Entrevista

Macrismo: Ajuste, ortodoxia y el fantasma de la oposición

El sociólogo Martín Schuster analiza el gobierno de Mauricio Macri y las posturas de una oposición peronista que, hasta ahora, se encuentra dividida.

Macrismo: Ajuste, ortodoxia y el fantasma de la oposición

Entrevista de Mariano Schuster


Mauricio Macri asumió la presidencia argentina presentándose como un candidato «desarrollista» y afirmando que su gobierno no adoptaría un rumbo similar al de la ortodoxia neoliberal. Su discurso electoral afirmaba que no acabaría con los derechos adquiridos durante los gobiernos kirchneristas. ¿Se han cumplido estas promesas? ¿Ha logrado el gobierno mantener algunas de las políticas sociales aún desarrollando una política económica ortodoxa? Su modelo económico ¿tendió al desarrollismo o a políticas de desrregulación similares a las de los años 90?

Comentan que Carlos Menem, expresidente peronista de la Argentina entre 1989 y 1999, dijo alguna vez la frase «si decía en campaña lo que iba a hacer después, no me votaba nadie». Este era el modo de justificar cómo un candidato que había interpelado a los votantes con un discurso industrialista y popular, que incluía entre las propuestas el «salariazo» y la «revolución productiva», había posteriormente aplicado un programa económico fuertemente neoliberal de desregulación económica y privatizaciones que hizo crecer en el país el desempleo y la pobreza. La frase retrata un Menem ultrapragmático: el candidato consideraba que el programa económico a aplicar era aquel que recomendaban los países centrales y los organismos de crédito internacional, pero sabía que no podía ganar las elecciones promocionando ese ajuste que tan duramente pegó en los sectores populares y medios, por lo que optó directamente por ocultarlo. Su contendiente radical en las elecciones de 1989, Eduardo Angeloz, fue quien explicitó desde la campaña el programa neoliberal como salida para la crisis hiperinflacionaria de aquel año y terminó siendo derrotado por Menem.

Algunos analistas sostienen que el caso de Macri es similar en tanto sus políticas desde el gobierno «traicionan» lo prometido a los votantes durante la campaña de 2015. Sin embargo, hay bastantes diferencias respecto del caso anterior. No creo que Macri haya tenido durante la campaña presidencial un discurso «desarrollista». Sí tuvo un intento claro de despegarse de las representaciones negativas que por su origen personal y político podía el electorado tener de él. Como dice el escritor y periodista Martín Rodríguez, a diferencia de lo sucedido en los años ’90, el gobierno de Macri no transcurre en el contexto de una batalla cultural ganada por el consenso social y cultural neoliberal, sino en el marco de un empate político y representacional poskirchnerista, que fue cristalizado en la escasa diferencia con Daniel Scioli en el último balotaje. Este estado de la opinión pública para 2015 obligó a Macri a presentarse como un candidato moderado y de centro, buscando espantar los prejuicios (por cierto justificadísimos) que separaban a los indecisos del voto a Cambiemos. Pero este fue solamente un giro comunicacional de campaña: toda la trayectoria anterior personal y política de Macri y del Pro preanunciaban un gobierno marcadamente neoliberal como el que estamos experimentando en el presente.

El caso de Menem fue diferente: sus promesas de campaña estaban bastante más a la izquierda que las de Macri en 2015 y eran a la vez bastante más creíbles por la trayectoria previa del candidato y del partido (el peronismo). Fue esperable que muchos se sorprendieran entonces por el giro neoliberal menemista; resulta más difícil de entender que exista sorpresa en el caso actual. Las promesas de campaña no se han cumplido, pero eran bastante inverosímiles ya por entonces. Las políticas sociales que se mantuvieron en los primeros meses de mandato poco a poco van siendo eliminadas o disminuidas.

¿Cuál es el estado de los indicadores sociales en la Argentina de Macri? ¿Qué ha pasado con la pobreza y la desocupación? Y, ¿Qué ha hecho el gobierno para reducir la inflación que aqueja fuertemente a los sectores del mundo del trabajo?

Los indicadores sociales del país muestran una tendencia negativa muy evidente en el primer año de gobierno de Macri. La respuesta de los funcionarios sobre estas cuestiones suele ser la impugnación de los indicadores de la etapa anterior a partir de la intervención del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) desde 2007. No obstante, tanto el INDEC bajo su nueva dirección como la Dirección General de Estadística y Censos de la capital del país y el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica señalan inequívocamente (más allá de los números de cada organismo y de la discusión metodológica específica) un empeoramiento del desempleo y la pobreza desde diciembre de 2015 a la fecha. El sociólogo Daniel Schteingart ha reconstruido las series históricas hacia atrás de estos indicadores a partir de las nuevas metodologías aplicadas y el ejercicio muestra la gravedad de lo ocurrido en el breve lapso de gobierno macrista.

En verdad, habría sido muy extraño que hubiese sucedido algo diferente con el empleo y la pobreza en un contexto como el de 2016, con recesión económica, caída del consumo a niveles de la crisis mundial de 2008-2009, inflación de cerca de 40 puntos interanual y levantamiento de aranceles que protegían industrias generadoras de empleo. Justamente esta última medida es presentada por el oficialismo como herramienta para bajar la inflación, en tanto suponen que la competencia con precios más bajos de productos importados frenaría el alza de precios. Por el momento, estas medidas han generado desempleo y una caída muy importante del consumo, mientras que la inflación apenas si se ha desacelerado un poco.

