Tema central

Los problemas no resueltos de la memoria rusa

La sociedad rusa mantiene difíciles relaciones con su pasado. Si en la era Yeltsin se buscó construir el mito de una sociedad embarcada en el progreso y desviada por la experiencia bolchevique, considerada una suerte de paréntesis, con Vladímir Putin se busca reposicionar una visión nacionalista, proclive a la reconstrucción de la influencia global de una «Gran Rusia». Ni juicios ni monumentos con apoyo oficial recuerdan a las víctimas del Gran Terror de los años 30. Por el contrario, la renovada lectura oficial de la historia –corporizada en nuevos manuales escolares– ha restaurado el rol de Iósif Stalin como líder de un proceso de modernización y crecimiento del poder de Rusia.

Los problemas no resueltos de la memoria rusa

Introducción

La sociedad rusa actual mantiene relaciones difíciles y contradictorias con su pasado, en particular con el pasado soviético. En las páginas siguientes, revisaremos el recorrido de la memoria colectiva de Rusia y los usos políticos del pasado por parte de las autoridades rusas después del final de la Unión Soviética y el sistema comunista. Empleamos aquí la noción de «memoria rusa» para designar la memoria predominante en la sociedad rusa en un momento determinado de su historia: una memoria que es preciso distinguir de lo que podríamos llamar «memoria oficial», es decir, la construida por las autoridades y que estas tratan de imponer a toda la población. La memoria social y la memoria oficial pueden hallarse más o menos próximas o más o menos distantes una de la otra, pero nunca coinciden plenamente y deben ser estudiadas por separado.

En Rusia, más que en otras partes, la cuestión de la memoria es indisociable de la cuestión de la identidad, especialmente de la identidad nacional, y esta remite constantemente a la historia. Durante siete décadas, la historia de Rusia estuvo estrechamente ligada a la de la URSS. La desaparición de esta última y la del sistema político comunista que encarnaba provocaron una grave crisis identitaria que, desde los años 90, la sociedad rusa se ha esforzado en superar con el objeto de reconstruir una identidad aceptable. El recorrido accidentado de la memoria rusa en el último cuarto de siglo corresponde a esta búsqueda de una nueva identidad. Algunas constataciones de este fenómeno se imponen rápidamente. La primera es que la sociedad rusa sigue profundamente traumatizada por la violencia y la represión masiva de la época soviética, en especial durante el periodo estalinista, pero no ha sido capaz de ajustar cuentas con ese pasado. La principal dificultad reside en el problema de la responsabilidad: ¿quién es el responsable de los millones de víctimas de esa época? En lugar de afrontarlo abiertamente, la mayoría de los rusos ha optado por la amnesia y la negación1 y ha relegado los episodios oscuros del pasado a los márgenes de la conciencia nacional. Su memoria está repleta de olvidos y silencios. Solo una minoría, como los militantes de la asociación Memorial2, sigue evocando ese pasado y luchando por la memoria de las víctimas. En la época soviética, los silencios y los olvidos fueron dictados por el miedo3. Hoy las causas son otras (el malestar frente a un pasado difícil de cargar, la voluntad de no saber, etc.), pero todavía están allí.

Una segunda constatación se refiere a la importancia de la memoria de la Segunda Guerra Mundial –llamada en Rusia la «Gran Guerra Patriótica»–, que se convirtió en el principal fundamento de la identidad nacional rusa y que adquirió el estatus de mito fundacional, pero que sigue siendo rememorada de muy diferentes formas: una que pone el acento en el sufrimiento, las terribles pérdidas humanas y el deseo de una sociedad más libre que animaba a los combatientes; otra, de tipo nacionalista, que se centra exclusivamente en la victoria obtenida sobre la Alemania nazi y que le atribuye el mérito a Iósif Stalin, eclipsando así la memoria de la violencia masiva desencadenada por el dictador4. Una tercera constatación se refiere a la utilización intensiva pero extremadamente selectiva del pasado por las autoridades rusas. Vladímir Putin, en particular, emplea constantemente la historia soviética, pero también la historia prerrevolucionaria, como apoyo de la ideología nacionalista que propone y que sustituye ahora a la ideología comunista del pasado. En la época soviética, el pasado había sido instrumentalizado para legitimar el poder del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y de su grupo dirigente: cada nuevo secretario del PCUS lo reescribía a su manera. Ahora el pasado sirve para legitimar el poder del presidente, para obtener el apoyo de la población en el proyecto de restaurar el lugar de Rusia en el escenario internacional y para consolidar un sistema autoritario que solo tiene la apariencia de una democracia. En un caso como en el otro, se debe mostrar que el Estado siempre tiene la razón. Ahora veamos con más detalle el recorrido de la memoria rusa después del final de la URSS.

