Tema central

Las dos etapas de la política exterior de Chávez

En los primeros años de su presidencia, Hugo Chávez mantuvo algunas de las líneas básicas de la política exterior de los gobiernos anteriores, basada en la búsqueda de un mayor equilibrio internacional y el impulso a la integración regional. Sin embargo, su consolidación política luego del triunfo en el referéndum revocatorio y el aumento del precio del petróleo le han permitido desplegar una nueva y ambiciosa estrategia internacional: el retiro de Venezuela de procesos de integración como la CAN, el ingreso al Mercosur, el impulso a proyectos como Telesur, el Banco del Sur y hasta una OTAN Sudamericana, la retórica antiestadounidense, la compra de armamento y los contactos con China y Rusia son algunos de sus elementos más importantes.

Las dos etapas de la política exterior de Chávez

Introducción

A lo largo de casi ocho años de gobierno de Hugo Chávez, la política exterior de Venezuela se ha desplazado de la utilización de la diplomacia como instrumento fundamental para el ejercicio de la convivencia con las naciones, a una estrategia construida en el marco ideológico que resulta de la consolidación del «socialismo del siglo XXI», apoyada en los conceptos de seguridad que exige la llamada guerra asimétrica que «amenaza» al país. En esta doctrina se inspiran las nuevas políticas y alianzas que se vienen forjando, tanto en el orden interno como en el plano internacional.

La política exterior de Chávez reconoce dos etapas claramente delimitadas en el tiempo, tanto en sus acciones y propósitos como en sus métodos y objetivos. La primera se inició en 1999 y se extendió hasta mediados de 2004. Su sustento conceptual se encontraba en los lineamientos del Plan Nacional de Desarrollo 2001-2007, en el que se establecieron los objetivos correspondientes al capítulo de «Equilibrio Internacional».

La segunda etapa comenzó aproximadamente en noviembre de 2004 y sus metas, planes y estrategias fueron definidas en los trabajos, las conclusiones y los documentos del Taller de Alto Nivel realizado en Caracas el 12 y 13 de noviembre, cuando se inauguró una nueva etapa, el «nuevo mapa estratégico de la Revolución Bolivariana». Allí se definieron los diez grandes objetivos del gobierno de cara a la consolidación del proceso revolucionario en esta nueva fase del llamado «socialismo del siglo XXI». Se trata, en este caso, de una suerte de «mapa de ruta» destinado a guiar la conducción del gobierno y el manejo de las relaciones internacionales, que llevó a una ruptura con los principios que dominaron la política exterior venezolana. La conocida escritora chilena Marta Harnecker publicó un documento acerca de este encuentro sobre la base de las intervenciones del presidente Chávez, de lectura fundamental para entender cabalmente la nueva fase de la Revolución Bolivariana.

El equilibrio internacional

En la primera etapa, el Plan de Desarrollo Económico y Social 2001-2007 definió, en el acápite referido al Equilibrio Internacional, los principios y objetivos de la política exterior de Venezuela, que estará orientada a «fortalecer la soberanía nacional y promover el mundo multipolar». Dicho documento estableció las estrategias que seguiría la acción internacional a los fines de impulsar la democratización de la sociedad internacional, promover la integración latinoamericana, fortalecer la posición de Venezuela en la economía internacional, consolidar y profundizar la interacción entre los distintos procesos de integración, consolidar y diversificar las relaciones internacionales, y promover un nuevo régimen de seguridad integral hemisférica y una activa cooperación e integración militar en el ámbito regional.En los primeros años de la gestión de Chávez, que calificamos como una fase inicial de observación y reconocimiento, se conservaron algunos elementos y principios de lo que había sido la política exterior venezolana durante los gobiernos anteriores, y en algunos casos se profundizaron las líneas de acción precedentes, como la relación especial que se venía construyendo con Brasil desde mediados de los 90.

