Coyuntura

Las dimensiones de la revolución democrática árabe

Menos de 10 años después del espectáculo macabro de la caída de la Torres Gemelas, las masivas rebeliones populares contra los autócratas Zine El Abidine Ben Ali y Hosni Mubarak y la ola de agitación democrática en el mundo árabe no solo constituyen un verdadero terremoto político, sino que trastornan completamente los imaginarios tóxicos construidos durante la «guerra contra el terror». Este artículo examina el trasfondo sociológico de los acontecimientos y la complejidad de las estructuras políticas y sociales puestas en juego, para un público latinoamericano no familiarizado con esas realidades «lejanas». En este sentido, echa luz sobre algunas de las dimensiones fundamentales de lo que llama, sin reservas, la «revolución democrática árabe»: el papel de la juventud y de las redes sociales, la agitación social y laboral, el controvertido tema del islam, el rol de los militares y de otros actores.

Las dimensiones de la revolución democrática árabe

Una noticia interesante para los entusiastas de la idea de que las revueltas tunecina y egipcia son las primeras «revoluciones Facebook o Twitter»: Túnez fue el primer país africano en conectarse a internet, en 1996, y los blogueros tunecinos fueron pioneros de la ciberdisidencia en el mundo árabe. Otra información debería, empero, matizar los excesos de «tecnocentrismo» en la lectura del cambio social: Túnez fue también la cuna de la primera liga de defensa de los derechos humanos en África y en el mundo árabe (la LTDH, fundada en 1980). Ninguno de estos dos hechos puede ser aislado el uno del otro. Las redes sociales y los nuevos medios electrónicos no eliminan milagrosamente las leyes del mundo social y político; crean nuevos circuitos y nuevas sinergias pero no inventan ni recombinan ad libitum las lógicas y los repertorios de la movilización. Parafraseando a Marx, se podría decir que los activistas de internet «hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado».

¿Cuáles son estas circunstancias? En casi todos los países árabes vemos tiranías escleróticas que confrontan con las expectativas crecientes de una juventud educada pero sin perspectiva y con la humillación de las masas empobrecidas. Oriente Medio y el Magreb tienen la mayor proporción de jóvenes de menos de 30 años en el planeta –entre 60% y 70% según los países– y algunas de las mayores tasas de desempleo. Al mismo tiempo, estos universos juveniles se caracterizan por el auge masivo del nivel de educación formal y por formas emergentes de cosmopolitismo cultural aclimatadas de modo inédito y creativo a las sensibilidades autóctonas. Paralelamente, en la última década la sociedad civil árabe se ha organizado en crecientes redes nacionales y transnacionales vinculadas a temas como los derechos humanos, el activismo social y de género y las protestas laborales. Pese a la represión –ligada a un control casi totalitario de la sociedad civil en Túnez, más intermitente y mezclada con cooptación en Egipto–, sobrevivieron redes de solidaridad que vemos reaparecer en las recientes protestas. El pueblo pide empleos, dignidad y libertad. Sobre todo, rechaza a los autócratas, sus familias de ladrones de siete suelas y la omnipotencia de los mukhabarat, los sanguinarios servicios de seguridad.

En el caso egipcio, la primera ola de protestas cívicas contra el autoritarismo y la corrupción del régimen y por el Estado de derecho se cristalizó desde finales de 2004 en el movimiento Kefaya («Basta»), una coalición de activistas oriundos en su mayoría del mundo intelectual y de la clase media que juntó, por primera vez, a personalidades de sensibilidad liberal, izquierdista e islamista. Por su elitismo y por cierta indefinición estratégica, esta experiencia fue de corta duración, pero algunos de los jóvenes ciberdisidentes que jugaron un papel clave en la movilización del 25 de enero y en los épicos 17 días que siguieron hicieron sus primeras armas en Kefaya.

