¿Odiar a los judíos, amar a Israel?
agosto 2026
La guerra en Gaza y el ascenso de las derechas iliberales sirven de punto de partida para una reflexión sobre la crisis del vínculo entre judaísmo, sionismo e Israel. En esta entrevista, el filósofo Michel Feher sostiene que Israel se ha convertido en un laboratorio de los etnonacionalismos y que el «pacto de blanqueamiento mutuo» entre los judíos y las sociedades occidentales amenaza con agotarse. Frente a ello, reivindica una tradición judía diaspórica, cosmopolita y crítica.
Nacido en Bruselas en 1956 y de ascendencia húngara, Michel Feher es filósofo, editor y un activo representante del ensayo crítico contemporáneo. Fundó en 1986 Zone Books, la editorial neoyorquina desde la que ha contribuido durante cuatro décadas a introducir en el mundo anglófono a autores como Michel Foucault, Georges Bataille, Gilles Deleuze y Georges Canguilhem; codirige con la teórica política Wendy Brown la serie Near Futures, dedicada a pensar las mutaciones del capitalismo tardío; ha enseñado en la Escuela Normal Superior de París y en las universidades de Berkeley y Goldsmiths. Adicionalmente, es cofundador de Diagrammes.fr, un reciente proyecto audiovisual de entrevistas a intelectuales críticos. Es autor de Powerless by Design: The Age of the International Community [Impotente por diseño: la era de la comunidad internacional] (Duke University Press, 2000) sobre la reconfiguración humanitaria de la comunidad internacional; Le temps des investis (La Découverte, 2017; publicado en español con el título El tiempo de los investidos) sobre el sujeto neoliberal reconvertido en activo permanentemente evaluado por los mercados; Producteurs et parasites [Productores y parásitos] (La Découverte, 2024) sobre el imaginario económico del partido de extrema derecha francés Reagrupamiento Nacional.
Redevenir juif [Volver a ser judío], publicado en mayo de 2026 por la editorial La Découverte, se inscribe en esa misma genealogía, pero abre en ella un nuevo pliegue: por primera vez, de manera monográfica, Feher aborda la cuestión judía y lo hace desde su propia posición asumida en primera persona. La tesis es doble y está hábilmente engarzada. Por un lado, sostiene que Israel no es la excepción del actual orden internacional sino su laboratorio para proyectos etnonacionalistas. Por otro lado, y esta es la propuesta que da título al libro, Feher argumenta que el «pacto de blanqueamiento recíproco» —que desde hace ocho décadas ofrece a los judíos de la diáspora reconocimiento pleno como blancos, a cambio de que avalen la idea de que Occidente ya superó su propio antisemitismo y sostengan sin fisuras al Estado de Israel— amenaza con agotarse, porque las derechas iliberales que hoy reproducen el modelo israelí se están volviendo, en muchos casos, contra los judíos. Su polémica sugerencia: reocupar el lugar del judío diaspórico que aborrecían por igual los padres fundadores del antisemitismo moderno y los del sionismo. No como retorno nostálgico a una condición subalterna, sino como reactivación de una potencia crítica, alérgica a toda forma de identificación excluyente. Escrito bajo la sombra alargada del genocidio en Gaza, pero pensado más allá de él, en la clave estructural de la salida del orden unipolar y del ascenso planetario de los nacionalismos etnorreligiosos, Redevenir juif es diagnóstico e intervención, un ensayo crudo, inteligente y provocador sobre las fracturas que tensionan nuestro presente sociodemográfico y geopolítico.
Redevenir juif es su primer libro que aborda explícitamente la cuestión y la tradición judías, y llega en medio de una creciente oleada de libros que trazan la historia del antisemitismo y del sionismo. ¿Por qué ahora?
Se está produciendo un genocidio, así que parece un buen momento para hacer algo al respecto. Hay ya mucha gente escribiendo sobre ello, y con mejores credenciales, ya sea porque tienen una afinidad más clara con las víctimas, un conocimiento más profundo de lo que es un genocidio (su genealogía jurídico-política) o porque son historiadores de la región -de Palestina, de Israel o de Oriente Medio en general-. Así que no hacía ninguna falta que yo hablara de ello en términos generales. Si me pareció importante aportar algo fue por dos razones.
