Tema central

Literatura, heterogeneidad y migrancia transnacional

A partir una lectura de Crossing Over. A Mexican Family on the Migrant Trail, de Rubén Martínez, se proponen aquí dos hipótesis sobre la literatura latina en Estados Unidos. La primera es que textos como Crossing Over obligan a la literatura estadounidense (y a la literatura latinoamericana) a enfrentar su carácter de formación literaria heterogénea y, por lo tanto, a aceptar la inevitabilidad de la traducción cultural y lingüística. La segunda hipótesis sostiene que este tipo de relatos da cuenta de una transformación posible del sentido de lo nacional literario y de sus formas de territorialización del espacio social y cultural nacional, a la vez que evidencian una renovación de su potencial crítico.

Literatura, heterogeneidad y migrancia transnacional

Los latinos –definidos aquí como el conjunto de poblaciones de origen latinoamericano (incluidos los pueblos amerindios) que residen en Estados Unidos como resultado de procesos históricos neocoloniales (México y Puerto Rico) o migratorios– han sido recientemente el tema de numerosos titulares relacionados con su acceso al carácter de minoría étnica más numerosa del país. Con cerca de 300 millones de personas, EEUU alberga a más de 41 millones de latinos, el 14% de la población. Los latinos han desplazado a los afroamericanos de ese sitial, lo que ha complicado la autocomprensión histórica de una nación que siempre se ha visto a sí misma organizada centralmente por el eje racial blanco/negro. A este eje, se suponía, se incorporaban las demás minorías étnicas resultantes de las grandes migraciones europeas del siglo XIX y del primer tercio del XX. Los mexicanos del sudoeste del actual territorio estadounidense y los puertorriqueños, por supuesto, no calzaron nunca en esta historia y fueron siempre un agente de complicación de ese esquema binario. A estos «latinos históricos» se unen ahora los masivos contingentes de inmigrantes latinos del último cuarto del siglo XX y lo que va del XXI, que continúan siendo mayoritariamente mexicanos, pero que incluyen también a millones de caribeños, centro- y sudamericanos. Su acumulación combinada, en un momento histórico de alto desarrollo y aceleración de las comunicaciones y los medios de transporte, ha producido una mezcla ansiosa de reacciones que van desde la preocupación hasta la xenofobia, del multiculturalismo a la queja nacionalista.

En efecto, la globalización económica, social y cultural del país ha sido experimentada en el ámbito de la esfera pública estadounidense de manera algo esquizofrénica, separando e integrando simultáneamente el discurso sobre el capital y aquel que se refiere a las poblaciones. El resultado es que se mantiene un marco de evaluación nacional para la comprensión de procesos que podríamos llamar posnacionales o transnacionales. Las minorías elitarias estadounidenses, que constituyen el corazón de las elites internacionales que lideran los procesos de globalización financiera y comunicacional, han sido hasta aquí percibidas simplemente como elites intranacionales. Las ingentes olas migratorias, por su parte, han sido vistas como masas de inmigrantes embarcadas en el largo proceso de asimilación a la nación. Así, el proceso de multiculturalización de la sociedad estadounidense –que es, sin duda, una de las formas en que se manifiesta en EEUU el impacto globalizador– ha sido entendido fundamentalmente como un desarrollo autónomo e interno de los discursos constitutivos de la nación: en el ámbito individual, los derechos de los ciudadanos, y en el ámbito colectivo, los derechos de las minorías producidas por las diferentes olas inmigratorias. Solo cuando se aplica una mirada posnacional se comprende que esas dos formas de minorías (elites de negocios e inmigrantes) son el resultado directo del impacto económico y social de los procesos de transformación y movilidad del capital y las poblaciones mundiales que llamamos globalización. Es decir, el paradigma de la modernización nacional con que se explicó la incorporación de las olas inmigratorias previas de origen europeo (judíos, italianos, irlandeses, etc.) resulta inadecuado, no solo para dar cuenta de la presencia neocolonizada de mexicanos, chicanos y puertorriqueños, sino también para comprender los nuevos flujos de la globalización.

