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Mariela Castro, los homosexuales y la política cubana

En la década de 1960, el Estado cubano hostigó a los homosexuales y los internó en campos de trabajo forzados. Pero la homofobia ha dado paso a la homofilia y hoy el régimen apoya las operaciones de cambio de sexo y promueve los derechos de las minorías sexuales. La principal impulsora de este viraje es Mariela Castro Espín, hija del presidente Raúl Castro. El presente ensayo sostiene que, aunque este cambio de orientación no se debe menospreciar, tampoco debe ser leído simplemente como un impulso de expansión democrática, sino como el resultado de un importante proceso de transformismo político.

Mariela Castro, los homosexuales y la política cubana

Cuando, el 17 de mayo de 2008, comenzaron a aparecer las primeras noticias acerca de la celebración del Día Mundial Contra la Homofobia en Cuba, no tardé en recibir docenas de correos electrónicos con el mismo mensaje: «¡Mira! –decían– Cuba progresa, ya no es la misma».

Y, de hecho, ver una foto de la mismísima hija del presidente Raúl Castro, Mariela Castro Espín, sonriente de la mano de dos homosexuales durante la celebración era, sin duda, espectacular. No menos impresionante fue que, producto de las gestiones de Castro Espín como directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), el Ministerio de Salud Pública aprobara una resolución para financiar las operaciones de transexuales. Resulta además notable que, en un futuro cercano, se aprueben reformas legislativas para autorizar las uniones civiles gays y para posibilitar la adopción de niños por parte de homosexuales. Pero, dada la historia de homofobia estatal en Cuba y la ausencia de un movimiento de minorías sexuales que exija estos derechos, habría que preguntarse: ¿de qué se trata este amor del Estado cubano por los homosexuales, que ahora sí, después de tantos años, se atreve a decir su nombre? ¿Significa que, en materia de poder popular, finalmente tout va bien en Cuba?

Quisiera plantear en este ensayo que en Cuba ciertamente ocurre algo importante, pero que no es lo que aparenta. A diferencia de quienes sostienen que la obra de Castro Espín representa un simple proyecto de participación democrática, el paso de la homofobia a la homofilia –o de la crisis del Mariel a la sonrisa de Mariela– parece estar más bien vinculado a un ambicioso proceso de «transformismo» a través del cual el Estado concede derechos a sectores políticamente maltratados pero simbólicamente cargados, con el objetivo de sobrevivir a la actual crisis de legitimidad del régimen. Las mujeres y las minorías sexuales, que han sido respectivamente marginadas y perseguidas, son ahora reconocidas con particular entusiasmo por el Estado, como parte de una estrategia para darle una nueva cara al cuerpo político nacional. Y de paso, tantear la posibilidad de que, en un futuro no muy lejano, pueda ocurrir una nueva revolución castrista, que podría cambiarlo todo para dejarlo casi todo igual: el ascenso de una mujer, Mariela Castro Espín, a la Presidencia de Cuba.

La cosa homosexual cubana

Para entender la lógica de esta movida (o de qué se trata exactamente esta súbita «mariconería» de Estado), hay que no solo recordar, sino dar cuenta de lo que podríamos llamar «la cosa homosexual cubana». Desde los inicios de la Revolución, en 1959, el Estado cubano demostró una fuerte animosidad hacia la población homosexual masculina. Esta hostilidad irrumpió aparatosamente en las redadas masivas lanzadas en 1961 en algunos vecindarios de La Habana con el objetivo de detener a «pederastas, prostitutas y chulos», y culminó en 1965 con la organización de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), que funcionaron como campos de trabajo forzado. En estos lugares, las autoridades internaron a aquellos considerados «indeseables» o «antisociales», incluidos católicos militantes, testigos de Jehová y homosexuales, quienes eran tildados de rebeldes, peligrosos o ineptos desde el punto de vista militar. El propósito principal era transformar a los integrantes de estos grupos en miembros productivos de la sociedad, en línea con la ideología revolucionaria y con las necesidades laborales del Estado.

