las urnas por asalto.

Una de las razones por las que Podemos logró conectar con el descontento social movilizado por el 15-m fue su insistencia en la participación ciudadana como un elemento central de la reconstrucción del espacio político secuestrado por los mercados y el establishment. Y es cierto que Podemos ha generado una gran efervescencia social: se han creado más de 900 círculos, tuvo lugar un intenso escrutinio público de los distintos programas y proyectos de la organización, decenas de miles de personas han participado en sus votaciones a través de internet… Pero, al mismo tiempo, su éxito no se puede entender si no se advierte que, bajo la retórica del «método abierto» y la «participación», había un pequeño y cohesionado grupo dirigente con las ideas muy claras. Sin ese centralismo de tintes leninistas, tales resultados habrían sido imposibles (un «leninismo amable», lo llamó Juan Carlos Monedero, otro de los fundadores, hoy alejado de la dirección de la formación).

El apretado calendario electoral de 2014-2015 ha acelerado esa contradicción. Podemos tuvo que construir a toda velocidad una organización y un ideario capaces de aprovechar la estructura de oportunidad electoral que se ha abierto, inmensa pero tal vez fugaz. Eso ha menoscabado el proyecto de creación de un contrapoder popular, la construcción «por abajo» de un tejido político-social capaz de empoderar directamente a la gente. El propio Errejón aclaraba en una entrevista que es iluso confiar un papel preponderante a los movimientos sociales y que lo prioritario ahora es «la batalla político-electoral» y «dar la pelea en el Estado».

En otoño de 2014, Podemos celebró una masiva Asamblea Ciudadana en la que se establecieron sus principios políticos y se eligió a las personas que iban a dirigir la organización. Las circunstancias para construir un partido desde cero no eran las más idóneas: no disponían de cuadros experimentados, su vertebración territorial era escasa y sus bases carecían de una cultura política común, por no hablar del permanente acoso de la mayor parte de los medios de comunicación. El debate organizativo, en el que participaron presencial o digitalmente miles de personas, fue intenso y transparente. Pero el modelo de partido finalmente aprobado era muy convencional –un secretario general, una ejecutiva y un comité central– y, además, utilizaba un sistema mayoritario de listas abiertas para la elección de esos órganos que daba todo el poder al ganador.

En la Asamblea Ciudadana las tesis defendidas por el sector de Iglesias se impusieron de forma arrolladora a otras alternativas más innovadoras y horizontales, que incluían el uso del sorteo para cubrir algunos de los cargos de responsabilidad y daban un mayor protagonismo a los círculos de base. El proceso propició un debate interesante acerca de qué modelo era más democrático. Los votantes que tomaron las decisiones en la Asamblea no eran solo los militantes que participaban en los círculos, sino cualquier simpatizante que dedicara unos minutos a inscribirse a través de internet. Lo hicieron alrededor de 100.000 personas, de las cuales 81% eligió el modelo organizativo «oficialista» y 88% apoyó a Pablo Iglesias como secretario general.

La asimetría entre el intenso activismo de los miembros de los círculos, relativamente poco numerosos, y una gran masa de simpatizantes poco comprometidos en el día a día de la organización planteaba un incómodo dilema. Como sugirió uno de los firmantes del manifiesto fundacional de Podemos, en ese contexto una mayor capacidad de intervención de las bases del partido podía dar lugar a un «elitismo democrático» que busca «convertir a todos los ciudadanos en activistas permanentes y privilegia la minoritaria militancia como fuente de decisiones soberanas». De este modo, una mayoría social carente de los recursos (tiempo, capital simbólico y militante, interés, etc.) que poseen los activistas quedaría marginada de la toma de decisiones. Sin embargo, no está nada claro que el poder del que se priva a los militantes más activos se esté trasladando realmente a una capa más amplia de simpatizantes y que no acabe, de hecho, en las manos de la dirección del partido. En cierto modo, esto segundo es lo que sugiere la literatura sobre partidos políticos, que ha registrado un fenómeno similar en las dos últimas décadas: un vaciamiento de la estructura partidista, facilitado por el uso de votaciones abiertas que, bajo una apariencia democrática, concentran el poder en la dirección. El uso intensivo de las nuevas tecnologías que ha hecho Podemos (como las aplicaciones Appgree o Reddit) es una innovación prometedora, pero no impide esta posible deriva plebiscitaria; por el contrario, corre el riesgo de ocultarla bajo el ciberfetichismo y reproducir políticamente la brecha digital. Votar desde el teléfono móvil o hacer un comentario en internet no implica que se tenga un poder real sobre la toma de decisiones.

