Tema central

La violencia estatal y social y las políticas de seguridad necesarias

En Brasil, la tasa de muertes en crímenes violentos es de 27 por cada 100.000 habitantes, pero se multiplica por cuatro si se considera solo a los varones jóvenes y pobres que viven en las favelas. Para enfrentar esta verdadera tragedia social, el artículo argumenta que es necesario, en primer lugar, que el Estado cumpla las leyes, ya que la violación de los derechos humanos y la impunidad consagrada por los poderes públicos es la causa fundamental del aumento de la inseguridad. La policía debe ser reformada de acuerdo con parámetros democráticos, las cárceles deben ser atendidas y las hipótesis simplistas que sugieren aumentos de las penas y medidas brutales de represión deben ser abandonadas.

La violencia estatal y social y las políticas de seguridad necesarias

Contexto sociohistórico y cultural

Para analizar el tema de la violencia y la criminalidad en Brasil, antes de arrojarnos sobre los datos empíricos, es necesaria una breve descripción de la sociedad y su historia. En principio, debemos dejar de lado la dicotomía orden versus anomia y tener en cuenta que, en línea con Barrington Moore, el proceso histórico brasileño debe considerarse como una vía autoritaria (o prusiana) de desarrollo del capitalismo. Este proceso nos legó una tradición de pactos entre elites y transición negociada cuya contrapartida fue la exclusión de las clases subalternas.

Pero Brasil tiene algo de particular. En la dimensión cultural, la exclusión encontró una expresión mimética –es decir, que refuerza lo que ocurre en la esfera de las relaciones económicas– pero a la vez compensatoria, ya que promueve la resignificación y ofrece a las conciencias una mediación complejizante y políticamente neutralizadora de las tensiones. En otras palabras, la cultura brasileña fue pródiga en el arte de capturar los restos simbólicos y sociales de la exclusión económica y traerlos al continente protector de la jerarquía, encajándolos en el esquema de posiciones que vertebra a la sociedad y, por lo tanto, restituyéndoles sentido y valor. La inclusión subalterna, a través de la integración jerárquica y la difusión del sincretismo como estrategia de afirmación identitaria, fue la respuesta a la exclusión político-económica.

Éste es el Brasil sincrético, hechicero y alquimista, que promueve la feijoada de los sonidos, la química de los sentidos y la hibridación de las ideologías y las religiones, fundiéndolas y transformándolas.

La matriz del proceso histórico brasileño es, por lo tanto, el progreso material contradictorio de la modernización individualizante del capitalismo tardío, pero en un ambiente social estamental y jerárquico, marcado por la exclusión social, bajo la égida de la ambivalencia sincrética y de la vacilación creativa de la asimilación.

La experiencia personal popular típica, en este cuadro, está dividida por dos interpelaciones de fondo. Por un lado, la referencia económica, social y cultural del individualismo, correspondiente al estadio de desarrollo de la modernidad capitalista y la ciudadanía consagrados en la Constitución de 1988. Por otro lado, el poder ejercido por el simbolismo de la jerarquía, en cuyos términos no hay igualdad ante la ley, aunque la diferencia impone a los «señores» el compromiso de la protección. En esta dicotomía, el costo es la disputa del mercado y el abandono de los «perdedores», y el precio, la protección exigida por la jerarquía, el paternalismo y la dependencia.

El peor de los mundos posibles es la evocación de la jerarquía en los rituales cotidianos: «a los subalternos, el ascensor de servicio». Esto genera discriminación y otras formas de violencia que se combinan con la alusión al igualitarismo individualista como evasión de responsabilidades sociales. El resultado es la justificación del «lavado de manos», con la expectativa darwiniana de que «el mercado elimine la incompetencia». En ese contexto, los excluidos se ven eventualmente habilitados para hacer la lectura perversa complementaria: si la igualdad es solo un dispositivo oportunista y un instrumento de manipulación, el juego sin límites del mercado puede ser sustituido por el enfrentamiento de las armas. Esto produce otro individualismo salvaje. Y es la lectura que se hace hoy en muchas favelas brasileñas.

Asistimos hoy a un genocidio de jóvenes pobres y negros, que mueren y matan en un enfrentamiento fratricida sin cuartel, sin bandera y sin razón. A pesar de que la mayoría se resiste, muchos jóvenes sin perspectiva y sin esperanza, distanciados de las oportunidades generadas por la educación y la cultura, sin alternativas para el ocio o el deporte, sin afecto, reconocimiento ni valoración, con su autoestima degradada, acaban cediendo a la seducción del crimen. Al dejarse reclutar, aceptan las armas como el pasaporte hacia la visibilidad social y el reconocimiento antes que como una herramienta al servicio de una estrategia económica. El hambre de significado y valoración es más profundo que el hambre física. El crimen es, por lo tanto, mucho más que una operación contable.

Es el fruto de la vía autoritaria y excluyente de desarrollo capitalista, articulada con procesos culturales que son a la vez creativos, libertarios, manipuladores y opresivos. Y es también la combinación paradójica entre darwinismo de mercado y crueldad asesina, sustituidos, espasmódicamente, por paternalismo asistencialista y cooptación.

Además de violencia y desigualdad, Brasil experimenta la resistencia a esos impulsos casi atávicos, la reinvención solidaria y la construcción democrática y participativa. Pero las dimensiones promisorias, que apuntan a la justicia, a la libertad y a la democracia, están hoy oscurecidas por la torpeza de la violencia más insidiosa, aquella que deja un rastro de sangre en las favelas, que niega la alteridad en las esquinas, que degrada la legalidad democrática y que se beneficia de la apropiación privada de las instituciones públicas mediante la corrupción y el lavado de dinero. Frecuentemente, los diferentes tipos de violencia se comunican entre sí y se realimentan.

La diversidad de la violencia criminal en Brasil

Brasil es tan grande y diverso que es imposible formular generalizaciones. Es necesario entonces tener en cuenta las diferentes matrices de la criminalidad y la situación particular de cada estado o región. La sociedad brasileña, por su complejidad, no admite simplificaciones. En San Pablo, por ejemplo, la mayoría de los homicidios dolosos se vincula a conflictos interpersonales que concluirían de otra forma si no hubiese una amplia disponibilidad de armas de fuego. En el estado de Espíritu Santo y en los del Nordeste, el asesinato por encargo todavía prevalece: alimenta una industria de la muerte, un negocio que implica a pistoleros profesionales que actúan individualmente o se reúnen en grupos de exterminio, de los cuales muchas veces participan policías. Estos mercaderes de la muerte tienden a ser cooptados por las redes clandestinas que penetran las instituciones públicas, vinculándose a intereses políticos y económicos específicos relacionados con el lavado de dinero.