Dos hipótesis

En este contexto general, y en el más específico de dos hipótesis sobre la literatura latina en EEUU, quisiera proponer aquí una lectura del texto Crossing Over. A Mexican Family on the Migrant Trail, de Rubén Martínez. Mi primera hipótesis es que la literatura latina representada por textos como éste obliga potencialmente a la literatura nacional estadounidense (pero también a la literatura latinoamericana) a enfrentar, en tiempos de globalización cultural y de la cultura de la globalización, su carácter de formación literaria heterogénea y, por lo tanto, a aceptar la inevitabilidad de la traducción cultural y lingüística como uno de sus elementos constitutivos. Esta heterogeneidad constitutiva ingresa en la literatura nacional estadounidense en tanto ésta se esfuerza por asimilar, por la vía de su incorporación a la tradición literaria nacional, una literatura como la latina que, escrita en al menos dos lenguas y desde dos imaginarios culturales, resiste activamente los términos de tal asimilación.

Antonio Cornejo Polar –quien refinó sus ideas sobre el indigenismo y la heterogeneidad de la formación cultural peruana en su estancia en la Universidad de California en Berkeley– distinguió cuatro aspectos relevantes dentro del proceso literario: la producción del texto, el texto mismo, su referente y el sistema de distribución y consumo. Cornejo Polar usó esa distinción tanto para postular una división entre literaturas homogéneas y heterogéneas, como para comprender mejor el lugar del indigenismo, sus limitaciones y, sobre todo, sus posibilidades críticas en la literatura nacional peruana. Homogénea es aquella literatura en la que ocurre «la movilización de todas las instancias del proceso literario dentro de un mismo orden sociocultural». La heterogénea, en cambio, está caracterizada por «la duplicidad o pluralidad de los signos socioculturales de su proceso productivo: se trata, en síntesis, de un proceso que tiene por lo menos un elemento que no coincide con la filiación de los otros y crea, necesariamente, una zona de ambigüedad y conflicto» (Cornejo Polar, pp. 72-73). El modelo de Cornejo Polar fue el de las crónicas de Indias, donde el referente no coincide con el resto de los elementos del proceso: Escritas acerca de las Indias, las crónicas se realizan, sin embargo, cuando logran cautivar al lector metropolitano. (...) el cronista siente una doble solicitación: tiene que serle fiel [al referente indiano], representándolo en términos de «verdad», pero, al mismo tiempo, tiene que someterlo a una interpretación que lo haga inteligible para una óptica extraña, comenzando por la del propio cronista tan frecuentemente desconcertado. (Cornejo Polar, p. 75.)

De manera análoga, Rubén Martínez enfrenta el desafío de hablar con cierta fidelidad sobre la situación de los migrantes michoacanos en Michoacán, México y, sobre todo, en EEUU. Lo hace para un público metropolitano que aplicará sus propias formas de traducción e inteligibilidad, y elige hacer de esta heterogeneidad un elemento constitutivo de la trama y de la densidad formal y semántica de su texto. En el aspecto formal, el texto oscila entre el testimonio, el reportaje periodístico con fuertes acentos autobiográficos y la investigación etnográfica. Esa heterogeneidad formal se constituye en un llamado a establecer un contrato de verosimilitud entre texto y lectores diferente del canónico que regula el espacio de interpretación de textos genéricamente más puros, sean ficcionales o no ficcionales. Como en el testimonio, hay aquí una alianza entre sujetos populares y un intelectual que intenta darles voz en los discursos y canales dominantes a quienes no tienen acceso a ella. Como en el nuevo periodismo y en la autobiografía, encontramos la renuncia a toda pretensión de neutralidad y la incorporación de un punto de vista y una presencia autorial fuerte. Como en la etnografía, hay aquí también un esfuerzo por iluminar una macrosituación por la vía de su manifestación concreta en un microcontexto, más precisamente, en la experiencia real de una familia migrante extendida. Todos estos elementos insisten, además, en asociar la historia de esa familia con aquella otra historia global de complejidades geopolíticas de la que los lectores metropolitanos han sido partícipes privilegiados, sin tener conciencia de ello. Pues contrariamente a los clichés que recriminan cierto separatismo étnico entre las literaturas minoritarias, éstas (incluida la latina) insisten frecuentemente no solo en las diferencias que las separan de la cultura y la literatura dominantes, sino también, sobre todo, en las conexiones, roces e interdependencias entre ambas realidades.

