Coyuntura

Perú: la prosperidad falaz

En los últimos años, la economía peruana ha sido presentada como el modelo a seguir por varios analistas latinoamericanos. El crecimiento del pib está ahí para demostrar que, lejos de la vía progresista, resulta más eficiente seguir por el camino privatista de los 90. Pero otras variables señalan un Estado capturado y patrimonialista y un «capitalismo de amigotes» como las formas en que se plasma el neoliberalismo peruano. Todo ello, en el marco de la reprimarización de la economía, grandes desigualdades sociales y conflictos socioambientales que disputan el modelo extractivista.

Perú: la prosperidad falaz

Retomando la frase de Jorge Basadre sobre «la prosperidad falaz» –dicha para otra época, aunque en el Perú las cosas dan vuelta pero parece que nunca cambian–, afrontamos el que es, quizás, el obstáculo más poderoso para cualquier cambio profundo: el actual espejismo de progreso. Este fenómeno tiene consecuencias materiales porque efectivamente en el Perú la riqueza crece, sobre todo entre los allegados tanto directa como indirectamente al proceso reprimarizador de la economía, y también simbólicas, porque causa la ilusión en sectores mayores de la población de que el crecimiento también puede llegarles y de que eventualmente podrán participar de él. El obstáculo se vuelve profundo porque las ilusiones de progreso a partir de algún recurso son parte de la historia peruana: el oro y la plata durante la Colonia, el guano y el salitre a mediados del siglo XIX, el caucho a principios del siglo XX, la harina de pescado en la década de 1960, la minería y el gas hoy en día. Esta prosperidad falaz parece que formara parte de nuestro irresuelto ser nacional.

Efectivamente, el país ha producido en las últimas dos décadas una cantidad de riqueza sin parangón en su historia. Según el Banco Central de Reserva del Perú, el PIB ha crecido entre 2001 y 2012 en la cifra récord de 6% de promedio anual; y este mismo PIB se ha multiplicado por cuatro en el periodo que va de 1994 a 2012, y por dos entre 2001 y 2012. Pero, al mismo tiempo, esta riqueza está repartida de manera absolutamente desigual. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), el ingreso del 20% más rico de la población es 18,5 veces mayor que el ingreso del 20% más pobre. Esto se va a reflejar en la distribución de la riqueza nacional: solo dos de cada diez soles del PIB, entre 2001 y 2009, se pagan en remuneraciones a los trabajadores, mientras que más de seis se van a utilidades de los empresarios.

La desigualdad en el reparto de la riqueza también se refleja en el tipo de trabajo generado. En el modelo económico primario exportador, al que el Perú retornó plenamente luego del ajuste neoliberal de la década de 1990, solo 10,2% de la población tiene trabajo decente, con derechos: para el año 2010, aproximadamente un millón y medio de peruanos, de una población económicamente activa (PEA) de más de 15 millones y en un país de casi 30 millones de habitantes. Un resultado paupérrimo frente a la magnitud de la riqueza producida. Bernardo Kliksberg, frente a otras opiniones que resaltan el crecimiento del PIB o del PIB per cápita, señala que el trabajo decente es el objetivo más importante de la economía, porque al generar derechos construye ciudadanía y por lo tanto, sociedad. Pero en el Perú la inmensa riqueza producida, por el tipo de modelo que la ha generado, no ha producido sociedad, integración ni desarrollo para la mayoría.

Algo similar ocurre con la pobreza, quizás una de las consecuencias más importantes de la desigualdad. El Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) señala que se ha verificado una reducción dramática de la pobreza, medida como pobreza monetaria. En los últimos diez años, que van entre 2001 y 2011, esta pasó de 54,7% a 27,8%, una reducción de 27%, ¡un verdadero récord mundial!, que estaría en relación con la magnitud de la riqueza creada. Sin embargo, la propia medición de pobreza del INEI –sobre todo a partir de los resultados que se anuncian de 2007 en adelante– ha sido objeto de un debate nacional que cuestiona los datos difundidos por el anterior director de la institución. Esto ha dado lugar a nuevos estudios que incorporan otros criterios, como el realizado por Enrique Vásquez, que propone una nueva medida de pobreza multidimensional, a partir de la medición del acceso a educación, salud y vivienda. Esto le da a Vásquez un índice de pobreza de 39,9% para el año 2011, 12 puntos mayor al obtenido por el INEI. A la luz de la observación del descontento existente en el Perú y de otros índices, como los relativos a desigualdad y trabajo decente, podemos considerar esta última medición como más realista que la oficial. Ha existido entonces una reducción de la pobreza, ya no solo considerada como pobreza monetaria, producto del crecimiento, pero no ha afectado sino mínimamente la desigualdad y el trabajo decente, lo que explica los reclamos, las movilizaciones y, sobre todo, las altas votaciones por opciones de cambio en las elecciones de 2006 y 2011.