Pese a las decenas de miles de simpatizantes de sus páginas de Facebook, los jóvenes internautas del Movimiento 6 de Abril y los del colectivo Somos Todos Khaled Said, galvanizados por el ejemplo tunecino, tuvieron que efectuar un trabajo de agitación clandestina en los barrios populares de El Cairo para lograr juntar a las primeras decenas de miles de manifestantes cuya determinación desesperada detonó la revuelta. Panfletos, buenos zapatos y sanas cuerdas vocales fueron sus únicas herramientas en esta circunstancia.

Más que en los repertorios de movilización, se puede plantear la hipótesis de que los nuevos medios y las redes sociales juegan un papel fundamental aumentando el costo de la represión al realzar considerablemente su visibilidad nacional e internacional. En este sentido, teléfonos celulares con cámara integrada y canales satelitales son quizá más importantes que una conexión a internet que alcanza a solo 20% o 30% de la población en Egipto y Túnez, respectivamente. Las imágenes de los primeros manifestantes víctimas de la policía en los hospitales de Kasserine circularon de manera muy rápida, desvirtuando la censura feroz de los medios de Ben Ali. En Egipto, donde la censura es más flexible, la clave –para la investigadora Sarah Ben-Nefissa– fue

la desmonopolización del campo mediático [desde finales de los años 90]. Se habla mucho de Al-Yazira, pero tal vez más importantes son los canales satelitales con base en El Cairo, como Dream 2, que organizan talk-shows cada noche. Desde 2006, abogados, médicos, veterinarios, obreros, moradores de los barrios populares utilizaron el mismo método. Organizan un sit-in frente a su fábrica o su institución, con sus reivindicaciones bien visibles en un cartel, y llaman a los diarios privados, Al Masri al Yum, Al Shuruk o Al Dustur. Estos mandan fotógrafos y publican el día después. En la noche siguiente, están invitados a un talk-show y son vistos por millones de personas.

El papel de la protesta social y laboral

No solo el rol de los ciberactivistas está mucho más articulado con actividades militantes «clásicas» de lo que se dice, sino que la novelería de algunos observadores extranjeros les hace olvidar algunas realidades menos glamorosas, como el auge de la insatisfacción laboral y el papel de los sindicatos.

En 2008, en Túnez, un enorme movimiento de protesta erupcionó en la zona minera de Gafsa, lejos del cosmopolitismo de la capital y de los balnearios chic del litoral. Reclamando empleos, programas sociales y libertad política, la población local desafió heroicamente a las fuerzas de seguridad durante casi seis meses, mientras los militantes de base del sindicato oficial, la Unión General de Trabajadores de Túnez (UGTT), se sumaban a esta insurrección pacífica. La rebelión de diciembre de 2010 y enero de 2011 también empezó en las ciudades marginadas del interior tunecino, particularmente afectadas por el desempleo y la pobreza de las infraestructuras socioeconómicas. Los cautelosos dirigentes de la UGTT –orgánicamente vinculados al partido en el poder, el Reagrupamiento Constitucional Democráticox (RCD)– fueron rápidamente rebasados por el activismo de sus afiliados. No solo esta organización de 500.000 miembros pasó a ser un actor clave de las protestas que derrocaron a Ben Ali, sino que su papel en la transición democrática será claramente decisivo. El sindicato sirve de punto de referencia a los sectores más progresistas de la oposición y algunas federaciones y uniones locales y regionales de la UGTT ponen su infraestructura a disposición de las iniciativas sociales y cívicas más avanzadas.

En Egipto, prácticamente no existía esta dicotomía o ambivalencia interna de la UGTT; la Federación Egipcia de Sindicatos estaba totalmente controlada por el poder y era francamente hostil a cualquier iniciativa autónoma de los trabajadores, incluso apoyando la prohibición de hecho del derecho de huelga desde 2003. Sin embargo, la segunda mitad de la primera década del siglo XXI fue marcada por una ola de protesta social sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial en las riberas del Nilo, como resalta Joel Beinin, profesor de la Universidad de Stanford y autor de un informe sobre la lucha por los derechos de los trabajadores egipcios.