Este experimento de ingeniería social, sin embargo, tuvo una corta duración. A consecuencia de las protestas internacionales y las disidencias internas, ya en 1967 el Estado cerró los campos de trabajo forzado y asumió un proceso gradual de rectificación que se manifestó de diferentes formas. En el ámbito legal, durante las décadas de 1970 y 1980 el Código Penal fue modificado de modo que no se consideró más a los homosexuales como «figuras delictivas», y además se eliminó la temible «Ley de Ostentación Homosexual». Hacia fines de los 80 y principios de los 90, también se experimentó un cambio de ambiente en la esfera cultural. Entre los signos más evidentes de esta nueva orientación están la premiación, en 1989, del poema «Vestido de novia», de Norge Espinosa, la publicación de escritores antes marginados, como Virgilio Piñera, y el estreno, en 1993, de la película Fresa y chocolate, producida por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic), que se convirtió en un éxito nacional e internacional.

Simultáneamente, a pesar de que las persecuciones más drásticas contra los homosexuales fueron disminuyendo, el Estado mantuvo aún el poder para definir, excluir, purgar, humillar, detener y marginar a los homosexuales y lesbianas no conformistas, a través de la aplicación de leyes basadas en la figura de «estado peligroso», definida como «la especial proclividad en que se halla una persona para cometer delitos, demostrada por la conducta que observa en contradicción con las normas de la moral socialista». Con distinta intensidad a lo largo de las últimas décadas, este poder se utilizó no solo para controlar la formación de una esfera política homosexual, sino también para limitar el empleo de ciertas personas en escuelas, universidades e instituciones culturales.

La versión oficial, tanto del régimen como de sus aliados fuera de Cuba, es que el acoso estatal a los homosexuales fue un error de la Revolución, asediada ella misma por el espectro de una invasión estadounidense. Ciertamente, esto tuvo algo que ver. Pero la imposición de políticas heteronormativas (o de la norma heterosexual) fue, menos que un error, un eficaz dispositivo de Estado para consolidar el poder en al menos dos sentidos: por un lado, la homofobia oficial permitió transformar a una población socialmente indeseada en una fuerza laboral gratuita cuando era necesario para fines económicos. Por otro, la estigmatización homosexual permitió perseguir selectivamente a personas no gratas por razones varias, desde la disidencia política hasta rencillas de índole puramente personal.

Mucho se ha debatido sobre el origen de estas políticas. Desde el punto de vista ideológico, el machismo, el catolicismo y el estalinismo constituyen corrientes fundamentales para entender las posiciones del Estado en relación con las minorías sexuales. También fue importante la identificación de los homosexuales con el turismo estadounidense que vivió su auge en Cuba en los años anteriores a la Revolución. El hecho de que muchos turistas norteamericanos vieran a La Habana como un parque de recreo sexual hizo que un buen número de líderes cubanos percibieran a los homosexuales mismos como la encarnación de lo afeminado, los excesos y la corrupción de la «Cuba burguesa». La asociación entre los cubanos gays, el afeminamiento y Estados Unidos produjo además el argumento de que los homosexuales eran incapaces de resistir la agresión estadounidense y, por lo tanto, que eran escollos en el proceso de crear al «hombre nuevo» del Che Guevara. En más de un sentido, la excesiva atención dirigida a los hombres homosexuales fue el producto de una economía simbólica, nacional y transnacional, en la que el Estado cubano intentó suprimir la visibilidad homosexual en aras de promover lo que el activista Allen Young llamó «una imagen agresiva de la masculinidad (cubana) para poder combatir el imperialismo eficazmente». En términos políticos inmediatos, la creciente militarización de la Revolución, la aspiración a eliminar la disidencia política y la necesidad de proveer un chivo expiatorio para canalizar las frustraciones populares fueron contextos igualmente relevantes. Pero un análisis histórico más amplio revela que, lejos de comenzar en 1959, los discursos antihomosexuales tienen raíces más profundas en Cuba. Si bien las primeras décadas de la Revolución fueron la época en que se cocinó el incomible ajiaco de la homofobia como política oficial, el pensamiento antihomosexual se remonta en la isla al surgimiento de la idea de lo nacional. Desde al menos finales del siglo XVIII, un buen número de intelectuales influyentes han concebido a la nación cubana en términos masculinos y guerreros; la historia cubana misma no es sino un largo recuento de «guerras, revoluciones y batallas» en el cual, según ha escrito el historiador Abel Sierra Madero, «ni mujeres ni ‘invertidos’ tienen cabida (…) porque sus actitudes apocadas van en detrimento del Estado». De esta forma, el pensamiento nacional dominante siempre ha sexuado al país como masculino, y ha inventado un otro, homosexual y afeminado (interno y externo), al que hay que combatir para mantener la integridad de Cuba.

