Tribuna global

Las mutaciones de la resistencia obrera en China

Poca gente en Occidente ha caído en la cuenta de la dramática situación que se vive en lo que el autor de este artículo llama el «epicentro mundial de los conflictos laborales». Las reformas de mercado aplicadas desde fines de los años 70 en China han generado un complejo mundo de capitalismo salvaje y diversos tipos de resistencias dentro de las fábricas. Pero esas resistencias obreras se han visto dificultadas por la inexistencia de sindicatos independientes, la represión estatal y el carácter migrante de la fuerza de trabajo. Aunque a veces heroicas, las luchas de los trabajadores suelen restringirse al pago de los salarios o a conseguir algunos aumentos. Sin embargo, muchas cosas están cambiando...

Las mutaciones de la resistencia obrera en China

En el imaginario político del neoliberalismo, la clase obrera china tiene dos caras muy distintas. Por un lado, se ve en ella a la gran ganadora en la arena competitiva de la globalización capitalista, el gigante cuyo auge irresistible sanciona la derrota de las clases trabajadoras de los países ricos. ¿Qué éxito pueden tener en sus luchas los obreros de Detroit o de Rennes cuando un migrante de la provincia de Sichuan es capaz de hacer el mismo trabajo por una remuneración muy inferior? Por otro lado, se describe a los trabajadores chinos como pobres víctimas de la globalización y la mala conciencia de los consumidores del Primer Mundo. Pasivos y sobreexplotados, padecen estoicamente su condición para producir nuestros iPhones y nuestras toallas. Y nosotros seríamos los únicos que podemos salvarlos absorbiendo su caudal de exportaciones u organizando campañas humanitarias para que sean mejor tratados por «nuestras» multinacionales.

En algunos sectores de la izquierda del Norte, estas representaciones contradictorias llevan a la conclusión de que cualquier forma de resistencia obrera en las sociedades desarrolladas sería fútil y estaría destinada al basurero de la historia. Además, la protesta laboral sería allí un fenómeno perverso y decadente. ¿Con qué derecho los mimados trabajadores del Norte, con sus «problemas del Primer Mundo», pueden exigir mejoras materiales a un sistema que ya provee en abundancia a sus necesidades a costa de los condenados de la tierra? Y en todo caso, no hay cómo resistir a una amenaza competitiva tan formidable.

Esta representación de los trabajadores chinos como un «Otro» hostil y amenazador o, por el contrario, como una víctima digna de compasión, distorsiona por completo la imagen de la realidad laboral de la China actual. Lejos de ser los grandes triunfadores de la globalización, los trabajadores chinos se enfrentan a las mismas condiciones de brutal presión competitiva que sus homólogos occidentales, a menudo de la mano de los mismos capitalistas. Más importante aún: lo que los diferencia de nosotros no es su estoicismo.Hoy, la clase obrera china está en pie de lucha. Después de 30 años de liberalización económica promovida por el Partido Comunista (PCCh), China es innegablemente el epicentro mundial de los conflictos laborales. Si bien no existen estadísticas oficiales, lo cierto es que cada año tienen lugar miles (si no decenas de miles) de huelgas, todas ilegales por la simple razón de que el derecho a huelga no existe en el país. Un día cualquiera, se producen entre diez y varias decenas de conflictos laborales. Y lo más relevante es que los trabajadores suelen salir victoriosos, ya que muchos huelguistas consiguen por medio de estas luchas importantes aumentos de salario que superan ampliamente lo estipulado por ley. La resistencia obrera es un serio problema para el Estado y el capital en China y, al igual que en Estados Unidos en la década de 1930, el gobierno central se ha visto obligado a promulgar una serie de leyes laborales para enfrentar la situación. En varias ciudades, el salario mínimo ha aumentado en más de 10% y muchos trabajadores se benefician por primera vez de un mínimo de protección social.

Desde la década de 1990, los conflictos laborales están en auge, y los últimos dos años marcan un progreso cualitativo en el carácter de las luchas obreras. ¿Qué enseñanzas puede aportar la experiencia de los trabajadores chinos a la izquierda del Norte? Para saberlo, hay que analizar las condiciones específicas a las que se enfrentan esos trabajadores, las que podemos considerar hoy en día con una mezcla paradójica de gran optimismo y no menos pesimismo.