«Más de 1,7 millones de trabajadores participaron en más de 1.900 huelgas y protestas laborales entre 2004 y 2008», escribe Beinin, mientras J. Scott Carpenter, del Washington Institute for Near East Policy, señala que el número de huelgas en 2010 superó de lejos el número combinado de huelgas en los cinco años precedentes. Si es cierto que millones de trabajadores egipcios participaron en la revolución democrática más bien en cuanto individuos, al lado de la juventud universitaria y de las clases medias, a partir del domingo 6 de febrero hubo movilizaciones que mezclaban reivindicaciones laborales y exigencias políticas en decenas de empresas de los sectores textil, farmacéutico, de telecomunicaciones, cementero, petrolero, siderúrgico, químico y ferrocarriles. En los últimos días antes de la caída de Mubarak, la amenaza de un desborde insurreccional de la agitación laboral jugó un papel importante en la decisión del Ejército de despedirse del viejo caudillo.

El tema de las izquierdas políticas es más complejo. Padecen en el mundo árabe de una debilidad sociológica vinculada al peso muy reducido del proletariado formal organizado, así como de una gran debilidad cultural. La economía moral de la plebe y de la pequeña burguesía musulmanas tiene una profunda afinidad con un imaginario civilizatorio de tipo puritano-mercantil, muy parecido en muchos aspectos al modelo individualista-liberal del mundo protestante anglosajón. Pesa, también, el fracaso autoritario de los «socialismos árabes» (nasserista, baathista, argelino). El caso de Túnez es levemente más alentador por el papel más orgánico del sindicalismo en la sublevación contra Ben Ali y la existencia de núcleos intelectuales y partidarios con cierta influencia. En Egipto, fuera de los pocos grupos nasseristas verdaderamente activos y no cooptados por el poder, parte de los activistas juveniles de clase media se identifica con cierta izquierda que se podría definir tentativamente como «liberal posmoderna». Como en el caso del Movimiento 6 de Abril, que suele manifestar su solidaridad con las luchas obreras y los anhelos de construir un sindicalismo independiente, pero son muy minoritarios.

Las sociedades árabes padecen de fuertes niveles de desigualdad y de tasas de desempleo y de subempleo alarmantes. La naturaleza a menudo rentista y extractivista de sus economías y la fragilidad de su base de sustento agroalimentario, agravada por los embates de la crisis climática, las exponen a la amenaza de violentas explosiones sociales. No hay dudas de que los destinos de la consolidación democrática y la expresión organizativa e institucional de la lucha de clases estarán estrechamente vinculados en esta región del mundo. Sin embargo, para la izquierda, el trabajo de reconstrucción ideológica y organizativo por hacer es gigantesco.

El espantajo islámico

El ocaso del islamismo político radical y abiertamente antidemocrático es un hecho analizado y comentado desde hace tiempo por los especialistas. Además, la existencia de factores de convergencia entre aspiraciones democráticas seculares y resurgimiento religioso es un fenómeno comprobado. En el ámbito de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, existe una colaboración creciente entre varios sectores del centro liberal, de las izquierdas y del islamismo en países como Túnez, Egipto y Jordania. Sin embargo, el terrorismo-espectáculo desterritorializado de Al Qaeda y sus franquicias ciega completamente a los medios y al público occidentales sobre las evoluciones rápidas y a veces sorprendentes de las sociedades musulmanas. Como lo señala el islamólogo y politólogo francés Olivier Roy, «los más radicales dejaron el escenario [de las sociedades locales] por un yihad global (…) completamente desconectado de los movimientos sociales y de las luchas nacionales. (…) Además, ya que la acción de Al Qaeda se desenvuelve sobre todo en Occidente o apunta a blancos definidos como occidentales, su impacto sobre las sociedades reales es nulo».Esta obsesiva ceguera occidental está también asociada a formas virulentas de islamofobia y de esencialismo cultural azuzadas por políticos reaccionarios e intelectuales neoconservadores o supuestamente «republicanistas». Eso genera una enorme distorsión cognoscitiva de la mirada sobre el mundo árabe y musulmán. Finalmente hay que reconocer que, más allá de su supuesto exotismo, las revoluciones culturales y antropológicas en curso en el seno del islam globalizado son fenómenos objetivamente complejos y multidimensionales que difícilmente se prestan a la reducción en fórmulas de fácil consumo político o mediático.