El discurso oficial de aquellos años definía la política exterior como «una acción internacional multidisciplinaria que se materializa a través de una activa presencia en múltiples frentes, correspondientes a las diversas fachadas en las que actuamos en la escena internacional en virtud de nuestra especificidad como país, que es al propio tiempo caribeño, andino, amazónico, atlántico, en desarrollo, miembro de la OPEP e inmerso en un proceso de cambios sociales». También se refería a una política exterior «orientada a la búsqueda de nuevos espacios en función de renovados valores políticos, sociales y éticos y a los esfuerzos desplegados para consolidar la integración latinoamericana y avanzar hacia la consecución de una sociedad internacional más democrática, justa y equitativa». Se apelaba a las ideas de justicia social, a una visión humanística de las relaciones internacionales y a la necesidad de privilegiar la integración, promover los derechos humanos y propiciar la configuración de un mundo más equilibrado, además del compromiso con la autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la convivencia civilizada, el diálogo, la cooperación y la solidaridad. De este modo, el comportamiento internacional de Venezuela no implicaba cambios bruscos con los principios y valores que se habían sostenido hasta ese momento.

En el plano multilateral, Chávez debutó como presidente de la Cumbre de los No Alineados en Jamaica. En octubre de 1999, emprendió su primera gira por Asia, en el comienzo de un plan estratégico hacia esa región. La Cumbre de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de 2000 fue el evento internacional más importante de su segundo año de gobierno y le brindó el protagonismo internacional necesario para el papel que desempeñaría en el marco de la organización, con el petróleo como pieza clave de la estrategia internacional.

La posición de Venezuela en diversos foros internacionales estuvo orientada a impulsar la «agenda social» como un elemento esencial de su política exterior. Esto se vio reflejado tanto en el ámbito subregional, durante la XIV Cumbre Presidencial Andina, como en el ámbito hemisférico, en la Reunión de Alto Nivel sobre Pobreza, Equidad y Exclusión Social, así como en la propuesta para la creación de un «Fondo Humanitario Internacional» para afrontar la pobreza y la activa participación en la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas, por citar algunas iniciativas concretas.

El contexto externo

Durante esta primera etapa, en octubre de 2000 se suscribieron los primeros acuerdos de cooperación con Cuba, una suerte de anticipo de lo que, años más tarde, se revelaría como una relación estratégica privilegiada, con todos los efectos que tendría para la vida cotidiana de los venezolanos. Poco después, en abril de 2001, Venezuela participó en la Cumbre de las Américas realizada en Quebec. Allí se introdujo en la agenda regional el tema de la «cláusula democrática» y se aprobó el documento base que serviría para la redacción final de la Carta Democrática Interamericana. Venezuela intentó, sin éxito, introducir en el debate el concepto de democracia participativa para finalmente suscribir la declaración final, con reservas sobre un par de párrafos, en un gesto inédito de la diplomacia multilateral.

Las posturas respecto de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) también fueron ambivalentes. Venezuela fue sede de una cumbre en 2001, aunque ya entonces se evidenciaba un creciente juego dialéctico con el Mercosur. Para ese entonces se perfilaba la intención de una aproximación al bloque liderado por Brasil, aunque en los sectores más técnicos del gobierno venezolano prevaleció el criterio de privilegiar la relación con la CAN. Las negociaciones técnicas para un acuerdo con el Mercosur avanzaron pues muy lentamente y con tropiezos, para disgusto del presidente, quien sostenía la tesis de un acercamiento político concreto.

Las relaciones con Estados Unidos comenzaron a revelarse antagónicas, aunque sin perder la prioridad que tradicionalmente habían mostrado, con los vínculos comerciales consolidados como los correspondientes a dos socios de primer orden. El petróleo venezolano continuó fluyendo normalmente a EEUU, al tiempo que se suspendían algunos programas de cooperación en el ámbito militar y se exigía el retiro de la misión militar estadounidense de las instalaciones del Fuerte Tiuna, donde históricamente había funcionado. Al mismo tiempo, se hicieron esfuerzos y gestiones diplomáticas para lograr una visita oficial de Chávez a Washington, que no llegó a materializarse.

