«Fuera los fondos buitre de nuestros barrios»: la nueva ola de luchas inquilinarias
octubre 2026
La vivienda vuelve a ocupar un lugar central en la política europea: en España llena las plazas, en Berlín decidió el resultado de las elecciones y en Bruselas cuenta con su primer comisario encargado del tema. El historiador Hannes Rolf analiza qué hay de nuevo en la movilización de los inquilinos y qué retos han enfrentado estos movimientos en el pasado.
En España, la crisis de la vivienda adquirió un rostro: el de Maricarmen Abascal, desalojada el 23 de septiembre de su departamento del barrio madrileño de Retiro tras un largo pleito con los nuevos propietarios. Había vivido allí durante 71 años con un contrato de «renta antigua» –un régimen de alquileres de larga duración y con rentas muy por debajo de los precios de mercado, cuyo contrato original había firmado su padre–. La imagen de su salida en una camilla de ambulancia encendió movilizaciones en todo el país. Maricarmen permaneció hospitalizada desde entonces y falleció el 7 de octubre, antes de que pudiera cumplirse el acuerdo que le habría permitido volver a su casa. En Berlín, Die Linke [La Izquierda] ganó las elecciones locales del 20 de septiembre de 2026 con 25,7% de los votos, con una campaña en la que la vivienda y los alquileres ocuparon un lugar central, incluida la promesa de cumplir el mandato del referéndum de 2021 para expropiar, con indemnización, a las empresas propietarias de más de 3.000 viviendas en la ciudad y pasar sus viviendas a manos públicas. En Bruselas, la Comisión Europea nombró en 2024 a su primer comisario con competencias en vivienda -un ámbito que sigue siendo de los Estados-, el danés Dan Jørgensen. En diciembre de 2025 presentó un Plan Europeo de Vivienda Asequible que parte de un dato: en la última década, los precios de compra subieron más de 60% y los alquileres, alrededor de 20%.
El regreso de la vivienda como motor de movilización en Europa coincide con un debate en la izquierda sobre la necesidad de recuperar un lenguaje de clase. Durante buena parte del siglo XX, la movilidad social permitía a los trabajadores jóvenes imaginarse como futuros propietarios. Hoy la movilidad se ha estancado y, sobre todo en las grandes ciudades, los precios se han disparado. Para una generación entera, alquilar ya no parece ser una etapa sino una condición permanente. En ese contexto, la lucha por la vivienda aparece como una forma de recuperar ese lenguaje.
Hannes Rolf es profesor adjunto en el Instituto de Historia Urbana de la Universidad de Estocolmo. Se especializa en la historia de la vivienda, el movimiento cooperativo y los sindicatos de inquilinos. Con Lucas Poy, editó Rent Strikes: A History of Collective Tenant Actions across the World [Huelgas de alquileres. Historia de las acciones colectivas de los inquilinos en el mundo] (UCL Press, 2025), un libro que reúne casos que van desde Buenos Aires en 1907 hasta Barcelona durante la pandemia de 2020.
¿Por qué la vivienda ha pasado de ser un asunto local a convertirse en una cuestión política de primer orden en toda Europa?
La vivienda fue uno de los componentes centrales de lo que se denominaba la «cuestión social», es decir, de la pregunta sobre cómo abordar la precarización que siguió a la proletarización, en especial durante la Segunda Revolución Industrial. A partir de la década de 1870, aproximadamente, surgieron investigaciones y conferencias internacionales, así como un creciente movimiento filantrópico en torno de la vivienda. El movimiento obrero también consideraba importante la cuestión de la vivienda, aunque ese aspecto no suele reflejarse suficientemente en la historiografía.
La vivienda siguió siendo una cuestión política importante a lo largo de todo el siglo XX. Pero diría que hay algo nuevo en el movimiento contemporáneo por la vivienda que está cobrando mucho impulso. Las oleadas de protestas por los alquileres del periodo de entreguerras y de la década de 1970 llegaron tras un auge del movimiento obrero, algo que hoy no se da de la misma manera. La cuestión de la vivienda como principal punto de encuentro de la izquierda, junto con Palestina y el activismo climático, es algo nuevo e interesante.