Durante las últimas dos décadas de protesta, se ha podido observar la emergencia de un repertorio relativamente coherente de tácticas de resistencia. Toda vez que se presenta un nuevo reclamo, la primera reacción de los trabajadores suele ser la de acudir a los directivos. Casi siempre, estos pedidos son ignorados, sobre todo cuando se trata de reivindicar mejoras salariales. Por el contrario, las huelgas sí dan resultado. Pero su organización nunca está a cargo de los sindicatos oficiales, que están formalmente subordinados al PCCh y, en general, sujetos al control de los directivos de la empresa. En China, las huelgas son organizadas de forma autónoma y, con frecuencia, en oposición directa al sindicato oficial, que fomenta la canalización de los reclamos por las vías institucionales.

Lo que busca el sistema legal, que incluye tanto formas directas de mediación y de arbitraje en los recintos laborales como el recurso a los tribunales, es individualizar el conflicto. Este fenómeno se combina con la complicidad entre Estado y capital para impedir que los reclamos de los trabajadores puedan resolverse por vías legales. Lo que le importa ante todo al sistema es evitar las huelgas. Hasta el año 2010, la causa más habitual de estas era el incumplimiento en el pago de los salarios. En estos casos, el reclamo era claro: páguennos lo que nos corresponde. Era poco frecuente que se reclamaran aumentos más allá del mínimo legal. Dado que estos incumplimientos en los pagos eran y todavía son un problema endémico, el terreno ha sido fértil para este tipo de luchas defensivas. En general, las huelgas comienzan con trabajadores que dejan sus herramientas y permanecen dentro de los talleres, o al menos en el perímetro ocupado por la fábrica. Curiosamente, las empresas chinas recurren muy poco a esquiroles (rompehuelgas), razón por la cual el uso de piquetes es poco frecuente.

A veces, cuando los directivos se resisten a satisfacer los reclamos, los trabajadores intensifican la protesta y salen a las calles. Se trata así de interpelar a las autoridades estatales: cuando la agitación afecta el orden público, el gobierno ya no puede ignorar el conflicto. Los huelguistas pueden elegir marchar hasta las oficinas del gobierno local o, simplemente, bloquear una carretera. Este tipo de tácticas conlleva un riesgo: a veces, el gobierno respalda a los trabajadores, pero con igual frecuencia recurre al uso de la fuerza. Aun cuando se alcance un acuerdo, los organizadores de manifestaciones públicas pueden terminar arrestados, golpeados y encarcelados.

Más riesgoso aún para los trabajadores, y no por eso menos usual, es involucrarse en sabotajes, ocasionar daños materiales, generar disturbios, matar a los patrones o enfrentarse físicamente con la policía. Estas tácticas violentas parecen prevalecer en respuesta a los despidos masivos o las quiebras. Se registró una serie de confrontaciones de particular intensidad entre fines de 2008 y principios de 2009 tras los despidos masivos en el sector exportador debido a la crisis económica en Occidente. Como lo explicaré más adelante, parecería que los trabajadores han empezado a desarrollar una conciencia antagónica en relación con la policía. Sin embargo, el elemento menos espectacular de este repertorio de protestas constituye también el telón de fondo de todas las demás prácticas: los migrantes se rehúsan cada vez más a aceptar los empleos precarios que solían atraerlos masivamente en las zonas industriales volcadas a la exportación del sudeste del país.

Las primeras señales de escasez de mano de obra se presentaron en 2004; en una nación que todavía cuenta con más de 700 millones de residentes en áreas rurales, esto fue en general percibido como un fenómeno pasajero. Sin embargo, ocho años después, ya no se puede negar la evidencia de que se trata de una evolución estructural. Existe entre los economistas un intenso debate acerca de las causas de la escasez de mano de obra. No me voy a adentrar aquí en esta discusión; basta con mencionar que para muchas industrias del litoral, en provincias como Cantón, Zhejiang o Jiangsu, se vuelve cada vez más difícil atraer y retener a los trabajadores. Cualesquiera sean las razones específicas de esta escasez, el hecho más significativo es que ha impulsado el alza de los salarios y fortalecido el poder de negociación de los obreros en el mercado laboral –una ventaja que estos han sabido aprovechar–.