En el aspecto semántico, la densidad se debe al esfuerzo por transformar la lectura multicultural monolingüe –y, en rigor, monocultural estadounidense o nacional– en un verdadero encuentro intercultural, cuyos resultados no hayan sido limitados a la traducción o asimilación uniformante de la diferencia ni a su exotización puramente comercial, sino que permanezcan abiertos al cambio y a la verdadera experiencia de y en la otredad en un contexto globalizado. Contrariamente a cierta literatura latina aún dominante en EEUU, Crossing Over quiere problematizar activamente todo esfuerzo por reducir la complejidad de la experiencia migrante a los clichés de una economía textual especializada en la domesticación de la alteridad étnica. En este sentido, Crossing Over es parte de una nueva forma de literatura nacional que supone el paso de las formas de homogeneización cultural propias de los procesos de modernización nacional –a los que las literaturas nacionales tradicionales contribuyeron tan decisivamente en los siglos XIX y XX– a múltiples (y a veces contradictorias) formas de heterogeneización y reordenamiento de lo nacional en tiempos de globalización neoliberal. El intento por explicar/referir/representar literariamente el nuevo (des)orden de lo nacional ocurre ahora, además, en condiciones de alta globalización de la cultura y en medio de la cultura de la globalización. Mi segunda hipótesis sostiene, entonces, que textos como Crossing Over dan cuenta de una transformación posible del sentido de lo nacional literario y de sus formas propias de territorialización del espacio social y cultural nacional, a la vez que evidencian una renovación del potencial cultural crítico de los textos literarios ficcionales y no ficcionales nacionales en tiempos de globalización.

A partir de estas dos hipótesis, desarrollaré lo que sigue en dos partes. En la primera, me refiero a la compleja dialéctica de visibilización e invisibilización que afecta a los latinos en EEUU. En la segunda parte, me ocupo de los esfuerzos de Martínez por escapar de esta dialéctica por la vía de contraponer imaginarios culturales a partir de la figura del migrante.

Visibilización e invisibilización

Los marginales latinoamericanos de la década del 60 fueron con frecuencia teorizados como aquellos sectores tradicionales que no se habían modernizado, o como aquellos que no tenían acceso a los servicios y bienes propios del proceso modernizador y resultaban por ello invisibilizados en las estadísticas. Los pobres de hoy en el subcontinente son relegados a la condición de prescindibles y responsabilizados por su propia pobreza. Los latinos en EEUU, por su parte, sufren hoy una condición especial. Son, simultáneamente, invisibilizados como actores políticos, pero altamente visibilizados como públicos, audiencias o consumidores. Si, siguiendo a Néstor García Canclini, entendemos la desterritorialización, en tanto experiencia cultural dominante de la globalización, como la pérdida de la relación natural o naturalizada de la cultura con los territorios geográficos y sociales, podemos señalar que los latinos en EEUU están sometidos a dos procesos contradictorios de desterritorialización. Por una parte, son estructuralmente forzados a desplazarse hacia EEUU a partir del efecto combinado de la desestructuración de sus condiciones de vida en los países de origen y de la demanda laboral en el país de destino; por otra, son reterritorializados étnica y económicamente como público consumidor. Dejan parcialmente de ser ciudadanos para poder constituirse en consumidores. Esta situación de simultánea visibilidad e invisibilidad puede ser descripta desde múltiples ángulos. Antes, algunas cifras para dimensionar rápidamente el fenómeno migratorio. Según Passel y Suro (2005), EEUU recibió un promedio de 1.139.000 inmigrantes por año entre 1992 y 1997, 1.541.000 inmigrantes por año entre 1999 y 2000 y 1.164.000 inmigrantes por año entre 2002 y 2004. De ellos, un tercio es de origen mexicano y casi un cuarto adicional, de otros orígenes latinoamericanos. Más de un tercio del total de inmigrantes ha estado constituido por indocumentados, la mayoría de los cuales proviene de México y de otros países latinoamericanos vía México. El ingreso de latinos o hispanos ha sido constante, con más del 50% del total migratorio general, siempre en promedios anuales: 554.000 inmigrantes hispanos entre 1992 y 1997, para un total general de 1.142.000 por año; 751.000 inmigrantes hispanos entre 1999 y 2000, para un total general de 1.540.000 por año; 576.000 inmigrantes hispanos entre 2002 y 2004, para un total general de 1.160.000 por año. Con estos datos, es posible dimensionar la magnitud de la población sometida a dinámicas de visibilización/invisibilización.

