Coyuntura

Las dimensiones de la revolución democrática árabe

Menos de 10 años después del espectáculo macabro de la caída de la Torres Gemelas, las masivas rebeliones populares contra los autócratas Zine El Abidine Ben Ali y Hosni Mubarak y la ola de agitación democrática en el mundo árabe no solo constituyen un verdadero terremoto político, sino que trastornan completamente los imaginarios tóxicos construidos durante la «guerra contra el terror». Este artículo examina el trasfondo sociológico de los acontecimientos y la complejidad de las estructuras políticas y sociales puestas en juego, para un público latinoamericano no familiarizado con esas realidades «lejanas». En este sentido, echa luz sobre algunas de las dimensiones fundamentales de lo que llama, sin reservas, la «revolución democrática árabe»: el papel de la juventud y de las redes sociales, la agitación social y laboral, el controvertido tema del islam, el rol de los militares y de otros actores.

Las dimensiones de la revolución democrática árabe

Una noticia interesante para los entusiastas de la idea de que las revueltas tunecina y egipcia son las primeras «revoluciones Facebook o Twitter»: Túnez fue el primer país africano en conectarse a internet, en 1996, y los blogueros tunecinos fueron pioneros de la ciberdisidencia en el mundo árabe. Otra información debería, empero, matizar los excesos de «tecnocentrismo» en la lectura del cambio social: Túnez fue también la cuna de la primera liga de defensa de los derechos humanos en África y en el mundo árabe (la LTDH, fundada en 1980). Ninguno de estos dos hechos puede ser aislado el uno del otro. Las redes sociales y los nuevos medios electrónicos no eliminan milagrosamente las leyes del mundo social y político; crean nuevos circuitos y nuevas sinergias pero no inventan ni recombinan ad libitum las lógicas y los repertorios de la movilización. Parafraseando a Marx, se podría decir que los activistas de internet «hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado».

¿Cuáles son estas circunstancias? En casi todos los países árabes vemos tiranías escleróticas que confrontan con las expectativas crecientes de una juventud educada pero sin perspectiva y con la humillación de las masas empobrecidas. Oriente Medio y el Magreb tienen la mayor proporción de jóvenes de menos de 30 años en el planeta –entre 60% y 70% según los países– y algunas de las mayores tasas de desempleo. Al mismo tiempo, estos universos juveniles se caracterizan por el auge masivo del nivel de educación formal y por formas emergentes de cosmopolitismo cultural aclimatadas de modo inédito y creativo a las sensibilidades autóctonas. Paralelamente, en la última década la sociedad civil árabe se ha organizado en crecientes redes nacionales y transnacionales vinculadas a temas como los derechos humanos, el activismo social y de género y las protestas laborales. Pese a la represión –ligada a un control casi totalitario de la sociedad civil en Túnez, más intermitente y mezclada con cooptación en Egipto–, sobrevivieron redes de solidaridad que vemos reaparecer en las recientes protestas. El pueblo pide empleos, dignidad y libertad. Sobre todo, rechaza a los autócratas, sus familias de ladrones de siete suelas y la omnipotencia de los mukhabarat, los sanguinarios servicios de seguridad.

En el caso egipcio, la primera ola de protestas cívicas contra el autoritarismo y la corrupción del régimen y por el Estado de derecho se cristalizó desde finales de 2004 en el movimiento Kefaya («Basta»), una coalición de activistas oriundos en su mayoría del mundo intelectual y de la clase media que juntó, por primera vez, a personalidades de sensibilidad liberal, izquierdista e islamista. Por su elitismo y por cierta indefinición estratégica, esta experiencia fue de corta duración, pero algunos de los jóvenes ciberdisidentes que jugaron un papel clave en la movilización del 25 de enero y en los épicos 17 días que siguieron hicieron sus primeras armas en Kefaya.

Pese a las decenas de miles de simpatizantes de sus páginas de Facebook, los jóvenes internautas del Movimiento 6 de Abril y los del colectivo Somos Todos Khaled Said, galvanizados por el ejemplo tunecino, tuvieron que efectuar un trabajo de agitación clandestina en los barrios populares de El Cairo para lograr juntar a las primeras decenas de miles de manifestantes cuya determinación desesperada detonó la revuelta. Panfletos, buenos zapatos y sanas cuerdas vocales fueron sus únicas herramientas en esta circunstancia.

Más que en los repertorios de movilización, se puede plantear la hipótesis de que los nuevos medios y las redes sociales juegan un papel fundamental aumentando el costo de la represión al realzar considerablemente su visibilidad nacional e internacional. En este sentido, teléfonos celulares con cámara integrada y canales satelitales son quizá más importantes que una conexión a internet que alcanza a solo 20% o 30% de la población en Egipto y Túnez, respectivamente. Las imágenes de los primeros manifestantes víctimas de la policía en los hospitales de Kasserine circularon de manera muy rápida, desvirtuando la censura feroz de los medios de Ben Ali. En Egipto, donde la censura es más flexible, la clave –para la investigadora Sarah Ben-Nefissa– fue

la desmonopolización del campo mediático [desde finales de los años 90]. Se habla mucho de Al-Yazira, pero tal vez más importantes son los canales satelitales con base en El Cairo, como Dream 2, que organizan talk-shows cada noche. Desde 2006, abogados, médicos, veterinarios, obreros, moradores de los barrios populares utilizaron el mismo método. Organizan un sit-in frente a su fábrica o su institución, con sus reivindicaciones bien visibles en un cartel, y llaman a los diarios privados, Al Masri al Yum, Al Shuruk o Al Dustur. Estos mandan fotógrafos y publican el día después. En la noche siguiente, están invitados a un talk-show y son vistos por millones de personas.

El papel de la protesta social y laboral

No solo el rol de los ciberactivistas está mucho más articulado con actividades militantes «clásicas» de lo que se dice, sino que la novelería de algunos observadores extranjeros les hace olvidar algunas realidades menos glamorosas, como el auge de la insatisfacción laboral y el papel de los sindicatos.

En 2008, en Túnez, un enorme movimiento de protesta erupcionó en la zona minera de Gafsa, lejos del cosmopolitismo de la capital y de los balnearios chic del litoral. Reclamando empleos, programas sociales y libertad política, la población local desafió heroicamente a las fuerzas de seguridad durante casi seis meses, mientras los militantes de base del sindicato oficial, la Unión General de Trabajadores de Túnez (UGTT), se sumaban a esta insurrección pacífica. La rebelión de diciembre de 2010 y enero de 2011 también empezó en las ciudades marginadas del interior tunecino, particularmente afectadas por el desempleo y la pobreza de las infraestructuras socioeconómicas. Los cautelosos dirigentes de la UGTT –orgánicamente vinculados al partido en el poder, el Reagrupamiento Constitucional Democráticox (RCD)– fueron rápidamente rebasados por el activismo de sus afiliados. No solo esta organización de 500.000 miembros pasó a ser un actor clave de las protestas que derrocaron a Ben Ali, sino que su papel en la transición democrática será claramente decisivo. El sindicato sirve de punto de referencia a los sectores más progresistas de la oposición y algunas federaciones y uniones locales y regionales de la UGTT ponen su infraestructura a disposición de las iniciativas sociales y cívicas más avanzadas.