En primer lugar, a los judíos se les exige, o se les presume, una afinidad o una solidaridad con Israel. El actual es un momento extraño, que recuerda de manera perversa, al menos en el contexto francés, al caso Dreyfus de comienzos del siglo XX, cuando se acusó a los judíos franceses de albergar una doble lealtad: entonces, hacia Francia y hacia Alemania. Hoy se da por sentado que los judíos albergan una doble lealtad hacia el país del que procedan y hacia Israel. Pero en este caso la doble lealtad no es incriminatoria. No es un delito ni un motivo de sospecha. Cuando se presume que uno es solidario con un Estado que está cometiendo un genocidio, que practica una limpieza étnica y que ha mantenido un régimen de apartheid durante los últimos cincuenta años, una respuesta sencilla -si uno no siente esa solidaridad ni esa lealtad- es decir «no en mi nombre». Basta pensar en Jewish Voice for Peace en Estados Unidos.
Hay un argumento que suelen esgrimir los críticos radicales de Israel en su forma etnorreligiosa actual: que antisionismo y antisemitismo no son lo mismo; que se puede criticar no solo la política de Israel, sino el propio tipo de Estado que Israel es -un Estado fundado sobre una cierta supremacía etnorreligiosa- y condenarlo sin ser antisemita, porque no se trata de los judíos: se trata del sionismo, de aquello en lo que el Estado de Israel se ha convertido y de lo que está haciendo.
No tengo ningún problema con esa posición. Pero me parece que hay otra dimensión, bastante indiscutible aunque poco explorada, que es su reverso: si bien el antisionismo no es necesariamente antisemita, existe una fuerte dimensión antisemita en el propio sionismo. Puede sonar muy provocador, pero basta leer las obras de los padres fundadores del movimiento sionista -Theodor Herzl, David Ben-Gurión, Vladímir Jabotinsky, A. D. Gordon y otros- para darse cuenta de que albergaban un sentimiento de profundo odio hacia los judíos de la diáspora, de manera análoga a los antisemitas de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Por ende, ¿el proyecto israelí sería paradójicamente «poco judío»?
Durante la mayor parte de su historia, la cultura judía ha sido una cultura radicalmente diaspórica, puesto que no había patria alguna a la que regresar ni reclamar. Puede incluso decirse que Israel es el país menos judío del mundo; el único fundado sobre la erradicación de la condición diaspórica judía. Desjudaizar a los judíos fue la premisa sobre la que se construyó el proyecto sionista. Como se dice que proclamó Jabotinsky, mentor político de Netanyahu, allá por la década de 1930: «Si no acabáis con la diáspora, la diáspora acabará con vosotros». No hay nada menos judío, en cierto modo, que Israel y el sionismo.
¿Qué otros rasgos son compartidos por el sionismo y el antisemitismo?
El sionismo siempre ha sido un proyecto de asentamiento: la idea de sacar a los judíos de Europa, donde efectivamente eran perseguidos, y darles un país que por fin fuera el suyo. También fue un proyecto nacional: la creación de una nación mediante la búsqueda de un territorio donde el pueblo judío pudiera, por fin, tener un país. El problema, desde el principio, es que el ideal para un objetivo así era encontrar «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra». Obviamente, Palestina no es una tierra sin pueblo. De modo que hubo que inventarse que esas personas eran beduinos que, en realidad, no pertenecían a ese lugar, que eran nómadas. No debía entonces ser demasiado difícil convencerlos de que se marchen; y, si no se dejaban convencer fácilmente, trasladarlos a los países árabes vecinos. Ello conllevaba deportaciones y limpieza étnica.
Para crear ese nuevo país, se necesitaba un pueblo capaz de cultivar la tierra -de ser campesino- para hacer florecer el desierto y transformar el territorio en uno próspero, y, al mismo tiempo, de combatir. En resumen, se necesita un pueblo de campesinos-soldados. Ahí radica el problema: los judíos europeos eran muchas cosas -intelectuales, pequeños comerciantes, artesanos, banqueros-, pero desde luego que no eran campesinos ni soldados.