Nicholas P. De Genova ha investigado lo que llama el estatuto teórico de la «ilegalidad» y la consecuente «deportabilidad» del migrante indocumentado. Siguiendo a Michel Foucault, De Genova insiste en la capacidad de las normas legales de producir la condición histórica de los sujetos. De este modo, no investiga el estado supuestamente objetivo de «ilegalidad» de los migrantes latinos en EEUU, sino las formas socialmente activas en que son producidos discursivamente. Estudia, entonces, no tanto una condición como un proceso, no tanto la «ilegalidad» como la «ilegalización» jurídica, cultural y económico-social de los migrantes. Se trata de desfamiliarizar y desnaturalizar categorías para abrir nuevas posibilidades de intervención e investigación. Desde este punto de vista, separar la condición legal del migrante (su «ilegalidad») del resto de las conexiones sociopolíticas y culturales que los constituyen en relación con otros sujetos legales (con macroprocesos económicos y laborales, por ejemplo) es una forma de identificarse innecesariamente con la perspectiva del Estado. Ver y mirar como el Estado.

Revisando la historia de las políticas inmigratorias hacia los latinos en EEUU, De Genova llega a la conclusión de que estas políticas –que incluyen ciclos de regularización, legalización, amnistía y programas como el Bracero durante la Segunda Guerra Mundial– pueden ser descriptas como una serie de complicadas y calculadas intervenciones estatales para regular, administrar y aprovechar el flujo de migrantes. De esta forma, no buscan excluir físicamente al migrante, sino incluirlo diferencialmente bajo una condición específica: su vulnerabilidad y expulsabilidad. Esta condición disciplinada y subordinada de la fuerza laboral migrante tiene, como puede imaginarse, una alta productividad para el Estado y para los sectores económicos estadounidenses que dependen en grados importantes de la disponibilidad de una mano de obra extraordinariamente barata y carente de la mayoría de los derechos que todavía amparan a otros trabajadores en el contexto nacional. El migrante, así constituido, resulta ser el objeto de dos procesos opuestos y complementarios. Es altamente visible o visibilizado en las conceptualizaciones del Estado, las ciencias sociales y la política, mientras que los procesos económico-legales que lo conforman son permanentemente invisibilizados y naturalizados. Esta compleja operación requiere lo que De Genova llama el «espectáculo de la frontera y del inmigrante ‘ilegal’»: el Estado hace visible al inmigrante en su «ilegalidad», a la vez que invisibiliza la productividad de la ley y la complicidad de sus políticas económicas y migratorias. Los migrantes «ilegales» son detenidos casi ritualmente en la frontera, como un espectáculo para el consumo interno del público estadounidense, y son devueltos sin proceso a México, desde donde intentarán, una y otra vez, cruzar nuevamente.

Arlene Dávila (2001) ha estudiado el proceso a través del cual los individuos son transformados en consumidores y las poblaciones, en mercados. Si en el terreno de la política la participación se traduce en poder, entonces los latinos en EEUU continúan siendo las víctimas de su invisibilidad. Su participación demográfica no tiene correlato o equivalencia real en el ámbito del poder político. Si, por otro lado, se considera el mercado como un espacio social en que la participación se traduce en consumo y en reconocimiento público por parte de las empresas comerciales, entonces los latinos han alcanzado grandes cuotas de visibilidad. La tesis de Dávila es que esta relación de visibilidad/invisibilidad se da en detrimento de la verdadera complejidad de las poblaciones latinas de EEUU y que significa un límite a sus formas posibles de participación política. De este modo, los latinos son definidos fundamentalmente desde una perspectiva cultural y no política. Así, son presentados en sus influyentes identidades (representaciones) mediáticas como un pueblo culturalmente homogéneo, definido por una lengua única (el español), una serie de valores tradicionales respecto a la familia y una religión (la católica).