La captura del Estado

Ahora bien, este formidable crecimiento que continúa produciendo desigualdad y aunque avanza, dista mucho de terminar con la pobreza, se vincula al modelo económico vigente, comúnmente llamado «primario exportador», por ser un modelo que reprimariza la economía, concentra la riqueza, extranjeriza el aparato productivo y desindustrializa el país. Se habla de reprimarización porque a partir del ajuste de 1990 se vuelve radicalmente a una economía basada en las ventajas comparativas estáticas, es decir, en priorizar lo que es posible producir «naturalmente», como la extracción de minerales, para insertar al país en la división internacional del trabajo. Así, no se toma en cuenta lo que el Perú podría producir con políticas económicas adecuadas, agregando valor a las materias primas, en un esquema de ventajas comparativas dinámicas, como lo han hecho, por ejemplo, los países de Asia. Pero, además, se le agrega el prefijo «re» porque el Perú ya ha pasado por sucesivos periodos de economía primarioexportadora a lo largo de su historia, que una vez concluidos han regresado al país a la pobreza. Jürgen Schuldt, en un trabajo reciente, muestra cómo el sector «minería e hidrocarburos», que es abrumadoramente minería, lidera este tipo de crecimiento con la mayor contribución al PIB: 17,4%; la mayor productividad entre los sectores económicos; el mayor excedente, básicamente utilidades empresariales, con 54% de estas, así como el liderazgo en las exportaciones, con 63,8%. Pero los éxitos se reducen en lo que a creación de empleo se refiere, que como porcentaje de la población económicamente activa ocupada (PEAO) se queda en 1,5%.

En cuanto a concentración y extranjerización, Francisco Durand señala que de los 20 grupos económicos nacionales más importantes en la década de 1980 solo quedan tres: Romero, Brescia y Benavides; además, de las cuatro administradoras de pensiones (AFP), solo una es peruana; y de los tres principales bancos, que concentran aproximadamente 75% de los depósitos, solo hay uno peruano. Igualmente, el estudio muestra que en 2006, 19 sectores económicos principales, tomando en cuenta las dos empresas líderes principales de cada sector, tenían entre 40% y 100% del mercado respectivo. Asimismo, de las 30 empresas más grandes en 2010, 17 eran extranjeras, teniendo estas 54,6% de las utilidades. Por último, Félix Jiménez nos señala la naturaleza de la inversión extranjera directa en el Perú, tomada por los neoliberales como el otro gran indicador de progreso económico. Jiménez señala que entre los años 2003 y 2012 entraron al país 56.751 millones de dólares pero salieron 74.078, por concepto de repatriación de utilidades, con lo que el balance fue de 17.326 millones en contra del país. Asimismo, la tasa anual de rentabilidad promedio de esta inversión fue de 25%, 10 puntos por encima de la de Chile y 20 por encima de la de México, los socios neoliberales de la Alianza del Pacífico. El capital extranjero, entonces, no solo lleva más de lo que trae, sino que además genera pingües ganancias. ¿Alguien dijo que había que basar nuestro desarrollo en la inversión extranjera? ¿El desarrollo de quién? Esto es lo que habría que preguntar.

Pero ¿cómo ha sido posible que se mantenga a lo largo de la última década este espejismo de progreso en medio de contradicciones tan agudas entre la magnitud del crecimiento, el tipo de modelo económico que lo genera y el reparto efectuado a la población? Por dos razones: la captura del Estado peruano por intereses privados realizada en la década de 1990, que se prolonga hasta la actualidad, y el oligopolio de los medios de comunicación masiva que apoyan esta captura. La captura tiene su origen, no debemos olvidarlo, en un golpe de Estado: el liderado por Alberto Fujimori en 1992. Este hecho les permitió a los golpistas, en especial a Vladimiro Montesinos, autor intelectual, cambiar las relaciones entre economía y política en el Perú. Y de este modo se buscó acabar, mediante un régimen autoritario y represivo, con la poca autonomía estatal frente a los actores económicos que las reformas de los 30 años anteriores habían desarrollado, restableciendo, como en los tiempos del Perú oligárquico, una estrecha relación entre ambos planos. No debemos olvidar que entre 1990 y 1992 se dan 923 normas legales en el Poder Ejecutivo, la mayoría decretos legislativos, y en 1993 se impone por fraude una nueva Constitución que sacraliza lo que Carlos Boloña denomina un «cambio de rumbo». Por ello, señalamos que se desarrolla un neopatrimonialismo, basado en el recuerdo del patrimonialismo anterior, que se remonta a la época colonial. Esta captura del Estado se define por el acceso directo de los grupos de poder económico a las más altas esferas de decisión y desarrolla un «capitalismo de amigotes» (crony capitalism, por el origen estadounidense de la expresión), que consiste en que los negocios, especialmente la explotación minera, ya no están definidos por la competitividad de los factores de producción, sino por la renta política producto de la relación con el poder de turno. La administración de esta renta por Fujimori y Montesinos constituyó el núcleo de su poder y cambió la relación entre economía y política en el Perú.