Desde este punto de vista, además de su enorme potencial emancipatorio, la revolución democrática árabe tuvo un efecto secundario casi involuntario pero muy benéfico: empezó a derribar un muro de prejuicios entre Occidente y Oriente. La ausencia de turbas sedientas de sangre escupiendo su «odio por nuestras libertades»16 y quemando banderas de Estados Unidos asombró a muchos observadores. El espectáculo de jóvenes barbudos y sin barba en marchas solidarias, de mujeres con velo y sin velo protestando juntas contra la tiranía, de abogados constitucionalistas, blogueros sofisticados y combativos sindicalistas dándose la mano con buhoneros vestidos de galabiya y devotas amas de casa, pareció algo totalmente insólito, aunque no puede sorprender a quienes han dedicado la última década a escuchar y estudiar la fascinante diversidad de estos «árabes invisibles».

Lejos de ser una señal de «arcaísmo» o de «tradicionalismo», el auge de la visibilidad del islam en las últimas tres décadas (difusión del velo, número de mezquitas, multiplicación de los predicadores y de los canales de televisión religiosos, etc.) es un fenómeno fundamentalmente moderno y modernizante. Además, no hay que confundir islamismo político y reislamización social y cultural, dos tendencias cuya interacción es mucho menos unilineal y mucho más paradójica de lo que se podría suponer.

En lo político, la referencia islámica es un repertorio simbólico común pero ambivalente que puede abarcar desde el elogio explícitamente «tocquevilliano» de la autonomía de la sociedad civil formulado por el líder islamista tunecino Rachid Ghannouchi hasta el fascismo teocrático –muy minoritario– de los kamikazes de Bin Laden. En el plano social y cultural, puede encubrir desde las más crueles tentativas de fortalecimiento de la dominación patriarcal hasta formas explícitas o implícitas –las más efectivas– de «feminismo islámico» y de proyección autónoma de las mujeres en el espacio público.

En la mayoría de los casos, la ola devocional neoislámica expresa una modernización antropológica sui géneris: «descomunitarización» e individualización controlada de la fe, «poder pastoral» difuso, búsqueda de sentido y de autodisciplina moral en medio de la transición traumática a la modernidad urbana y mercantil. En esto se parece mucho al neoprotestantismo de amplios sectores populares y de clase media emergente en Latinoamérica o en África. Al igual que el neoprotestantismo, bajo el efecto de la globalización cultural, de las nuevas tecnologías y de las circulaciones de sentido inauditas que estas permiten, el islam «born again» conoce una enorme diversificación de la oferta religiosa, que acentúa la segmentación del mercado religioso así como la individualización y, a la vez, la hibridación de las prácticas devocionales.

Nuevas configuraciones político-religiosas

Las autoridades religiosas tradicionales y los grupos islamistas políticos –que son dos cosas diferentes y a menudo en conflicto, pero igualmente amenazadas por las evoluciones recientes– controlan cada vez menos las dinámicas de islamización. Los nuevos predicadores más populares como Amr Khaled en Oriente Medio o Abdullah Gymnastiar en Indonesia, que atraen a decenas de millones de adeptos en su sitios web o en sus programas televisivos, abogan por un islam individualista y emotivo (la invocación del «corazón» es frecuente) con fuertes tintes terapéuticos y empresariales que evocan más a Dale Carnegie o Stephen Covey que la hermenéutica coránica tradicional. Y esta es solo una de la variantes posibles de la diversificación. Las «nuevas configuraciones piadosas ‘posmilitantes’» –descritas incluso por algunos autores como «posislamistas»–, así como los fenómenos paralelos ya mencionados –auge del nivel de educación formal y cosmopolitismo de la cultura juvenil–, tienen un efecto retroactivo sobre el mainstream del islamismo político, pese a las inercias y a la resistencia de las generaciones «heroicas» y rigoristas de la militancia islámica.

