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Miedos, segregación y mercado en la ciudad globalizada

La ciudad nació para proteger a sus habitantes, integrarlos, garantizar mínimos estándares de seguridad y bienestar. Eso hoy ha cambiado, y la sensación es que es necesario protegerse de la ciudad. Acosados por el miedo, los habitantes de las grandes urbes confunden el temor a los actos delictivos concretos con el rechazo estigmatizante a grandes colectivos urbanos: jóvenes, inmigrantes, pobres. Las autoridades públicas a menudo potencian estos miedos con propuestas represivas que solo agravan el problema. El artículo argumenta que otra seguridad es posible, pero que para ello es necesario asumir que el espacio público es por definición un espacio conflictivo, nunca homogéneo, y ejercer la tolerancia democrática reconociendo los derechos y valores de los diferentes.

Miedos, segregación y mercado en la ciudad globalizada

La ciudad nació para proteger a sus habitantes, integrarlos, garantizar mínimos estándares de seguridad y bienestar. Eso hoy ha cambiado, y la sensación es que es necesario protegerse de la ciudad. Acosados por el miedo, los habitantes de las grandes urbes confunden el temor a los actos delictivos concretos con el rechazo estigmatizante a grandes colectivos urbanos: jóvenes, inmigrantes, pobres. Las autoridades públicas a menudo potencian estos miedos con propuestas represivas que solo agravan el problema. El artículo argumenta que otra seguridad es posible, pero que para ello es necesario asumir que el espacio público es por definición un espacio conflictivo, nunca homogéneo, y ejercer la tolerancia democrática reconociendo los derechos y valores de los diferentes.

El miedo como principio orientador del urbanismo

La ciudad nació para proteger a sus habitantes, fue refugio para los que huían de la violencia o del hambre, igualó (al menos en teoría) a sus ocupantes en derechos y deberes; su densidad favoreció que se diversificaran las oportunidades (de trabajo, de educación, de movilidad), su heterogeneidad facilitó que se diversificaran también las relaciones entre las personas… La ciudad metropolizada, regionalizada y globalizada aparentemente promete multiplicar todas estas ventajas, optimizar las libertades urbanas. Pero hay dinámicas poderosas en sentido contrario. Una de ellas es el miedo.

Miedo a las incertidumbres globales y locales, a las amenazas que se ciernen sobre los ciudadanos de violencia difusa y de catástrofes ambientales futuras. Miedos vinculados a la precariedad en el trabajo y en los ingresos. Miedo al estatus legal en unos casos y al estatus social en otros, tan precarios como el trabajo. Miedos por vivir en áreas urbanas sin límites precisos, sin vivienda garantizada, sin integración, en ámbitos de convivencia securizante. Miedos a los otros, por desconocidos y por distintos, por competir por bienes escasos, por ser agresores potenciales. El miedo a los otros conduce a la segregación, se combina con el afán de distinguirse y de protegerse estableciendo murallas. No protegerse en la ciudad, sino de la ciudad.

El resultado es una ciudad con fuertes tendencias anómicas, no tanto por el hecho de la existencia de colectivos desarraigados, extraños a las pautas integradoras y convivenciales, sino por las reacciones sociales y políticas de la ciudadanía bien establecida que teme perder sus posiciones de privilegio en la ciudad. El urbanismo actual asume los miedos, los legitima y los aumenta. Hace de la segregación social una adaptación al mercado y vende este afán de separar y distinguir como derecho a protegerse. Los barrios cerrados, las urbanizaciones periféricas, las calles privatizadas, múltiples formas de «guetizar» tanto la ciudad compacta como la dispersa, se naturalizan como forma propia de la ciudad globalizada.

Jóvenes, inmigrantes, pobres y otras «clases peligrosas»

Los miedos urbanos tienen bases objetivas, pero no siempre están causados por hechos delictivos. El miedo a los otros, por desconocidos o diferentes, como sucede con los inmigrantes, es un ejemplo. Solamente una ínfima minoría de la población inmigrante se halla vinculada con la delincuencia urbana, pero para mucha gente ello es suficiente para culpabilizarlos, con más facilidad si el color de la piel, la religión o la lengua hacen manifiesta su diferencia. Las diversidades culturales se expresan en pautas de comportamiento diferentes, especialmente en el espacio público, que es siempre un espacio conflictivo.

Los jóvenes, otro colectivo frecuentemente estigmatizado, hoy no repiten ni asumen pautas heredadas de los adultos y tienen una presencia en el espacio público superior a la de otras épocas. No siempre se hallan a gusto en la nueva sociedad. La realidad en la que se encuentran al llegar a la edad adulta, la precarización del trabajo o el desempleo, las escasas posibilidades de movilidad social ascendente y de igualar el estatus de los padres chocan con las expectativas generadas por la familia, el ambiente social, la educación y los modelos globales que transmiten los medios de comunicación. Cabe señalar, asimismo, el debilitamiento de las estructuras de socialización tradicionales (la Iglesia, el Estado-nación, los partidos políticos o los movimientos sociales tradicionales) y de la familia. Todo ello genera una especie de anomia, mitad marginación, mitad rebelión, de muchos jóvenes respecto a las instituciones y las normas establecidas.

Los jóvenes y los inmigrantes han sido, en los últimos años, los principales colectivos estigmatizados por los medios de comunicación conservadores y por las autoridades y partidos políticos que buscan el voto fácil mediante el estímulo de las pulsiones más egoístas de la población. Últimamente, sin embargo, se ha añadido un colectivo más heterogéneo, al cual podemos denominar el de los «pobres y feos», es decir aquellos que perturban una visión idílica del espacio público. Véase el libro de Loïc Wacquant, Castigar a los pobres, cuyo título es suficientemente expresivo. En Barcelona, un ejemplo escandaloso de ello es la «ordenanza del civismo» aprobada a finales de 2005. Allí se establece un curioso derecho ciudadano: el derecho a no ver. Quienes duermen en la calle, quienes piden caridad, las prostitutas, los que comen o beben en un banco público, los que patinan, los grafiteros, todos ellos, según la ordenanza, representan un peligro o una molestia. Por ello, la ordenanza establece que hay que «preservar a los usuarios de la vía pública de la inmersión obligada en un contexto visual» tan poco agradable.

Sobre las nuevas clases peligrosas

¿En nuestras sociedades urbanas hay colectivos peligrosos o pautas de comportamiento diversas? ¿Pueden ponerse todos en el mismo saco? Los hechos delictivos, los actos de violencia sobre las personas o sus bienes, o sobre bienes públicos, si son actos individuales y debidamente contemplados en las leyes vigentes, ¿se pueden mezclar con las molestias derivadas de la convivencia entre personas que no comparten usos y costumbres?