Tema central

Nueva Orleáns,la permeable margen norte del Caribe

El desastre provocado por el huracán Katrina hizo visibles las múltiples contradicciones políticas y culturales de Nueva Orleáns. Si bien algunos artistas que nacieron y crecieron allí, como Wynton Marsalis, insisten en colocarla, junto con el jazz, en el corazón cultural de Estados Unidos, la historia la revela como una ciudad excepcional. Hasta el Katrina, la latinidad de Nueva Orleáns residía no tanto en las estadísticas demográficas (su población es mayoritariamente afroamericana), como en su ubicación en la cuenca del Caribe y en su historia marcada por las particularidades de la esclavitud en la región y por la colonización francesa y española. Ahora, un nuevo debate se abre en Nueva Orleáns a partir de la llegada de los inmigrantes latinos contratados para reconstruir la ciudad.

Nueva Orleáns,la permeable margen norte del Caribe

Introducción

El lago Pontchartrain yace sobre el costado norte de Nueva Orleáns, contenido por un dique. La noche del 29 de agosto de 2005, los vientos y las lluvias del Katrina alborotaron sus mansas aguas y las llenaron de fuerza hasta que rompieron el frágil muro, y las tierras bajas de la ciudad se convirtieron en un enorme recipiente. El agua entró con tal violencia que, al caminar sobre los escombros húmedos, se siente como si el lago hubiera estado esperando un nuevo huracán para regodearse de su poder y burlarse de las desidias de los humanos. Arrastró viviendas de las que solo quedan bocas de tuberías a la intemperie, dejó barcos anclados donde antes había casas, lanzó pianos contra los techos para que flotaran en un amasijo de cuerdas y astillas por las calles, apagó refrigeradores en los que se pudrieron los famosos crawfish y las sopas de tortuga a medio hacer, y dispersó a sus habitantes (a los que pudieron salir) por las ciudades del sur y el norte del imperio. En un país de ciudadanos itinerantes, Nueva Orleáns tiene la rareza de dejar atrapado entre sus humedales y su música a quien llega allí, o a quien allí creció. No es ésta, sin embargo, la única disonancia que la ciudad más norteña del Caribe tiene con su país.

En los días siguientes al huracán, uno de los hijos de la ciudad, el insigne trompetista Wynton Marsalis, le recordaría a la nación lo que ella representa:

Nueva Orleáns es la más excepcional de las ciudades americanas, porque es la única ciudad del mundo que creó su propia cultura completa: arquitectura, música y ceremonias festivas. Es de singular importancia para los Estados Unidos de América porque fue el melting pot [crisol] original, con una mezcla de españoles, franceses, africanos occidentales y americanos viviendo en la misma ciudad. El choque entre estas culturas creó el jazz, y éste es importante porque es la única forma artística que les da objeto a los principios fundamentales de la democracia americana. Por eso se dispersó por el país y el mundo representando lo mejor de los Estados Unidos. El pueblo de Nueva Orleáns es el pueblo del blues. Tenemos capacidad de resistencia y de respuesta a la adversidad, entonces estamos seguros de que la ciudad regresará. Esta tragedia, sin embargo, provee una oportunidad para que las personas americanas nos demostremos a nosotros mismos y al mundo que somos una nación determinada a sobreponernos a las injusticias de raza y de clase (…) En un país con los recursos más increíbles del mundo, necesitamos la destreza de nuestros mejores ingenieros para volver a rehacer el corazón cultural de nuestra nación. Para rehacerlo con la tecnología y la conciencia del 2005, esto es, sin darle cabida a la ignorancia del racismo y a las deplorables condiciones de pobreza y falta de educación que han dejado crecer como una llaga maloliente en muchas ciudades americanas desde los tiempos de la esclavitud. Somos solo tan civilizados como nuestra hospitalidad. Demostrémosle al mundo que lo que hace que los Estados Unidos sea la nación más poderosa sobre la tierra no son las armas ni la pornografía ni la riqueza material, sino el espíritu trascendente y perdurable, algo que hemos olvidado y que esta catástrofe nos da la oportunidad de recordar. El gesto de Marsalis de presentar a Nueva Orleáns y su abigarrada historia colonial como el corazón cultural del imperio hace eco a las palabras que gritaba ante las cámaras una habitante afroamericana atrapada en la cárcel en que se había convertido el Centro de Convenciones: «Somos americanos». Como si hubiera que recordarles a los gobernantes la condición de estadounidenses de los hijos de esta ciudad donde abunda la pobreza, construida entre manglares que más tienen de mar Caribe que de plantación sureña, cuna de una música que se forjó en los ires y venires de sus habitantes y sus vecinos isleños por las aguas y las islas del Golfo de México, sede de la mansión de quien un día fuera presidente de la United Fruit Company y «la más africana de las ciudades americanas» (Hall 1992a). En esos días de desasosiego, cuando las aguas descubrieron para las cámaras de televisión el histórico abandono de muchos de sus habitantes, se pudo apreciar claramente que, para los gobernantes, Nueva Orleáns parecía ser más un dilema que preferían abandonar a los patios traseros de la historia que un espejo donde mirar las contradicciones y desigualdades sobre las que se construye el imperio americano. Porque si para Marsalis Nueva Orleáns expresa la esencia del mito del melting pot, para los historiadores de la ciudad representa la excepción de la historia americana. Habría que preguntarse, más bien, cómo una ciudad con una historia tan diferente llegó a crear la música que se ha esparcido por el mundo como una de las más americanas de todas las músicas; y que además, según Marsalis, encarna su mítica democracia.

La confusión de razas que Marsalis asimila al mito del melting pot comenzó con una historia que tiene más del violento y desbordado mundo de las Antillas coloniales que de la violencia distanciadora y segregacionista de los colonos puritanos. La historia inicial de Nueva Orleáns, ciudad fundada en 1718, se tejió entre las políticas de asimilación de los franceses en Canadá y Louisiana y las particularidades de la trata de esclavos en esta región. A diferencia de su contraparte anglosajona, que buscaba colonizar segregando a los indígenas a la periferia de sus poblados, la colonización francesa intentó una política de asimilación en Canadá, su primera colonia en América del Norte, donde se estimuló el casamiento de hombres y mujeres franceses con indígenas, e incluso se dejaron niños franceses para que crecieran en naciones indígenas, que luego se convertirían en los famosos correur du bois, traficantes bilingües de pieles y agentes del imperio francés. Fue esta política de asimilación la que descendió en manos de los colonos franceses por las aguas del Mississippi a los manglares de cipreses de su desembocadura, tierras consideradas malsanas para la minoría blanca que en ese entonces comenzó a habitarlas. En medio de las naciones indígenas de los Chickasaw y Natchez, los franceses instalaron su otra colonia, al sur del norte, la Louisiana (Johnson).