La «verdad» de los latinos es producida por una serie de discursos especializados, desarrollados por múltiples agentes que constituyen una identidad mediada o negociada. La labor que desarrollan las empresas de marketing y publicidad es central a esta producción de conocimiento. Su estrategia consiste en reclamar la figura de la autenticidad y del saber étnico, frente a la necesidad de las grandes compañías estadounidenses de alcanzar a ese sector de sus audiencias o públicos posibles. Una serie de estereotipos racistas y reductores son movilizados para producir un conjunto de «valores» latinos, un look latino y una imagen de lo hispano definida por su falta de aculturación en el ámbito de la sociedad estadounidense y su supuesta necesidad de constante retroalimentación respecto a América Latina. Aunque la situación ha mejorado, existe aún una visión dominante que, de esta forma, reduce a los latinos a una minoría permanentemente extranjera. Esto, a su vez, se corresponde con los prejuicios de la mayoría blanca, que logra así invisibilizar a millones de latinos o chicanos bilingües o monolingües en inglés o en lenguas indígenas, muchos de ellos nacidos en EEUU y descendientes de varias generaciones que habitan los territorios neocolonizados del sudoeste del país. Esa imagen de una nación latina homogénea, permanentemente extranjera y en proceso de aculturación indefinida sirve bien a los intereses de quienes pretenden neutralizar el factor latino y su posible emergencia como actor político, para continuar imaginándose una nación blanca y protestante con minorías étnicas (afroamericanas, asiáticas, latinas, etc.) que, en el mejor de los casos, deben ser reconocidas culturalmente en sus fiestas y celebraciones, en sus comidas y en sus músicas, pero no en su agencia y sus demandas políticas.Finalmente, Saskia Sassen ha propuesto estudiar las ciudades en tiempos de globalización neoliberal como espacios donde se insinuaría la emergencia de nuevos sujetos y de nuevos lugares de lo político. Las «ciudades globales», en tanto son resultado de procesos de desnacionalización parcial, serían un ejemplo particularmente poderoso y plantearían la posibilidad de una reinvención de la ciudadanía en la era global. Con el paso del Estado de bienestar al Estado competitivo, con las migraciones masivas y las altas tasas de desempleo (que desconectan a los jóvenes de lo laboral y del Estado) y el ascenso del mercado a la categoría de mecanismo regulador de lo social, la ciudadanía como institución podría estar cambiando de manera radical. Según Sassen, la ciudadanía, fuertemente asociada al Estado-nación, se halla tensada por la oposición entre su dimensión de estatus legal y su condición de proyecto normativo o ideal. En el espacio abierto por esta oposición se situarían, por un lado, las esperanzas frustradas de aquellas minorías (étnicas, religiosas, sexuales) para las que el estatuto formal de ciudadano no alcanza a garantizar la agencia política efectiva; y por otro, aquellas prácticas de sujetos formalmente no reconocidos como ciudadanos (los inmigrantes indocumentados) que, sin embargo, han logrado establecer un «contrato social informal» con sus sociedades de destino.

Así, los inmigrantes indocumentados, a través de sus prácticas cotidianas de trabajo, escolarización, religiosas y culturales estarían, de hecho, sentando las bases de sus reclamos de ciudadanía. En tanto residentes de la ciudad globalizada, estos ciudadanos informales estarían expandiendo los sentidos de la ciudadanía en un momento de transformación de lo nacional. Esta ciudad en proceso de desnacionalización por el efecto combinado de las migraciones masivas, la emergencia del mercado global y las empresas transnacionales sería parte de una nueva geografía de lo político. En ella, los pobres, los desplazados y los migrantes se mueven en el mismo espacio que los poderosos e hiperconectados al contexto global de negocios, a quienes sirven en sus restaurantes, baños, taxis, hoteles y casas. De acuerdo con Sassen, estos migrantes adquieren así una nueva visibilidad, una presencia que aunque no va directamente conectada a un incremento de su poder real puede ser conceptualizada como la posibilidad de una nueva forma de política.