Paralelamente, los cancilleres y los embajadores en Washington y en Caracas hicieron esfuerzos por morigerar las duras expresiones que, gradualmente, comenzaban a dominar el discurso presidencial. Fue ésta la época en que las relaciones bilaterales estuvieron centradas en la llamada «tesis Maisto», por el entonces embajador estadounidense en Venezuela, John Maisto: a Chávez –sostenía la tesis– había que juzgarlo por lo que hacía y no por lo que decía.

Los años 2002 y 2003 fueron turbulentos en el plano político. Los acontecimientos de abril de 2002 y la temporal separación del poder del presidente significaron un freno en los planes y objetivos de construir un tejido de relaciones estratégicas. Las complicadas circunstancias internas lo impulsaron a buscar la legitimación de su gobierno en la escena internacional. La Cancillería, en manos de un experimentado diplomático de carrera, jugó un papel clave en la recuperación de la confianza que el gobierno requería para asegurar la gobernabilidad.

En esos años, la extrema polarización de la sociedad venezolana y la violencia política fueron motivo de preocupación de la comunidad internacional. La paralización de la industria petrolera añadió una variable que afectaría la percepción de Venezuela como un proveedor de petróleo confiable. La Organización de Estados Americanos (OEA), el Centro Carter y el Grupo de Países Amigos intentaron conseguir una salida pacífica, democrática, constitucional y electoral a la crisis política. Las arduas, complejas y extensas negociaciones despejaron el camino para la realización del referéndum revocatorio del mandato presidencial previsto en la Constitución.

A mediados de 2003, la popularidad del presidente se encontraba en su punto más bajo. Para revertir esta tendencia, Chávez comenzó a apoyarse en un vasto programa de asistencia social denominado «Misiones». Junto con todo tipo de acciones dilatorias para evitar la convocatoria al referéndum, estas iniciativas le permitieron sortear la crisis. Finalmente, la situación se resolvió con la consulta popular que, a pesar de las discrepancias sobre sus resultados, fue avalada por la OEA, el Centro Carter y la comunidad internacional. La debilidad del gobierno en aquel momento fue reconocida por el propio presidente pocos meses más tarde, en noviembre de 2004, cuando en un Taller de Alto Nivel en el que participaron todas las autoridades nacionales, regionales, municipales y dirigentes de los partidos de la coalición oficialista, expresó: «si no hubiéramos hecho la cedulación, Dios mío, yo creo que hasta el referéndum lo hubiéramos perdido, porque esa gente sacó cuatro millones de votos. No crean que es para sentirnos victoriosos, no». Más adelante, en esa misma ocasión, confesó a sus partidarios:

hubo un momento en el cual nosotros estuvimos parejitos, o cuidado si por debajo. Una encuestadora internacional recomendada por un amigo vino a mitad de 2003, pasó como dos meses aquí, y fueron a Palacio y me dieron la noticia bomba: presidente, si el referéndum fuera ahorita usted lo perdería. Yo recuerdo que aquella noche para mí fue una bomba aquello… Entonces fue cuando empezamos a trabajar con las misiones, diseñamos aquí la primera y empecé a pedirle apoyo a Fidel. Le dije: «mira, tengo esta idea, atacar por debajo con toda la fuerza». Y me dijo: «si algo sé yo es de eso, cuenta con todo mi apoyo». Y empezaron a llegar los médicos por centenares, un puente aéreo, aviones van, aviones vienen, y a buscar recursos… Y empezamos a inventar las misiones.

