Crónica

Papayas, langostinos, drogas y basura Una torre de babel colombiana

Corabastos es mucho más que el segundo mercado de alimentos más grande de América Latina. Con sus puertas abiertas 362 días al año, el centro que abastece al 20% de la población de Colombia es también uno de los principales focos criminales de Bogotá por el que pasaron los paramilitares, las FARC y las redes de narcotráfico, y un ejemplo de la desigualdad crónica que se vive en el país: cada día, 120 toneladas de comida apenas magullada van a parar a la basura, de la que se alimentan decenas de mendigos.

Papayas, langostinos, drogas y basura / Una torre de babel colombiana

Son las dos y media de la madrugada y por los pasillos que forman las grandes bodegas de esta plaza se ven las primeras personas que empiezan su día laboral. Mientras el resto de la población bogotana duerme, la actividad no para en la Central de Abastos de Bogotá, conocida como Corabastos. Cada minuto entra una bicicleta, una moto, un carro, una camioneta, un camión. El desfile de gente no cesa a ninguna hora, que llega a la capital de Colombia para comercializar cerca de 12 toneladas de alimentos que circulan todos los días en la segunda plaza de mercado más grande en América Latina después de la Central de Abastos (CEDA) de la Ciudad de México.

El viento que sopla es frío e incisivo, ese que penetra hasta los huesos, propio de las madrugadas de la sabana de Bogotá, ubicada a 2.600 metros sobre el nivel del mar. A medida que el reloj avanza, el flujo de gente se incrementa. La actividad y el ruido empiezan a tomar las 57 bodegas que componen el centro de acopio, que almacena frutas, verduras, hortalizas, granos y procesados que llegan de todos los rincones del país y de algunas regiones del mundo. Pero también es un mercado de pescados, mariscos, y una variedad de tiendas de desechables, productos químicos, ferreterías y panaderías. Son 4.200 metros cuadrados construidos en el sudoeste de una ciudad que ya supera los ocho millones de habitantes.

Una de las personas que llega a esta hora de la madrugada es Mariela Oliveros. Tiene 40 años, llegó hace 20 a Corabastos, y a punta de vender de café, chocolate, buñuelos y arepas ha sacado adelante un hogar de cuatro hijos junto con su esposo, un cargador de bultos que todas las mañanas se trepa a la espalda varios kilos de alimentos. Se levanta todos los días a las 2 de la mañana a preparar el tinto (así se le dice al café pequeño en Colombia) o las aromáticas con las que muchos tratan de paliar el frío bogotano. En un día de trabajo puede vender entre 400 y 600 bebidas. Trabaja hasta las 9 ó 10 de la mañana y a las siete de la noche ya está entre las cobijas. Así es la rutina de quienes trabajan en Corabastos, que difiere de los horarios de oficina tradicionales.

Como Mariela, otras 3.000 personas empiezan su jornada laboral a las tres de la mañana para ofrecer un desayuno, una empanada o un refrigerio mañanero. Y es que la plaza más grande de Bogotá es quizá también uno de los mayores centros de empleo de la capital. De ella viven 6.500 comerciantes, además de los 20 mil empleos directos que genera, entre los que se encuentran productores, agricultores, transportadores, comercializadores, operadores logísticos y el usuario final. Diana Téllez, secretaria general de Corabastos, explica que entre los usuarios de esta gran plaza se encuentran el consumidor elemental, es decir, el comprador común, el tendero, las grandes superficies o súper mercados, y lo que ellos denominan horecas: hoteles, restaurantes y cafeterías de gran tamaño como las de clubes o colegios.

Pero de la plaza también “comen” otras 50 mil personas que de forma indirecta agarran cualquier peso que se desprende de la actividad de Corabastos: allí se cuentan los carreteros, coteros o braseros, (como se les conoce a quienes cargan los bultos de los camiones a las bodegas o viceversa), desgranadores, empacadores, y un largo etcétera de oficios que surgen en el interior de las despensas. Se calcula que en total cerca de 135 mil usuarios entran a diario por las puertas de esta pequeña ciudad, y que al final del día generan 25 mil millones de pesos, un poco más de 12 millones de dólares.

Aquí todo se mide por toneladas y se valora en millones de pesos. Las transacciones se mueven en medio de bultos y cajas de comida, en su mayoría con dinero en efectivo. Por eso, para mantener el orden y evitar el caos vehicular, cada carga tiene su horario de entrada a la plaza. Las frutas tienen la prioridad: los camiones entran a las 11 de la noche y descargan a las 2 de la mañana; enseguida ingresan las arvejas y las zanahorias para bajar la carga una hora después. A la media noche entran las papas, les siguen los tomates, luego las cebollas. Los camiones se parquean en un sitio conocido como “El Martillo” y esperan la hora de descargue. Así, minuto a minuto, entran durante todo el día 15 mil vehículos de todo tipo.

Y así funciona Corabastos 362 de los 365 días del año, salvo Navidad, Fin de Año y el Viernes Santo, cuando este gran fortín alimentario cierra sus puertas por completo.

Mercado de excesos

A las cinco de la mañana el bullicio y la algarabía ya han copado todos los rincones del mercado. Los coteros se abren paso entre la multitud, a punta de silbidos, mientras llevan sobre su humanidad bultos de yuca, plátanos o naranjas. Señores de edad, adolescentes, señoras y hasta niños se ven pasar con varios kilos sobre su lomo. Vuelan cajas y bolsas que los empacadores lanzan desde las despensas a los baúles de los camiones.

Una hora después, las calles de esta ciudadela están atiborradas de puestos de venta de coliflor, apio, cebolla, lechuga, brócoli. También se ofertan a grito herido cajas de mandarinas, ciruelas, fresas, uvas, papayas, mangos u otras frutas más exóticas como la feijoa, el maracuyá, la pitalla, el choncaduro, el zapote, los mamoncillos. Es un cuadro de colores pero también de olores. Por un pasillo huele a la tierra que se desprende de la papa o la yuca. En otro, el ajo o la cebolla inundan las cuadras con su aroma. Hay una sección de plantas aromáticas y una red de fríos que conserva en neveras gigantes miles de kilos de atunes, truchas, mojarras, camarones, langostinos.

“Un presidente dijo en una ocasión que para conocer a Colombia bastaba con ir a Corabastos”, comenta Diana Téllez.

Y tiene razón. Aquí llegan piñas (ananá) del Valle del Cauca, duraznos y ciruelas del altiplano cundiboyacense, banano del Urabá antioqueño y cocos de Buenaventura.

Téllez también señala que Corabastos provee los alimentos para 10 millones de personas, casi el 20% de la población colombiana. Asimismo, cuenta que en caso de una situación de conmoción interior o de guerra, esta plaza es la única con capacidad de suministrar alimentos para Bogotá durante 15 días. Aunque en la ciudad funcionan otras 38 plazas principales de mercado, Téllez asegura que “no hay alimento en el plato de los capitalinos que no haya pisado los predios de Corabastos”.