Así que, para llevar a cabo el proyecto sionista, había que reinventar literalmente al pueblo judío y ajustarlo al ideal de una población colonizadora. El israelí constituye un tipo muy específico de colonialismo de asentamiento, que algunos autores suelen calificar como «colonialismo de pioneros». A diferencia de otro tipo de colonos, el pionero no tiene una metrópoli a la que volver. El objetivo era crear un país nuevo. A veces este tipo de colonialismo es animado por una especie de idealismo según el cual los pioneros van a construir una tierra mejor que la que existía -como en los Estados Unidos que se expanden hacia el Oeste con Thomas Jefferson o, hasta cierto punto, en Australia-, lo cual significa, claro está, que la población indígena que allí habita debe ser desplazada. Eso vale para todos los pioneros. Pero los pioneros judíos tenían la dificultad añadida de poseer una idiosincrasia no apta para semejante tarea.
Hacía falta, por tanto, una verdadera labor de ingeniería social. De ahí la irritación, la rabia, de los padres fundadores del sionismo, ante lo cual respondieron con un proyecto de reeducación. Y de ahí también lo que constituye una aversión muy intensa hacia lo que los judíos sí eran: una nación cosmopolita y «sin raíces», con cierta tendencia a convertirse, como dirían los antisemitas, en un pueblo sin relación alguna con la tierra, experto únicamente en el manejo de abstracciones, ya fueran el dinero o las palabras.
Según la mirada sionista, los judíos tendían a ser o bien banqueros y usureros, o bien comunistas y manipuladores intelectuales. En realidad, los sionistas comparten con los movimientos nacionalistas europeos de la época -a finales del siglo XIX y comienzos del XX- una misma comprensión de la condición judía. Estos movimientos, profundamente antisemitas, tenían la impresión de que el mero hecho de convivir con gente desarraigada tendía a corroer las propias raíces. Tener judíos en el seno de la propia sociedad es una condición contagiosa: si los dejas vivir entre los tuyos, empiezas a volverte como ellos, a cuestionar tu propia identidad. Por eso había que confinarlos, en el mejor de los casos, en guetos donde no molestaran a nadie o, a ser posible, expulsarlos e incluso exterminarlos. La única diferencia entre sionistas y antisemitas es que, para estos últimos, el problema de los judíos era racial -ese cosmopolitismo lo llevaban en la sangre-, mientras que para los primeros era una cuestión de condición, un hecho contingente y reformable. Si se les permite asentarse y tener un país, serán tan buenos nacionalistas como aquellos que los odian en Europa.
En un pasaje de sus diarios, Herzl escribe que los antisemitas serán los más fiables aliados del proyecto sionista. ¿Por qué?
Por dos razones. La primera es obvia: ellos quieren deshacerse de nosotros [los judíos] y nosotros queremos marcharnos -los dos proyectos entonces van de la mano-, así que nos ayudarán a partir. La otra razón por la que los antisemitas se convertirían en nuestros mejores amigos, decía Herzl, es que se darán cuenta, una vez que nos hayamos asentado en Palestina, nos hayamos convertido en un país y nos hayamos transformado en los campesinos-soldados que no somos, de que en realidad somos exactamente como ellos: que nuestras ambiciones nacionalistas, nuestro deseo de echar raíces y nuestro anhelo de identidades etnonacionales fuertes son tan intensos como los suyos. En cuanto comprueben que en Palestina nos comportamos exactamente igual que ellos -sobre todo en la manera en que vamos a deshacernos de la población local-, verán que somos sus mejores aliados y amigos. Y por eso -y esto no lo escribe en su diario, sino en el panfleto fundacional del sionismo moderno, El Estado judío-, una vez estemos allí, los europeos descubrirán que somos los centinelas de la civilización europea contra los bárbaros en Oriente Medio.
En el subtítulo de su libro, usted habla de un pacto recíproco de blanqueamiento...
Es evidente que, a pesar de que tardó en hacerse realidad, el proyecto sionista fructificó. Los países occidentales pasaron a considerar a Israel uno de los suyos, e Israel se convirtió en el ferviente aliado de quienes antaño hacían gala de su antisemitismo. Cuando hablo de un «pacto de blanqueamiento mutuo» -blanchiment en francés, al igual que en español, el término tiene un doble sentido, a la vez a un sentido racial y a un sentido moral-. Por un lado, significa volverse blanco en términos raciales, como cuando ciertas minorías se vuelven blancas y son aceptadas como parte de la mayoría blanca (los italianos o irlandeses en Estados Unidos, por ejemplo). Pero blanchiment también significa «blanqueo», como cuando se blanquea dinero. El pacto del que hablo es, por tanto, un pacto de blanqueamiento mutuo, en ambos sentidos. Desde la guerra de 1967, y aún más desde el final de la Guerra Fría, a los judíos se les ha ofrecido el reconocimiento como blancos de pleno derecho, incluso como blancos ejemplares, algo inédito en la historia de los judíos en el mundo occidental.