A mediados de 2010, se produjo un punto de inflexión marcado por una formidable ola de huelgas que se originó en una planta de fabricación de transmisiones de Honda, en Nanhai. Desde entonces, muchos analistas concuerdan en observar un cambio notable en la naturaleza de la resistencia obrera. Más importante aún, los reclamos de los trabajadores tienen ahora un carácter ofensivo. Los obreros exigen aumentos superiores a los mínimos legales y, en muchas huelgas, han comenzado a reclamar el derecho de elegir a sus propios representantes sindicales. No se trata de reivindicar la formación de sindicatos independientes no adscritos a la central oficial, la Federación Nacional de Sindicatos de China (FNS), ya que eso provocaría sin lugar a duda una violenta represión por parte del Estado. Pero la exigencia de poder elegir a sus propios delegados es un inicio de politización de la protesta, aun cuando solo se manifiesta en el ámbito de la empresa.

La ola de huelgas empezó en Nanhai, donde durante semanas los trabajadores habían expresado su hartazgo por el bajo nivel de las remuneraciones y debatido la idea de parar la producción. Nadie hubiera podido imaginarse que el 17 de mayo de 2010 un solo empleado (al que muchos informes identifican con el seudónimo Tan Zhiqing) convocaría a la huelga por iniciativa propia, con tan solo presionar el interruptor de emergencia y detener así las dos líneas de producción de la planta. Los obreros salieron de la fábrica. En la tarde, la dirección les rogó que volvieran a sus tareas e iniciaran negociaciones. De hecho, la producción se reanudó ese mismo día. Sin embargo, los trabajadores ya habían formulado su primer reclamo: un aumento de 800 renminbi al mes (el equivalente a unos 128 dólares) o sea, 50% más que el sueldo de un obrero no calificado.

Siguieron nuevas reivindicaciones: la «reorganización» del sindicato oficial de la empresa, que se había prácticamente rehusado a apoyar a los obreros en su lucha, y la reincorporación de dos trabajadores despedidos. Durante el transcurso de las conversaciones, los obreros abandonaron nuevamente sus puestos y, una semana después del inicio de la huelga, todas las plantas de ensamblaje de Honda en China estaban cerradas por falta de piezas. Mientras tanto, las noticias acerca de la huelga de Nanhai comenzaron a provocar un estado de agitación en las industrias de todo el país. La situación se reflejaba en los titulares de los periódicos chinos: «Una ola de huelgas cada vez más poderosa afecta también la fábrica Honda Lock»; «70.000 participantes en la ola de huelgas de Dalian que afecta a 73 empresas; consiguen aumentos salariales de 34,5%»; «La ola de huelgas por los salarios en Honda es un golpe para el modelo de producción de bajo costo». En cada huelga, la reivindicación central era un aumento sustancial de salario. Sin embargo, se escucharon también muchos reclamos de reorganización sindical, lo que constituye un desarrollo político de mayor importancia.

Una de las huelgas inspiradas por el conflicto de Nanhai fue notable por su nivel de combatividad y de organización. El fin de semana del 19 y 20 de junio de 2010, cerca de 200 trabajadores de Denso (planta autopartista japonesa proveedora de Toyota) convocaron a una reunión secreta para discutir sus planes, en la que decidieron adoptar la estrategia de los «tres no»: durante tres días, no trabajarían, no presentarían reclamos y no nombrarían delegados para negociar. Sabían que la interrupción de la cadena de suministros obligaría a la vecina planta de ensamblaje de Toyota a cerrar en cuestión de días. El compromiso de mantener la huelga durante tres días sin ningún reclamo tenía como objetivo provocar una acumulación de pérdidas tanto para Denso como para la cadena de producción de Toyota, de mayor tamaño. Y el plan funcionó. El lunes por la mañana, los obreros de Denso abandonaron sus talleres y bloquearon la salida de los camiones. En la tarde, otras seis fábricas de la misma zona industrial ya estaban cerradas y, al día siguiente, la falta de piezas obligó a cerrar la planta de ensamblaje de Toyota. El tercer día, conforme a sus planes, los trabajadores eligieron a 27 representantes y entablaron negociaciones en torno de su pedido central: un aumento salarial de 800 renminbi. Luego de tres días de conversaciones que involucraron al director ejecutivo de Denso, lograron la satisfacción integral de su reclamo.

