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La trampa del «Nada que ocultar» Democracia, capitalismo y privacidad

Las críticas al uso masivo de servicios digitales fuertemente centralizados y de sus bases de datos gigantescas suelen despertar una respuesta unívoca: no tengo nada que ocultar. A punto tal que esta frase se convirtió en un ya viejo y conocido desafío argumental, según el cual solamente quienes realizan actividades ilícitas podrían tener alguna objeción respecto a que se guarde un registro de todas sus actividades digitales. Esta frase también implica la aceptación tácita de los nuevos modelos de negocio de los servicios web y la negación de la relevancia de los problemas políticos involucrados. Por eso vale la pena detenernos en los contraargumentos y en las estrategias que conllevan.

La trampa del «Nada que ocultar» / Democracia, capitalismo y privacidad

Continuamente, quienes piensan los problemas de la privacidad en internet dicen algo respecto al «Nada que ocultar», de manera que se estableció todo un género de intervenciones para intentar desactivarlo a través de blogs, charlas y libros. ¿Existe una respuesta categórica y concluyente? Claramente, no. Analizar los distintos contraargumentos propuestos en intervenciones tanto periodísticas como académicas permite evaluar sus supuestos, alcances, límites y similitudes, como así también a quiénes se dirigen y qué cambios buscan lograr.

Con este objetivo, las páginas siguientes recorren los contraargumentos utilizados por los principales referentes sobre estos temas. Como marca común, todos ellos han buscado responder al «Nada que ocultar» revalorizando de distintas formas la idea de privacidad. En buena medida, esto se debe a que el desafío ya está planteado de este modo por la misma pregunta que contiene. Y, de hecho, este ha sido el enfoque desarrollado, entre otros, por el principal referente académico sobre el tema, Daniel Solove.

Nada que ocultar / Nothing to hide / Rien à cacher

En sus distintas formas, el argumento «Nada que ocultar» sostiene que los programas de acumulación masiva de datos no constituyen un serio problema social ni personal. El argumento toma la forma de un dilema: si estos programas descubren actividades ilegales, cumplen su objetivo, ya que la persona que comete tales actividades no tiene derecho a mantenerlas en privado. Mientras tanto, quienes no usen las distintas plataformas para llevar a cabo actividades ilícitas no deberían tener inconveniente en que su información inocua sea filtrada sistemáticamente.

Actualmente, más de 80% del tráfico de internet pasa por los servidores de cinco corporaciones estadounidenses. Estas empresas generan bases de datos y análisis de manera despersonalizada con fines comerciales para, entre otras cosas, brindar servicios de publicidad dirigida. Como sostiene la hipótesis vigente, se trata del nuevo modo de acumulación de capital propio de lo que va del siglo xxi. Este nuevo capital tiene su origen en el tiempo mismo de las actividades laborales y recreativas de todos los usuarios de plataformas digitales, quienes producen información permanentemente de manera espontánea y se transforman así –sin ningún gasto de tiempo extra– en una suerte de data-entry colaterales, a cambio de los servicios «gratuitos» que necesitan. Resultaría ya ocioso detallar la cantidad de rastros digitales que dejamos en nuestras actividades cotidianas.

Aparentemente, se trata de una situación en la que todos ganan (win-win). Por un lado, hay un ofrecimiento implícito de servicios de calidad a cambio de la información recolectada por cada perfil de usuario. Por otro lado, estas bases de datos brindarían mejores herramientas para luchar contra el terrorismo, la pornografía ilegal o el narcotráfico. Con lo cual, el «Nada que ocultar» se torna más sólido de lo que parece. No solo no es perjudicial, sino que además genera varios beneficios para el propio usuario. Aunque, así y todo, según la legislación de varios países, esta comercialización de datos y metadatos también toma muchas veces un cauce clandestino e ilícito.

La clave del asunto radica en que, por default, el big data no trata información considerada privada y, en teoría, solo procesa datos de manera impersonal. Y, también en teoría, solo se enfoca en un determinado individuo ante un pedido judicial, mientras que, en la práctica, también puede acceder a esa información quien pueda comprarla. Como está demostrado, en estos casos esa acumulación de datos se personaliza de una manera increíblemente minuciosa. En este contexto, ¿por qué resulta central el argumento conocido como «Nada que ocultar»? De manera preliminar, al menos determinamos tres motivos.

En primer lugar, porque efectivamente funciona de manera tácita. Abrir el interrogante pone en discusión el uso cotidiano que se hace de internet. En rigor, puede pensarse que no se trata de un argumento, sino más bien de un supuesto adoptado de manera implícita por prácticamente todos los usuarios de internet. Desde el principio de la década de 2000, la cuestión quedó planteada como un problema entre la seguridad nacional y la privacidad personal. Y ya hace años el asunto se estableció como la aceptación de manera tácita de una determinada relación entre comodidad o usabilidad versus privacidad.

¿Tantas contraseñas para resguardar datos que no le importan a nadie? La verdad es que son cansadoras y resguardan información de escaso valor. La calidad del contenido compartido no amerita mayores esfuerzos. Además, los servicios de uso masivo son por lejos los más fáciles de usar y los más eficientes. Por esto, tematizar el «Nada que ocultar» implica problematizar una serie de implicancias de los términos y condiciones de los servicios digitales utilizados que aceptamos sin mirar.

En segundo lugar, cuando hoy en día alguien habla sobre por qué importa la privacidad, en algún momento tiene que cuestionar el «Nada que ocultar». A punto tal que varios periodistas, académicos y activistas establecieron todo un género de respuestas a través de blogs, charlas y libros a cargo de, por ejemplo, Julian Assange, Jakob Appelbaum, Jérémie Zimmerman, Glenn Greenwald, Daniel Solove, Marta Peirano y Natalia Zuazo, entre otros. Quienes lo enfrentaron suelen mostrarse convencidos de sus argumentos, aunque no haya habido mayores modificaciones en las prácticas generales.

Tercero: sucede que una buena respuesta al «Nada que ocultar» constituye al mismo tiempo un argumento a favor de usar de manera cotidiana software libre, herramientas de encriptación o determinados servicios de internet y no otros. Por esto, sofisticar estos contraargumentos involucra pensar cómo darles más difusión a las luchas llevadas a cabo por los activistas de la criptografía, el software libre y la conformación de redes descentralizadas. Y la pregunta por el «Nada que ocultar» involucra también otros interrogantes: ¿sería conveniente utilizar sistemáticamente herramientas de encriptación para nuestras comunicaciones diarias? ¿Por qué? ¿O software libre? ¿O servicios de internet descentralizados?