Perspectivas de futuro

Ni siquiera sus mayores críticos niegan que Pablo Iglesias y Podemos han sabido entender particularmente bien tanto la crisis de legitimidad de las instituciones españolas como las nuevas formas de intervención política que salieron a la luz durante el 15-m. En muy poco tiempo, crearon una herramienta que desbordó las dinámicas tradicionales de la izquierda y se convirtió en el centro del debate político, navegando con éxito por las corrientes de la indignación y la desafección que sacuden a la sociedad española.

La mejor forma de medir ese éxito quizás sean las reacciones que ha provocado. Podemos se convirtió en el blanco de innumerables ataques en los últimos meses y obligó al resto de los actores a posicionarse ante ellos y a asumir su propio lenguaje. También sembró la inquietud del poder financiero y forzó a actores como la Casa Real o el psoe a acelerar su renovación. Pero la reacción más destacada desde las filas del «régimen del 78» ha sido la repentina incursión de Ciudadanos en la política nacional: una formación ideológicamente ambigua, que viene a cumplir el deseo de los grandes poderes económicos y mediáticos que la promocionaron: crear «una especie de Podemos de derechas», por usar la expresión del presidente del Banco Sabadell. En pocos meses, Ciudadanos, que cuenta con una trayectoria de una década en la política catalana, ha aprovechado la brecha abierta por Podemos para convertirse en la cuarta fuerza, asumiendo dos de sus activos (la ambigüedad ideológica y la bandera de la nueva política) y distinguiéndose de su adversario en su moderación, expresada en el lema del «cambio sensato y viable».

Pero el efecto más importante de Ciudadanos no es haber detenido el crecimiento electoral de Podemos por el centro ideológico, sino haber volteado el tablero político, por segunda vez en muy poco tiempo, de un modo desfavorable a la estrategia populista: en lugar de un campo de batalla polarizado entre Podemos y la «casta», el nuevo escenario está atravesado por dos líneas divisorias (izquierda/derecha y nueva/vieja política) que fragmentan el sistema de partidos en cuatro fuerzas desiguales. En este escenario, el pp pierde muchos apoyos a favor de Ciudadanos, el psoe recupera parte de su centralidad por su disponibilidad para pactar con casi todos ellos y Podemos no solo ve frustrado su plan inicial de forzar una gran coalición entre sus adversarios para simplificar la disputa política, sino que tiene que pelear en más de un frente.

Este nuevo contexto puede propiciar otro giro estratégico en Podemos, una especie de party-in-progress que no ha dejado de cambiar desde su fundación. En este sentido, tendrá que lidiar con algunas de las debilidades que ha heredado del 15-m y, más en general, de la democracia española –como la debilidad de la sociedad civil o el declive de la clase como eje político–, así como hacer frente a algunos dilemas que, por ahora, gracias a su rapidísimo ascenso, han tenido un impacto relativamente menor.

En primer lugar, es difícil pensar que la organización pueda sobrevivir a mediano plazo sin una militancia vertebrada territorialmente e identificada con el proyecto, capaz de defender el partido de los crecientes ataques de los medios de comunicación y de mantener altos niveles de movilización. La estrategia de cambio «por arriba» seguida hasta ahora, así como la exclusión de los sectores críticos, pueden ser insuficientes o contraproducentes en este sentido. En segundo lugar, Podemos tendrá que replantearse su estrategia de alianzas con otras organizaciones de la izquierda –en particular, una iu en crisis– y con distintas iniciativas ciudadanas, como aquellas con las que ha logrado las alcaldías de Madrid y Barcelona en las recientes elecciones municipales.

