Tema central

Pobreza y desigualdad: la necesidad de un enfoque multidimensional

Si bien en los últimos 15 años la pobreza se ha reducido en América Latina, el cuadro que presentan numerosas publicaciones científicas sobre la realidad social en la región es exageradamente positivo. Mientras que la medida de la reducción de la pobreza es menor que la informada en las estadísticas de casi todos los institutos de investigación, la reducción de la desigualdad social observada se basa en un enfoque estrecho de la visión analítica sobre los ingresos monetarios. Si en la observación se toman en cuenta otros factores, resulta evidente que el cosmos latinoamericano de la estratificación social continúa ampliándose.

Pobreza y desigualdad: la necesidad de un enfoque multidimensional

En los últimos 25 años, el desarrollo social en América Latina logró dos récords históricos. En 2002, la población clasificada como pobre llegó a los 225 millones y se estableció así un máximo absoluto, equivalente a 43,9% del total de habitantes. Apenas diez años después, las estadísticas mostraron un descenso en este parámetro, con un mínimo que hasta entonces nunca se había alcanzado: 28,2% (con 11,3% de pobreza absoluta). Esta evolución favorable fue mucho más notoria en América del Sur que en México y América Central. Pero como consecuencia de la desaceleración del crecimiento económico, la reducción del índice de pobreza perdió ímpetu en 2013 y 2014, aunque sin poner en riesgo los avances obtenidos. Entretanto, la tasa de pobreza calculada para Uruguay ya está por debajo de la estadounidense1.

Junto a la clara disminución de la pobreza, los analistas especializados también han observado cambios positivos respecto de la característica más marcada de las estructuras sociales latinoamericanas: la extrema desigualdad, que tradicionalmente no tiene parangón en el mundo. A partir del nuevo milenio y en especial desde 2003, el principal indicador para registrar y comparar las disparidades sociales, el coeficiente de Gini2, mostró una notable tendencia descendente en la mayoría de los países de la región. Si se considera la media no ponderada, el valor del parámetro se redujo hasta 2012 en casi cuatro puntos; en Bolivia, Ecuador, Perú, Argentina y Brasil se registró una disminución de al menos seis puntos; solo dos países (Costa Rica y Paraguay) se movieron en la dirección opuesta. Pero pese a los avances alcanzados, América Latina se consolida como la región de mayor polarización social3.

Existe un enorme consenso respecto del éxito vinculado a la reducción de la pobreza y la desigualdad social, que se manifiesta en muchos informes de importantes organismos de investigación (entre ellos, el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, ocde) y en los análisis de numerosos sociólogos y economistas4. Sin embargo, hay algo que básicamente permanece inalterable: las tendencias y los resultados determinados a través de un considerable trabajo estadístico no resisten una revisión crítica. Mientras los datos y las interpretaciones sobre el problema de la pobreza maquillan la realidad social, la dirección de los procesos en curso se representa de manera totalmente equivocada en lo que respecta a la polarización. La hipótesis en torno de una menor desigualdad social genera entonces dudas por razones de plausibilidad: ¿qué características especiales debe exhibir el crecimiento económico para que las capas bajas resulten más beneficiadas que los sectores ricos y muy ricos?

La pobreza como síndrome: la evolución de los ingresos no es suficiente

No se trata aquí de cuestionar en su totalidad los avances manifestados en materia de reducción de la pobreza, sino de realizar una corrección necesaria que atenúe esa imagen resplandeciente y que relativice la magnitud de los logros alcanzados hasta el momento. Si se consideran los indicadores que definen necesidades humanas básicas, resulta evidente que la dimensión monetaria no es suficiente para evaluar las condiciones de vida concretas. Dentro de este esquema, hay que analizar esencialmente parámetros tales como el acceso al sistema de agua potable y alcantarillado, la situación de la vivienda, la alimentación, la disponibilidad de energía (electricidad, gas para cocinar), el acceso a las escuelas, la calidad educativa y la inclusión en los sistemas de seguridad social (seguro de enfermedad, jubilación/pensión, etc.). Si fueran categorizadas como pobres las personas con un grave déficit en al menos dos de estos criterios, los valores acumulados aumentarían significativamente el índice de pobreza convencional (calculado de manera unidimensional). Algo similar ocurre cuando dentro del contexto de este fenómeno se asigna una importancia especial a la situación de los niños. Por ejemplo, tomando como referencia el ingreso de los hogares, 37,4% de los niños fueron registrados en 2011 como pobres en Perú, con 9,3% de ellos en situación de pobreza extrema; pero la perspectiva multidimensional eleva los valores a 62,6% y 30,9%, respectivamente. En Bolivia, la metodología propuesta empeoraría los resultados estadísticos en 20 puntos porcentuales, incrementando a 51,1% la pobreza infantil obtenida en función de los ingresos. En cambio, en Brasil no habría grandes diferencias entre ambas mediciones. Sobre todo en los países que con la sola consideración de los ingresos ya mostraban altas tasas de pobreza (por ejemplo, Guatemala y El Salvador), el uso del enfoque multidimensional revela que parte de las supuestas mejoras sociales constituye una ilusión5. De cualquier modo, más allá de la relativización del proceso, la reducción de la pobreza alcanzada en la región a partir de 2002 sigue siendo impresionante. A ello contribuyeron no solo los años de boom económico y la consecuente expansión de las relaciones formales de empleo, sino también los innovadores conceptos aplicados (por ejemplo, las transferencias monetarias condicionadas) y, en parte, el marcado aumento del salario mínimo, aun cuando se hayan infringido con frecuencia las disposiciones pertinentes.

