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Participación, poder y política en el fútbol argentino

Discutir sobre el proceso de politización del fútbol implica reponer los significados que tiene la política desde el punto de vista de los protagonistas de ese espacio. Con ese objetivo, este artículo se centra en tres aspectos estrechamente conectados: el funcionamiento del campo político de las instituciones deportivas, la circulación y doble pertenencia de los políticos –que actúan simultáneamente en el fútbol y en alguno de los ámbitos de la política tradicional–, y, finalmente, las prácticas y estrategias que se desarrollan durante el tiempo electoral.

Participación, poder y política en el fútbol argentino

Desde que el fútbol se convirtió en el gran espectáculo de masas y en el deporte más popular del país, los políticos argentinos se han acercado a él para promocionar su nombre. Es común encontrar a estas figuras participando de la vida cotidiana de los clubes. Los casos de personalidades de la política tradicional que han ocupado o que ocupan cargos directivos en instituciones deportivas se extienden en el espacio y el tiempo. Esta doble pertenencia, como político y dirigente deportivo, no es un rasgo exclusivo del fútbol argentino. En otros países, donde el fútbol es el deporte de las mayorías (como práctica y consumo), la circulación de las elites en estos espacios también es posible. No obstante, el fútbol argentino tiene una particularidad: los políticos que quieren ejercer funciones directivas en las instituciones deportivas deben ser elegidos por y entre sus afiliados. La vía para acceder a los puestos de conducción es la intervención en los procesos electorales, que son voluntarios y convocan a miles de asociados. La base social de los clubes es amplia porque perdura en la mayoría de ellos la oferta de diversas disciplinas deportivas y distintas actividades sociales y culturales. Los procesos electorales permiten el despliegue de una serie de prácticas que los individuos próximos a estos eventos llaman «democráticas» y que refieren al armado de las campañas, la búsqueda de adhesiones de personalidades influyentes, la reunión y el arrastre de votos hacia un candidato a cargo de los referentes, la construcción de alianzas, la promoción de los candidatos a través de los medios de comunicación masivos y medios partidarios, entre otras.

Discutir sobre la politización del fútbol implica reponer los significados que tiene la política desde el punto de vista de los protagonistas de dicho espacio. Para comprender las singularidades de la politización, nos centramos en tres aspectos estrechamente conectados: el funcionamiento del campo político de las instituciones deportivas, la circulación y doble pertenencia de los políticos –que actúan simultáneamente en el fútbol y en alguno de los ámbitos de la política tradicional– y, finalmente, las prácticas y estrategias que se desarrollan durante el tiempo electoral1.

Apuntes sobre el campo político

El campo político de los clubes funciona bajo el mando de una lógica doble: una interna y otra externa. La primera reenvía a la disputa que protagonizan quienes están interesados en «hacer política». Los dirigentes juegan en un espacio que está signado por la competencia con sus adversarios. Quienes gobiernan el club traban luchas constantes contra los representantes de las agrupaciones políticas rivales que tienen como meta acceder al poder político que ellos ostentan. De esta forma, oficialistas y opositores ponen en juego sus habilidades para mantener o ganar posiciones en el terreno. El campo político es un campo de tensión, donde se producen luchas y discusiones, alianzas y oposiciones; es, en palabras de Pierre Bourdieu, «el lugar en que se generan, en la competencia entre los agentes que en él se encuentran involucrados, productos políticos, problemas, programas, análisis, comentarios, conceptos, acontecimientos, entre los cuales los ciudadanos comunes, reducidos al estatuto de ‘consumidores’, deben escoger»2. El espacio de lucha de los dirigentes debe estar comunicado con las demandas de aquellos que reciben sus decisiones. Los profesionales del campo político mantienen una relación indisociable con el público. Para evitar profundos cuestionamientos a sus gestiones, los dirigentes precisan que sus discursos y acciones concuerden en algunos puntos con las expectativas de una comunidad de referencia3 formada por los socios o hinchas del club4.

Los dirigentes toman medidas que abarcan múltiples asuntos, que van desde mantener el precio de la cuota social, mejorar las condiciones del estadio, realizar inversiones en el fútbol profesional o producir contrataciones del cuerpo técnico, hasta organizar festejos conmemorativos para mantener viva la tradición. Especialmente en torno del desempeño futbolístico, los hinchas esperan que los resultados del equipo sean positivos. Frente a los magros resultados deportivos, las demandas recaen no solo sobre el cuerpo técnico y los jugadores, sino también sobre los directivos, que son los responsables de elegir a los primeros.

Los debates sobre lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto nos llevan a pensar en las moralidades. El término está en plural de forma deliberada porque eso nos permite plantear la diversidad y convivencia de repertorios morales distintos en este mundo social; repertorios morales que cobran relieve a lo largo del tiempo de modo contextual. Junto con las apreciaciones positivas construidas en términos absolutos sobre las bondades del «buen dirigente», basadas en valores tales como la honestidad, el trabajo, la transparencia o el esfuerzo, conviven apreciaciones más ambiguas y contradictorias que dinamizan y relativizan este modelo. Cuando los hinchas creen que sus expectativas (generalmente futbolísticas) son respetadas, algunos llegan a contemplar los arreglos personales de los dirigentes como un margen de acción que estos tienen. Los hinchas «hacen la vista gorda» sobre los negocios que concretan los directivos con recursos de la institución. En corrillos, se dicen frases como: «roba pero hace», «roba pero trabaja», «con este [por un político de mala fama] no nos vamos al descenso». El fútbol es el centro que articula las identidades, los deseos, las ilusiones de los aficionados. Por eso, cuando los resultados no acompañan al equipo, sobre esos mismos dirigentes caen comentarios tales como «ladrón», «corrupto»; o juicios morales sobre su vida privada: «abusa de las drogas», «le gusta ir al casino», etc.

Las evaluaciones morales cambian dinámicamente de acuerdo con las situaciones. Las derrotas consecutivas ponen de manifiesto las apreciaciones negativas de los hinchas y estas van minando poco a poco la credibilidad de los directivos. Estos últimos son particularmente sensibles a los escándalos y rumores; «de ahí, toda la prudencia, todos los silencios, todas las disimulaciones, impuestas a las personalidades públicas incesantemente colocadas delante de la tribuna de la opinión, por la preocupación de no decir y hacer nada que pueda ser recordado por los adversarios»5.

  • 1. Los datos que sustentan el análisis responden a un trabajo de campo realizado en una institución deportiva de reconocida trayectoria en el fútbol nacional y a una investigación que estamos desarrollando sobre los clubes de la primera división de los torneos organizados por la Asociación de Fútbol Argentino (afa), con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani de la uba.
  • 2. P. Bourdieu: O poder simbólico, Bertrand, Río de Janeiro, 2007, p. 165.
  • 3. Sabina Frederic: Buenos vecinos, malos políticos. Moralidad y política en el Gran Buenos Aires, Prometeo, Buenos Aires, 2004.
  • 4. Usamos las categorías «hincha» y «socio» de manera indistinta porque ambas marcan la posición asimétrica en relación con los dirigentes, pero sabemos que el vínculo es más complejo. Hay hinchas que no son socios y socios que se afilian para practicar deportes, pero no son simpatizantes del equipo de fútbol del club. En nuestro trabajo de campo, las personas con las que interactuamos respondían a ambas categorías.
  • 5. P. Bourdieu: O poder simbólico, cit., p. 189.