Cuando se trata de los latinos en EEUU hay pues visibilidad, invisibilización y nuevas formas de visibilidad socialmente construidas. Quiero ahora usar esos ejes para acercarme, brevemente, al texto de Martínez, en el contexto de mis dos hipótesis sobre la heterogeneidad constitutiva de la literatura latina en EEUU.

Crossing Over. Heterogeneidad y literatura nacional

Crossing Over. A Mexican Family on the Migrant Trail, de Rubén Martínez, fue publicado en 2001. El texto es el resultado de más de dos años de investigación en terreno con la familia extendida de Benjamín, Jaime y Salvador Chávez. Estos tres inmigrantes mexicanos de Cherán murieron junto con otros cinco trabajadores en un accidente automovilístico en Temecula, al sur de California, durante una persecución de la policía de migraciones estadounidense. Martínez comienza su viaje en el lugar del accidente y desde allí sigue los pasos anteriores de las víctimas hasta su pueblo natal y luego, los de sus familiares. El periplo los llevará desde Cherán a California (a Watsonville y Santa Cruz, donde escribo estas páginas), Wisconsin, Missouri y Arkansas e involucrará, a través de los demás miembros de la familia Chávez, a por los menos otras tres familias de migrantes. De acuerdo con Martínez, Cherán (en el estado de Michoacán) es un pueblo de 30.000 personas (muchas de ellas de origen indígena purépecha), 10.000 de las cuales viajan a EEUU cada primavera, para retornar unos meses después con sus ahorros y sus historias del cruce y la vida al otro lado. Más de tres millones de michoacanos viven y trabajan actualmente en EEUU (Martínez, p. 31). El contexto de esta historia es, entonces, el de una extendida red de intercambios y desplazamientos geográficos y culturales y una amplia población de migrantes que residen permanente o frecuentemente en EEUU. Es, también, el de la dialéctica visibilidad/invisibilidad de la que nos hablaban De Genova, Dávila y Sassen. La figura retórica que preside el texto de Martínez es la de los flujos, de gran circulación en la literatura cultural sobre globalización, al menos desde el libro de Arjun Appadurai. El principal es, por supuesto, el flujo de migrantes hacia y desde EEUU. Repitiendo un patrón ampliamente extendido en varios estados mexicanos (además de Michoacán, cabe nombrar Zacatecas, Oaxaca, Veracruz, Puebla, etc.) los michoacanos en general, y los habitantes de Zamora y Cherán en particular, han establecido un circuito migratorio que está cambiando fuertemente el perfil de las comunidades de origen y también el de las que los reciben. Esto es especialmente notorio en el caso de los estados norteamericanos que en los últimos años han experimentado un mayor crecimiento de inmigrantes latinos y para los cuales éstos son relativamente nuevos: Carolina del Norte, Arkansas, Colorado y Georgia, por ejemplo.

De este modo, todos en Zamora y todo el mundo en Michoacán, dicho sea de paso, están arrancando –o volviendo después de haber arrancado. El movimiento es circular: uno enfrenta el futuro emigrando, paga luego tributo al pasado retornando a casa para visitar y gastar los dólares que tanto sudor han costado. (Martínez, p. 25.)O en las palabras del cura local de Cherán, que aluden a la compleja estructura globalizada de estos circuitos:

Todas las partes involucradas comparten la responsabilidad por estas muertes. (...) Es como una cadena. Los coyotes ganan plata a costa de los migrantes que cruzan, y lo mismo hacen los agricultores en EEUU, y por supuesto, también las familias y el gobierno mexicano. Es una cadena. No podemos decir que empieza en Cherán o en EEUU. Está en todas partes al mismo tiempo. (p. 43.)

