Tema central

Literatura, heterogeneidad y migrancia transnacional

A partir una lectura de Crossing Over. A Mexican Family on the Migrant Trail, de Rubén Martínez, se proponen aquí dos hipótesis sobre la literatura latina en Estados Unidos. La primera es que textos como Crossing Over obligan a la literatura estadounidense (y a la literatura latinoamericana) a enfrentar su carácter de formación literaria heterogénea y, por lo tanto, a aceptar la inevitabilidad de la traducción cultural y lingüística. La segunda hipótesis sostiene que este tipo de relatos da cuenta de una transformación posible del sentido de lo nacional literario y de sus formas de territorialización del espacio social y cultural nacional, a la vez que evidencian una renovación de su potencial crítico.

Literatura, heterogeneidad y migrancia transnacional

Los latinos –definidos aquí como el conjunto de poblaciones de origen latinoamericano (incluidos los pueblos amerindios) que residen en Estados Unidos como resultado de procesos históricos neocoloniales (México y Puerto Rico) o migratorios– han sido recientemente el tema de numerosos titulares relacionados con su acceso al carácter de minoría étnica más numerosa del país. Con cerca de 300 millones de personas, EEUU alberga a más de 41 millones de latinos, el 14% de la población. Los latinos han desplazado a los afroamericanos de ese sitial, lo que ha complicado la autocomprensión histórica de una nación que siempre se ha visto a sí misma organizada centralmente por el eje racial blanco/negro. A este eje, se suponía, se incorporaban las demás minorías étnicas resultantes de las grandes migraciones europeas del siglo XIX y del primer tercio del XX. Los mexicanos del sudoeste del actual territorio estadounidense y los puertorriqueños, por supuesto, no calzaron nunca en esta historia y fueron siempre un agente de complicación de ese esquema binario. A estos «latinos históricos» se unen ahora los masivos contingentes de inmigrantes latinos del último cuarto del siglo XX y lo que va del XXI, que continúan siendo mayoritariamente mexicanos, pero que incluyen también a millones de caribeños, centro- y sudamericanos. Su acumulación combinada, en un momento histórico de alto desarrollo y aceleración de las comunicaciones y los medios de transporte, ha producido una mezcla ansiosa de reacciones que van desde la preocupación hasta la xenofobia, del multiculturalismo a la queja nacionalista.

En efecto, la globalización económica, social y cultural del país ha sido experimentada en el ámbito de la esfera pública estadounidense de manera algo esquizofrénica, separando e integrando simultáneamente el discurso sobre el capital y aquel que se refiere a las poblaciones. El resultado es que se mantiene un marco de evaluación nacional para la comprensión de procesos que podríamos llamar posnacionales o transnacionales. Las minorías elitarias estadounidenses, que constituyen el corazón de las elites internacionales que lideran los procesos de globalización financiera y comunicacional, han sido hasta aquí percibidas simplemente como elites intranacionales. Las ingentes olas migratorias, por su parte, han sido vistas como masas de inmigrantes embarcadas en el largo proceso de asimilación a la nación. Así, el proceso de multiculturalización de la sociedad estadounidense –que es, sin duda, una de las formas en que se manifiesta en EEUU el impacto globalizador– ha sido entendido fundamentalmente como un desarrollo autónomo e interno de los discursos constitutivos de la nación: en el ámbito individual, los derechos de los ciudadanos, y en el ámbito colectivo, los derechos de las minorías producidas por las diferentes olas inmigratorias. Solo cuando se aplica una mirada posnacional se comprende que esas dos formas de minorías (elites de negocios e inmigrantes) son el resultado directo del impacto económico y social de los procesos de transformación y movilidad del capital y las poblaciones mundiales que llamamos globalización. Es decir, el paradigma de la modernización nacional con que se explicó la incorporación de las olas inmigratorias previas de origen europeo (judíos, italianos, irlandeses, etc.) resulta inadecuado, no solo para dar cuenta de la presencia neocolonizada de mexicanos, chicanos y puertorriqueños, sino también para comprender los nuevos flujos de la globalización.

Dos hipótesis

En este contexto general, y en el más específico de dos hipótesis sobre la literatura latina en EEUU, quisiera proponer aquí una lectura del texto Crossing Over. A Mexican Family on the Migrant Trail, de Rubén Martínez. Mi primera hipótesis es que la literatura latina representada por textos como éste obliga potencialmente a la literatura nacional estadounidense (pero también a la literatura latinoamericana) a enfrentar, en tiempos de globalización cultural y de la cultura de la globalización, su carácter de formación literaria heterogénea y, por lo tanto, a aceptar la inevitabilidad de la traducción cultural y lingüística como uno de sus elementos constitutivos. Esta heterogeneidad constitutiva ingresa en la literatura nacional estadounidense en tanto ésta se esfuerza por asimilar, por la vía de su incorporación a la tradición literaria nacional, una literatura como la latina que, escrita en al menos dos lenguas y desde dos imaginarios culturales, resiste activamente los términos de tal asimilación.

Antonio Cornejo Polar –quien refinó sus ideas sobre el indigenismo y la heterogeneidad de la formación cultural peruana en su estancia en la Universidad de California en Berkeley– distinguió cuatro aspectos relevantes dentro del proceso literario: la producción del texto, el texto mismo, su referente y el sistema de distribución y consumo. Cornejo Polar usó esa distinción tanto para postular una división entre literaturas homogéneas y heterogéneas, como para comprender mejor el lugar del indigenismo, sus limitaciones y, sobre todo, sus posibilidades críticas en la literatura nacional peruana. Homogénea es aquella literatura en la que ocurre «la movilización de todas las instancias del proceso literario dentro de un mismo orden sociocultural». La heterogénea, en cambio, está caracterizada por «la duplicidad o pluralidad de los signos socioculturales de su proceso productivo: se trata, en síntesis, de un proceso que tiene por lo menos un elemento que no coincide con la filiación de los otros y crea, necesariamente, una zona de ambigüedad y conflicto» (Cornejo Polar, pp. 72-73). El modelo de Cornejo Polar fue el de las crónicas de Indias, donde el referente no coincide con el resto de los elementos del proceso: Escritas acerca de las Indias, las crónicas se realizan, sin embargo, cuando logran cautivar al lector metropolitano. (...) el cronista siente una doble solicitación: tiene que serle fiel [al referente indiano], representándolo en términos de «verdad», pero, al mismo tiempo, tiene que someterlo a una interpretación que lo haga inteligible para una óptica extraña, comenzando por la del propio cronista tan frecuentemente desconcertado. (Cornejo Polar, p. 75.)