Opinión

¿Más corrupción en América Latina?

Cada día los medios informan de diversos escándalos de corrupción. ¿Hay más corrupción que antes o se ha instalado con más éxito la conciencia sobre el problema?

¿Más corrupción en América Latina?

Por paradójico que parezca los frecuentes escándalos de corrupción que publican los medios de comunicación, que replican las redes sociales y de los cuales conversamos y escuchamos constantemente son, en mi opinión, el resultado de años de progreso en la lucha contra la corrupción. Me explico: la corrupción no es un fenómeno nuevo, existe desde hace siglos; sin embargo, no se solía hablar de ella, no era parte del debate público y hasta por lo menos hace 25 años, era una palabra casi prohibida en la agenda internacional de desarrollo1.

Entre la segunda mitad de los años noventa y la primera década de este siglo operó un fuerte empuje a la generación de oferta anticorrupción. Es decir, tanto Transparencia Internacional como muchas otras instituciones de la sociedad civil, pero también públicas y privadas, comenzaron a ofrecer medidas para enfrentar el problema. De esta manera surge, por ejemplo, la Convención Interamericana contra la Corrupción de la Organización de Estados Americanos (OEA), el primer instrumento de su tipo a escala global que buscaba el acuerdo de países para mejorar los mecanismos de prevención y colaboración entre Estados miembro en las Américas. También aparecen otros tratados internacionales promovidos por la Organización de las Naciones Unidas (OEA) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD). Además, se crean agencias anticorrupción, se promueve el gobierno electrónico, se crean leyes y mecanismos para mejorar las compras y contrataciones públicas, se exige a funcionarios que declaren sus patrimonios y se mejoran los sistemas de gestión financiera y de compras y de contrataciones públicas, entre muchas otras medidas. Todo esto con el ánimo de disuadir y detectar a los corruptos.

Con el incremento del debate y la oferta anticorrupción, surgió la necesidad de fomentar también la demanda anticorrupción. La generación de conciencia y reconocimiento de que la corrupción nos afecta, que TI y otros promovimos en los años noventa, ya no era suficiente. Diversas encuestas regionales y nacionales muestran la dimensión y el rechazo social del problema de la corrupción, siendo este fenómeno generalmente uno de los tres principales problemas que los latinoamericanos identifican cuando se les pregunta por los grandes temas nacionales. Es decir, la conciencia ya está bien instalada.

Lo que falta incrementar es la demanda anticorrupción. Esto significa que las ciudadanas y los ciudadanos le damos un valor real a quien combate y rechaza la corrupción, incluidos nosotros mismos. En la práctica esto significa que dejamos de votar en las elecciones por políticos que son conocidos por sus vínculos con la corrupción, que dejamos de comprar bienes o servicios de empresas que hacen negocio gracias a la corrupción, que no justifiquemos los pequeños sobornos a funcionarios y que marginemos socialmente a aquellos que se benefician del dinero público. La diferencia con solamente generar conciencia es que cuando demandamos un freno a la corrupción, también tenemos que estar dispuestos a hacer algo en contra de ella, en lugar de ser solamente victimas pasivas del problema.

Finalmente, como parte de este recuento de tendencias hay un elemento adicional que es la impunidad por casos de corrupción, un tema clave que no debemos olvidar y que está en el centro de la agenda anticorrupción actual, particularmente en América Latina. Si bien en algunos países de América Central como Guatemala o El Salvador, o naciones como México, las posibilidades de ser formalmente castigado por la justicia en casos de corrupción sigue siendo casi nula, en otros países como Perú donde el expresidente Alberto Fujimori y las cabezas de la red de corrupción que cooptó el Estado peruano en los años noventa siguen cumpliendo pena de cárcel, o en el Brasil actual, donde casi todas las semanas vemos a un nuevo procesado por corrupción vinculado al caso de la petrolera estatal Petrobras, sí se puede observar un avance en materia de sanción a los corruptos.

La combinación de una mayor conciencia del problema, una oferta de instrumentos anticorrupción, una ciudadanía que demanda más anticorrupción y el castigo a los corruptos, es lo que en mi opinión está haciendo que día con día escuchemos sobre más casos de corrupción en América Latina. Insisto, no sé y es casi imposible medir si hay más corrupción o no hoy que antes, pero lo que sí es verdad es que los avances descritos son lo que hace que haya menos tolerancia y que se descubran y publiquen los casos. Esto da la sensación de mayor corrupción. Un ejemplo se puede extraer del reporte Anatomía de la Corrupción del Instituto Mexicano para la Competitividad, el cual registra que, en 1996, la prensa de ese país reportó 502 historias de corrupción y para 2014 el número aumento a 29.5052.

Lo que podemos ver hoy día en la región, con el gran escándalo de Petrobras y los contratistas y políticos en Brasil, la renuncia de la vicepresidenta en Guatemala por los negocios ilegales de gente de su confianza en aduanas y autoridades tributarias3, las acusaciones sobre el expresidente Martinelli de Panamá, las marchas multitudinarias en Honduras en reclamo de la salida del Presidente de la república, la corrupción a escala municipal en México, que llevó a la matanza de más de 40 estudiantes y la fuga del narcotraficante más peligroso de ese país, el «Chapo» Guzmán, y la lista sigue con escándalos que involucran al vicepresidente argentino o al hijo de la presidenta de Chile, entre muchos otros.

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La corrupción no tiene una relación directa con ideologías políticas ni, incluso, con desarrollo económico de los países. La constante más sólida que encontramos al hacer un análisis de países se vincula con la fortaleza de las instituciones. El índice de percepción de la corrupción de TI en su más reciente edición del 20144 nos permite ver que países con institucionalidad débil, debido a guerras o conflicto, como Afganistán, Iraq, Somalia o Sudán, entre otros, son percibidos como más corruptos; mientras que las democracias más sólidas de Escandinavia, Oceanía o Europa Occidental tienden a estar mejor posicionadas. Al ver el caso de América Latina, vemos a Venezuela en el lugar más bajo en la lista, pero no muy lejos de países con gobiernos que no se identifican con la izquierda como Paraguay, República Dominicana o Guatemala. El Chile de Bachelet y Uruguay, en ese entonces gobernado por José Mujica, son los países percibidos como más «limpios». No es, entonces, un tema ideológico.

  • 1.

    El origen de Transparencia Internacional (TI) se dio precisamente como una reacción a esa situación. Su fundador, Peter Eigen, era un funcionario del Banco Mundial quien, preocupado por la corrupción que afectaba las operaciones de la institución, reclamaba acción a sus superiores. Ante la negativa de éstos y antes de que lo sacaran a la fuerza de su puesto de trabajo por «rebelde», Eigen decidió renunciar y fundar TI en 1993. Los primeros años de vida de la organización en los años noventa se concentraron en generar conciencia sobre el problema, alertar a cerca de lo dañino que resulta la corrupción y posicionar esta temática en la agenda global y regional latinoamericana.

  • 2.

    María Amparo Casar: México: Anatomía de la Corrupción, IMCO-CIDE, México, DF, 2015.

  • 3.

    V. Edelberto Torres Rivas: «Guatemala: la corrupción como crisis de gobierno», en Nueva Sociedad Nº 258, julio-agosto 2015

  • 4.

    Percepción de la corrupción, Índice 2014, Transparencia Internacional. Disponible en www.transparency.org="" cpi2014="" results="">