El caso de los Hermanos Musulmanes egipcios, objeto de tantos temores y comentarios desinformados en Occidente, es típico. La revolución los ha sorprendido en medio de un complejo proceso de evolución interna que responde tanto a estas presiones «externas» de la sociedad como a la experiencia de la derrota, de la clandestinidad y de la represión, y a las exigencias propias del quehacer político. No hay que olvidar que los Hermanos Musulmanes no son un partido de clérigos ni los voceros de la plebe musulmana –con la que tienen una relación más bien caritativa-paternalista–, sino que están dominados por los sectores profesionales (médicos, juristas, ingenieros, etc.) y las clases medias emergentes. Cada vez más distante de los furores teocráticos más radicales, su núcleo ideológico tiende más bien a resumirse en un paquete de «compassionate conservatism» (conservadurismo compasivo)26 que no sorprendería ni a Max Weber ni a los integrantes de la Cámara de Comercio de Texas: valores familiares, decencia en el comportamiento público, libre empresa, desconfianza hacia el Estado de Bienestar, una clase media fuerte, devota y patriótica y la idea de que el pacto social presupone, en algún modo, un contrato paralelo con el Ser Supremo.

No por casualidad, los voceros más «liberales» de la Hermandad han señalado desde hace unos años, y con más insistencia aún desde la revolución del 25 de enero, que su modelo era más bien cercano al Partido de la Justicia y del Desarrollo (AKP), en el poder en Turquía. El AKP de Recep Tayyip Erdogan, que aplicó con empeño el evangelio de la privatización que Occidente predicó al mundo en desarrollo en las tres últimas décadas, es en gran parte una expresión de la clase media empresarial emergente de Anatolia. Su agresiva agenda promercado logró vencer las reservas iniciales de las elites económicas kemalistas, que tendían a considerar a los adherentes al AKP como patanes provincianos y competidores indeseables. Con una tasa de crecimiento apenas inferior a la de China e India y una proyección diplomática, económica y cultural creciente en la región, la Turquía de Erdogan está considerada a menudo como el único país exitoso de Oriente Medio y como un ejemplo de lo que podría ser una auténtica democracia islámica. Para el partido islamista tunecino Ennahda, se trata de una referencia aún más abierta y explícita que para sus homólogos egipcios.

La ideología de los Hermanos Musulmanes es más que discutible, y los jóvenes activistas del Movimiento 6 de Abril o de Somos Todos Khaled Said, así como los sindicalistas de izquierda, los nasseristas o los liberales seculares no están dispuestos a firmarles un cheque en blanco, pero existe a la vez un consenso total sobre la necesidad de integrarlos al frente democrático. Como lo señala Patrick Haenni, la paradoja del islamismo político contemporáneo es que

la politización de lo religioso se afirma como el vector de su secularización. (…) El eslogan ‘el islam es la solución’ está muy bien mientras usted no está en el poder, pero una vez que accede a una forma de responsabilidad pública, incluso limitada, hay que encontrar otros tipos de respuestas. (…) La participación política genera una conciencia de la irreductibilidad de la lógica política frente a la lógica religiosa.

A esto hay que añadir, en el caso de Egipto, la socialización generacional del sector juvenil de los Hermanos Musulmanes. No fue una casualidad que fueran los primeros en bajar a la calle desde el 25 de enero al lado y en coordinación explícita y formal con sus pares, jóvenes liberales e izquierdistas laicos, mientras la dirección y la vieja guardia de la Hermandad mantenían una actitud prudente y temerosa. En el fuego de la lucha cívica, no solo se crean alianzas inesperadas, sino que se forja una nueva cultura política, en relación dialéctica compleja con la diversificación y el pluralismo de las prácticas sociales e individuales de la juventud y del islam cotidiano.