Las familias Chávez, Enríquez, Tapia y Cortés, a quienes Martínez sigue en Crossing Over, se moverán así entre las dos coordenadas fijadas por el texto: un momento de máxima stasis, marcado por la muerte de los hermanos Chávez, y un momento de máxima movilización, marcado por los viajes mismos dentro de México y entre este país y EEUU. En este proceso, los migrantes y el libro de Martínez desarrollarán en la práctica y en lo textual, implícita y explícitamente, un fuerte trabajo sobre los imaginarios discursivos que han presidido la formación de esas naciones. Entre las muchas manifestaciones de esta labor metadiscursiva en Crossing Over, elijo ahora una. Me refiero a la complejidad de lo que podríamos llamar el «sueño de vida» de los migrantes:

El futuro es una educación estadounidense para su hija, Yeni, un buen departamento en Saint Louis o tal vez en Chicago, un nuevo auto y algo de tierra aquí en Cherán. Prácticamente todo el mundo sueña este sueño en Cherán –un pedazo de terreno aquí sobre el cual se pueda construir una casa de dos pisos con agua potable caliente y fría, una cocina y un gran disco de televisión satelital en el techo. (p. 66.)

Como la casa ideal, este sueño consta de dos pisos, o dos territorios, y en el contexto de la globalización neoliberal de las economías estadounidense y mexicana, se ha vuelto realizable solo, si acaso, en la alternancia entre los dos territorios, puesto que ninguno de los dos por separado puede satisfacer la verdadera complejidad del sueño. El sueño, para decirlo rápido, es poder vivir allá como si estuvieran acá y acá como si estuvieran allá. La complejidad deriva de que, en estas vidas nómades, «acá» y «allá» no pueden sino ser términos relacionales, que se definen por su contraste mutuo y existencia simultánea: «Es curioso lo que ocurre: te vas de casa precisamente porque tienes que regresar. O regresas porque te tienes que marchar. Algo así.» (p. 128.)Cuando llega la época de las fiestas y el fin de la temporada de cosecha en EEUU, los migrantes empacan el paisaje material de sus ciudades –cajas llenas de aparatos de video y radios gigantes, las siempre populares licuadoras y otros electrodomésticos y ropas y juegos de computadora– y se los llevan a casa a pueblos en Jalisco o Zacatecas, a San Salvador o Managua. Pero ésa es solo la mitad de la transacción. Después de las fiestas o el Año Nuevo, los migrantes se traen [de sus pueblos de origen] otro tipo de mercancías, las que residen en la cabeza y en el corazón, llenas de lenguaje, mitos y rituales. (…) Se me ocurre que ya no podemos usar el término patria [homeland] de la forma en que lo hacíamos. La patria ya no existe. (p. 140.)

El texto de Martínez, por su parte, reproduce discursivamente esta alternancia entre escribir desde dentro del sueño (norte)americano y sus imágenes y comprender desde fuera sus límites ideológicos, entre hablar el lenguaje que su público anglo y blanco podrá reconocer y entender y expandir, o explotar críticamente, ese vocabulario limitado de lo social. Así, por ejemplo, la asimilación étnica perfecta o el destino individual realizado que todo lector multiculturalista imaginaría como la culminación ideal de esta odisea migrante son invocados y, simultáneamente, neutralizados por la realidad de sus límites y especificidades culturales:

[Los Enríquez] Se compraron una casa en Norwalk [Wisconsin]. Tienen propiedades en Cherán. Tienen sus autos. Hoy en día, toda la familia es legal y viajan para un lado y para el otro de la frontera con facilidad. Y, sin embargo, sería erróneo llamar a los Enríquez clase media en el sentido norteamericano de la expresión. Primero que nada, la clase media norteamericana nunca los consideraría entre sus pares. Luego el éxito relativo de la familia es el resultado de una economía colectiva. ¿Qué familia blanca de clase media, incluyendo a los padres y los hijos adultos, trabaja conjuntamente en una planta procesadora de carne, vive en la misma casa, junta su dinero y le permite exclusivamente al padre el tomar las decisiones financieras importantes? Los Enríquez han moldeado el sueño [norte]americano de acuerdo a sus principios purépechas. (p. 114.)

A veces, Crossing Over queda atrapado en el marco de aquellos límites ideológicos y culturales, como cuando insiste, unilateralmente y contradiciendo la complejidad que el libro pone de relieve, en que EEUU es el futuro y Cherán el pasado. Más frecuentemente, sin embargo, el texto despliega brillantemente el arte de estar entre medio (De Certeau), reterritorializando dos formas dominantes de territorializar lo nacional. De este modo, Crossing Over utiliza discursivamente la mirada bifronte que caracteriza la experiencia migrante.