El discurso oficial hacia afuera de Venezuela aseguraba que la intención del gobierno era superar el clima de antagonismos, aunque dentro del país se mantenía la animosidad contra importantes sectores de la sociedad. Se señalaba la disposición para «corregir lo que sea preciso con el ánimo de fortalecer los espacios comunes de paz y democracia donde pueda converger la sociedad venezolana como un todo» al tiempo que se cuestionaba y fustigaba a sectores de la oposición. En aquel momento, el canciller subrayaba la identificación de la política exterior de Venezuela con una visión humanística, democrática y solidaria de las relaciones internacionales, que contribuyera a la construcción de un orden mundial más equilibrado, al tiempo que reafirmaba el apego del país a los principios y valores de la convivencia, el imperio de la ley, la solución de los conflictos por la vía pacífica y el bien común. En suma, la postura y el discurso político de la Cancillería venezolana durante 2003 todavía se inscribían en el marco de una diplomacia dispuesta a propiciar el diálogo y realizar llamados a la búsqueda de soluciones sin confrontaciones ni antagonismos exacerbados, mientras que, dentro del oficialismo, los sectores más radicales emitían señales de querer lo contrario.

La nueva etapa

El triunfo de Chávez en el referéndum revocatorio de agosto de 2004 constituyó un momento de inflexión no solo desde el punto de vista político interno. Fue interpretado, también, como una suerte de mandato para avanzar en la profundización del proceso revolucionario. De este modo, se avanzó en el diseño de una estrategia más radical (o soberana, como la calificarían sus ejecutores).

En ese momento concluyó el periodo inicial de transición y se inició una nueva etapa de la política exterior, que se expresó en la sustitución del esquema tradicional de inserción internacional de Venezuela. Así, la consolidación del proyecto revolucionario y la conformación de alianzas geopolíticas y estratégicas con otros países pasaron a ser los ejes centrales de la política exterior. Paralelamente, se aceleró la ruptura institucional del Ministerio de Relaciones Exteriores, al tiempo que se avanzó en el proceso de ideologización de la estructura del servicio exterior. En esta nueva fase, resultó cada vez más evidente la impronta presidencial en todas las acciones y decisiones vinculadas a las relaciones internacionales y el carácter personal de la ejecución de la política exterior.

En el Taller de Alto Nivel ya mencionado, organizado el 12 y 13 de noviembre de 2004 y dirigido personalmente por Chávez, se hizo un análisis descarnado de la situación nacional e internacional. El objetivo fundamental de dicho encuentro fue definir los objetivos estratégicos a partir de la nueva realidad política venezolana luego del referéndum de agosto. En ese encuentro, se planteó la definición de los diez grandes objetivos estratégicos que marcarán «la nueva etapa» de la Revolución Bolivariana y, dentro de éstos, el «nuevo sistema multipolar internacional».

Con sus propias palabras, el presidente fue describiendo los grandes cambios que ocurrieron en la geopolítica mundial. Uno de los más relevantes sucedió en España, donde el socialista José Luis Rodríguez Zapatero sustituyó a José María Aznar, quien, alineado con EEUU, había apoyado la invasión a Iraq, había sido muy crítico del régimen cubano y había respaldado las sanciones a la isla. Chávez habló de la necesidad de cultivar las relaciones con el nuevo gobierno español como una tarea fundamental con sentido geoestratégico. «Es vital para la revolución. El nuevo embajador es un hombre de izquierda, buen amigo de Venezuela», dijo el presidente. Y, en cuanto a la nueva coyuntura europea, expresó que «los enfrentamientos entre los fuertes deben ser aprovechados por los débiles».

En este esquema, la consolidación de la Unión Europea y el fortalecimiento del euro debilitarían, de acuerdo con esta visión, la posición de EEUU, contribuyendo a la multipolaridad. Chávez agregó que en las ex-repúblicas soviéticas aún está presente el germen del socialismo y de la lucha por la justicia social. «Compartimos una misma visión social. Todo ello contribuye a neutralizar otras amenazas.»

