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La revolución silenciosa de las mujeres iraníes

En Irán, la creciente presencia de las mujeres en todas las esferas de la vida social resulta cada vez más relevante. Mientras el régimen persigue a las jóvenes en virtud de su «vestimenta inadecuada», muchas de ellas establecen una suerte de juego entre el gato y el ratón con las policías de costumbres, al tiempo que lograron derribar algunas de las barreras que aún les impiden avanzar. Su elevado nivel de instrucción (son mayoría en las universidades) facilita su independencia y la reivindicación de sus derechos, todavía postergados por la tradición islámica del país persa.

La revolución silenciosa de las mujeres iraníes

Un grupo de adolescentes entra riendo al vagón y se sienta alegremente en el suelo, a falta de asientos libres. Con las sacudidas del vagón, sus velos se deslizan por sus hombros, descubriendo sus cabellos. Poco importa: aquí no hay sino pasajeras. En el subterráneo de Teherán, que entró en servicio a fines de la década de 1990, los coches primero y último están reservados para las mujeres. Suben allí «para estar tranquilas», dicen ellas. La atmósfera es distendida. Los demás vagones son mixtos. En ellos, las parejas jóvenes se toman de la mano, sin problemas.

Moderno y limpio, el subterráneo de Teherán es lo único que permite escapar a los embotellamientos y la contaminación. Por el momento, hay cinco líneas en servicio. Las estaciones desfilan, bautizadas con los nombres de «mártires» de la guerra contra Irak (1980-1988). Hace 28 años que terminó el conflicto, que en total causó cerca de medio millón de muertos, pero el poder no dejó de cultivar su memoria. El subterráneo ilustra las contradicciones de la República Islámica. Allí se codean atuendos elegantes, de colores vivos, y ropa de todos los días, muy gastada. En promedio, cinco chadores negros y estrictos –la vestimenta de rigor de las empleadas de la administración– cada dos velos coloridos. No se ven figuras herméticamente cubiertas. Y luego, escenas inesperadas: vendedoras ambulantes ofrecen corpiños, pequeños culotes, carteras…

Treinta y siete años después de la Revolución Islámica, a pesar de una legislación que les concede menos derechos que a los hombres, las mujeres desempeñan un rol fundamental en Irán. Se hacen lugar en todos los sectores, aun si la mayoría de los altos cargos de la administración todavía siguen cerrados para ellas. En virtud de una lectura estricta del Corán, las mujeres no pueden ser juezas de pleno derecho ni interpretar los textos sagrados, aun si acceden al rango de ayatolá (el grado más alto en el clero chiita). Pero pueden ser arquitectas, jefas de empresa, ministras… El Parlamento cuenta con nueve diputadas (todas conservadoras) y acaba de ser designada una primera embajadora: Marzieh Afjam asumió su cargo en Kuala Lumpur en noviembre de 2015. Nada es fácil: las mujeres deben luchar para imponerse. Y, sobre todo, para hacer que se reconozcan sus derechos en un país en el que sufren discriminaciones en todos los niveles.

Para casarse, trabajar, viajar, abrir una cuenta bancaria o heredar están sometidas a leyes inicuas y dependen de la voluntad del jefe de familia. Por ejemplo, contrariamente a su marido, para divorciarse una mujer deberá fundamentar su decisión ante el juez y esperar su autorización. Los hijos le serán confiados hasta los dos años en el caso de un varón, hasta los siete en el de una niña. Luego, es el padre quien tendrá la tenencia, a menos que la rechace. En cuanto a la autoridad parental, corresponde al padre, aunque los niños vivan con su madre. «El hombre es rey en la ley», como lo resume Azadeh Kian, profesora de sociología política.

Las cifras oficiales subestiman el trabajo de las mujeres: solo 14% tendría un empleo. En realidad, sumando el trabajo en negro y la agricultura, entre 20% y 30% de ellas ejercen una actividad regular. Y esto no es más que el comienzo. La demanda femenina para integrar el mercado de trabajo aumenta muy rápido. En las universidades, 60% de los estudiantes son mujeres. «Ganaron la batalla de la licencia y de la maestría. Pronto, ganarán la del doctorado», predice el antropólogo Amir Nikpey. Para él, las iraníes se encuentran prácticamente en la situación de las francesas de los años 1940 o 1950: presentes en todas partes en el espacio público, pero sin poder real, salvo algunas pocas excepciones, y con frecuencia en lo bajo de la escala económica.