Se desconoce la real magnitud de la desigualdad social

Aunque casi siempre se hace referencia a la particular estructura social de América Latina, la mayoría de los trabajos publicados tienden a trivializar las enormes diferencias existentes. Habitualmente se coteja el ingreso promedio del quintil o el decil más bajo y el del más alto, tomando en cuenta la pirámide de ingresos o la participación relativa de esos segmentos. Pero ¿qué valor tienen las estadísticas que reflejan que el quintil más alto gana en promedio 25 o 30 veces más que la franja más baja si, como suele ocurrir en América Latina, el 20% inferior vive por debajo de la línea de pobreza? Las comparaciones de los respectivos deciles no son mucho mejores (por ejemplo, México en 2001 con 45 a 1). El 10% superior dentro de la escala de ingresos equivale en Brasil a 20 millones de personas, en México a 10 millones y en Colombia a cuatro millones. Es evidente que un segmento estadístico tan amplio con respecto a los ingresos y el estándar de vida no puede tratarse como un grupo social homogéneo. El peso desproporcionado de los ingresos monetarios que se concentran en la punta de la pirámide de la sociedad no es ajeno al hecho de que 90% de los hogares no alcanzara el ingreso promedio calculado para Brasil a comienzos del siglo xxi. Para comprender la real dimensión de las disparidades, es indispensable analizar las relaciones monetarias en la cumbre de la pirámide, es decir, muy por encima del percentil 90.

No obstante, si el análisis se centra en la distribución de ingresos y subestima la inmensa importancia de los valores patrimoniales (a lo sumo considerados como renta del capital dentro de las actuales estadísticas), entonces no será posible entender ni siquiera remotamente la verdadera magnitud de la polarización social. La creciente acumulación de capital en hogares acomodados queda regularmente fuera del enfoque científico o, en el mejor de los casos, es abordado de manera marginal. Dado que la concentración suele ser mucho más alta en el capital que en los ingresos, es muy probable que la riqueza monetaria y material de la capa más alta supere largamente el 47% calculado en 2011 como participación promedio del decil superior.

La desigualdad social no disminuye, aumenta

El enmascaramiento de las relaciones patrimoniales adquiere especial gravedad porque existen numerosos indicios de que el análisis de la distribución de ingresos documenta de manera incompleta los procesos reales de concentración. Esto guarda relación principalmente con los métodos aplicados para calcular el coeficiente de Gini. En general, dentro de este contexto temático, puede observarse un manejo demasiado incauto con respecto al popular indicador y a sus debilidades inherentes. La presencia de un valor de Gini elevado no permite determinar por sí sola si el cambio ha sido logrado por mayores ingresos en el quintil superior, en el segmento correspondiente al «top 10» o incluso en el percentil más alto; para obtener explicaciones acerca de ello puede utilizarse la curva de Lorenz, en la cual se basa el coeficiente de Gini. Además, el parámetro en cuestión solo comprende la desigualdad relativa, pero no su dimensión absoluta. Si el ingreso medio del decil más bajo estuviera en un nivel equivalente a los 150 dólares y el del decil más alto en torno de los 10.000 dólares, un aumento de 10% en todos los deciles mantendría inalterable el coeficiente de Gini, aunque la distancia entre el grupo superior y el inferior crecería (en el ejemplo, sería 985 dólares mayor) y ampliaría así considerablemente la brecha de la polarización social. La desigualdad absoluta solo se mantendría inalterable si el ingreso de los hogares experimentara un incremento del mismo valor nominal (por ejemplo, el equivalente a 50 dólares) en cada uno de los deciles o quintiles, lo que supone una idea sumamente irreal. Por ejemplo, aunque en Brasil los ingresos de los deciles 1-8 hayan registrado desde 2003 y en promedio anual un aumento mucho más marcado que los de los dos segmentos comparativos superiores (deciles 1 y 2: 10%; decil 9: 4,6%; decil 10: 3,5%)6, la brecha entre los extremos ha seguido ampliándose en el país, lo que ha profundizado la desigualdad social más allá de la reducción real de la pobreza que se experimentó de manera paralela.