Ese reconocimiento se les ofrece por dos razones. Son blancos ejemplares, en primer lugar, porque el resto de la cultura blanca se siente culpable y en deuda con los judíos a causa del antisemitismo que culminó en el Holocausto. Existe una deuda con los judíos que las sociedades occidentales quieren saldar, y convertirlos en blancos es una manera de empezar a pagarla. Pero también son blancos ejemplares en el sentido de que parecen ser el objetivo principal de los portadores de lo que se ha dado en llamar el «nuevo antisemitismo», supuestamente encarnado en minorías racializadas del Norte o pueblos racializados del Sur, cuya animadversión hacia Israel supuestamente los convierte en portadores del renovado germen antisemita. Esa gente, que odiaría a Occidente en su conjunto, lo hace aún más con los judíos; los judíos se habrían vuelto, por tanto, blancos por excelencia, en la medida en que son los más odiados de entre los blancos.
A cambio, se les pide que digan que las sociedades blancas del Norte global se han curado por fin del mal del antisemitismo que fue su plaga durante tanto tiempo; que los judíos se sienten ya plenamente protegidos en las sociedades blancas occidentales. Los blancos, si no han saldado su deuda por la Shoá -esa deuda es impagable-, al menos se han limpiado en buena medida del antisemitismo que antes los asolaba. Este pacto ha resultado bastante atractivo para muchos judíos. Al fin y al cabo, ¿por qué no? Es, sin duda, un ascenso respecto de la situación anterior de los judíos.
Pero esto implica, sobre todo, una nueva comprensión del antisemitismo. Se reconoce que las viejas manifestaciones antisemitas siguen existiendo -las acusaciones de que los judíos controlan las finanzas, de que controlan los medios de comunicación, de que se infiltran en el Estado, de que conspiran a través de las fronteras para dominar el mundo-, pero se trata como folclore, como algo residual. El verdadero antisemitismo de hoy tendría una sola dimensión: el odio a Israel, el antisionismo. Esa es la parte del trato que los judíos han de aceptar y repetir machaconamente.
La problemática real, y esto lo repite en su libro, es que el antisemitismo más latente se ubica en el margen derecho del espectro ideológico.
Claro. Si uno se fija en estadísticas oficiales de las sociedades occidentales -en Francia las monitoriza la Comisión Nacional Consultiva de Derechos Humanos, y existen instituciones similares en España, en Alemania y en otros países-, es fácil darse cuenta de que el principal reservorio de sentimientos antisemitas no está en las minorías ni en la izquierda, sino en la extrema derecha. Lo que significa que, si eres un «buen judío» dispuesto a cumplir el pacto, tienes que dedicar mucho tiempo a explicar que esas manifestaciones de antisemitismo no son más que folclore, malentendidos, algo residual. Y eso conduce a situaciones bastante curiosas. Un ejemplo que cito en mi libro: el actual ministro de Justicia francés, Gérald Darmanin, que hace unos años fue ministro del Interior, publicó en aquella época un libro contra el separatismo islamista. En un pasaje hay un par de frases en las que elogia a Napoleón por haber actuado con mano dura contra los usureros judíos y haber salvado a Francia de sus terribles fechorías. Antisemitismo clásico de manual. Algunos se preguntaron si no era escandaloso que un miembro del gobierno escribiera algo así; pero la primera organización que salió en su defensa fue la Liga contra el Racismo y el Antisemitismo (LICRA), el equivalente francés de la Liga Antidifamación estadounidense (ADL, por sus siglas en inglés). Era un malentendido, explicó la LICRA; no había nada antisemita en ello; simplemente elogiaba al emperador por proteger a los judíos del resentimiento popular: legislar contra la usura era, en el fondo, una forma de resguardarlos de los pogromos que el odio del buen pueblo francés hacia los usureros podría haber desatado. Eso ya resulta bastante escandaloso. Pero algo incluso peor ocurrió en Estados Unidos pocas semanas después de la reelección de Trump, en aquella celebración en la que Elon Musk tomó la palabra y remató su discurso con su tristemente célebre saludo nazi. Algo problemático, claro, salvo por el hecho de que la primera organización que salió en su defensa fue la propia ADL: no había nada de nazi en el gesto, simplemente quería decir «mi corazón está con ustedes».