«Capitalismo de amigotes»

Ahora bien, este «capitalismo de amigotes», la forma peruana en que se plasma el modelo neoliberal, tiene diversas expresiones que empezaron en los 90, y varias de ellas continúan hasta hoy. Me refiero especialmente, basándome en la relación que señala Durand, a las diversas exoneraciones tributarias que se dan en la década de 1990, las rebajas del impuesto a la renta por la vía de la doble depreciación en el caso de fusiones, los salvatajes bancarios a los bancos Wiese y Latino a fines de la dictadura fujimorista, la recompra de los bonos de la deuda externa nunca terminada de aclarar, las privatizaciones y licitaciones amañadas, los contratos de estabilidad tributaria y los cambios constantes de las reglas de juego siempre a favor de las grandes empresas, como es el caso de los contratos de estabilidad tributaria renegociados. Esta captura del Estado tiene operadores que funcionan por la vía de la «puerta giratoria», como señala Durand; es decir, funcionarios públicos que vienen de la empresa privada y vuelven a ella. El vehículo para el funcionamiento de esta puerta giratoria es el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), así como las múltiples instancias oficiales que dependen de él. Este modelo neoliberal desarrolla su propio sentido común. Las ventajas que ha obtenido son consideradas por los operadores neoliberales sus «derechos adquiridos», y los que desafían su poder, ya sea otros grupos económicos o la movilización social y política, están haciendo «ruido político». Al mismo tiempo, su supuesta preocupación por las comunidades donde desarrollan sus negocios los hace «socialmente responsables», aunque esto no incluya, por supuesto, el respeto a los derechos sociales de los trabajadores.

La captura del Estado se mantiene en el tiempo por las posiciones de poder político que sus defensores han conquistado, lo cual se expresa en que el continuismo neoliberal haya dominado los gobiernos de Fujimori, en dictadura, y de Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala, en democracia, precaria pero democracia. Así como por las buenas relaciones que tienen con los grandes poderes mundiales, que se expresan sobre todo en las masivas firmas de tratados de libre comercio (TLC) con casi todos los países y bloques económicos importantes. Los TLC cierran, así, el ciclo que abren los decretos iniciales y la Constitución fraudulenta.

Este poder político, sin embargo, en un país sin un sistema de partidos estable como el Perú, tiene un apoyo fundamental en los medios de comunicación masiva. Los medios constituyen en el Perú un oligopolio privado en el que pocos grupos empresariales tienen el control y posiciones de dominio, sobre todo en la televisión, tanto en la señal abierta, en el cable y en la nueva señal digital; así como en las estaciones de radio con mayor audiencia, especialmente en la FM que se escucha en Lima. Lo mismo ocurre con la prensa escrita, los grandes diarios de circulación nacional. Asimismo, existe la denominada «propiedad cruzada», prohibida en muchos países, por medio de la cual los dueños de un tipo de medio –radio o televisión– son también propietarios de medios escritos. Esta situación de cuasi monopolio en un determinado medio y propiedad cruzada de varios tipos de medios es internacionalmente considerada como un atentado contra el pluralismo de puntos de vista y un grave ataque contra la libertad de expresión. Paradójicamente, esto lleva a una expresión monocorde, en la que casi todos los medios terminan manifestándose de manera muy similar. En el caso peruano, esta expresión monocorde opera en favor del modelo neoliberal y de su forma nacional, que es el ya mencionado «capitalismo de amigotes». Se llega a casos extremos en la televisión, por ejemplo, donde no existen noticieros o programas de debate político que no sean conducidos por representantes de la derecha. La izquierda o alguna tímida posición de centro brillan por su ausencia. Los movimientos sociales son tratados con desdén, cuando no abiertamente combatidos como «antisistema». Es más, cuando se invita a algún político o intelectual de izquierda o líder de algún movimiento social es para polemizar con él, impidiéndole que se exprese con claridad y, en muchos casos, burlándose de sus opiniones.

Es en estas condiciones como se mantiene el espejismo de progreso actual. Condiciones precarias, ciertamente, porque se dan afectando el bienestar de los peruanos y en contra de lo que señala el propio proceso democrático. De allí que, si algo no han podido erradicar los operadores neoliberales, es el profundo temor que les tienen a la movilización y a la expresión democrática de la población.