Más adelante, Chávez describió y enumeró los cinco polos de poder en el mundo: Europa, Asia, África, Norteamérica y Sudamérica. Entre ellos, destacó el papel de la India y China en el nuevo contexto global, en este último caso apuntalado por el impresionante crecimiento económico, lo cual, a su juicio, ofrece nuevas oportunidades de inversión. En el plano político, destacó el crecimiento de la izquierda en la India. También expresó su solidaridad con África, donde, al igual que en América Latina, persisten rezagos de colonialismo, y señaló la necesidad de hacer esfuerzos por focalizar los objetivos de la política exterior en países estratégicos así como consolidar las relaciones con naciones como Libia, Argelia, Nigeria y Sudáfrica. Aludió, también, al fortalecimiento de la alianza con los integrantes de la OPEP. Y, en cuanto a EEUU, estimó que continuará con su política «intervencionista y agresora», pero aseguró: «No nos doblegaremos. Utilizaremos todas las estrategias».

En aquella reunión, Chávez se refirió a los vientos de cambio que se están viviendo en América Latina y a la definición de nuevos ejes contrapuestos. Identificó, por un lado, el eje que conforman Caracas, Brasilia y Buenos Aires. «Van a tratar de debilitarlo o dividirlo», aseguró. Y mencionó otro eje, constituido por Bogotá, Quito, Lima y Santiago de Chile, que está, de acuerdo con sus palabras, dominado por el Pentágono. Chávez finalizó diciendo: «Ése es el eje monroísta, y nuestra estrategia debe ser quebrarlo y conformar la unidad sudamericana».

El nuevo momento estratégico

En esa oportunidad, el presidente esbozó con claridad los desafíos de un proceso revolucionario que ya parece desbordar las fronteras nacionales para insertarse en espacios mundiales que le permitan impulsar con mayor fuerza ese «nuevo sistema multipolar internacional». Para alcanzar este objetivo, Chávez planteó la necesidad de articular redes de apoyo a la Revolución Bolivariana e impulsar la organización de grupos y actores sociales que compartan sus ideales y que estén dispuestos a llevar adelante el nuevo modelo político. Se refirió particularmente a los gobiernos aliados, a los grupos de apoyo internacional, a las corrientes indígenas de Bolivia, Ecuador y Perú, a los movimientos campesinos de Centroamérica y Brasil, y a ciertos sectores intelectuales.

Así, a casi dos años de haber redefinido los objetivos estratégicos de la política exterior, la inserción actual de Venezuela en la geografía política mundial está definida hoy por los siguientes escenarios: los diversos grados de ingobernabilidad en algunos países de la región; el agravamiento de las crisis políticas e institucionales (aunque algunas ya se han superado, al menos temporariamente); la irrupción de los nacionalismos y la profundización de los sentimientos indigenistas y las reivindicaciones autonómicas en algunos países; el triunfo de gobiernos de tendencias progresistas en varias naciones y los desafíos que significan el sandinismo en Nicaragua, el FMLN en El Salvador, el liderazgo de Ollanta Humala en Perú y el de Andrés Manuel López Obrador en México; y, finalmente, el creciente deterioro de la imagen de EEUU en América Latina y la acentuación del sentimiento antiestadounidense en amplios sectores de nuestras sociedades.

Sobre la base de estos escenarios, la diplomacia bolivariana ha diseñado y puesto en marcha una estrategia internacional novedosa, de alto perfil estratégico, que tiene como sustento fundamental la variable petrolera. En el plano político, la nueva política exterior incluyó algunas acciones muy visibles, como las alianzas con Cuba, Irán, China y Rusia, además del manejo de los dos ejes contrapuestos ya citados. En el ámbito económico, la estrategia está dominada por la utilización del petróleo como un elemento fundamental para la articulación de nuevas alianzas, las recurrentes críticas al modelo neoliberal y los llamados a trascender el modelo capitalista. A esto hay que sumar una política de integración en detrimento de la CAN, cuya institucionalidad fue quebrada a raíz del retiro de Venezuela, y la incorporación al Mercosur, además de los intentos por impulsar la integración bolivariana –a través de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA)– como forma de oposición a EEUU.