Entonces, si el antisionismo es lo mismo que el antisemitismo, hay que ser un partidario leal y ferviente de Israel: de un país que está cometiendo un genocidio, que lleva décadas practicando el apartheid y que alberga un proyecto de limpieza étnica definitiva de toda la antigua Palestina bajo el Mandato británico. Para quien defienda cualquier tipo de valores liberal-democráticos, ser partidario de un Estado que hace todo esto resulta bastante costoso: hay que contribuir a blanquear las expresiones de antisemitismo que aún persisten en la sociedad y que se dan sobre todo entre los partidarios más fervientes de Israel, es decir, en gran parte de la extrema derecha. Las mismas personas que odian a los judíos pueden amar a Israel. Uno de los argumentos centrales de mi libro es que no se trata de ninguna paradoja, y una de las razones es, precisamente, que existe una dimensión antisemita fundamental en el sionismo.
Hoy resulta casi de sentido común señalar que Israel es una especie de laboratorio del orden iliberal, el anticipo de una distopía reaccionaria. Israel siempre ha sido un proyecto de colonialismo de asentamiento, con esa dimensión pionera que ha señalado. Pero pareciera que algo ha cambiado en los últimos años, algo que va más allá de la destrucción de Gaza. ¿Dónde ciframos el punto de inflexión? ¿La Guerra de los Seis Días? ¿La primera victoria electoral del Likud en 1977? ¿La Ley Básica de 2018 que codifica la condición etnorreligiosa del país al declarar a Israel como Estado-nación del pueblo judío?
Hay que dar un paso atrás. Especialmente a partir de 1967, Israel se convierte en un aliado principal de Estados Unidos, algo que antes no era, o lo era de manera más ambigua: en 1956, por ejemplo, fueron los estadounidenses quienes pusieron fin a la guerra de Suez, al proyecto de invasión del canal por parte de franceses, británicos e israelíes. Pero desde la Guerra de los Seis Días Israel se convierte en un aliado crucial de Estados Unidos y se presenta como el paradigma de la democracia liberal. Desde 1967 es un país que ocupa ilegalmente Cisjordania, Gaza y parte de los Altos del Golán, que no concede derecho alguno a quienes viven allí y que no tiene la menor intención de devolver la tierra de la que se ha apropiado. A esto hay que añadir que, aunque 20% de los ciudadanos de Israel son palestinos, se trata claramente de ciudadanos de segunda que no gozan de los mismos derechos que la población judía. Y, sin embargo, tanto los israelíes como los judíos de la diáspora que apoyan a Israel y los gobiernos occidentales lo presentan como la «única democracia liberal de la región». La máxima expresión de esto fue Ehud Barak, primer ministro de Israel a comienzos de los años 2000, que definió al país como «un chalet en medio de la jungla».
Este paradigma de la sociedad liberal atraviesa distintas fases. Entre 1967 y 1987, el inicio de la primera intifada, los israelíes, especialmente bajo la dirección de Moshé Dayán, ministro de Defensa durante la guerra de 1967, desarrollan un proyecto que consiste en presentar a Israel más o menos así: sí, somos ocupantes; sí, somos de facto una especie de Estado colonial; pero somos el Estado colonial más benévolo del mundo, y nuestro objetivo es garantizar que los palestinos -los «árabes»- que viven en los territorios ocupados disfruten de mejores condiciones sociales y económicas que sus vecinos. El sionismo se convierte así, durante veinte años, en una especie de proyecto liberal-imperialista, con su mission civilisatrice incluida: haremos que los palestinos vivan algo mejor y, con el tiempo, cuando estén lo bastante agradecidos por la mejora de su situación y ya no alberguen ambiciones políticas, quizá les concedamos algunos derechos civiles o políticos.