Mientras que el verano de 2010 estuvo marcado por una ola de protestas radicales pero relativamente ordenadas contra el capital, el año 2011 dio lugar a dos sublevaciones masivas contra el Estado. En junio, en las mismas fechas del año precedente, enormes motines obreros sacudieron las zonas industriales de la periferia de Chaozhou y de Guangzhou (Cantón). En ambos casos, hubo una ola de destrucción de bienes y edificios que atrajeron particularmente la ira de los manifestantes. En la ciudad de Guxiang, cerca de Chaozhou, un obrero de la provincia de Sichuan que reclamaba pagos atrasados fue brutalmente atacado por sicarios armados con cuchillos y liderados por su antiguo patrón. En respuesta a esta agresión, miles de trabajadores migrantes empezaron a marchar hacia las oficinas del gobierno local. Muchos de ellos habían padecido años de discriminación y explotación a manos de sus empleadores, que actuaban con la complicidad de las autoridades.

Aparentemente, los iniciadores de la protesta pertenecían a una «asociación de trabajadores oriundos de Sichuan», una de estas organizaciones semiformales y a menudo con connotaciones mafiosas que proliferan en China en ausencia de un marco asociativo legal. Una vez rodeadas las dependencias gubernamentales, los manifestantes dirigieron su ira hacia los residentes locales, culpables, según ellos, de haber discriminado a los migrantes. Tras el incendio de decenas de automóviles y el saqueo de varios negocios, unidades de policías armados debieron intervenir para aplastar el motín y disolver las patrullas de autodefensa organizadas por los habitantes.

Tan solo una semana más tarde, un levantamiento todavía más espectacular tuvo lugar en las afueras de Guangzhou, en Zengcheng. Una vendedora ambulante oriunda de Sichuan fue interpelada por unos policías que la arrojaron brutalmente al suelo. La mujer estaba embarazada y, de inmediato, el rumor de que había sufrido un aborto espontáneo como consecuencia del altercado comenzó a circular entre los obreros de las fábricas locales; la verdad de los hechos pronto perdió relevancia. Enfurecidos por este nuevo caso de agresión policial, grupos de trabajadores indignados asolaron la ciudad durante varios días; incendiaron una comisaría, se enfrentaron con la policía antimotines y bloquearon una autopista. Se dice que otros migrantes de Sichuan llegaron en masa a Zengcheng desde varios lugares de la provincia de Guangdong para unirse a los rebeldes. Finalmente, el Ejército Popular de Liberación intervino para reprimir la sublevación, incluso disparando contra los manifestantes. Pese a los desmentidos del gobierno, es probable que haya habido varios muertos entre ellos.

Es así como, en pocos años, la resistencia obrera pasó de la defensiva a la ofensiva. Varios incidentes aparentemente insignificantes desataron sublevaciones masivas, síntomas de una frustración generalizada. En cuanto a la persistente escasez de mano de obra en las zonas costeras, esta señala cambios estructurales más profundos que contribuyeron también a modificar la dinámica de los conflictos laborales. Todo esto representa un verdadero desafío para el modelo de desarrollo exportador basado en la represión salarial que ha caracterizado la economía política de las regiones costeras sudorientales durante más de dos décadas. Tras la ola de huelgas de 2010, los comentaristas de los medios chinos ya proclamaban el final de la era del trabajo a bajo costo.

Ahora bien, si estas conquistas obreras en términos de bienestar material son alentadoras, el profundo estado de despolitización que las acompaña obliga a relativizar ese optimismo. Cualquier intento de articular reivindicaciones políticas explícitas por parte de los trabajadores resulta de inmediato aplastado por la derecha y por sus aliados en el aparato estatal; basta para esto evocar la «Madre de todos los Desórdenes»: ¿de veras desean volver al caos de la Revolución Cultural?