A comienzos de su gobierno, el presidente Macri afirmó que durante el segundo semestre del año pasado se produciría una «lluvia de inversiones» que redundaría positivamente en la economía argentina. Sin embargo, las inversiones no parecen haber llegado en la medida en la que fue esperada por el gobierno. ¿Cuáles cree que son las causas de ese primer fracaso? Y, ¿considera que puede revertirse esta situación durante este año?

El macrismo apostó desde el principio a pasar de un crecimiento motorizado por el consumo (como el de la etapa kirchnerista) a un crecimiento «genuino» traccionado por la inversión. Durante el año pasado explotó dos imágenes para estimular expectativas económicas positivas durante la recesión: la «lluvia de inversiones» y la reactivación del «segundo semestre». A marzo de 2017, ninguna de las dos se ha cumplido ni siquiera parcialmente. Pueden enumerarse dos factores que explican en parte el fracaso en este frente. En primer lugar, la expectativa casi ingenua de que simplemente generando las condiciones que los inversores supuestamente requerían y asumiendo sus recetas, la Argentina iba a ser un polo imparable de atracción de capitales. No fue así, en tanto las consultoras internacionales de riesgo consideran un conjunto de variables que no son modificables en seis meses por un gobierno pro-inversores internacionales y, por otro lado, porque los inversores más grandes exigen asimismo previsibilidad política: que el macrismo gane primero las legislativas de este año. Pero en segundo lugar, y como explicó maravillosamente Pablo Touzon en Revista Panamá, el mundo al que los macristas querían entrar cuando decían que la Argentina iba a «volver al mundo» ya no existe más que como representación en sus cabezas. Apuntaron a un mundo abierto y liberal que, ante cada elección en los países centrales, parece alejarse aún más de la realidad.

El gobierno de la coalición Cambiemos asumió también con la promesa de generar transparencia en los asuntos públicos. Sin embargo, diversos casos de probable corrupción han puesto en la lupa a la administración de Macri. ¿Qué es lo que está sucediendo exactamente? ¿Qué papel está jugando la Justicia y como está trabajando la oposición al respecto?

Como dijera hace unos meses el antropólogo Alejandro Grimson, los procesos políticos argentinos contemporáneos no deben analizarse centralmente desde los hechos de corrupción, sencillamente porque los diferenciales niveles de corrupción de cada proceso histórico, si bien por supuesto constituyen un problema, no explican en sí mismos ninguna etapa histórica de ningún país. Una vez dicho eso, sí es cierto que, a partir de algunos hechos de corrupción que existieron en el marco del gobierno kirchnerista, sectores políticos y medios de comunicación lograron asociar en las representaciones de un amplio sector de la población al kirchnerismo con la corrupción y así elevar al programa de «lucha contra la corrupción» a un lugar de relativa centralidad en el debate público, emulando lo sucedido hacia el final del gobierno de Carlos Menem en 1999. Los políticos de Cambiemos se presentaron entonces ante la sociedad como adalides de la transparencia y, a medida que la economía demoraba en reactivarse, aumentaban la estridencia de la discusión respecto a los procesos judiciales sobre la etapa anterior. La acumulación en los últimos meses de escándalos de corrupción que ensucian a la actual gestión, según algunos analistas, parecen estar haciendo cada vez más inverosímil la imagen de transparencia de Cambiemos y refortaleciendo aquella representación argentina de principios de este siglo según la cual la corrupción se extiende a todos los partidos políticos del país, sin distinción ideológica.

¿Cómo analiza el panorama del peronismo? Hoy parece estar dividido, al menos en tres facciones. La fuerza liderada por Sergio Massa, la del Partido Justicialista oficial, y la representada por el Frente para la Victoria liderado por Cristina Kirchner. ¿Cuáles son las principales diferencias entre estos actores políticos que comparten una identidad de base común? ¿Existen posibilidades de acuerdo o las diferencias estratégicas, tácticas y políticas son marcadas?

Los dirigentes peronistas pueden dividirse en dos tipos: los que tienen potencial peso electoral propio (ya sea a nivel nacional, provincial y distrital) y los que no lo tienen. Aquellos que más esfuerzos hacen por la unidad y más argumentan en pos de la unidad del Partido Justicialista son generalmente parte del segundo grupo. Quienes sí tienen (o creen tener) peso propio apuestan por transitar más bien solos el camino de la representación, negociando lo menos posible y previendo que al acercarse el cierre de listas el resto de los dirigentes va a tener que plegarse a su candidatura. En el nivel de figuras políticas de carácter nacional, solamente integran el segundo grupo Cristina Fernández y Sergio Massa. Si bien se solapan, sus electorados (al menos aquellos votos con los que parten de piso antes de iniciar la campaña) abarcan al mismo tiempo diferentes espacios sociales. Veo difícil que haya acuerdos electorales este año entre esos dos espacios políticos, por lo menos en la provincia de Buenos Aires, la más grande en población y quizá justamente por eso la única en la que las definiciones políticas de este año tengan más que ver con la lógica nacional que con la provincial. A pesar de las iniciativas durante este 2016 de muchos dirigentes peronistas de realizar una renovación del partido y de sus figuras electorales, hoy parece más factible que las experiencias políticas que pretenden ser independientes a estos dos liderazgos del peronismo terminen integrándose a ellas o siendo derrotadas electoralmente.

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