España es quizás el caso más intenso. A finales de septiembre, tras el desalojo de Maricarmen Abascal, se organizaron acampadas en Madrid, Barcelona, Bilbao y Oviedo. El 2 de octubre pasado, el Congreso rechazó los dos decretos del gobierno sobre vivienda y, pocos días después, Comisiones Obreras (CCOO) y la Unión General de Trabajadores (UGT), las dos grandes centrales sindicales del país, acordaron convocar la primera huelga general en 14 años a propuesta del Sindicato de Inquilinas1. El libro que usted ha coeditado termina con la «huelga de alquileres» española de 2020 -cuando, en pleno confinamiento, sindicatos de inquilinos llamaron a dejar de pagar el alquiler a quienes habían perdido sus ingresos por la pandemia-, y en la introducción se cita la observación de Eric Hobsbawm de que los sindicatos de inquilinos surgen y desaparecen de forma intermitente. ¿Se trata de una ola comparable a la de la Primera Guerra Mundial y la década de 1930, a aquella de la década de 1970, o es simplemente un destello pasajero?
Como historiador, por lo general me ocupo de estas cuestiones principalmente después de que han tenido lugar. Pero sí, creo que lo que estamos viendo es una nueva ola de activismo de inquilinos que comenzó a finales de la década de 2010 y que sigue creciendo. Han surgido sindicatos de inquilinos en países como España y varios de Europa del Este, por ejemplo, Polonia y Serbia, que llevaban décadas sin tenerlos.
Los activistas que hoy se están movilizando por la vivienda son jóvenes y, al parecer, están interconectados. Me da la impresión de que los investigadores universitarios especializados en estas temáticas han desempeñado un papel importante en este sentido: conectando a estos organizadores de vecinos de distintos países a través de talleres y congresos académicos. La conexión entre los académicos radicales y la organización de los inquilinos fue algo bastante habitual durante la década de 1970 [en Europa y Estados Unidos]. Es una alianza más natural que la que pueden tener los académicos con los sindicatos, porque la vivienda es un problema para muchos estudiantes, pero también para académicos con puestos estables.
El libro Rent Strikes describe un amplio repertorio de acciones del movimiento inquilinario: retener la totalidad o parte del alquiler, boicotear edificios, rescindir masivamente los contratos, saturar los tribunales, resistir los desalojos. En la España actual hay «piquetes de inquilinos» que van de edificio en edificio para evitar desalojos y llamados a no marcharse cuando vence el contrato de alquiler. También hubo una acampada en la Puerta del Sol que recordaba al 15-M, y la Confederación de Sindicatos de Inquilinas prepara la primera huelga de alquileres de alcance estatal contra una sola inmobiliaria, Alquiler Seguro, que gestiona unas 30.000 viviendas. ¿Qué elementos del repertorio actual de movilización de inquilinos reconocería de inmediato un huelguista de Gotemburgo de 1936? ¿Qué hay de verdaderamente nuevo en estas formas de lucha, sobre todo ahora que el adversario es un fondo o una gestora en lugar de un pequeño propietario?
Como ha señalado el sociólogo Charles Tilly, existe una especie de repertorio de movimientos sociales que, si bien tiene un par de siglos de antigüedad, ha tenido un éxito notable como herramienta política. Este incluye marchas, peticiones, mítines y la creación de asociaciones locales. Todas estas acciones son muy importantes para forjar una identidad colectiva y establecer un objetivo común. Luego están las acciones más militantes, que perjudican económicamente al adversario. Estas, al igual que otras partes del repertorio de los movimientos sociales, tienden a variar según la zona y a adaptarse a una situación concreta.
Creo que, si alguna de las acciones que ha descrito, se hubiera propuesto en una reunión de inquilinos en Gotemburgo en la década de 1930, se habría considerado seriamente. La parte de ir de puerta en puerta era esencial para el movimiento, y es una de las razones por las que la militancia se ralentizó en la década de 1940, cuando se promulgó el control de alquileres en Suecia y el enfoque del movimiento pasó de la actividad local a los tribunales de alquileres.
Una de las cosas en las que el movimiento de inquilinos español ha trabajado mucho en los últimos años es la recopilación de información sobre la propiedad real de los inmuebles, con el fin de encontrar a los actores con quienes negociar. Eso también supuso un problema para los primeros sindicatos de inquilinos suecos, ya que hubo muchas operaciones especulativas durante el periodo de entreguerras. Los métodos no son tan nuevos. Lo nuevo son los grandes fondos de inversión propietarios de viviendas, pero también parecen ser políticamente vulnerables, como muestra el caso de Berlín, donde en la última campaña electoral se los amenazó con la expropiación y su paso a propiedad pública.

