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Las mujeres en el fútbol

El fútbol constituye un espacio de educación sentimental para los varones. La presencia de las mujeres en el fútbol, como espectadoras, comentaristas y hasta estudiosas, introduce, por el contrario, una línea racional en uno de los pocos espacios en que los varones –dominados por la dicotomía moderna razón/pasión– se permiten otro tipo de manifestaciones. Pero la presencia de las mujeres no implica una alteración de ese espacio, que permanece cerrado, pues solo los varones, únicos capaces de practicar el juego, pueden vivir la verdadera pasión. Son ellos quienes guardan la llave.

Las mujeres en el fútbol

Saber y jugar al fútbol

Todos saben que el fútbol es un asunto de varones. Sin embargo, las mujeres lo sabemos de modo diferente. Para entender la relación entre las mujeres y el fútbol –y el mundo social que esto implica– se realizó un estudio sobre el tema, sobre el que aquí se elaboran interpretaciones en clave de género.El fútbol guarda como relevancia para los varones la de ser un espacio de educación sentimental. El fútbol enseña, sin perjuicio aparente, la tristeza de haber perdido, la pasión de alentar al equipo y el amor por «la camiseta», la violencia de defender el cuadro o la bandera: en suma, las pasiones humanas –amor, odio y todo el espectro que las conecta–.

En este espacio, los varones se permiten manifestaciones que nunca harían en otros ámbitos: el varón, al haberse hecho cargo de las ideas de la Ilustración, perdió para siempre la posibilidad de experimentar, en el espacio público, el in-control de sus pasiones. La modernidad se explica, en buena medida, por el par dicotómico jerarquizado razón/pasión, que se conecta, a la vez, con otro, de igual valencia: orden/caos.

En este marco, el fútbol, en tanto espacio donde las pasiones pueden producirse –y, más aún, experimentarse–, invierte la lógica moderna. Pero esa lógica se invierte en un espacio cerrado, en tanto la aparición de una mujer no puede alterar las reglas que lo rigen, pues pondría en peligro la seguridad de tal espacio. Hay una llave, por decirlo de algún modo, pero pertenece a los varones. Y está bien cuidada.

Si se consideran las cuestiones básicas relacionadas con el fútbol –saber de fútbol, vestirse para alentar al equipo, apasionarse por la camiseta, tener «aguante»–, las mujeres acceden a grados diversos de inserción, que pasan por la negación, la aceptación, la resistencia y la exclusión. El saber sobre fútbol, por ejemplo, les está negado a las mujeres, ya sea en sus versiones más formalizadas (periodistas) como en las conversaciones de la vida cotidiana.

Pero lo que verdaderamente constituye la diferencia no es tanto el saber como la experiencia de la práctica: la opinión de una mujer sobre fútbol no puede convalidarse por no haberlo practicado. Hay aquí una recuperación del cuerpo como valor que nuevamente subvierte el esquema moderno razón/pasión, mente/cuerpo, pero que lo deja intacto al preservarlo en un espacio cerrado.

Carnaval y violencia

La carnavalización, por el contrario, se acepta y hasta se festeja. Nos referimos a la práctica, muy común en los estadios, por la cual las mujeres se visten con los colores de los equipos, se envuelven en banderas y se empoderan. La investigación mencionada reveló que las adolescentes suelen hacerlo, sobre todo si concurren en grupo a la cancha, convertida de este modo en espacio de tráfico sexual. Pero su presencia reafirma la lógica del campo, más que subvertirla. Y esa lógica se replica y multiplica gracias a la televisión y la transmisión de eventos internacionales, cuando las cámaras toman a las mujeres más bellas y más sexis. La lógica de la representación captura una dinámica social: las mujeres están, pero para ser miradas.Pero se trata solo de un momento de carnavalización. La pasión verdadera puede ser experimentada solo por varones. Vale aquí nuevamente la idea del espacio cerrado: el fútbol permite una inversión del orden –el varón manifestando sus pasiones– en tanto retenga la llave del poder. Y ese poder se basa en una exclusión: la pasión no puede experimentarse en tanto no se acompaña de una práctica corporal y una anatomía, tener testículos y haber jugado al fútbol. Haber puesto en ese juego todo el peso de la masculinidad.

La violencia, entonces, sigue esta línea: la masculinidad también se juega en la puesta a punto del cuerpo, en el hecho de poder jugar hasta perder lo más valioso: la propia vida. Esto entraña una cuota de heroísmo (aunque, por supuesto, no como la de los soldados). La masculinidad descansa, en este punto, en dos factores: la violencia que supone el ejercicio del poder sobre el otro, y el hecho de que no importa aquello que se ofrece en sacrificio en la medida en que la meta resulta aún más valiosa. Defender al equipo merece el tributo más grande porque es el bien más valioso. Esa posibilidad de «dar la vida por el equipo» les es negada a las mujeres.

Educación sentimental

Pero las mujeres están en las canchas. Las frecuentan, las visitan, las exploran. Y las que nos dedicamos a las ciencias sociales las investigamos. Las razones son múltiples y complejas, pero hay algo que las atraviesa: la voluntad, o la necesidad, de entender. El fútbol es un tema por entender para las mujeres: cómo se juega, en sus reglas; cómo es vivido, en sus hinchas. Pero siempre con la absoluta conciencia de que lo más cerca que una mujer puede estar del fútbol es la distancia crítica, que caracteriza las más diversas posiciones: desde la mujer que conoce perfectamente las reglas del juego y frecuenta las canchas hasta la que apenas roza el fútbol durante los mundiales, contagiada por la multiplicación de noticias. Además, claro, de las mujeres que rechazan el universo del fútbol y se autoexcluyen de él.

La ajenidad es la pauta que marca la relación de las mujeres espectadoras y el espectáculo fútbolístico. Y esa ajenidad se manifiesta aún entre las hinchas más fanáticas, cuya apropiación del espacio y de la práctica del hinchismo es casi igual a la de los varones. Casi. Incluso entre estas mujeres, la absoluta conciencia de la imposibilidad de conseguir un derecho a la igualdad –vieja reivindicación del feminismo, que en Argentina se remonta a fines del siglo XIX– forma parte de lo que ellas están dispuestas a conceder (al equipo, al deporte, a los hinchas) para formar parte de ese escenario de privilegio social, en que las emociones están a flor de piel. Aunque no sean las suyas. Porque no son las suyas.

Y es que la clave sigue estando, sin duda, en la educación sentimental de los varones, en el hecho de que las emociones se expresen bajo formas de amor o de odio. El contrapeso social introducido por las mujeres descansa en su participación racional. Es interesante comprobar entonces que, si el fútbol es un espacio de varones, donde la lógica que rige los actos es la de las emociones (aunque esas emociones conduzcan a prácticas absolutamente racionales, como las de la violencia), la mujer participa en ese espacio de manera lateral (y racional), lo cual reafirma nuevamente la economía de las razones: la participación de las mujeres en las canchas de fútbol completa el esquema moderno al reintroducir la lógica de la razón crítica, sosteniendo el statu quo, aun al costo de alterar la misma lógica moderna: las mujeres no son (no pueden ser) racionales.