Esta larga trayectoria histórica explica en gran medida por qué la homosexualidad emerge como un eje fundamental para la producción y reproducción de sujetos nacionales conforme a las necesidades del Estado. La atención a lo sexual, añade Sierra Madero, es un recurso de gran eficacia debido a que permite «elaborar modelos de comportamiento (…) que se desean para el país, que regulen los procesos de reproducción y movilidad social, que garanticen a largo plazo la estabilidad de los grupos y la ideología dominante». Si en el pasado el machismo funcionaba como un dispositivo de unidad nacional para la lucha, hoy, en cambio, este dispositivo se ha debilitado debido a la pérdida de sentido de las consignas morales masculinistas (¡seamos como el Che!), en el contexto de una economía que feminiza a los ciudadanos en su vulnerabilidad y de la necesidad urgente de revitalizar un cuerpo político viejo, cuyo ideal masculino nunca logró eliminar sus zonas de abyección femeninas. O en palabras del crítico cultural José Quiroga: «Si la sociedad no ha podido acabar con las locas, lo que resta entonces es incorporarlas».La incorporación de las minorías sexuales a un discurso de lo nacional tiene además un valor estratégico considerable en el ámbito internacional y sirve de índice para apreciar hasta qué punto Cuba –a pesar de la persistencia de políticas que dificultan el movimiento de personas, mercancías y prácticas– se encuentra integrada al orden global. A diferencia de lo que ocurría en las décadas de 1970 y 1980, cuando los homosexuales contaban con movimientos todavía muy débiles y constituían un grupo que no generaba grandes simpatías en el orden internacional, en la actualidad sus derechos, sobre todo las uniones civiles, son un litmus test de civilización contra barbarie, tanto en Europa como en América. Por otra parte, en la medida en que la persecución homosexual aún representa el episodio de violaciones a los derechos humanos más oscuro de la historia de la nación, la forma más efectiva de liberarse de ese estigma es demostrar que el Estado –o, mejor dicho, la Revolución– no solo ha rectificado su error, sino que además hoy procura su bienestar y su igualdad ciudadana. El hecho de que EEUU sea uno de los países occidentales más resistente a institucionalizar los derechos gays convierte la homofilia estatal cubana en un nuevo y necesario punto de diferenciación internacional.

Es decir, a través de este proceso de reconocimiento a los homosexuales, se reajusta la forma en que la nación cubana imagina su cuerpo político y maneja sus miembros-ciudadanos, y el país se incorpora de paso a la lista de los Estados más «liberales» del mundo. Si durante el periodo heroico de la Revolución el cuerpo físico de Fidel –erecto, impenetrable y vestido de verde oliva– sintonizaba con el cuerpo político cubano, militarizado y listo para la guerra contra el imperialismo yanqui, en este momento, otras son las exigencias. La estabilidad y el futuro del Estado cubano, desmejorado y en ruinas, hoy parecen requerir de un cuerpo diferente, más bien dialogante y dulzón, cómodo con las máscaras: un cuerpo de mujer.

Cambio de sexo

En más de un sentido, parece una ironía que sea Mariela Castro Espín la figura más visible de esta autoproclamada «revolución sexual». Por un lado, su padre y su tío fueron los responsables de las políticas represivas contra los homosexuales y travestis. Por otro lado, desde el inicio de la Revolución han existido rumores sobre la bisexualidad de Raúl Castro, entre cuyos apodos populares se incluyen «El Maricón» y «La China», por su presunta inclinación homosexual, su supuesto afeminamiento y su alegado deleite en hablar de «sexo y mariconerías». La premisa de la homo- o bisexualidad de Raúl aparece incluso con frecuencia en discursos contraestatales en Cuba. Un ejemplo reciente es la canción underground del grupo punk rock Porno para Ricardo, titulada «El General», en la que se describe a Raúl como un «tiranosaurio, alcoholicus, bisexualicus».