En Buenos Aires, en 1907, los sindicatos dudaron en respaldar la huelga de inquilinos. En Gotemburgo, en 1936, por el contrario, la solidaridad sindical retrasó los desalojos y apoyó económicamente a las familias desalojadas. En la España actual, la presión para convocar una huelga general por la vivienda fue recibida inicialmente con cautela por los grandes sindicatos. ¿Qué nos enseña la historia, sobre todo el caso sueco, que usted estudió en detalle, sobre las alianzas con el movimiento sindical?
Al principio, el movimiento obrero sueco se mostró bastante escéptico respecto de los sindicatos de inquilinos. Algunos de los sindicatos de oficio, como el de los impresores, consideraban que el sindicato de inquilinos interfería en sus asuntos, ya que ellos habían ayudado siempre a sus afiliados con los problemas de vivienda. Cuando los sindicatos de inquilinos empezaron a convocar boicots, se debatió si los trabajadores organizados debían secundarlos e incluso si esos sindicatos eran verdaderas organizaciones obreras, aunque la mayoría de sus organizadores eran también militantes sindicales. Las principales organizaciones sindicales querían dictar las condiciones de las acciones militantes de los sindicatos de inquilinos, pero esto finalmente no fue aceptado por el movimiento inquilinario.
También hubo varios casos en los que los pequeños propietarios eran antiguos trabajadores de la construcción y seguían siendo miembros de un sindicato, lo que generó conflictos entre grupos. Sin embargo, una vez que el movimiento de inquilinos creció lo suficiente, el movimiento obrero tuvo que alinearse con él. Creo que siempre habrá disputas territoriales, competencia y conflictos dentro y entre todo tipo de organizaciones, y eso es algo que hay que aceptar si se quiere construir una coalición. Lo que muestra la historia es la importancia de encontrar puntos en común con los sindicatos y otras organizaciones, pero manteniendo la propia organización lo más independiente posible.
Usted ha mostrado que la militancia de los inquilinos en Gotemburgo alcanzó su punto más álgido entre 1932 y 1937. En 1942 ya se había implantado en gran medida la negociación colectiva centralizada de los alquileres, y una ley de 1978 la formalizó. Entiendo que las huelgas de alquileres prácticamente desaparecen de los registros suecos a partir de 1985. Para un movimiento como el español, que exige regulación y reconocimiento como interlocutor en la negociación, ¿el modelo sueco es un objetivo o una advertencia? ¿Qué ganaron y qué perdieron los inquilinos suecos con la institucionalización?
El control de alquileres de 1942 fue un congelamiento clásico: los alquileres los fijaba el poder político y los inquilinos tenían garantizado el derecho a permanecer en su vivienda. El sistema de negociación colectiva se inició a finales de la década de 1950 en la vivienda pública y a finales de la década de 1960 en la vivienda privada. Creo que, para comprender el sindicato de inquilinos sueco, hay que tener en cuenta que el programa de vivienda de la posguerra fue realmente de gran envergadura y que, para entonces, el movimiento de inquilinos liderado por los socialdemócratas desempeñaba un papel importante en ese programa como representante de los intereses de los inquilinos en un sistema corporativo. Anteriormente, los comunistas, los socialistas radicales y los sindicalistas revolucionarios habían sido los principales actores. La crisis económica y el aumento vertiginoso de los alquileres durante la década de 1970 desencadenaron una ola de huelgas de alquileres y protestas, pero el sindicato de inquilinos establecido se opuso a ellas. En su lugar, tomaron la iniciativa jóvenes activistas, a menudo vinculados a la nueva izquierda.
