Opinión

La última elección vieja, la primera elección nueva

El peronismo y el macrismo entablan una batalla dura de cara a las elecciones legislativas en Argentina. Lo que está en disputa es el sentido de lo «nuevo» y el significado de lo «viejo».

La última elección vieja, la primera elección nueva

El micromundo de la política argentina está en llamas. La sociedad, no tanto. Estamos en días de cierre: el próximo 14 de junio vence la presentación de alianzas políticas y el día 24 deberán oficializarse las listas de precandidatos para las primarias abiertas del 13 de agosto. Ese domingo se elegirán legisladores para renovar un tercio del Senado y la mitad de la cámara de Diputados de la Nación. Como suele pasar en elecciones de medio término, además de disputarse bancas se disputa entre los campos políticos el sentido de la contienda. Las mayorías y minorías parlamentarias no encienden pasiones en países presidencialistas como la Argentina (aunque quizá tampoco en ningún otro), por lo que lo que aquello que concretamente se vota suele pasar a un segundo plano.

Durante el kirchnerismo, las elecciones de medio término fueron leídas como plebiscitos del poder político del espacio gobernante y, sobre todo, de su capacidad de liderazgo dentro del propio movimiento peronista. Fueron interpretadas, asimismo, desde la Provincia de Buenos Aires, hábitat de dos de cada cinco argentinos y principal distrito político de la nación. En 2005, Cristina Fernández venció a Chiche Duhalde, liberando al nuevo proyecto de su padrino político, el duhaldismo. Cuatro años después, tras un 2008 de altísima conflictividad con las entidades corporativas del agro, Néstor Kirchner y Daniel Scioli jugaron fuerte y encabezaron la boleta, perdiendo por escaso margen con un candidato nuevo que tendría sobrevida política sólo por unos años más: Francisco De Narváez. Por último, en 2013, Sergio Massa venció al candidato oficialista Martín Insaurralde, desde una campaña con eje en la oposición a una supuesta pretensión de reforma constitucional para permitir la reelección presidencial indefinida.

Pasando en limpio: tres elecciones en las que el gobierno nacional apostó fuerte, ganando una y perdiendo dos. Tres elecciones que fueron tres internas peronistas a cielo abierto. Más allá de sellos, los seis candidatos que mencionaban se reconocían peronistas y hacían política desde esa identidad. Hace dos años, un rayo en el cielo sereno despertó a quienes habían idealizado la potencia del «aparato» peronista bonaerense. El peronismo perdió la gobernación de Buenos Aires y varias de las intendencias que había gestionado por décadas. Ganó la elección la única candidata no peronista de los cuatro que recogieron más votos, convirtiéndose además en la primera mujer en gobernar la provincia. Difícil imaginar una figura de trayectoria social más lejana al peronismo que María Eugenia Vidal. Y ganó, en su primera contienda electoral de importancia y derribando más de un mito en una sola noche.

Esa victoria y otra más, la de Mauricio Macri a nivel nacional, abrieron un nuevo ciclo histórico de elecciones legislativas. La de 2017 es el primer test de medio término del macrismo. La primera vez que enfrentará las urnas como gobierno. A diferencia de la épica sobrecalentada del kirchnerismo, el nuevo elenco de gobierno busca una elección lo más fría posible. Se ve a sí mismo con buenas chances de ganar en los principales distritos, pero cada vez que puede subestima la importancia de los comicios. Opta por no sobredimensionar la importancia que el masivo de la sociedad otorga al llamado a las urnas en su orden de prioridades vitales. Considera que la mayoría de la población no lucha ni un día: que la política no le interesa y que recién pensará en la elección las últimas semanas, según los candidatos y mensajes que se ofrezcan ante su selección privada, individual y apática. Cambiemos irá a la elección de Buenos Aires reinventándose en candidatos nuevos cuidadosamente coacheados. En torno a mensajes unificados, de contenido liviano y de baja densidad. A repetir la receta que le viene rindiendo.