La especificidad de la memoria rusa

El tema de la memoria (y el olvido) en la Rusia postsoviética debe situarse en el contexto más general de las transformaciones en la memoria pública que se produjeron en los antiguos países comunistas después del fin de los sistemas políticos de tipo soviético5. Al ampliar el marco de observación, se pone de manifiesto aún más la especificidad del caso ruso, que se diferencia netamente de los demás, a pesar de algunos puntos en común. En tiempos del «socialismo real», existía en todos estos países una memoria oficial, forjada por el Partido Comunista, que ocupaba totalmente el espacio público y ofrecía una interpretación del pasado conforme a la ideología y a las exigencias políticas del partido. Un chiste soviético decía que en la URSS el pasado era imprevisible porque cambiaba continuamente. La memoria oficial cambiaba en función de las coyunturas políticas, pero seguía siendo la única autorizada: todas las demás memorias colectivas eran excluidas del espacio público, silenciadas o confinadas a la esfera familiar. Convencido de poseer la verdad histórica, el PCUS se arrogaba el monopolio de la memoria y ejercía un estricto control sobre la escritura de la historia, que debía servir para legitimar su poder.

El fin de los sistemas políticos comunistas, primero en Europa central y oriental y luego en la propia URSS, también provocó el fin del monopolio comunista de la memoria. Al mismo tiempo que la memoria oficial comunista declinaba rápidamente, otras memorias previamente silenciadas reaparecían y ocupaban el espacio público. Con la desintegración del imperio soviético, ya no podía hablarse más de una sola memoria: cada ex-república soviética que se independizaba o recuperaba su independencia comenzaba a elaborar su propia interpretación del pasado y a construir su propia memoria, esta vez en un marco estrictamente nacional y sin directivas impuestas desde fuera. En todas partes el pasado comunista fue revisado y reinterpretado a la luz de la nueva situación: ningún partido ni otra institución eran ya capaces de imponer una interpretación única y excluir todas las demás. Hemos asistido, en esos países, a una verdadera explosión de múltiples memorias, que competían entre sí y que aspiraban a hacerse oír y a ser reconocidas en el espacio público6. A partir de los años 90, cada uno de estos países ha desarrollado políticas de memoria –creación de nuevos museos de historia reciente, establecimiento de nuevas conmemoraciones, etc.–, en las que se expresan interpretaciones del pasado diametralmente opuestas a las que prevalecieron durante la época comunista.

  • 1. Maria Ferretti: «La mémoire refoulée. La Russie devant le passé stalinien» en Annales hss No 50, 1996, pp. 1237-1257; M. Ferretti: La memoria mutilata. La Russia ricorda, Corbaccio, Milán, 1993.
  • 2. Memorial es una asociación y un movimiento de defensa de los derechos humanos creado en 1988-1989 con el objetivo de erigir un monumento conmemorativo (de ahí el nombre) a las víctimas de la represión de la época soviética. Sobre su historia, v. Nancy Adler: Victims of Soviet Terror: The Story of the Memorial Movement, Praeger, Westport, 1993; Kathleen E. Smith: Remembering Stalin’s Victims: Popular Memory and the End of the ussr, Cornell University Press, Ithaca-Londres, 1996; M. Ferretti: La memoria mutilata, cit.
  • 3. Ver Orlando Figes: Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin, Edhasa, Barcelona, 2009.
  • 4. Sobre este punto, y más en general sobre las vicisitudes de la memoria de la Segunda Guerra Mundial en Rusia, v. M. Ferretti: «La memoria spezzata. La Russia e la guerra» en Italia contemporanea No 245, 12/2006, pp. 525-565. V. tb. Lev Gudkov: «The Fetters of Victory. How the War Provides Russia with its Identity» en Eurozine, 3/5/2005, www.eurozine.com/articles/2005-05-03-gudkov-en.html; Irina Scherbakova: Zerrissene Erinnerung. Der Umgang mit Stalinismus und Zweitem Weltkrieg im heutigen Russland, Wallstein, Gotinga, 2010.
  • 5. B. Groppo: «Politiche della memoria e politiche dell’oblio in Europa centrale e orientale dopo la fine dei sistemi politici comunisti» en Filippo Focardi y B. Groppo (eds.): L’Europa e le sue memorie, Viella, Roma, 2013, pp. 215-243.
  • 6. Alain Brossat, Sonia Combe, Jean-Yves Potel y Jean-Charles Szurek (eds.): A l’Est, la mémoire retrouvée, La Découverte, París, 1990. [Hay edición en español: En el Este, la memoria recuperada, Edicions Alfons el Magnànim / Institució Valenciana d ’Estudis i Investigació, Valencia, 1992].