Mientras en Occidente los neoliberales proclaman que «no hay alternativa», en China la ideología oficial presenta dos alternativas: por un lado, una tecnocracia capitalista eficiente y sin fricciones (cuyo ideal fantasmático es Singapur); por otro lado, un estado de violencia política absoluta, salvaje y profundamente irracional. Como resultado, los trabajadores aceptan con docilidad la segregación impuesta por el Estado entre luchas políticas y económicas, y presentan todos su reclamos como demandas económicas respetuosas del sistema legal y de la sofocante ideología de la «armonía». Cualquier desvío de este modelo incitaría una severa represión por parte del Estado. Quizás los trabajadores logren un aumento de salario en una fábrica, el seguro social en otra. Pero este tipo de insurgencia dispersa, efímera y desubjetivizada no logra cristalizar formas duraderas de organización contrahegemónica capaces de presionar al Estado o el capital desde una perspectiva de clase global.

Como consecuencia, cuando el gobierno interviene a favor de los obreros –respaldando sus reclamos inmediatos en las negociaciones vinculadas a las huelgas o promulgando leyes que mejoran su condición material–, se fortalece su imagen de «Leviatán benévolo». La acción del Estado no responde a los reclamos de los trabajadores, sino que expresa su preocupación por el bienestar de los «grupos débiles y desfavorecidos» (como se los llama en el léxico oficial). Sin embargo, esta idea de que los obreros son seres «débiles» solo se puede mantener por medio de una operación simbólica de desconexión ideológica de las causas y de sus efectos. En vista del relativo éxito de esta operación, el carácter innegablemente político de los conflictos de clase queda opacado a los ojos de los propios trabajadores.

Resulta imposible entender cómo se mantiene esta situación sin comprender la condición social y política actual de la clase obrera. El trabajador chino de hoy está a años luz de los proletarios heroicos e hipermasculinizados de los afiches de propaganda de la Revolución Cultural. En el sector estatal, los trabajadores nunca fueron realmente «amos y señores de la empresa», como lo pretendía la propaganda oficial. Sin embargo, se les garantizaba el empleo de por vida y, además, cada unidad laboral se hacía cargo del costo de la reproducción social proveyendo a los asalariados de vivienda, educación, atención médica, pensión de jubilación e incluso servicios de boda y funerales. En la década de 1990, el gobierno lanzó un masivo programa de liberalización que consistió en privatizar numerosas empresas públicas, recortar su mano de obra o eliminar subsidios estatales, lo cual generó importantes desajustes socioeconómicos en el «cinturón industrial» del noreste de China. Si bien las condiciones materiales de los asalariados de las empresas estatales que todavía existen son relativamente mejores, estas empresas también son manejadas cada vez más según la lógica de la maximización del beneficio.

Más interesante es el caso de la nueva clase obrera compuesta por migrantes rurales que se desplazaron masivamente hacia las ciudades del «cinturón del sol», en el sudeste del país. El inicio de la transición al capitalismo, en 1978, fue muy beneficioso para los campesinos, ya que sus productos se vendían en el mercado por un mejor precio que el que les pagaba el Estado anteriormente. Sin embargo, hacia mediados de la década de 1980, estas ganancias fueron crecientemente aniquiladas por la inflación, y la población rural empezó a buscar nuevas fuentes de ingresos. Cuando las regiones del litoral sudoriental abrieron sus puertas al sector industrial exportador, los agricultores se convirtieron en trabajadores migrantes.

Al mismo tiempo, el Estado descubrió que una serie de instituciones heredadas del sistema de economía planificada podían también ser útiles para estimular la acumulación privada. Era en particular el caso del hukou o sistema de registro domiciliario, que vinculaba el acceso a los servicios sociales a la residencia en un lugar específico. El hukou es un instrumento de administración complejo y cada vez más descentralizado, pero su característica más importante es que institucionaliza la segregación espacial y social entre las actividades productivas y reproductivas de los trabajadores migrantes, entre su vida laboral y su vida familiar y doméstica.

Esta división moldea cada aspecto de las luchas de los trabajadores migrantes. Hombres y mujeres jóvenes migran a las ciudades para trabajar en fábricas, restaurantes y obras de construcción, para involucrarse en delitos menores, para vender comida en las calles o para ganarse la vida como trabajadores sexuales. Pero por su lado, el Estado nunca pretendió reconocer la igualdad formal entre los migrantes rurales y la población urbana, ni aceptar que habían llegado para quedarse a largo plazo. Es así como los migrantes no tienen acceso a ninguno de los servicios públicos reservados a los residentes de las ciudades, ya se trate de atención médica, vivienda o educación. Necesitan un permiso oficial para estar en la ciudad; en los años 90 y en el inicio de la década de 2000, los migrantes internos eran regularmente detenidos y maltratados por la policía, y muchos eran «deportados» por no tener papeles. Durante al menos una generación, se trató ante todo para ellos de ganar tanto dinero como pudieran en su primera juventud antes de volver a sus pueblos nativos para casarse y formar una familia, eso en general alrededor de los 25 años.