Pero, justamente por todo esto, Castro Espín tal vez sea la única persona capaz de realizar esta complicada operación al cuerpo político cubano sin que se desangre el paciente. Aunque suele hablarse de la posibilidad de que el vicepresidente del Consejo de Estado, Carlos Lage, o el ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque, se conviertan en los sucesores de Raúl, lo cierto es que Castro Espín posee retazos biográficos de gran atractivo a la hora de configurar una figura política efectiva. En primer lugar, además de ser hija de Raúl, es hija de Vilma Espín, quien por casi cinco décadas dirigió la Federación de Mujeres Cubanas y a cuyo liderazgo se le atribuye la integración de las mujeres al trabajo «productivo y revolucionario». Aun más importante, y valga la tautología, Mariela es mujer (y, hasta donde se sabe, no es bisexual ni lesbiana), identidad que le facilita proyectar una relación distinta entre género y nación. La importancia de lo femenino en hacer de Castro Espín una figura políticamente deseada no se puede desestimar. Como escribieron varios periodistas del diario español El Mundo al definir lo esencial de su perfil político, «Mariela es Castro, pero sobre todo es mujer».Castro Espín también tiene credenciales para hablar de sexo: es sexóloga y desde 2000 dirige el Cenesex, una institución estatal cuyo objetivo es coordinar «la educación de la sexualidad en Cuba» y promover «la capacitación de los líderes comunitarios locales». En sus funciones como directora del Cenesex, Castro Espín ha impulsado una serie de iniciativas que incluyen campañas preventivas contra el sida, entrenamientos laborales para travestis y transexuales y la promoción de la tolerancia en torno de la diversidad sexual. Además de sus antecedentes burocráticos, Castro Espín ha escrito más de una docena de artículos sobre sexualidad y es autora de nueve libros, incluido ¿Qué nos pasa en la pubertad?, reimpreso en Cuba este año.

Su género y sus credenciales no eran, sin embargo, divisas suficientemente valiosas para convertirla en una figura de alcance. Las condiciones de posibilidad comenzaron a crearse luego de que se agravara la enfermedad de Fidel Castro en 2006. Esta situación produjo la hasta entonces impensable decisión de delegar varios de sus cargos –incluidas la Presidencia del Consejo de Estado y la jefatura militar– en su hermano Raúl, de 77 años, quien desde 1959 había fungido como ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, entre otras posiciones. Igualmente importante fue el hecho de que Raúl Castro, al no contar con una amplia simpatía popular, se constituyera de inmediato en un presidente reformista al estilo chino. A pesar de que mantuvo la línea dura con los disidentes, también abrió espacios de discusión popular e impulsó reformas económicas que eliminaron algunas de las restricciones más humillantes y represivas, como la prohibición de ingresar en los hoteles o comprar teléfonos celulares.

En este contexto, Castro Espín aparece como una figura política capaz de encarnar la idea de cambio propuesta por su padre. Para lograr esta identificación en la esfera pública, Castro Espín comenzó a adquirir gran visibilidad a través de una serie de eventos legislativos y mediáticos de apoyo a lo que el Cenesex llama la «diversidad sexual». El más importante fue la ya mencionada celebración del Día Mundial Contra la Homofobia en Cuba, en el que, por primera vez en la historia posrevolucionaria, las instituciones estatales patrocinaron un encuentro de homosexuales que incluyó paneles de discusión, obras de teatro, exhibición de películas y lecturas literarias en La Habana y en varias provincias.

Las actividades realizadas en la capital fueron particularmente significativas para el presente político de Castro Espín. Además de contar con mayores recursos y la participación de cientos de homosexuales, importantes funcionarios como el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Ricardo Alarcón, asistieron a algunos de los eventos. Castro Espín también logró que la Unión de Jóvenes Comunistas, una organización que históricamente había demostrado un fuerte antagonismo hacia los homosexuales, financiara un show de transformistas en el cine-teatro Astral, lugar que, según observaron varios comentaristas, es «usualmente reservado para asuntos concernientes a la Batalla de Ideas».

La selección del Astral no fue, sin embargo, una casualidad. En la ocupación temporaria del local por los travestis, lo que estaba sobre el tapete era el futuro político nacional, cosa que se hizo evidente tanto en los detalles como en los testimonios de los asistentes. Los transformistas, por ejemplo, bailaron, cantaron y representaron «notables estampas de la cubanidad», a la sombra de una «enorme y preciosa bandera cubana» que cubría casi todo el escenario. Además, los intelectuales y periodistas presentes no escatimaron palabras para dejar claro que la noche no se trató de derechos homosexuales como tales, sino de grabar «una página histórica de la nación cubana» y una «victoria (…) de la nación cubana». No debe sorprender entonces que el espectáculo desbordara el escenario; según el crítico de cine Rufo Caballero, los travestis «entre lágrimas, le agradecían, con flores y con abrazos» a Castro Espín, merecedora de los elogios no solo por su labor social sino por ser la transformista que ofreció la mejor performance de la noche.