La sombra del Ejército

El papel de las Fuerzas Armadas ha sido clave tanto en la insurrección tunecina como en la rebelión egipcia; en ambos casos se rehusaron a participar en la represión directa de los civiles durante la protestas. Pero ahí acaba la similitud entre los dos procesos. En Túnez hubo una «neutralidad activa» en favor de la transición democrática de parte de un Ejército de tamaño relativamente reducido (alrededor de 35.000 hombres, contra 135.000 en los varios servicios de policía), bastante profesionalizado y capaz de mantener una cierta distancia en relación con los mecanismos centrales de la dictadura. En Egipto, el Ejército tiene mucho más peso, controla al menos un cuarto de la economía y recibe miles de millones de dólares de ayuda estadounidense. Nunca participó en la represión de los civiles bajo Mubarak y es percibido por la población, al menos por ahora, como una suerte de «reserva moral». Con todo, se ha visto que su papel en ciertos momentos críticos –como el día en que los matones de Mubarak atacaron a los manifestantes en la plaza Tahrir– ha sido por lo menos ambiguo. A diferencia de lo que sucede en Túnez, los intereses económicos, estratégicos y geopolíticos en juego son enormes. El Ejército egipcio es una fuerza de más de 460.000 hombres, con 4.000 carros blindados y cientos de aviones de combate. El servicio militar dura tres años y provee parte de la mano de obra –sobre todo en el sector de la construcción– de un ingente complejo industrial que abarca empresas agroalimentarias (aceite de oliva, leche, pan y agua mineral), cementeras, producción de vehículos y varias otras actividades. Las Fuerzas Armadas también controlan inmensas superficies de tierras públicas, una posesión muy codiciada y muy lucrativa en un país de fuerte densidad poblacional y con escasez de viviendas y de tierras agrícolas. Los militares han decidido «acompañar» la transición, pero no aceptarán fácilmente un régimen que disminuya su poder o socave sus alianzas.

La suspensión de la Constitución y la disolución del Parlamento por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas responde a una de las reivindicaciones del movimiento democrático, pero los plenos poderes otorgados de hecho a los militares por al menos seis meses plantean muchos interrogantes. No hay claridad sobre el levantamiento del estado de emergencia y la liberación de todos los presos políticos. Algunos ven ahí la sombra de un «golpe en cámara lenta». Sin embargo, la convocatoria de un panel pluralista de juristas respetados y con credenciales democráticas para revisar la Constitución ha sido percibida con satisfacción por la sociedad civil. Y la salida a inicios de marzo del primer ministro Ahmed Shafiq, demasiado vinculado al antiguo régimen (al igual que el primer ministro tunecino Mohammed Ghannouchi, obligado a renunciar pocos días antes), demuestra la capacidad de presión de un movimiento popular que aún no parece ser domesticado por los custodios uniformados de la transición.

Uno de los aspectos centrales de la cuestión militar es, por supuesto, la relación con EEUU y con Israel, que merecerían un artículo entero. Si bien Tel Aviv percibió la caída de Mubarak como una catástrofe, Washington, después de un momento de vacilación, decidió tratar de cabalgar el tigre. Gracias a varios programas académicos y de cooperación, EEUU tiene contactos en el mundo de los activistas y de las ONG vinculados a la oposición y, por supuesto, mantendrá su conexión estrecha con el poder militar. Parece también dispuesto a aceptar la legalización de los Hermanos Musulmanes y sabe que el Egipto de mañana nunca será tan dócil como el de Mubarak. La idea es preservar un núcleo mínimo de intereses fundamentales con un perfil más bajo.

Es poco probable que el paso seguro de la Marina estadounidense por el Canal de Suez y, sobre todo, los acuerdos de paz con Israel sean amenazados a corto y mediano plazo. Pero la «paz fría» puede hacerse más fría aún. El bloqueo a Gaza, la exportación de gas natural a Israel a precios subvencionados y, sobre todo, el papel de custodio de la docilidad palestina y de «garante» de un proceso de paz que se volvió una farsa ya no estarían tan asegurados. Sin necesidad de adoptar una posición «antiimperialista» radical, bastaría que la diplomacia egipcia imitara el modelo de multilateralismo regional autónomo promovido por Ankara para cambiar la ecuación.

