Opinión

Moldeando la arcilla humana: reflexiones sobre la igualdad y la revolución

Creo que, en el destino de la Revolución Cubana, se pone de manifiesto de una manera especialmente flagrante que aquello que anhelábamos -una sociedad radicalmente igualitaria- sólo podía imponerse bajo la forma de un régimen totalitario, bajo un régimen de terror. Es porque Cuba anuda, en el destino de su revolución, lo mejor de nuestras esperanzas -el igualitarismo- bajo la peor forma política moderna -el totalitarismo- que creo que vale la pena desentrañar en ella el destino malogrado de nuestras utopías de justicia.

Moldeando la arcilla humana: reflexiones sobre la igualdad y la revolución

* Ponencia presentada al Encuentro Internacional Política y Violencia, realizado el 3 y 4 de noviembre de 2005, en Córdoba, Argentina.

La polémica desatada por la carta de Oscar del Barco(1) ha reafirmado algo que, en realidad, ya sabíamos: una nítida línea divisoria separa, entre quienes hemos sido de diversas maneras y en diversos grados partícipes de la violencia política en los sesenta y los setenta, a quienes consideramos que debemos asumir una responsabilidad por el destino terrible de esa experiencia, por las muertes a las que condujo, de aquellos que consideran que fueron, simplemente, las víctimas injustas de una guerra justa, y que sólo les cabe reflexionar acerca del porqué de lo que consideran una derrota, derrota de ellos mismos y del campo popular, por supuesto.

Quienes consideramos que debemos asumir una responsabilidad por el destino terrible de esa experiencia no solemos creer que lo que debe pensarse de esa experiencia deba pensarse en términos de una derrota. Es más, solemos preguntarnos bastante acerca de cual hubiera sido nuestro destino si el campo al que pertenecíamos hubiera triunfado –como triunfó la Revolución cubana, que tanto iluminó nuestras ilusiones en esa época. Quienes consideramos que debemos asumir una responsabilidad por el destino terrible de esa experiencia no nos sentimos responsables de haber encaminado a otros hacia una muerte por calcular mal la disposición de fuerzas, no nos sentimos responsables de haber querido el Bien pero de haber fracasado en nuestro intento. Nos sentimos responsables de haber querido un Bien que, de la manera en que lo concebíamos, hoy creemos que sólo podía conducir al Mal. Ésa, creo yo, es una diferencia esencial que la reacción a la carta de del Barco ha vuelto a sacar a la luz con nitidez.

Es posible que la reflexión acerca de por qué el Bien que quisimos sólo podía conducirnos al Mal tome entre nosotros caminos diversos y divergentes; no estoy segura por mi parte de que seguiría el camino que toma Oscar del Barco, que es la afirmación del No Matarás como principio fundante de la comunidad. Pero no es de eso que quiero hablar acá (2). Lo que querría hacer aquí es participar de esa reflexión poniendo el punto en un tema que, desde hace un tiempo, me inquieta particularmente, que es el del anudamiento de nuestra idea de una sociedad mejor con la idea de la realización de una igualdad plena. El bien que quisimos, diría yo, fue la igualdad. ¿Qué relación había –esa es la pregunta que quiero hacerme- entre ese bien que quisimos, la manera en que lo imaginábamos, y aquello que hicimos e impulsamos para lograrlo? ¿Qué habría sido de nosotros, de nuestras vidas y de nuestros valores, en el caso de que no hubiéramos sido derrotados, en el caso de que las organizaciones de las que formábamos parte o a las que apoyábamos hubieran triunfado? Quiero dejar de lado la pregunta acerca de si pensando como pensábamos y actuando como actuábamos hubiéramos podido triunfar: la imagen de revolución victoriosa en la que nos reconocíamos era la revolución cubana, que había triunfado, y la revolución vietnamita, que lo estaba haciendo. Quiero decir: más allá de los “errores y equivocaciones” que algunos se contentan con reconocer y atribuir a esas organizaciones, más allá de los “errores y equivocaciones” hubo otras organizaciones que, con ideas similares a las que nosotros apoyábamos, triunfaron. En una palabra: no fueron las ideas que llevaron al fracaso de la revolución en tanto tal. Hubo, con esas mismas ideas, revoluciones realizadas.