Existen otros dispositivos formales que obstaculizan la posibilidad para los migrantes de sobrevivir de modo duradero en la ciudad. El sistema de seguridad social (cobertura médica, pensión de jubilación, seguro de desempleo, seguro de maternidad, seguro contra accidentes laborales) depende de las administraciones municipales. Esto significa que incluso la minoría de migrantes empleados en empresas que contribuyen a los organismos de seguridad social aportan a un sistema del que nunca podrán beneficiarse. Y como las pensiones se vinculan al lugar de residencia oficial, el migrante que vive clandestinamente en la ciudad no tiene ninguna motivación para reivindicar mejores condiciones de jubilación. Así que es lógico que los trabajadores focalicen sus reclamos en la cuestión salarial.

En el nivel subjetivo, resulta también que los migrantes no se autodefinen como «trabajadores», ni se perciben como parte de la «clase obrera». Usan el término «mingong», campesino-obrero, y dicen que se dedican a «vender su fuerza de trabajo» (dagong) en lugar de tener una profesión o desarrollar una carrera. Puede ser que este tipo de relación con el trabajo, con su temporalidad específica, sea la norma en el capitalismo neoliberal, pero en muchas fábricas chinas la tasa de rotación de personal es asombrosa, superando a veces el 100% anual.

Eso tiene un impacto enorme sobre la dinámica de la resistencia obrera. Así, por ejemplo, se registran muy pocas luchas para acortar la duración de la jornada laboral. ¿Por qué querrían los trabajadores disponer de más tiempo libre en una ciudad que los rechaza? Para un migrante de 18 años de edad que trabaja duro en una fábrica de la periferia de Shanghái, la idea de «equilibrio entre la vida laboral y la vida personal» –tan cacareada en los manuales occidentales de gestión de recursos humanos– no tiene ningún sentido. En la ciudad, los migrantes viven para trabajar, literalmente y sin ningún anhelo de autorrealización. Si lo único que le interesa a un obrero es ganar dinero hasta volver a su aldea, no tiene motivo (ni oportunidades) para exigir más tiempo «libre» para gozar de la ciudad.

Otro ejemplo: cada año, antes de las fiestas del Año Nuevo chino, se dispara la cantidad de huelgas en el sector de la construcción. ¿Por qué? Se trata del único momento del año en que muchos migrantes volverán a su casa y podrán reunirse con integrantes de sus familias, incluso con sus cónyuges y sus hijos. A los trabajadores de la construcción, en general, se les paga una vez completada la obra, pero el incumplimiento del pago de salarios se ha vuelto endémico desde la liberalización del sector en los años 80. La idea de volver al pueblo con las manos vacías es inaceptable para ellos, si lo que los motivó para migrar fue precisamente, y ante todo, la promesa de un salario algo más alto. De allí las huelgas.Dicho de otro modo, los trabajadores migrantes no tratan de vincular las luchas en la esfera productiva con reclamos en otros ámbitos de su vida o con asuntos sociales de índole más general. Están completamente separados de la comunidad local y no tienen derecho a expresarse como ciudadanos. Más allá de las reivindicaciones salariales, no hay reclamos por más tiempo libre o mejores servicios sociales, ni hablar de derechos políticos.

Mientras tanto, el capital recurre a varios métodos comprobados para aumentar la rentabilidad. En el sector industrial, se observa en los últimos años una evolución ya tristemente familiar para los trabajadores estadounidenses, europeos o japoneses: el crecimiento explosivo de varios tipos de empleo precario, como el trabajo temporal, las pasantías para estudiantes y, sobre todo, la tercerización de la mano de obra. Los trabajadores tercerizados (o dispatch workers) son empleados directos de una empresa de contratación de mano de obra –muchas son propiedad de las agencias de empleo locales– que los «despacha» hacia varios sitios de producción. Por supuesto, este método tiene como efecto ocultar la verdadera naturaleza de la relación laboral y aumentar la flexibilidad al servicio del capital. La tercerización afecta hoy a un porcentaje muy importante de la mano de obra (a menudo más de 50% de los trabajadores de una empresa) en una muy amplia gama de sectores: industria, energía, transporte, banca, salud, saneamiento ambiental y servicios. Es un fenómeno que se observa en todos los tipos de empresas: privadas nacionales, privadas extranjeras, mixtas y estatales.