Se trata de fuerzas menos poderosas que Podemos pero que concentran a un buen número de activistas experimentados, y cuya confluencia en candidaturas más inclusivas puede atraer un apoyo social más amplio, en especial cuando están encabezadas por personalidades carismáticas, como es el caso de la activista Ada Colau en Barcelona y la ex-jueza Manuela Carmena en Madrid. En tercer lugar, habrá de combinar su impugnación del régimen en términos populistas («la gente» contra «la casta») con la participación institucional y el desarrollo programático de sus propuestas.

Tal vez el mayor desafío al que se tiene que enfrentar Podemos es la debilidad del movimiento obrero, así como la centralidad de los discursos de clase media en la política española. Se ha popularizado la idea de que las clases medias son las más castigadas por la crisis, por más que la realidad empírica desmienta esta creencia (los salarios de los deciles con ingresos bajos han caído el triple que los de los deciles con ingresos medios). Los propios movimientos sociales se han visto arrastrados por esta dinámica «clasemedianista». Ni el 15-m ni las grandes movilizaciones posteriores han logrado adentrarse o hacerse oír en el mundo del trabajo (además, pese a la visibilización de algunas huelgas, el número de horas no trabajadas no aumentó en estos años). Tampoco han conseguido interpelar a los trabajadores migrantes (más de 10% de la población española), seguramente el colectivo más castigado por la crisis económica y los recortes sociales. En cambio, los discursos críticos mejor recibidos han sido aquellos que denuncian la situación de los jóvenes universitarios de clase media que vieron frustradas sus expectativas y tienen que emigrar a otros países europeos. Por el momento, Podemos se ha adaptado a ese terreno. Sus portavoces casi nunca hacen referencia a la clase social y, en cambio, realizan habitualmente guiños a los autónomos y pequeños empresarios. Seguramente se trata de una estrategia electoral inteligente, pero resulta difícil imaginar que un proyecto de transformación social pueda eludir permanentemente los conflictos de clase.La perspectiva de una posible victoria electoral de Podemos en el futuro también abre interrogantes sobre el cambio que cabe esperar. Hasta ahora Podemos se alimentó de la frustración que generaron tanto la crisis económica como la pérdida de legitimidad del marco político heredado. La coyuntura política ayudó mucho. En los últimos meses estallaron innumerables escándalos de corrupción que afectan a las más altas instancias, como la Casa Real o el partido en el gobierno. En este contexto de descomposición, un discurso que apela a la «decencia» frente a la usurpación del espacio público por una coalición espuria de intereses políticos y financieros es una baza ganadora. Pero sin duda es un programa de mínimos muy modesto.

La idea de un «proceso constituyente» resulta prometedora pero, al menos por ahora, más bien difusa. En términos generales, un horizonte razonable a corto plazo es un escenario posneoliberal con políticas públicas centradas en la redistribución de la riqueza y la regeneración de las instituciones. Sin duda, un programa como este no colma las aspiraciones de la izquierda revolucionaria, pero abre una oportunidad real de terminar con el saqueo al que fue sometido el país durante las últimas décadas y con los déficits democráticos del «régimen del 78».

Todas estas contradicciones y desafíos no deberían ocultar el hecho de que Podemos ha abierto una ventana de oportunidad política inesperada y de efectos impredecibles. Por primera vez en décadas, una izquierda educada en la derrota se ve en condiciones de interpelar a una mayoría social para protagonizar un cambio profundo. Aún más, como ocurrió en América Latina a principios de siglo, Podemos y Syriza podrían ser la semilla de un cambio de hegemonía a escala continental. Usando el no pago de la deuda como palanca, los piigs pueden convertirse en el acelerador de una reacción en cadena democratizadora que arrebate el control de la ue a las elites económicas y políticas. Aunque la deriva griega advierte sobre las dificultades de enfrentar a quienes hoy mandan en Europa.