En la carta con la que Héctor Schmucler interviene en el debate abierto por la carta de del Barco, Schmucler señala que no se trata sólo de poner en discusión los caminos para alcanzar la revolución –los métodos- sino de poner en duda la idea misma de revolución. De eso se trata, en efecto. De preguntarnos no sólo acerca de los medios sino acerca de los fines (y la Revolución como comienzo absoluto de una nueva humanidad era fin, y no medio) –y cuando hayamos interrogado los fines probablemente podamos volver sobre los medios, para descubrir que entre aquellos fines que ahora revisamos, y los medios –el asesinato de Rotblat y Groswald, para permanecer en la carta de del Barco- podemos volver a establecer una conexión inextricable.

La Revolución Cubana representó, entiendo, la realización más cabal de aquello que anhelábamos. Es por eso que no me parece ocioso retornar sobre ella. Hace pocos días, en un bar al lado de la sede Centenario de la Facultad de Ciencias Sociales en Buenos Aires, me puse a leer uno de los diarios viejos con que están adornadas las paredes. Dio la casualidad de que se trataba de la primera plana de La Razón del 3 de enero de 1959; relataba los sucesos revolucionarios en Cuba. Además del de Fidel Castro aparecían en esas noticias dos nombres: el de Alberto Mora, que según contaba el diario lideraba la huelga general estudiantil, y el de Eloy Gutiérrez Menoyo, comandante del Ejército Rebelde y, señalaba el artículo, antiguo combatiente de la guerra civil española, que lideraba si mal no recuerdo la entrada de una columna del Ejército Rebelde a La Habana. Quiero recordarles que Alberto Mora, quien fuera amigo de Heberto Padilla y del grupo que dirigió El Caimán Barbudo en su primera época, comandante revolucionario y ministro de Comercio Exterior de la Revolución, cayó en desgracia hacia fines de los ’60, en el juicio a la microfacción, y que profundamente deprimido terminó suicidándose pocos años más tarde. Y que Eloy Gutiérrez Menoyo se sumó pocos años después de la revolución a la revuelta del Escambray, y que pasó cerca de veinte años preso. ¿Qué habría sido de nosotros, vuelvo a preguntarme, si aquella revolución que anhelábamos se hubiera realizado?.

Es probable que cualquiera de nosotros, que fuimos exiliados internos y externos, opositores a la Dictadura aquí, en Cuba podríamos haber sido Mora o Gutiérrez Menoyo, o que de haber tenido el coraje y aún si no hubiéramos tenido el talento, podríamos haber sido Raúl Rivero ahora, Heberto Padilla antes, Virgilio Piñera, Jesús Díaz, Armando Valladares, Pedro Luis Boitel, Marta Frayde o tantos otros perseguidos, exiliados, torturados, asesinados por el régimen revolucionario. Tal vez también podríamos haber sido sobrevivientes, como lo fueron los artistas e intelectuales acallados a fines de los ’70, resurgidos a la palabra al calor de la crisis de los ’90. ¿Hubiéramos sido ellos, o hubiéramos sido los otros, los que por miedo optaron definitivamente por callar públicamente, cultivando con amargura esa marca registrada cubana que los propios isleños han optado por denominar la doble moral? No es imposible tampoco, por cierto, que algunos hubierámos acompañado lealmente a Fidel Castro durante cuatro décadas de régimen totalitario (aunque en Cuba hubo pocos revolucionarios relevantes de la primera hora que lo hicieron) –o tal vez, quién sabe, alguno de nosotros hubiera sido Fidel o Raúl Castro.