Desde casi todos los ángulos, el evento fue un éxito rotundo. No solo logró que muchos homosexuales, travestis y transexuales sintieran que al fin tenían cabida en la nación, sino que, para un grupo significativo de observadores, la hija de Raúl pasó a encarnar las aspiraciones de sectores previamente marginados por el Estado, incluidos intelectuales, periodistas y artistas. (El show era, después de todo, para ellos.) Rufo Caballero, por ejemplo, escribió casi inmediatamente que el Cenesex es la «institución que encabeza las fuerzas democráticas de una Cuba abierta al cambio; institución sabedora de que Revolución quiere decir que la gente viva, sin odiosas exclusiones, sin pretericiones, sin prohibiciones, sin silencios». El escritor Leonardo Padura, por otro lado, vio la jornada como una «profunda mutación en la mentalidad colectiva» que llevará a los cubanos a «un abanico de opciones individuales mucho más libre y satisfactorio».

Fuera de Cuba, la recepción por parte de estos mismos grupos no fue muy distinta. Incluso antes de estos eventos, diferentes artículos y entrevistas aparecidos en publicaciones latinoamericanas y españolas proveyeron una amplia plataforma para que Castro Espín promoviera sus ideas acerca del futuro de Cuba. En estos espacios, Castro Espín afirmó repetidamente que «la sociedad cubana está preparada para un proceso de transformaciones necesarias (…) con y sin Fidel» y describió las iniciativas de su padre con un gran optimismo político, recurriendo a expresiones como «cambio», «participación democrática fortalecida» y «un renacimiento en todos los sentidos». De forma similar a muchos sectores dentro de Cuba, la gran mayoría de los periodistas extranjeros quedaron encantados con el estilo de Castro Espín, a quien recompensaron con un sinnúmero de adjetivos halagadores: «mujer carismática», «líder natural» y –quizás el más significativo– «la cara jovial de la Revolución».

Hello, deja el show

Sin duda, Castro Espín ofrece una cara más gentil. Lograr la extensión de derechos constitucionales a las minorías sexuales representa una conquista que no debe ser simplemente ignorada o minimizada, aun si están comprometidas con el Estado. (Después de todo, como nos recuerda Michel Foucault, el Estado no es siempre represivo, también nos ofrece discursos, placeres y reconocimientos.) La posibilidad de redefinir lo político para que incluya no solo batallas y guerras, grandes hombres (heterosexuales) y hazañas de campaña tampoco es poca cosa. Ni tampoco podemos subestimar el impacto producido por la diseminación de discursos críticos de la heteronormatividad, en los círculos oficiales y en la calle, según evidencian los numerosos bloggers procedentes de todas partes del mundo que pretenden insultar a Castro Espín llamándola (¿qué más?) «tortillera sucia».

Pero, sin caer en maniqueísmos y valorando las transformaciones, es necesario examinar de cerca los contenidos de estos nuevos discursos de tolerancia e inclusión, no solo porque, como escribiera José Quiroga, el Estado cubano no es un «Estado cualquiera» cuando de homosexualidad se trata, sino también por la posibilidad de que en un futuro no muy lejano Castro Espín asuma el «papel de su vida» como presidenta o figura clave del transformismo cubano.

A grandes rasgos, la labor de Castro Espín ha sido entendida como una defensa radical de los homosexuales y travestis contra el prejuicio. Una lectura más cuidadosa, sin embargo, apunta a que este discurso prohomosexual está marcado por lo que podríamos llamar un fuerte «maternalismo». En sus intervenciones en los medios de prensa y televisión, Castro Espín imagina las necesidades de los travestis en términos muy similares a las de los niños y adolescentes. El asunto no es, por ejemplo, que los travestis socialicen libremente y determinen cómo quieren ser (o no) representados políticamente. Más bien –según señala Castro Espín en un video de Cenesex titulado Sexualidad, un derecho a la vida–, a los travestis hay que «atenderlos», «escucharlos» y, sobre todo, «comprenderlos». Además, hay que asegurarse de que los homosexuales en general no se «organicen», porque, según afirma, esto «podría conducir a un episodio de autosegregación, de aislamiento, y no de mayor vinculación social y naturalización de su condición sexual al interior de la sociedad». Resulta también irónico que –consistente con los discursos estatales que justificaron las políticas represivas de los 60– la aspiración máxima del Cenesex sea transformar a los travestis en miembros «productivos» y «útiles» de la sociedad. En palabras de Mayra Rodríguez Lauzurique, coordinadora del proyecto «Hombres que tienen sexo con hombres» del Cenesex, el grupo de los travestis cercanos a la institución «ha encontrado espacio de productividad al servicio de la sociedad. Porque se están formando como promotoras de salud sexual para colaborar con sus compañeros».