Pero la gran novedad de los últimos años ha sido el traslado del capital industrial de las regiones costeras hacia el centro y el oeste de China. Este «reajuste espacial» tiene enormes consecuencias políticas y sociales, al mismo tiempo que ofrece a los obreros nuevas perspectivas posibles de transformación. Por supuesto, la concretización de estas perspectivas dependerá solo de la práctica. El caso de Foxconn, el mayor empleador privado de China, ilustra bien este punto. Hace más de una década, Foxconn trasladó sus operaciones de Taiwán a la ciudad costera de Shenzen. Sin embargo, como consecuencia de los suicidios de trabajadores ocurridos en 2010, que atrajeron la atención del público sobre sus prácticas laborales agresivas y altamente militarizadas, se ve ahora obligada a mudarse una vez más. Actualmente, Foxconn está empezando a reducir su mano de obra en Shenzen después de haber construido enormes instalaciones nuevas en provincias del interior. Las dos más grandes están ubicadas en las capitales de las provincias de Zhengzhou y Chengdu.

No es difícil comprender el atractivo que reviste el interior para empresas de este tipo. Si bien los salarios en Shenzen y en otras regiones costeras siguen siendo relativamente bajos en comparación con los estándares mundiales (menos de 200 dólares mensuales), los que se pagan en provincias del interior, como Henan, Hubei y Sichuan son a veces inferiores en casi 50%. Muchos empleadores asumen también, probablemente con razón, que habrá un mayor reservorio de mano de obra migrante cerca de sus lugares de origen, lo que implica un mercado laboral más laxo y una situación políticamente más ventajosa para el capital, como lo demuestran varios ejemplos históricos. En su libro Capital Moves: RCA’s Seventy-Year Quest for Cheap Labor, el historiador Jefferson Cowie identificó un proceso similar en la trayectoria de la empresa de electrónica RCA, de Nueva Jersey a Indiana, y luego a Tennessee, para terminar en México.

Si bien en las últimas dos décadas el litoral chino presentó condiciones políticas y sociales altamente favorables para el capital transnacional, no ocurrirá necesariamente lo mismo en el interior. El antagonismo entre trabajo y capital es universal, pero el conflicto de clases se desenvuelve siempre en un contexto específico. ¿Cuáles son, entonces, las características particulares del interior chino, y en qué nos podrían llevar a un prudente optimismo? Mientras que las condiciones de vida de los migrantes en la costa tienen siempre una dimensión transitoria (lo que hace que sus luchas tengan siempre un carácter efímero), en el interior tienen la posibilidad de establecer comunidades duraderas. En teoría, esto implica una mayor posibilidad de sinergia entre las luchas en la esfera productiva y la luchas en la esfera de la reproducción, algo que no era factible mientras estos dos ámbitos estaban espacialmente segregados.

Consideremos el problema del hukou, el sistema de registro domiciliario. Las megalópolis del este, que han atraído a una multitud de migrantes, ponen restricciones muy rigurosas a la obtención del derecho de residencia. Incluso los empleados administrativos con títulos universitarios encuentran dificultades para conseguir el derecho legal de vivir en Beijing. Sin embargo, las pequeñas ciudades del interior tienen requisitos de residencia mucho más laxos. Se puede plantear la hipótesis de que eso podría cambiar la dinámica de la resistencia obrera. Antes, la trayectoria típica de un migrante consistía en trabajar en la ciudad por algunos años acumulando dinero, para después regresar a su región de origen y formar una familia. La perspectiva de un trabajador en una provincia del interior puede ser muy distinta: de pronto, no solo «trabaja», sino que también «vive» en un determinado lugar. Se vuelve entonces mucho más probable que los migrantes se establezcan de forma permanente en el mismo lugar donde trabajan. Allí querrán encontrar cónyuges, conseguir una casa, tener hijos, mandar a esos hijos a la escuela, etc.; todo lo que atañe a la reproducción social.