Un comentario aparte merece el manejo de las relaciones con Colombia, que se han caracterizado por un tránsito entre la cautela por parte del presidente Álvaro Uribe, la confrontación por parte de Chávez, la ambigüedad, la desconfianza y el pragmatismo. El comercio, la seguridad y los muchos proyectos fronterizos dominan la actual agenda bilateral, y se destacan, entre ellos, la iniciativa para construir un gasoducto hacia puertos profundos en el Atlántico colombiano. La cooperación militar de EEUU con Colombia ha sido, desde un comienzo, motivo de incomodidad para el gobierno de Chávez. En ese sentido, no deja de ser curioso que la construcción de un oleoducto para llevar el crudo venezolano a Asia constituya un elemento fundamental en la estrategia de diversificación de suministro petrolero.

En el desarrollo de esta nueva etapa de la política exterior venezolana ha sido notorio el discurso de confrontación con el gobierno de George W. Bush y con aquellos países «asociados» o vinculados al «Imperio». Algunos ejemplos de esta conducta fueron los enfrentamientos con el presidente de México, Vicente Fox, y con el entonces candidato presidencial peruano, Alan García, así como las decisiones de retirar a Venezuela de la CAN y del Grupo de los Tres.

Otro tema importante es el manejo contradictorio de los intereses económicos y políticos, que ha creado una suerte de laberinto que hace difícil proyectar, incluso a corto plazo, la evolución de las relaciones internacionales de Venezuela. La construcción «virtual» de un ambiente de guerra con EEUU mediante la preparación de civiles y la adquisición de equipamiento bélico (fusiles, aviones de combate, helicópteros, misiles, fragatas, submarinos) para enfrentar una supuesta invasión genera una peligrosa carrera, cuyos resultados habrán de verse en el futuro.

Con todo, lo más relevante es la utilización del petróleo como un instrumento de influencia política. Es en esta área donde el gobierno ha desplegado los esfuerzos más ambiciosos mediante iniciativas audaces, como Petrocaribe, Petrosur y Petroandina, la suscripción del Acuerdo Energético de Caracas (que amplía las facilidades de financiamiento preferencial para proyectos de desarrollo a países de Centroamérica, Sudamérica y el Caribe), y la firma de memorandos de entendimiento con Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay y Paraguay. Aun cuando sea prematuro evaluar los resultados de estas iniciativas, no hay duda de que constituyen una pieza invalorable de la estrategia venezolana, que se ha traducido en un robustecimiento del liderazgo y la influencia de Chávez, no solo en el ámbito regional sino en la escena internacional.

Comentarios finales

No obstante lo anterior, hay que señalar que la variable energética ha estado siempre presente en la agenda de la política exterior de Venezuela. Con altibajos, la estrategia petrolera de los diversos gobiernos estuvo siempre orientada a la proyección exterior del país y al apuntalamiento de su estrategia internacional. La década de los 70, con la cuadruplicación de los precios del petróleo, había generado una nueva realidad energética global que permitió a países como Venezuela desarrollar una agresiva –y exitosa– política internacional. Y así como el petróleo es el instrumento clave para su posicionamiento internacional, la confrontación con EEUU le ofrece a Chávez una excelente plataforma ideológica en momentos en que el gobierno de Bush es cuestionado internacionalmente.

Por otra parte, el debilitamiento de los liderazgos tradicionales de Brasil y México ha favorecido el protagonismo de Venezuela en la escena regional, al tiempo que la crisis de los procesos de integración –el desmoronamiento de la CAN y los conflictos en el Mercosur– propician nuevas alianzas, como la que se está perfilando entre Venezuela, Cuba y Bolivia.