El camino a la plaza Tahrir

Los complejos sistemas de identificación, estratificación y segmentación que caracterizan las sociedades árabes no han sido sustituidos de un día a otro por un pueblo unánime comulgando en el culto a Facebook y al derecho constitucional. Una vez recaída la efervescencia revolucionaria, la relativa inercia sociológica de las estructuras preexistentes va a reafirmarse. Como dice Olivier Roy,

en todo el mundo árabe, la demanda democrática encontrará obstáculos en el arraigo social de las redes clientelares de cada régimen. (…) ¿Puede el deseo de democracia trascender las redes complejas de lealtad y pertenencia a cuerpos sociales intermedios (se trate del Ejército, de las tribus, de las clientelas políticas, etc.)? ¿Cuál es la capacidad de los regímenes de jugar con estas lealtades tradicionales (…)? ¿Cómo pueden estos varios grupos sociales conectarse con esta demanda de democracia y volverse actores de ella?

Por un lado, es cierto que algunos de los regímenes dictatoriales y autoritarios podrán apoyarse en esta segmentación estructural para mantener su dominio. En Siria, por ejemplo, el poder de la dinastía Asad está visto por las minorías alauita –secta pariente del chiísmo a la que pertenecen la familia Asad y una buena parte de la jerarquía político-militar– y cristiana (cerca de 10% de la población en ambos casos) como una barrera contra una temida dominación sunita. El modo en que Muamar Kadafi ha tratado de transformar la insurrección contra su poder tiránico en guerra civil es también sintomático. Por otro lado, las sociedades en transición democrática como Túnez y Egipto no serán inmunes a regresiones, frustraciones y desencantos. Descubrirán que no existe un modelo de «democracia perfecta», ni en Occidente ni en el mundo árabe-musulmán, y que la autenticidad del proceso democrático se mide más bien por la productividad de las tensiones y los conflictos alrededor de la definición del contenido mismo del concepto de democracia. Sobre todo, los regímenes de transición democrática en Túnez, en Egipto y tal vez mañana en Libia o en Argelia pueden recaer en una forma de lo que el politólogo ruso Dmitry Furman llama «managed democracy», democracias controladas en las que hay elecciones regulares pero con resultados siempre previsibles (sin nunca llegar a la demasiado vistosa obscenidad de los triunfos por 80% o 90% de votos de ayer), un Poder Judicial semiautónomo pero a menudo manipulado en función de los intereses vitales del Ejecutivo, libertad de expresión y prensa plural pero con ciertos límites infranqueables.

Este riesgo es real, como es real el riesgo del estallido de «guerras culturales» (culture wars) alrededor de los temas de orden moral, con competencias de demagogia populista-religiosa entre varios actores y efectos indirectos de disciplinamiento o amedrentamiento de las minorías, de las mujeres, etc. Sin embargo, y contra las insinuaciones del culturalismo esencialista y racialista, estos fenómenos no son una particularidad del mundo árabe o musulmán. Basta citar el caso de una Francia histerizada por la batalla paranoica contra el hijab en las escuelas y los espacios públicos, cuyo único resultado es lograr –con pretextos «feministas» y «republicanistas» falaces– cercenar la autonomía, la dignidad y libertad de expresión de las mujeres musulmanas francesas. Son bien conocidos también los varios chantajes y pánicos morales suscitados por el conservadurismo cristiano en EEUU. La mejor manera de desactivar estos conflictos, o más bien canalizarlos hacia debates racionales y civilizados, es precisamente la máxima apertura del espacio público y el protagonismo plural y multidimensional de la ciudadanía.

Este protagonismo es el legado más precioso de las revoluciones de enero y febrero de 2011, y sus actores son muy conscientes de ello. Interrogado después de la magnífica victoria del pueblo egipcio sobre el miedo y la humillación, uno de los manifestantes explicaba por qué, sin abandonar la necesaria vigilancia, no habría que tener un temor excesivo y paralizante a las tentaciones antidemocráticas o manipuladoras, vengan de los militares, de los islamistas o de otros actores. El secreto de su optimismo ponderado era sencillo: «Ahora conocemos el camino a la plaza Tahrir».