Toda la sociedad cambia

De año en año, conquistan nuevos bastiones. «Es el país que forma más ingenieras», resalta Kian, antes de recordar que la primera mujer que obtuvo la Medalla Fields (equivalente al Premio Nobel en el área de matemática), en 2014, Maryam Mirzajani, es iraní. «En las provincias del sur, en particular en Baluchistán, de mayoría sunita [mientras que Irán es chiita en 90%], predomina la cultura árabe, más machista. Además, allí hay numerosos casos de poligamia, mientras que en el resto del país los iraníes son monógamos. Pero allí también el rol de las mujeres va creciendo. Es una evolución global de la sociedad», indica el economista Thierry Coville. «El cambio más notable en Irán es la toma de conciencia de la importancia de la educación como medio para acceder a la independencia», confirma Kian. Se lo suele ignorar, pero la escolarización de las niñas es seguramente la principal conquista de la Revolución Islámica de 1979. «Paradójicamente, las familias tradicionales lo aceptaron porque ¡se trataba de la República Islámica! Cuando voy a pueblos alejados, los hombres me dicen: ‘El ayatolá Jomeini envió a las mujeres al frente y a las pequeñas a la escuela. ¡Yo hago igual!’», explica la socióloga de religiones Sara Shariati, profesora en la Universidad de Teherán.

Primera consecuencia: las mujeres se casan más tarde y, sobre todo, solo tienen dos hijos en promedio, frente a los siete que tenían durante los primeros años de la Revolución Islámica, marcados por una política natalista. A intervalos regulares, las autoridades recuerdan que sería preferible que hubiera 100 millones de iraníes antes que los 78 millones actuales, pero las mujeres hacen oídos sordos. «No retrocedimos ni siquiera durante los años de [Mahmud] Ahmadineyad1. Seguimos avanzando como un auto que marcha con las luces apagadas en la noche», bromea Shahla Sherkat, directora de la revista femenina Zanan Emrouz. Su publicación cumplió una suspensión de seis meses por haber dedicado un número a un tema «candente»: la unión libre. En Teherán, serían varias decenas de miles los que viven en concubinato. La unión libre difiere del «matrimonio temporal», permitido por el chiismo, pero mal visto y poco practicado en Irán. «En nuestro dossier evitamos hacer cualquier juicio; no incitamos para nada a la unión libre, incluso alertamos sobre sus riesgos», se defiende Sherkat. Sin embargo, los conservadores protestaron y cayó la sanción. Cuando la directora de Zanan Emrouz fue convocada por la justicia, en primer lugar se le reprochó ser «feminista» –una injuria en Irán–. Para defenderse, clamó que ella no hacía otra cosa que «reflejar la realidad» de la sociedad iraní. Fue en vano. «En Irán, el problema es que las instituciones y los hombres piensan que si reclamamos nuestros derechos, vamos a descuidar nuestro rol de madres y esposas», suspira.

Art Up Man es un café moderno del centro de la ciudad de Teherán. La capital cuenta con numerosos lugares de moda donde van los jóvenes a «relajarse», como dice una estudiante de derecho mientras muestra su cigarrillo. Chicos y chicas conversan en torno de mesitas, mientras escriben en sus smartphones. Como fondo sonoro, canciones de Elvis Presley. Yeganeh K., estudiante de microbiología, labios pintados color frambuesa y uñas negras, declara a los gritos que el régimen no es «digno de confianza» y que hay que «cambiar todo, empezando por el nombre de ‘República Islámica’». La doble votación del 26 de febrero2 no le inspira más que desprecio. «En otras partes, es posible elegir a sus representantes. Acá, no. Siempre hay alguien que tiene un derecho de control sobre todo y que nos ‘guía’. Para mí, nos parecemos a Corea del Norte», rezonga. Sus dos amigos se sobresaltan. Rahil H., peinado punk, protesta: «¡Para nada! Acá, la gente es libre, a pesar del aspecto policial del régimen. No tenemos demasiada libertad de expresión ni libertad de indumentaria, pero para el resto, ¡hacemos lo que queremos!». Sorrosh T., anteojos de sol calzados sobre el velo para mantenerlo en su lugar, interviene: «Todas esas prohibiciones no son divertidas. Cada vez que salgo, mis padres me dicen: ‘¡Ten cuidado!’. No es que lo desaprueben, pero para ellos hay que tener en cuenta la sociedad, el sistema». Lo que más irrita a esta joven: «Acá, la gente siempre tiene derecho a controlar lo que uno hace».