En un plano más abarcador, el gobierno de Chávez promueve otros espacios de articulación, como la Comunidad Sudamericana de Naciones, una iniciativa cargada de retórica integracionista y de reivindicación autonómica. En este contexto se inscribe la propuesta del ALBA, una alternativa impulsada por Venezuela y Cuba a la que recientemente se ha sumado Bolivia, inspirada en los valores del bolivarianismo. Aun cuando la iniciativa no ha concitado hasta ahora mayores respaldos, la incorporación de Bolivia y una eventual adhesión de Nicaragua (en caso de que Daniel Ortega resulte triunfador en las elecciones) le otorgarían un renovado impulso. En este mismo orden, se pueden mencionar otras propuestas impulsadas por Venezuela, como la cadena de televisión Telesur, el Banco del Sur, el Gasoducto Sudamericano, la difusión de algunos programas sociales, como la «Misión Milagros», destinada a proveer a sectores pobres cirugía oftalmológica, así como las campañas de alfabetización en algunos países, y hasta una iniciativa de cooperación en el ámbito militar basada en la creación de una suerte de OTAN sudamericana.

Para muchos expertos, el gobierno de Chávez ha ingresado en una nueva fase, aún más ambiciosa y delicada, que apunta a jugar con variables estratégicas en el tablero geopolítico mundial. En esta perspectiva se inscriben las recientes giras a Irán, Rusia, Bielorrusia, Vietnam, China (la cuarta desde que asumió el gobierno) y a Siria. Si bien es cierto que mucha de la intensa actividad internacional desplegada por el presidente en estos últimos meses tiene que ver con la promoción de la candidatura de Venezuela al Consejo de Seguridad de ONU, a la cual le ha dispensado una prioridad máxima, la actual coyuntura internacional y los acuerdos suscritos para la adquisición de armamento les imprimen a estas visitas una dimensión estratégica inédita.

Hasta ahora, el mensaje político de Chávez ha tenido éxito en momentos en que la democracia se muestra incapaz de revertir las condiciones de inequidad que atraviesan muchas de nuestras sociedades, con la excepción de Chile. Las desigualdades, el auge de gobiernos que reivindican la cuestión social, la abundancia petrolera y el debilitamiento de los modelos políticos tradicionales constituyen elementos que han jugado a su favor. Debido a ello, el presidente ha logrado movilizar a una amplia base de seguidores en diferentes países, entre los cuales figuran los piqueteros de Argentina, el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, los grupos indigenistas de Bolivia y Ecuador, y sectores de los zapatistas en México. En suma, hay una corriente favorable a su discurso producto del agotamiento de los modelos políticos tradicionales, que se une a la falta de interés de EEUU hacia América Latina.

Finalmente, el gobierno de Chávez dispone de un amplio margen político y económico para impulsar sus proyectos. Para ello cuenta no solo con ingentes recursos financieros, sino también con un entorno internacional propicio. Aun así, no deja de ser una fase riesgosa y conflictiva del proceso, que puede generar vulnerabilidades. En ese sentido, su creciente protagonismo internacional es visto con reservas en algunos círculos políticos debido a las sospechas que generan algunos de sus aliados (Cuba, Irán, Corea del Norte, Bielorrusia y, más recientemente Siria, regímenes alejados de los valores de la democracia). Por otra parte, algunos analistas locales sostienen que la alianza estratégica multipolar con países como Rusia y China, el acercamiento al islamismo radical a través de Irán, la expansión de la diplomacia petrolera y la politización del Mercosur, sumadas a la propuesta de formar la Federación de Estados de América del Sur, son las ambiciosas metas que se ha trazado Chávez, con el poder energético como motor de su geopolítica.

Con todo, el diseño de esta nueva arquitectura en la política internacional de Venezuela, unida a la tesis de la «guerra asimétrica» y los aprestos bélicos para enfrentar «la invasión», conforman un espacio de acción que es ajeno a la tradición pacifista del país y nos ubica en un escenario de vulnerabilidad. En la medida en que avance el «socialismo del siglo XXI», podrían surgir contradicciones entre estas acciones y la gobernabilidad democrática. Será en ese momento cuando se advierta más claramente qué ocurre en Venezuela, y sus consecuencias para la convivencia internacional.