Pasamos el famoso Arco de Acceso [Gateway Arch], un monumento a la expansión norteamericana al oeste del [río] Mississippi. Pero esta noche vamos hacia el este y no estoy con un grupo de pioneros norteamericanos sino mexicanos. Para los mexicanos hoy, la Tierra Prometida se halla hacia el Atlántico. Empujados por la fiebre antiinmigrante y un mercado laboral saturado en el Oeste y atraídos por la escasez de mano de obra en las áreas agrícolas y de servicios a lo largo del Medio Oeste y el Sur [de EEUU], los migrantes han llegado al corazón de la patria [heartland]. (p. 186.)

La cita manifiesta con claridad la operación discursiva permanente del texto de Martínez y de la mejor literatura latina. Se despliega la imagen tradicional, y fundamental para la autocomprensión estadounidense, de los pioneros blancos en su expansión de la llamada «frontera civilizatoria» hacia el Oeste, y luego se la interviene con el cambio de actores que coloca a los mexicanos en un flujo migratorio inverso. Se le dan al lector anglo los elementos retóricos que podrá reconocer y luego se usan esos tropos para intervenirlos con un nuevo contenido y unos nuevos actores. Esta literatura latina en EEUU se mueve entre la familiaridad que permite la decodificación y comprensión y la desfamiliarización de los supuestos ideológicos y culturales que, de otro modo, impondrían rápidamente la asimilación de lo étnico. De esta forma, dicha literatura usa su heterogeneidad constitutiva como un recurso deconstructor de la homogeneidad y las certezas de los imaginarios sociales que pone en contacto.

Conclusiones

La literatura latina es, frecuentemente, parte de una estructura que distribuye desigualmente los roles: los lectores implícitos o modelo incorporados al texto y los lectores reales y efectivos son, a menudo, estadounidenses blancos y monolingües con grados relativos de conciencia multicultural igualmente monolingüe; por su parte, los migrantes son los sujetos de la pasión y los objetos de un espectro de reacciones que van de la exotización o tropicalización a la compasión blanca. Por ello, la apuesta de Rubén Martínez es dinamizar un multiculturalismo estático o apropiador que se ha convertido en una de las raíces de cierta literatura latina dominante en los años 90, para volverlo una experiencia intercultural en que los sistemas sígnicos respectivos entren en conflicto y negociación (aunque ello ocurra en Crossing Over mucho más en el nivel del enunciado o lo dicho que en el de la enunciación o el decir, o sea aunque éste sea un texto mucho más bicultural que bilingüe). De este modo, aunque al comienzo de su texto aluda a la pasión de Cristo en el contexto de las muertes de los tres hermanos migrantes, su esfuerzo es entenderlos desde adentro, desde sus propias visiones del mundo y proyectos de vida, es decir, recuperando tanto su carácter de agentes históricos como las energías que los mueven en la vida cotidiana, en un contexto de desestructuración económica y marginalización en dos sociedades nacionales.

Este foco en la desterritorialización radical como proceso y en la interrelación como roce sígnico en las zonas de contacto anuncia en Martínez la posibilidad de una literatura latina que sea capaz de intervenir en la estructura representacional heterógena que produce la dialéctica de la visibilización/invisibilización de los latinos y que los constituye mucho más en objetos del comercio de las representaciones de la otredad en el mercado de lo multicultural que en sujetos capaces de movilizar sus propios recursos culturales. Finalmente, el texto de Martínez encarna también la posibilidad de literaturas nacionales en tiempos de globalización, cuya tarea cultural central sea no tanto la construcción de certezas identitarias que produzcan un restringido orden interpelativo y constituyente de la ciudadanía nacional, cuanto su cuestionamiento permanente y su expansión potencial en un mundo desordenado, donde el contacto internacional e intercultural entre diferentes es crucial para la construcción de nuevas formas de igualdad dentro y fuera de la nación.

Bibliografía

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