El velo está lejos de ser la principal preocupación de las iraníes. «Nos adaptamos», dicen, convencidas de que no vale la pena generarse problemas graves por tan poco. El desempleo, la inflación o el concurso para entrar a la universidad les preocupan mucho más. Todos los días, Yeganeh K. se divierte con sus amigas eludiendo las reglas impuestas por el poder, como si jugaran al gato y el ratón. En verano, usa sandalias que dejan ver sus pies y tobillos y, sobre todo, sus uñas pintadas de colores fuertes, todas cosas estrictamente prohibidas. En invierno, usa un sapport, unas calzas gruesas sobre las que se pone una pollera corta. Si le agrega botas altas, corre el riesgo de serias advertencias por parte de la policía de costumbres que patrulla las esquinas y los centros comerciales del norte de la capital, por donde le gusta deambular a la juventud dorada. «Un día me llevaron a la comisaría. Me sacaron una foto, verificaron mi identidad y me previnieron: ‘¡Si vuelves a hacerlo dentro de los dos meses, te vamos a fichar!’», cuenta con una carcajada. Ella sueña con escapar de esta atmósfera asfixiante. A la primera oportunidad, partirá hacia Europa o Estados Unidos.

Por su parte, Behnaz Shafie eligió «quedarse y actuar». Pequeña, delgada, muy femenina y muy maquillada bajo su velo es, a los 26 años, la primera mujer que obtuvo la autorización para competir en moto en forma profesional. Mientras que a las mujeres no se las admite en los estadios para asistir a partidos de fútbol disputados por hombres, ella obtuvo el derecho de entrenarse en el estadio Azadi de Teherán, en su moto de 1.000 cc. «¡Behnaz deslumbra al mundo!», titulaba un periódico conservador hace algunos meses, a su regreso de Milán, donde había sido la invitada de honor de un encuentro de motociclistas. Pero la joven lo sabe: nada está conquistado. Mañana, un religioso conservador puede exigir que deje de comportarse «como un hombre» en un ambiente de hombres. Mientras tanto, «abre el camino para las mujeres», sin forzar nada, permaneciendo en la legalidad. «Y estoy orgullosa de ser iraní», agrega. En Karaj, la periferia de Teherán donde reside, suele circular en su moto. Cuando los hombres se dan cuenta de que es una chica, o tocan bocina para felicitarla o le gritan: «¡Vete a lavar los platos!».

En esta víspera de elecciones, el clima está particularmente pesado en Teherán. Casi todas las noches, el Guía Supremo aparece por televisión para dar sus disposiciones. Toques de atención dirigidos a la población para que vele por «no dejarse contaminar» por Occidente. «Eviten el contacto con los extranjeros», aconseja el ayatolá Alí Jamenei. A partir del acuerdo nuclear, las advertencias del Guía y de los radicales se multiplican, señal de su inquietud ante la idea de que, con el levantamiento de las sanciones3 y la apertura futura, la situación se les vaya de las manos. Hace algunos meses, el ayatolá Ahmad Jannati, presidente del Consejo de Guardianes, un radical de 88 años, advirtió que el acuerdo nuclear no debía abrir el camino a otras reivindicaciones: «¡Cuidado con plantear mañana la cuestión de las mujeres y la igualdad de sexos!».

Una lucha difícil

Fariba Hachtroudi es de las que no se dejan intimidar. «No hago ninguna provocación, pero digo bien fuerte lo que pienso», resume esta conocida escritora4, que confiesa riendo «llevar en su adn la locura de esta tierra». Hachtroudi, que divide su tiempo entre su país de nacimiento y Francia, donde se radicó desde la adolescencia, renunció a hacer política y optó por la resistencia a través de la pluma. Cada vez que vuelve, constata que las mujeres ganaron terreno. «En un pueblo de Baluchistán, el consejo municipal, por completo masculino, acaba de elegir una alcaldesa. ¡Ejemplos como este hay por todas partes!», exclama.