Dadas las limitaciones políticas de este discurso, no debe sorprender que los homosexuales pronto lo pusieran a prueba. Tal vez envalentonados por el mismo trabajo de Castro Espín, el 25 de junio de 2008, un poco más de un mes después de la celebración del Día Mundial, varios grupos homosexuales independientes intentaron organizar una marcha del orgullo gay, con la colaboración de Unity Coalition, un grupo LGTB del sur de la Florida. Aunque no queda del todo claro si este esfuerzo fue una performance o un intento organizativo de tipo más tradicional, de acuerdo con varios artículos que aparecieron en el Miami Herald, el Sun Sentinel y El País, los activistas buscaban una disculpa formal del gobierno por la represión del pasado y el cese del trato cruel a los prisioneros con sida. La manifestación, no obstante, fue cancelada luego de que fueran detenidos nueve de los organizadores más importantes, incluidos Ignacio Estrada Cerero, presidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos para las Personas con VIH-sida, y Aliomar Janjaque, presidente de la Fundación LGBT Reinaldo Arenas In Memoriam, organización cuyo nombre homenajea al escritor homosexual disidente más conocido de la historia posrevolucionaria. La respuesta de Castro fue la decidida aprobación a las acciones del Estado. En una carta abierta al doctor Pierre Assalian, un prominente sexólogo canadiense que había enviado un mensaje en el que les preguntaba a varios destinatarios cubanos «¿¿No entiendo, pensé que Cuba estaba tan abierta??????», Castro Espín calificó la marcha como «un montaje infeliz» de grupos anticastristas financiados por EEUU, y negó que el gobierno hubiera hecho arrestos. En la carta, dedicó asimismo un párrafo a su propio trabajo que, según dijo, genera «mucha simpatía en el mundo», antes de terminar con una amenaza velada: «Asumo que la WAS [World Association for Sexual Health] no es una organización política y que tiene la responsabilidad profesional de no hacerles el juego a las campañas mediáticas, que la desacreditan como organización científica mundial». Esta postura no era, sin embargo, nueva. Aun antes de este incidente, Castro Espín había rechazado la idea de una marcha del orgullo gay en Cuba con el argumento de que no era «pertinente» para el país, ya que lo importante es «la comprensión de la necesidad de ser más humanos». En ese sentido, y parafraseando a Fidel Castro en sus famosas «Palabras a los intelectuales» de 1961, la consigna de Castro Espín en relación con la autogestión homosexual bien podría ser: «dentro de mi revolución sexual, todo; contra mi revolución sexual, nada».

El proyecto político impulsado por Castro Espín parece ser entonces uno de normalización y no de un cambio en la forma en la cual los cubanos expresan sus diferencias, reivindican sus deseos o expanden su participación democrática. Esto se evidencia incluso en el eslogan elegido para el Día Mundial Contra la Homofobia en Cuba, «La diversidad es la norma», que ha sido objeto de reflexión por parte de varios bloggers independientes. En uno de los escritos más agudos sobre este debate, «Diversidad por norma o normado de la diversidad», un (o una) blogger del sitio pAladeOinDeleite pregunta: «¿hacia dónde se inclina la balanza… hacia la diversidad o hacia la norma?». En un segundo texto, titulado «Salir del armario», Yoani Sánchez, responsable del famoso blog Generación Y, destaca además la ironía de promover la tolerancia sexual y no la política, y de poder cambiar de sexo pero no de presidente a través del voto. En palabras de Sánchez:

No entiendo muy bien (…) cómo se puede estar a la avanzada en el tema de los matrimonios entre homosexuales y no permitir (…) que nos «casemos» con otra tendencia política o doctrina social. Todos los miles de cubanos encerrados en sus armarios de doble moral, reprimiéndose sus verdaderas opiniones (…) están esperando a que una Mariela Castro diga públicamente: «A estos también hay que aceptarlos y tolerarlos en su diferencia».