Si le preguntáramos a Jaime Durán Barba qué acción del peronismo le convendría al partido de Macri (Pro), seguramente nos respondería: «exactamente lo que están haciendo hoy». El Pro quiere hacer de esta una elección entre «lo viejo y lo nuevo», entre pasado y futuro. Y el peronismo le da el gusto manteniéndose de espaldas a la sociedad y de frente a sus disputas internas. 2017 es la primera elección del nuevo ciclo, pero el peronismo la vive como una más de las viejas. Define a sus candidatos como resultado de la dinámica interna de equilibrios de poder del partido, ofreciendo ante las urnas las figuras habituales y mostrando llamativa incapacidad de crear nuevos cuadros electorales que reoxigenen su representatividad.

El micromundo de la política argentina se impacienta hoy ante la incógnita de los candidatos del peronismo en la provincia de Buenos Aires. El pasado 25 de mayo, en el aniversario número 207 de la Revolución de Mayo y a catorce años de la asunción presidencial de Néstor Kirchner, la expresidenta Cristina Kirchner brindó una entrevista de hora y media al canal C5N. Como suele ocurrir, historiadores, economistas y otros científicos sociales tienen en el conjunto de ese material varias perlas para el análisis, pero periodistas y políticos se interesaron mucho más por los escasos 10 minutos en que dio referencias elípticas sobre la coyuntura electoral inmediata. La mayoría de los medios y dirigentes dan por hecho su candidatura, aunque a dos meses de los comicios no haya equipo de campaña ni esbozo de comunicación electoral alguno.

En 2015, Florencio Randazzo, exministro del gabinete de Cristina Kirchner, buscó enfrentar a Daniel Scioli en una primaria abierta, representando a quienes sospechaban del consensualismo excesivo del entonces gobernador de Buenos Aires y preferían un candidato que «representara más fielmente» la experiencia política del kirchnerismo. Randazzo era el candidato de la lealtad al proyecto, en contraposición al sospechoso de eventual traición Scioli. Menos de dos años después, en juego de espejos los roles se invierten. La celeridad con que se dan estos reacomodamientos internos, la tarea acrobática a la que esto obliga a los diferentes grupos y dirigentes peronistas y la desconfianza interna que dinamita todo cierre son la larga estela de fisuras internas que comenzaron hace más de cinco años y que parecen no encontrar síntesis por una sencilla razón: porque se pierde. La síntesis en el peronismo se da desde liderazgos ganadores, ausentes desde 2011. También por ello, la única conducción aún en pie es la de quien ganó esa elección.

A pesar de todo, el peronismo avanza confiado hacia las urnas. Considera que su mejor jefe de campaña son las políticas del propio gobierno. El ajuste, las políticas antipopulares de transferencia de ingresos y la ausencia de brotes verdes económicos en una economía estancada tendrían como respuesta un masivo voto bronca contra el gobierno nacional, sobre todo en los sectores populares, que engrosaría las cosechas del principal espacio opositor: el peronismo. Más aún, la potencia de una candidatura de Cristina Kirchner permitiría una fuerte derrota del oficialismo que lo obligaría a retroceder políticamente.

El optimismo de la voluntad es siempre loable, pero el pesimismo de la inteligencia no puede ser llamado a silencio, sobre todo luego de tres derrotas consecutivas del peronismo en el distrito. La correspondencia entre situación económica y decisión política no es directa. Si así fuera, las campañas no tendrían el peso que tienen y hasta la propia acción política perdería sentido. En los próximos meses la Argentina experimentará sus primeras elecciones bajo un nuevo ciclo político. La capacidad de los partidos para adaptarse al nuevo escenario, representar las demandas sociales y canalizar las aspiraciones masivas, a la vez que proponer nuevos senderos y pequeñas utopías futuras tendrá, como siempre, efectos decisivos en sus victorias y fracasos.