Luego llega la primera intifada, que demuestra con claridad que los palestinos no van a renunciar a sus reivindicaciones políticas. Y llega entonces una segunda fase, la de los Acuerdos de Oslo. La lógica es la siguiente: este «apartheid con rostro humano» no va a funcionar, así que vamos a fingir que estamos a favor de una solución de dos Estados, que estamos dispuestos a compartir la tierra con los palestinos. Se trata, por supuesto, de un reparto profundamente injusto y desigual: el territorio se distribuye de manera muy desequilibrada; Israel está plenamente militarizado mientras que Palestina deberá desmilitarizarse; Israel controla la electricidad, el agua y los recursos, y puede cortarlos cuando quiera. El proyecto era inviable desde el principio. Pero existía ese espejismo de que se avanzaba hacia la paz. Coincidía, además, con el final de la Guerra Fría: había un camino trazado, lento pero inexorable, que conducía hacia el fin de la historia, hacia un mundo plenamente liberal y democrático que encuentra en Israel un valeroso ejemplo.
Los israelíes se aferran a ese espejismo hasta que Isaac Rabin, primer ministro del Partido Laborista, es asesinado por un extremista judío y Benjamin Netanyahu llega al poder por primera vez en 1996. A partir de ese momento queda bastante claro -y Netanyahu lo tiene clarísimo desde el principio- que Israel nunca implementará los Acuerdos de Oslo. Todavía no rechaza públicamente la solución de dos Estados, pero es evidente que pronto lo hará. Se produce así un retorno al proyecto sionista original, en su variante dura y «revisionista» -heredera de Jabotinsky-: establecer la soberanía judía «desde el río hasta el mar», con el menor número posible de palestinos en ese territorio. Es un imaginario de expansión, control y limpieza étnica con cada vez mayor aprobación entre la población judía israelí. Pero aún no puede decirse en voz alta, porque la principal línea de defensa de Israel por parte de Occidente es que Israel es una democracia liberal que solo quiere la paz: si tuviera buenos socios para la paz, la solución pacífica de dos Estados sería una realidad.
Esto cambia, así lo afirma, con la vuelta de Netanyahu al poder en 2009.
Efectivamente: es ahí cuando sus verdaderas intenciones comienzan a expresarse en voz alta. Se produce un punto de inflexión importante en 2011, cuando Netanyahu realiza una visita oficial a Washington, con Barack Obama de presidente. Justo antes de ese viaje, Obama había declarado que los asentamientos ilegales de colonos en Cisjordania tenían que cesar; que era necesaria una solución de dos Estados con la Línea Verde como línea divisoria, con las fronteras anteriores a la guerra de 1967. Obama dijo incluso que habría que adoptar alguna medida para los refugiados palestinos que fueron expulsados en 1948.
Sin embargo, cuando Netanyahu llega a Washington le dice a Obama en la cara que la solución de dos Estados conlleva demasiados problemas de seguridad; que los refugiados no son un problema de Israel, que los acojan los demás Estados árabes. Netanyahu le espeta asimismo que la colonización va a continuar porque «esta es nuestra tierra prometida». Obama apenas reacciona, y Estados Unidos continúa con su apoyo a Israel. Pero ahí crece la disonancia entre la manera en que los estadounidenses y los países occidentales en general apoyan a Israel -como esa democracia liberal que desea la paz en la región y una solución de dos Estados- y la manera en que el gobierno israelí, y buena parte de la sociedad israelí, se presenta a sí mismo. Como decía, esto quedó formalizado e institucionalizado con la Ley Básica de 2018, que establece que solo el pueblo judío es soberano en el Estado de Israel y que los palestinos con nacionalidad israelí poseen una ciudadanía de segunda.