Anteriormente, los empleadores no tenían que pagar a los migrantes un salario suficiente para satisfacer todas sus necesidades, y nadie pensaba que se lo podían exigir, ya que se sabía que estos trabajadores volverían a establecerse en sus pueblos de origen. Sin embargo, en el interior, es más probable que los migrantes reclamen todos los elementos de una vida decente: vivienda, atención médica, educación y algún tipo de protección contra las contingencias del desempleo y de la vejez. Tal vez quieran también más tiempo libre para ellos mismos y para su comunidad, un pedido notablemente ausente hasta ahora. Eso implica una posible politización de los conflictos laborales. Los migrantes del litoral nunca pensaron en acceder a servicios públicos decentes. Pero con la generalización del derecho de residencia en las ciudades del interior, es más factible que se multipliquen las reivindicaciones de acceso a servicios sociales, y esto permitiría romper el aislamiento de las luchas puramente fabriles. Además, los reclamos de protección social estarán más bien dirigidos al Estado, no a los empleadores individuales, por lo que proveerán así la base simbólica para una confrontación generalizada.Existe una tendencia comprensible a idealizar la valentía a veces espectacular de los movimientos de protesta de los trabajadores migrantes; sin embargo, hay que reconocer que la respuesta más frecuente de los migrantes a las malas condiciones laborales ha sido simplemente renunciar y buscar otro empleo o regresar a casa. Pero esto también puede cambiar cuando la gente trabaja en el mismo sitio en donde vive. Quizás estén dadas las condiciones para que los migrantes empiecen a luchar por su comunidad y dentro de ella, en lugar de simplemente buscar un vía de escape. La trayectoria de vida de los trabajadores del interior podría también contribuir a fortalecer su activismo. Muchos de ellos ya cuentan con experiencia de trabajo y de lucha en las regiones costeras. Los mayores quizás carezcan de la pasión combativa de los jóvenes, pero su experiencia para lidiar con patrones explotadores y con sus aliados en el aparato estatal podría ser un recurso invalorable.

Por último, los trabajadores tendrán a su disposición mayores recursos sociales. En las grandes ciudades costeras, les era muy difícil ganarse la simpatía de los residentes locales, un hecho lamentable que se hizo evidente durante los motines obreros de Guxiang. Sin embargo, en el interior, será más frecuente que los trabajadores tengan a sus amigos y a sus familias cerca, es decir, a gente que no solo estará más dispuesta a apoyar sus luchas, sino que también a menudo dependerá directamente del nivel de sus salarios y de la calidad de los servicios sociales locales. Con esto se abre la posibilidad de que las luchas traspasen el ámbito del lugar de trabajo para incorporar cuestiones sociales más amplias.

A veces, la izquierda se deja seducir por la idea de la resistencia perpetua en sí misma y por sí misma. No se puede negar que el tipo de conflicto que se ha desarrollado en China ha perturbado, efectivamente, la acumulación capitalista. Sin embargo, subsiste un cierto nivel de alienación de la actividad política de los trabajadores. Existe una profunda asimetría: la protesta obrera es a menudo improvisada y carece de estrategia, mientras que la respuesta del Estado y del capital es consciente y coordinada.

Hasta el momento, esta forma de lucha fragmentada y efímera no ha afectado significativamente las estructuras básicas del Partido-Estado ni de su ideología dominante. Y el capital, en cuanto tendencia universal, nunca ha dejado de manifestar su habilidad para sojuzgar los varios focos de rebeldía. Si lo único que logra la combatividad obrera es obligar al capital a aniquilar el proletariado en un sitio determinado para generarlo de nuevo (junto con sus luchas) en algún otro sitio, ¿cabe realmente ver en ello una victoria? La nueva frontera de la acumulación capitalista provee a la clase obrera china de oportunidades para establecer formas de organización más duraderas, capaces de extender el campo de acción de las luchas sociales y de formular exigencias políticas más amplias. Mientras tanto, y hasta que eso ocurra, seguirá estando medio paso atrás de su antagonista histórico... y del nuestro.