La información básica utilizada para calcular el coeficiente de Gini surge de los resultados obtenidos en las encuestas de hogares. Al respecto, los expertos coinciden en que precisamente los sectores de ingresos más elevados suelen presentar datos incompletos (lo que se conoce como subdeclaración). Al mismo tiempo, el decil superior es considerado un segmento con ingresos monetarios abiertos hacia arriba, mientras que los deciles 1-9 están definidos por márgenes y parámetros fundamentales fijos. Por lo tanto, independientemente del problema de las subdeclaraciones, es casi imposible obtener un registro representativo de las circunstancias reales a partir de muestras estadísticas. Convendría entonces complementar los resultados de las encuestas de hogares con datos adicionales, a fin de aproximarse a la realidad de la renta percibida en el círculo del «top 10». Sería útil recurrir a la información de las autoridades tributarias, aunque muchas veces esos datos no están disponibles o se presentan de una forma que no permite aprovecharla. Además, habida cuenta de la notoria evasión fiscal, existe un gran escepticismo respecto a la confiabilidad de esos guarismos. Pero ¿qué pasa si, a pesar del consabido fraude fiscal, los datos disponibles demuestran fehacientemente que el cálculo convencional del coeficiente de Gini debería ser sometido a una drástica corrección? A la hora de realizar un análisis de este tipo, el mejor material que se encuentra disponible corresponde a Colombia y Uruguay. Según datos de 2010, de todos los ingresos monetarios gravados, el percentil más alto representaba en Colombia una proporción de 20,4% dentro de la renta total, mientras que el 0,1% superior alcanzaba 7,37%, y el exclusivo segmento superior del 0,01% llegaba a 2,64%7. En Uruguay, el país con menor nivel de desigualdad social en América Latina, el 10% más alto de la pirámide obtenía en 2011 45,2% de la renta total, en tanto que el percentil superior registraba un 14,1% y el 0,1% del tope ostentaba un 4,8%. En Argentina, cuyos datos solo ofrecen información hasta 2004, las cifras confirman este modelo (con 16,75% de participación concentrada en el 1% superior)8.

Cabe suponer, sin temor a equivocarse, que en la mayoría de los demás países de la región existen proporciones similares. Los datos mencionados ponen claramente de manifiesto que las relaciones de desigualdad son mucho más pronunciadas en el decil superior que por debajo del percentil 90; los ingresos medios registrados en la franja inferior del «top 10» se acercan más a los salarios promedio del decil de abajo y a los límites de pobreza que a la elevada renta del 0,1% más encumbrado, independientemente de que en Colombia, por ejemplo, ascienda a 26 el factor que marca la diferencia entre el ingreso medio de ese 0,1% y lo que perciben los más ricos entre los ricos (0,001%).

La tesis acerca de una disminución de la desigualdad social sustentada en el descenso del coeficiente de Gini se basa evidentemente en el excesivo peso otorgado a los cambios positivos experimentados por los sectores de menores ingresos. Al mismo tiempo, se omitieron en gran medida los procesos reales desarrollados en la parte superior de la pirámide. Basta con considerar los datos basados en impuestos y registrar de ese modo los ingresos del percentil más alto para que el coeficiente de Gini deba ser corregido en Colombia de 0,554 a 0,587 para el año 2010. El mismo cálculo podría aplicarse a Argentina, que aumentaría el valor en unos siete puntos porcentuales y llegaría a 0,560 (año 2004). Este ajuste es tan necesario como insuficiente, ya que debe ser complementado en función de los parámetros absolutos, habida cuenta de la mencionada expansión incontenible y casi ilimitada del universo de la estratificación social causada por el hecho de que por lo menos una parte de los muy ricos es cada vez más rica.

Estas consideraciones muestran que la relación entre pobreza (generalizada) y desigualdad social (flagrante) es mucho más compleja de lo que parece a primera vista: el descenso de la tasa de pobreza y el aumento de la desigualdad social no son incompatibles.

  • 1.

    Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal): Panorama social de América Latina 2014, Cepal, Santiago de Chile, 2015, pp. 15-17.

  • 2.

    El coeficiente de Gini, calculado sobre la base de la curva de Lorenz –que representa gráficamente los valores de distribución calculados– adquiere un valor entre 0 (que corresponde a una distribución completamente equitativa) y 1 (máxima desigualdad, en este caso irreal, con una persona que obtendría el ingreso total). Cuanto más cerca se encuentra el coeficiente del valor 1, más desigual es la distribución. En 2013, el coeficiente de Gini de la distribución del ingreso en Alemania era de 0,31; en el ámbito de la ocde, los valores varían entre 0,25 (Islandia) y 0,50 (Chile).

  • 3.

    Cepal: Pactos para la igualdad. Hacia un futuro sostenible. 2014. Trigésimo quinto periodo de sesiones de la Cepal, Cepal, Santiago de Chile, 2014, pp. 74-76.

  • 4.

    «Good Tidings from the South: Less Poor, and Less Unequal» en The Economist, 3/12/2011.

  • 5.

    Cepal: Panorama social de América Latina 2013, Cepal, Santiago de Chile, 2014, pp. 19-27.

  • 6.

    ocde: Economic Surveys Brazil, ocde, París, 2013, pp. 80-81.

  • 7.

    Facundo Alvaredo y Juliana Londoño: «High Incomes and Personal Taxation in a Developing Economy: Colombia 1993-2010», Working Paper Nº 12, Tulane University, marzo de 2013.

  • 8.

    F. Alvaredo: «A Note on the Relationship between Top Income Shares and the Gini Coefficient» en Economic Letters Nº 110, 2011, pp. 274-277.