Es igualmente significativo que la tendencia normalizadora del proyecto de Castro Espín no se evidencie tan solo en su maternalismo y en su deseo de control. Ya sea por convicción o cálculo, en repetidas ocasiones Castro Espín tiende a minimizar el terrible impacto de las políticas homofóbicas del Estado en la vida de los cubanos. En una entrevista concedida en Italia, por ejemplo, afirmó que «en Cuba hay una homofobia blanda, no agresiva (…) es verdad que hubo un periodo difícil en los años 60 y 70, pero entonces existía un rechazo a la homosexualidad en todo el mundo». Para Castro Espín, el homosexual es una víctima de prejuicios sociales por parte de individuos particulares, pero nunca del Estado propiamente. «Esto está diseñado para la participación», afirmó en una entrevista con la agencia EFE, «pero el problema es que no todos los dirigentes saben encaminar los procesos participativos, y es una lástima». Por último, Castro Espín tiende a reafirmar las estructuras patriarcales de la familia tradicional cuando asegura que todas sus acciones cuentan con la aprobación de su padre, quien la apoya en todo, y quien le ha aconsejado que «haga las cosas como mamá: con cuidado, con respeto, con delicadeza. Sin rupturas. Así lo he hecho». Este estilo de feminización recuerda a otros contextos en el Caribe. Por ejemplo, durante las últimas décadas, el Ejército dominicano, una de las instituciones más conservadoras de ese país, ha promovido el ingreso de mujeres en sus filas. Como en Cuba, la presencia femenina es resultado de un proceso de modernización que, en términos generales, no altera la función esencial del Ejército ni su rol represivo en momentos de crisis. En palabras de Lilian Bobea, «el ingreso de mujeres es una respuesta a la necesidad de ganar legitimidad por parte de las Fuerzas Armadas. En República Dominicana, como en otros países de la región, los militares deben fortalecer su imagen tras una historia de gobiernos autoritarios». La incorporación de mujeres al Ejército o al Estado tiende a tener el efecto de «restablecer la legitimidad» de instituciones o Estados en crisis sin por ello promover necesariamente la democratización de sus estructuras.

La presidenta Castro De forma femenina y familiar, Castro Espín propone entonces un «salto a la modernidad» para un Estado que busca asegurar su reproducción aunque para ello se vea obligado a mutar de piel. A pesar del riesgo, los más optimistas creen que solo una persona con el pedigrí de Castro Espín podrá transferir algo de lo que ha hecho por los homosexuales al resto de los cubanos. En su blog, en un post titulado precisamente «La futura presidenta», el periodista disidente Luis Cino, quien ha sufrido la persecución estatal, sugiere: «Tal vez Mariela logre (…) suavizar la convivencia, cambiar las relaciones de poder social y la manera de ejercerlo. Algo es algo. Valdría la pena intentarlo. Incluso para la elite gobernante. Atrapados en su laberinto de viejas consignas y fórmulas ineficaces, ¿tendrán de cara al futuro algún candidato que aventaje a Mariela?».

Mientras que algunos en Cuba se entusiasman con la idea de un nuevo cuerpo político con cara de mujer, no hay duda de que, fuera de la isla, la prensa internacional, parafraseando al merenguero Juan Luis Guerra, ya se «enamoró de ella» y está dispuesta a cooperar. De hecho, la candidatura de Castro Espín también tuvo un lanzamiento internacional desde el periódico argentino Clarín, cuando la periodista Hinde Pomeraniec le preguntó: «¿El pueblo cubano está listo para ser gobernado por una mujer?» y Mariela respondió, directa y sin ambages, «Sí, están preparados».

Queda, sin embargo, la duda de si la llamada «hada madrina de los travestis», que según sus amigos simpatizó con la perestroika de Mijaíl Gorbachev y es ella misma un espíritu libre, casada tres veces (dos de ellas con hombres extranjeros), sea más «mujer» que «Castro». Al final de este viaje, sobrevive además la interrogante de si el verdadero hombre nuevo del Che va a ser una mujer. De una u otra forma, habría que tener en cuenta que en el Caribe una mariconería es tanto una característica propia de los homosexuales como una necedad que fastidia, o un gesto inesperado que desequilibra.