Aunque Estados Unidos nunca se planta ni amenaza con retirar la ayuda militar o financiera, es evidente que la irritación iniciada con Obama va en aumento. Por eso, cuando Trump llega al poder por primera vez -y más aún tras su reelección-, se produce un enorme alivio en Israel, tanto en Netanyahu como en el conjunto de la sociedad. No solo tenemos un amigo en la Casa Blanca -amigos en la Casa Blanca los hemos tenido siempre-, sino que ya no tenemos que fingir que somos una democracia liberal. Trump busca destruir la democracia liberal en Estados Unidos, así que ¿por qué iba a importarle lo que ocurra en Israel en este terreno? Estamos, en el fondo, en la misma sintonía. Al fin y al cabo, ¿qué es America First? ¿Qué es «Make America Great Again», sobre todo en el segundo mandato de Trump? Es expandirse: al canal de Panamá, a Groenlandia, quizá a Canadá, quién sabe, o a Cuba. Es depurar la población: devolverle la grandeza a Estados Unidos significa la fantasía de devolverle la blanquitud, asegurarse de que todos los «parásitos extranjeros» sean expulsados. Y es controlar lo que Marco Rubio y el Departamento de Estado llaman «nuestro hemisferio», la región que rodea a Estados Unidos. Es una visión de Carl Schmitt -una visión schmittiana del Großraum-: la de una zona de influencia estadounidense en la que el país dominante tiene derecho a prosperar mediante la expansión y la depuración. En el fondo, un proyecto muy distinto del imperialismo liberal de los Estados Unidos de la posguerra, que consistía en hacer el mundo más americano proyectando poder duro, pero también poder blando, el Estado de derecho, los valores democráticos, etcétera. Había en ello muchísima hipocresía, por supuesto, pero era un imaginario radicalmente diferente del del gobierno de Trump -y, en buena medida, del de Netanyahu-.
El desarrollo lógico -y en cierta medida inevitable- de estas dinámicas culmina en la otra paradoja que marca Redevenir juif: lo que asemeja a MAGA y el nuevo sionismo revisionista es a su vez lo que acerca la disolución del vínculo histórico entre Estados Unidos e Israel.
¿Qué implica ser coherente con la ideología de America First? Lo esbozó Marco Rubio en su primer discurso tras ser nombrado secretario de Estado: vivimos en un mundo multipolar, dividido en regiones, cada una comandada por un país dominante; y entre esos países dominantes debe haber relaciones de complicidad y rivalidad, de tensión pero también de respeto mutuo, de modo que se genere una especie de mundo homeostático; en esencia, capos de la mafia que respetan hasta cierto punto los territorios ajenos. Ahora bien, si esa es la visión de America First, ¿por qué Estados Unidos -un país blanco y cristiano llamado a dominar el hemisferio que va del Pacífico al Atlántico- gasta tanto dinero, tiempo y energías en Israel, un país que no está en su hemisferio y cuya población ni siquiera cree que Jesús sea su salvador? Algo no cuadra. Ahí es donde aparece esa ala cada vez más numerosa del movimiento MAGA -Tucker Carlson, Candace Owens, Nick Fuentes- que se pregunta por qué Israel sigue siendo un aliado privilegiado cuando no trae más que complicaciones.
El discurso es sencillo de articular: mira el lío en el que estamos metidos ahora con Irán, con el Líbano; todo porque Netanyahu convenció a Trump de bombardear para nada. ¿Cuál es el problema, entonces? Para este sector de la derecha estadounidense la respuesta es clara: los judíos. Equiparan israelíes a judíos y piensan, por tanto, que si los israelíes han conseguido que Estados Unidos les haga el trabajo es gracias al complot judío para dominar el mundo. Igual que ocurrió en su día con los banqueros Rothschild, ahora, a través de Israel, los judíos dominarían Estados Unidos y dictarían los términos de su política doméstica e internacional. Hay, pues, un ala creciente de MAGA que resulta ser antisionista porque es antisemita.
¿Por qué iba un pequeño país de Oriente Medio a descarriar a los poderosos Estados Unidos, si no fuera por una camarilla judía que se ha infiltrado en el Estado? Ese es el punto de inflexión en el que nos encontramos. Y como el discurso que proponen es mucho más coherente en su propia lógica que el de los neoconservadores proisraelíes, mi apuesta es que el futuro de la derecha les pertenece. J. D. Vance -el más MAGA de los MAGA, al menos dentro del gobierno- lo ha repetido en sus últimos discursos, en los que advierte a Israel de que más le vale no salirse de la fila y de dejar de criticar a Trump. No es más que el comienzo de un mensaje que viene a decir: se han extralimitado; tienen demasiado poder; y su poder no sirve a los intereses de Estados Unidos. Es el inicio de un giro de vastas consecuencias.
De ahí, también, su propuesta de que los judíos abracen -de nuevo- su condición diaspórica.