Creo que esta situación es similar a lo que ocurría en Berlín hace unos años. Alemania cuenta con una federación de inquilinos muy grande y antigua, la Deutscher Mieterbund, pero no fue ella la que inició ni lideró las protestas de 2021. Vemos el mismo patrón en Suecia: gran parte del activismo se desarrolla al margen del sindicato de inquilinos establecido, en redes y pequeñas organizaciones rivales como Ort till Ort [una organización de base de inquilinos fundada en 2015 que se autodenomina kamporganisation, organización de lucha, en lugar de «agencia negociadora»]. Pero, para responder la pregunta, el sistema de vivienda de la posguerra supuso, por supuesto, una mejora enorme en las condiciones de vivienda y los derechos de los inquilinos. Estos fueron algunos logros evidentes. El problema ha sido que la organización de inquilinos institucionalizada ha llegado a considerar su propia existencia y su papel dentro del sistema como algo quizás más importante que la cuestión de la vivienda. Dado que el sistema de vivienda de la posguerra desapareció hace ya tres décadas y media, existe un problema cuando la fuerza de la organización se basa en gran medida en viejos compromisos y alianzas. Cómo va a gestionar el movimiento español lo que ocurra si gana es, por supuesto, una cuestión importante, pero probablemente debería centrarse en ganar y luego preocuparse por lo que ocurra a continuación.
Uno de los temas centrales del libro es el papel de las mujeres en los movimientos de inquilinos a escala internacional. Se organizaron en patios y escaleras y salieron a la calle, aunque rara vez alcanzaron puestos de liderazgo más allá del barrio. ¿Cómo han cambiado el género, la edad y el origen migratorio entre quienes se movilizan?
Históricamente, sí, las mujeres –y, en muchos casos, los inmigrantes– han desempeñado un papel importante en la movilización colectiva de vecinos. En cuanto a la edad, los activistas del movimiento de inquilinos suelen ser jóvenes, pero he conocido a bastantes activistas de edad avanzada. En Suecia, que es el caso que mejor conozco, la vivienda de alquiler se ha «racializado» en muchos sentidos, con amplias zonas dominadas por migrantes de primera, segunda y más generaciones. La dirección de la Hyresgästföreningen [Unión de Inquilinos de Suecia], por el contrario, está dominada por activistas mayores y blancos, aunque en muchos casos son mujeres de clase trabajadora. Estas discrepancias entre la dirección y los inquilinos son, por supuesto, un problema para la movilización en Suecia que, en mi opinión, se reitera en muchos otros lugares de Europa.
El libro muestra al Estado desempeñando tres funciones: como agente regulador, agente del mercado y fuerza represiva. También muestra que el control de los alquileres se conseguía a menudo en momentos de movilización masiva. El Sindicato de Inquilinas en España afirma ahora que está llevando la lucha «desde Sol [kilómetro cero de Madrid] a todos los barrios». A la luz de los casos que ha estudiado, ¿qué suele poner fin a una ola de movilización: la represión, la cooptación, las divisiones internas o una victoria parcial? ¿Qué convierte una ola en logros duraderos?
La triste respuesta es que el fascismo puso fin a la ola de lucha por los alquileres del periodo de entreguerras en lugares como España y Alemania. Con todo, los sindicatos de inquilinos siguieron existiendo nominalmente en la Alemania nazi y las asociaciones de vecinos se permitieron durante los últimos años del franquismo, así que es posible que hubiera cierta continuidad. En otros lugares, como el Reino Unido y Suecia, los programas de vivienda y la legislación protectora –que deberían considerarse victorias– pusieron fin a las olas de movilización. En cuanto a las oleadas de la década de 1970, falta investigación histórica y es difícil decir qué determinó su final, pero coincidieron con el fin de la radicalización generalizada de esos años y el auge del neoliberalismo. En general, falta mucha investigación sobre estas oleadas, así como estudios comparativos sobre la acción colectiva de los inquilinos en general. Esperamos que nuestro libro sirva de recurso para futuras investigaciones y que más investigadores se interesen por el tema.
En cuanto a los activistas españoles, conozco a algunos de ellos y vengo siguiendo hace varios años lo que han estado haciendo, y estoy realmente impresionado. Llevan años trabajando meticulosamente en el nivel local y, por lo que he visto, han tenido mucho éxito. Es un gran ejemplo de cómo formar un movimiento social con recursos de poder. Las recientes protestas son, por supuesto, el resultado de su gran labor, y las conexiones internacionales parecen ser un buen recurso. Históricamente, los movimientos de inquilinos no han estado tan conectados a escala internacional y creo que es algo en lo que deberían seguir trabajando, especialmente con la nueva interconexión internacional de las corporaciones inmobiliarias globales. Nunca se sabe cómo acabarán estos momentos de movilización social generalizada, pero lo único que se puede hacer es intentarlo y, si se fracasa, volver a intentarlo de otra manera.
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1.
La organización usa el femenino como genérico inclusivo.

