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Los vaivenes de la primavera tunecina

La revolución que derrocó a la dictadura de Zine El Abidine Ben Ali en 2011 movilizó a una serie de fuerzas heterogéneas, desde islámicos hasta laicos e izquierdistas, y abrió paso a una era de entusiasmo, participación política y efervescencia social. No obstante, el devenir posterior compuso un escenario complejo de triunfos islamistas, reacciones callejeras –que combinaban razones políticas y económicas– y violencia, al tiempo que gran parte de la nueva elite buscaba sacar la política de las calles y construir un consenso revolucionario alejado de las ansias de transformación de la sociedad y la política tunecinas.

Los vaivenes de la primavera tunecina

El compromiso alcanzado entre los islamistas tunecinos de Ennahda (Partido del Renacimiento) y los miembros del viejo régimen en el otoño de 2013 posibilitó adoptar una nueva Constitución a comienzos de 2014, llevar a cabo elecciones antes de fin de ese año y formar un gobierno de unidad nacional en febrero de 2015. También el acuerdo puso fin a un periodo de intensa confrontación en las calles, que había amenazado con sumir el país en el caos y la lucha civil. Sin embargo, las protestas pueden recomenzar, dado que los partidos que formaron el gobierno carecen de una visión común que pueda reconciliar la mutua hostilidad entre sus bases. También han fracasado en contener las manifestaciones por la justicia social y el desarrollo igualitario organizadas en las regiones desfavorecidas del país. Una estabilidad sustentable requerirá que los partidos políticos cesen de percibir la movilización desde abajo como una herramienta que pueden utilizar en contra de sus adversarios, o, alternativamente, como una amenaza a la seguridad que debe ser controlada. En cambio, deberían reconocer su potencial para ampliar la participación ciudadana y para funcionar como un correctivo que pueda conducir a una gobernabilidad más eficaz.

De acuerdo con las proclamas oficiales y la percepción de muchos observa-dores externos, las elecciones parlamentarias y presidenciales que tuvieron lugar entre octubre y diciembre de 2014 marcaron la conclusión exitosa de la transición democrática tunecina. No obstante, la estabilización aparente del orden político sobrevino luego –y en gran parte, como resultado– de una etapa prolongada y turbulenta de protestas y contraprotestas que dio forma al equilibrio de poder posrevolucionario. Entre 2011 y 2013, la política de las calles, que ocasionalmente se volvió violenta, compitió con –y finalmente dominó– el proceso institucional formal. Por un lado, estas protestas fueron un catalizador crucial que llevó a que seguidores y oponentes del régimen de Ben Ali formaran un frente de oposición unificado contra el partido islamista Ennahda, que había surgido como el actor político dominante durante las elecciones de 2011. Por el otro, las protestas impulsaron a Ennahda y a la principal fuerza opositora, Nida Tounes (Convocatoria por Túnez), a llegar a un acuerdo de coalición que suspendió la rivalidad entre ellos y le bajó el tono a la polarización política, lo que permitió el manejo del proceso de transformación de un modo despolitizado y tecnocrático.

2011-2012: movilización callejera competitiva

Luego de la caída del presidente Zine El Abidine Ben Ali en enero de 2011, los seguidores de Ennahda salieron a la calle junto con la izquierda política, la Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT) y jóvenes de las regiones interiores del país para impedir que el partido del régimen, Reagrupamiento Constitucional Democrático (RCD), recuperara el poder. Sin embargo, la competencia por la legitimidad revolucionaria y el acceso a las instituciones y los recursos estatales pronto los alejó. La victoria de Ennahda en las elecciones de octubre de 2011 para la Asamblea Nacional Constituyente condujo a protestas contra el partido islamista y contra la coalición que formó con dos pequeños partidos seculares que pronto serían marginados, el Foro Democrático para el Trabajo y las Libertades (Ettakatol) y el Congreso para la República; esta coalición es comúnmente conocida como el «gobierno de la troika».Las protestas antitroika fueron organizadas por los partidarios de la izquierda, intelectuales, sindicatos y activistas sociales civiles, pero también por simpatizantes del régimen de Ben Ali. La cobertura favorable que brindaron los medios de comunicación ligados a los socios de negocios del presidente destituido estimuló aún más esas manifestaciones; hicieron campaña contra lo que ellos llamaban «una toma total» de las instituciones del Estado por parte de Ennahda a través de la troika. Algunos de los manifestantes también se proponían desafiar la legitimidad electoral que los islamistas habían ganado en los comicios por medio de la «legitimidad popular» exhibida en las calles. Esto incluyó a algunas organizaciones de la sociedad civil –como la Unión General de Estudiantes Tunecinos (UGET), Doustourna (Nuestra Constitución) y la Asociación Tunecina de Mujeres Demócratas– que intentaron usar la política de las calles para compensar la derrota electoral de los partidos de izquierda y de centro, con los que estaban históricamente conectadas.

Más en general, la sociedad civil veía las protestas callejeras como un camino para operar contra el monopolio de los partidos políticos sobre el proceso de transición posdictadura. Entre las movilizaciones exitosas se encuentra la sentada frente a la Asamblea Nacional Constituyente en diciembre de 2011 (conocida como la «protesta del Bardo», por el barrio en que sesionaba el cónclave), que logró mayor trasparencia en los procedimientos de la Asamblea; también las manifestaciones de agosto de 2012 que ayudaron a hacer naufragar una cláusula impulsada por Ennahda por la cual el rol de las mujeres se definía como «complementario», en lugar de igual, al de los hombres. En estas instancias, las protestas sirvieron para influir en el proceso político formal.

El partido islamista respondió rápidamente de manera similar. Mientras que en forma oficial negaba cualquier participación directa, animaba abiertamente a sus simpatizantes a organizar contramanifestaciones. En consecuencia, los participantes de la protesta del Bardo enfrentaron a una multitud heterogénea de adeptos a Ennahda y fanáticos del fútbol, quienes negaron a los «perdedores» de las elecciones el derecho a intervenir en la transición. Durante el verano de 2012, la juventud de Ennahda condujo una campaña bajo el eslogan «Ekbess» («¡Manténganse firmes!»), que instaba a los líderes a romper con los miembros de la vieja guardia y a proveer compensación a las víctimas de Ben Ali del entorno islamista. Estas acciones callejeras en favor de la «legitimidad electoral» contrarrestaban la «legitimidad popular» que proclamaban los opositores a la troika, al mostrar que Ennahda también podía movilizar un apoyo masivo.