Mi mensaje para los judíos de la diáspora es doble. En primer lugar, que si tienen algún tipo de valores, ni siquiera socialistas o antiimperialistas, simplemente liberal-democráticos, es obvio que no pueden apoyar a un Estado genocida. Pero, en segundo lugar, incluso si se decide mantener su apoyo por puro interés propio, porque dicho apoyo garantiza la blanquitud, la apuesta sigue siendo equivocada: en la derecha está creciendo un ala antisionista y antisemita, y la coherencia discursiva y los hechos juegan a su favor. Probablemente sea hora de cambiar de bando y adoptar como propios aquellos valores cosmopolitas, vanguardistas y aperturistas que hicieron rabiar a los antisemitas de los siglos XIX y XX, y hacerlo deprisa, porque, aun renunciando a toda forma de conciencia política o moral, el pacto de blanqueamiento mutuo no va a seguir siendo rentable durante mucho más tiempo.
Retomando este argumento, podemos ver en Estados Unidos un fenómeno novedoso, que es el alejamiento de muchos jóvenes judíos de las organizaciones oficiales pro-Israel y un creciente apoyo a la causa palestina —algo que se ve también en el apoyo a candidatos demócratas progresistas—. Incluso hay una cierta recuperación del Bund1. ¿Qué nos puede decir de este fenómeno?
Los votantes demócratas en general, y entre ellos los judíos estadounidenses, tanto jóvenes como no tan jóvenes, manifiestan una actitud cada vez más crítica no solo hacia el gobierno israelí y sus políticas, sino también hacia la propia configuración del Estado de Israel. Para quienes rechazan el etnonacionalismo y toda forma de discriminación basada en la raza o la religión, resulta difícil aceptar que Israel pueda reservar el derecho a la autodeterminación solo para su población judía y, al mismo tiempo, seguir considerándose una democracia. Esta conclusión se ve reforzada por el hecho de que los propios dirigentes israelíes, así como una parte importante de la ciudadanía judía israelí, ya no parecen esforzarse demasiado por presentar su país como una democracia, ni siquiera en el sentido de una democracia «iliberal».
En este contexto, el reciente interés por el Bund entre los judíos estadounidenses de izquierda merece una atención particular. Por un lado, la historia, tan admirable como trágica, de este movimiento socialista democrático resulta inspiradora por sí misma y recuerda que, durante la primera mitad del siglo XX, los sionistas no fueron los únicos judíos que se enfrentaron al antisemitismo por sus propios medios, en lugar de confiar su seguridad a la protección de los Estados liberales occidentales o a su adhesión a los partidos comunistas.
Por otro lado, la llamada Zona de Asentamiento, donde el Bund arraigó, era un espacio muy particular: una región empobrecida situada en la parte occidental del Imperio zarista, en la que millones de judíos estaban obligados a residir y donde estos constituían una población discriminada y ampliamente despreciada, junto con otras comunidades sometidas a procesos de racialización. En otras palabras, los judíos que fundaron el Bund se organizaron como una minoría segregada y explotada y reivindicaron una federación socialista en la que todas las comunidades pudieran convivir en condiciones de igualdad y desarrollar su propia identidad.
El imaginario bundista se presta, por tanto, especialmente bien a la incorporación de los judíos -no sionistas y antisionistas- a la coalición multicultural que imaginan los socialistas democráticos estadounidenses contemporáneos. Lo que ese imaginario no contempla, sin embargo, es la condición diaspórica y la conciencia de una población judía mayoritariamente urbana cuya politización se orientó menos hacia el cultivo de identidades que hacia la crítica de todas las formas de identidad, o, cuando menos, hacia una actitud irónica y humorística frente a las afirmaciones de carácter identitario.
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1.
El Bund (Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia) fue un partido socialista judío fundado en Vilna en 1897, en el seno del Imperio zarista. Promovía una identidad judía secular basada en el idioma yiddish y en la autonomía cultural dentro de una federación socialista multinacional, en oposición tanto a la asimilación como al proyecto sionista, que consideraba utópico y ajeno a las condiciones reales de las masas judías de Europa del Este. Tuvo un rol destacado en el movimiento obrero ruso y polaco hasta su práctica desaparición tras el Holocausto y la persecución soviética [N. del T.].

