Tribuna global

¿Países poderosos o influyentes? Reconfiguraciones globales en el siglo XXI

La construcción de la influencia internacional está dejando de gestionarse y conseguirse exclusivamente en el ámbito diplomático tradicional. Desde consultoras encargadas de «gestión de la reputación» hasta cientos de foros, ámbitos de investigación y diseño de políticas y lobby internacional permiten a los países disputar un lugar de visibilidad global. El libro Dónde queda el Primer Mundo. El nuevo mapa del desarrollo y el bienestar (Aguilar, 2016) –del que aquí se reproduce un extracto– busca ordenar las piezas del confuso mundo actual y mirar desde otros costados y con otras lentes la glorificada y satanizada globalización.

¿Países poderosos o influyentes? / Reconfiguraciones globales en el siglo XXI

Armas y billetes. Durante décadas, esas fueron las fuentes de poder con las que un Estado se sentaba a la mesa de las negociaciones globales. La novedad de estos tiempos no es que esos poderes estén menguando o hayan desaparecido, sino que la mesa de los que diseñan las reglas del mundo se ensanchó, se volvió más diversa y, sobre todo, que existen otros recursos que permiten ganarse el derecho a la silla. En efecto, al lado de los Estados tradicionalmente poderosos hoy intervienen de distintas maneras actores no gubernamentales, personalidades influyentes, redes sociales y hasta grupos terroristas. Del mismo modo, países considerados subdesarrollados o con gobiernos autoritarios, uso recurrente de la violencia o sistemas económicos semicapitalistas participan en las conversaciones con pleno derecho, mientras naciones medianas, que no podrían competir en las grandes ligas del poder económico o militar, se hacen un lugar en el diálogo a fuerza de instituciones estables, cuidado del medio ambiente, innovación y políticas públicas progresistas.

Los especialistas han pasado los últimos años tratando de encontrar un nombre y un sentido a este mundo contradictorio, un escenario de transformaciones que desconciertan, en el que hablar de «globalización» nos dice cada vez menos. Se hace referencia en ese sentido a un mundo multipolar, apolar, no polar, de un bipolarismo bifronte –una potencia que desciende y otra que emerge, con posibilidades de cohabitación–, de un «Sur global» que puede extender valores de solidaridad y cooperación, de un mundo en el que el poder va from the West to the rest (de Occidente al resto) y de una «globalización descentrada» sin superpoderes. En lo que la mayoría está de acuerdo es en que no se trata de un escenario de rivalidades nacionales como las que marcaron la Guerra Fría, o de preeminencias de uno u otro continente en términos clásicos. Como dice Barry Buzan: «Los cambios se despliegan mucho más profundamente y afectan las propias fuentes de poder en las que descansa el orden internacional».

Es el caso de la propia idea de democracia y la línea que solía separarla distintivamente de los autoritarismos. Si durante las décadas de 1980 y 1990 la direccionalidad de los cambios políticos en el mundo era indiscutiblemente la «democratización» –aunque esas transiciones fueran más accidentadas de lo que la buena conciencia del mundo desarrollado quería ver–, hoy «muchos países que los observadores más entusiastas veían en transición a la democracia están de hecho en transición a una zona política gris habitada por sistemas híbridos que combinan características de la democracia y el autoritarismo», como dice el reciente informe The New Global Marketplace of Political Change, producido por el Fondo Carnegie para la Paz Internacional, un think tank con sede en Washington. En línea con varios otros analistas, el informe va más allá: la direccionalidad de los cambios políticos, que no dejan de ocurrir, no es clara, y hay al mismo tiempo tantos países virando de la democracia al autoritarismo como haciendo el camino inverso, tantos saliendo de la guerra civil o los conflictos internos como entrando en ellos.

En consecuencia, la construcción de la influencia internacional está dejando de gestionarse y conseguirse exclusivamente en el ámbito diplomático tradicional de la Organización de las Naciones Unidas (onu), sus organismos y sus clasificaciones y ordenamientos a escala nacional. Hoy existen, por ejemplo, desde consultoras encargadas de «gestión de la reputación» para países hasta cientos de foros, ámbitos de investigación y diseño de políticas y lobby internacional en los que los países pueden disputar un lugar de visibilidad y posicionarse como líderes en temáticas específicas, alineadas con sus intereses domésticos.

Una encuesta sobre percepciones globales realizada por el Reputation Institute, una consultora que trabaja con grandes corporaciones y Estados, mide desde 2010 la confianza, admiración, respeto y estima que provocan 55 países, a través de 27.000 encuestas. En la última medición, de 2015, Canadá ocupó el primer lugar, seguido por los imbatibles noreuropeos (Noruega y Suecia), Suiza, Australia, Finlandia y Nueva Zelanda. Los clásicos. Lo interesante es mirar dónde se ubicaron las primeras economías del planeta: Estados Unidos apareció en el lugar 22; China en el 46; la India en el 33 y Rusia en el 52. En otras palabras, el volumen de la economía o el poderío demográfico o militar no parecen correr paralelos con la buena reputación de los países. La admiración que despierta un país sí tiene correlación, en cambio, con el nivel de «felicidad» según lo midió la onu en 2015 –nueve de los diez países más felices están entre los más prestigiosos–, el índice de «paz global» y el de transparencia. Una paradoja de los tiempos contemporáneos para dejar anotada: el éxito económico no necesariamente coincide con el bienestar de la población y su calidad de vida.

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Claro que las potencias tradicionales –por buscar una clasificación en un mundo que está poniendo todas en duda– siguen usando sus fuentes clásicas de poder en distintas formas y combinaciones. Y que los no tan poderosos en esas coordenadas están aprendiendo rápidamente a gestionar su influencia, si no es globalmente al menos sí en sus propios vecindarios, y en sus propios términos. Tal como describe Federico Merke:

Los dos instrumentos de poder por excelencia son el poder militar y el económico, porque el poder político articula con ellos. Los expertos en eeuu dicen que la política en ese país no la hace el Departamento de Estado, sino Defensa y Comercio. Hay estudios que muestran que los países que tienen un lugar como miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de la onu reciben más dinero para ayuda al desarrollo por parte de eeuu, que necesita que voten y apoyen las resoluciones que le interesan.

El «poder económico» puede ser así ayuda condicionada (a veces, también para objetivos más edificantes, como que un país demuestre avances en el respeto a los derechos humanos o la democracia). Pero junto con el poder militar también puede adoptar otras formas: presión diplomática, sanciones económicas, apoyo militar y de entrenamiento a actores oficiales o paramilitares en otros países (como Rusia en Ucrania, o Etiopía en Somalia), financiamiento de campañas electorales, movimientos opositores o gobiernos recién llegados (como Arabia Saudita y Turquía en Egipto; Qatar en Libia; la India en Nepal; Ruanda en el Congo al apoyar a los tutsis, o Sudáfrica en Costa de Marfil, por citar unos pocos ejemplos). O lo que algunos analistas llaman «promoción antidemocrática»: financiamiento y apoyo diplomático de algunos países con poder económico o militar (China, Irán, Rusia) a Estados autoritarios en sus regiones, iniciativas que no tienen tanto de inspiración ideológica como pragmática: dar apoyo a oficialismos u oposiciones que convienen a sus intereses y seguridad, sin importar sus implicancias y consecuencias en los países en los que intervienen.