La brutal represión del «movimiento verde», surgido durante la objetada reelección del presidente Ahmadineyad, en 2009, ¿destruyó toda militancia, como muchos piensan? Hachtroudi lo discute. «Las mujeres siguen estando ahí, en primera línea y siguen peleando, a pesar de las resistencias. ¡No ceden!», dice, resaltando que las ong creadas por ellas florecen en todas partes. Así, en la periferia de Teherán, surgieron centros de acogida para niños de la calle o enfermos de sida, o incluso centros de desintoxicación para alcohólicos, con el acuerdo del gobierno. Un cambio, ya que hasta entonces el poder negaba los problemas del sida y el alcoholismo.

Aunque la lucha de las mujeres continúa, es desorganizada y, con mucha frecuencia, individual. Demasiado ocupadas en sacar adelante su vida de todos los días, la mayoría de las iraníes olvida a figuras que estuvieron a la vanguardia de su combate: la abogada disidente Nasrín Sotudé, la directora de cine Rakhshān Bani-E’temād, ambas bajo vigilancia, o también la militante por los derechos humanos Narges Mohammadi, condenada a ocho años de prisión por «propaganda contra el régimen».«No podemos explicar por qué no somos felices. Es el ambiente el que no va. Amamos a nuestro país, pero lo que nos falta es sencillamente ¡aire!», suspira esta ama de casa de 40 años a la que llamaremos Farah. En la Universidad de Ciencias y Tecnologías Elm-o-Sanat, donde estudia su hijo, los altoparlantes difunden cada día versículos del Corán y consignas moralistas. Los estudiantes tienen derecho a varias semanas de conmemoraciones: está la semana de la guerra, la semana de los bassidji, la semana de los «mártires»… «¡Es un lavado de cerebro! ¡Estamos hartos!», maldice Farah.

Por su parte, a Mahboubeh Djavid Pour no se le ocurriría quejarse de esta atmósfera de duelo perpetuo. Ella es bassidji –literalmente: «miembro de la fuerza de movilización de la resistencia», antiguamente creada por el ayatolá Ruhollah Jomeini–. De alguna manera, estos voluntarios son complementarios de los Guardianes de la Revolución. Actualmente su cantidad se estima en 10 millones. Su estatus les facilita numerosas ventajas, tales como becas, empleos, ingreso a la universidad. Son temidos e incluso detestados por la población. Las clases acomodadas los desprecian.

Integrante de la administración de la mezquita del imán Reza de Teherán, Djavid Pour se desplaza apretando fuertemente su largo chador negro en torno de su cuerpo, lo que le da un aspecto de madre superiora. Esta mujer de 54 años, madre de tres hijos, está orgullosa de ser bassidji. Ella ve en esta función «una forma de aplicación del islam». El acuerdo nuclear no le desagrada, pero sigue siendo desconfiada respecto de eeuu. Según ella, este país seguirá su campaña de denigración de la República Islámica, pero de una manera más solapada. «Felizmente, ahora tenemos mucha educación y estamos más aptos para resistir las maniobras estadounidenses», dice. Y agrega con gratitud: «Además, el Guía está presente, nos esclarece y nos muestra el camino».

Farah, ama de casa que se dice atea, se inquieta por lo que llama una «religiosidad de apariencia». La marca en la frente que los hombres adquieren a fuerza de prosternarse en el suelo, o que se hacen para parecer piadosos, el rosario ostensiblemente apretado entre las manos, todo eso la exaspera. «Somos una sociedad enferma, dominada por la preocupación de las apariencias y la hipocresía. No sé a dónde nos va a llevar esto», dice. Confirmación paradójica de su pesimismo: la sorprendente cantidad de operaciones estéticas que demandan las iraníes. La nariz, la boca, los pómulos, los arcos superciliares… a modo de regalo, a una bachiller de 18 años sus padres le ofrecerán una rinoplastia. En Teherán, emergen de los velos naricitas respingadas, rostros de muñeca Barbie, además exageradamente maquilladas. Un desastre, algunas veces. ¿De dónde viene este fenómeno, que estalla desde hace cinco o seis años y alcanza a todas las capas sociales? Nadie puede explicarlo realmente. ¿Obsesión de las mujeres por su rostro, dado que se les prohíbe mostrar su cuerpo y su pelo?

Islam e identidad iraní

En Qom, ciudad santa de Irán, se respira mejor que en Teherán. Estamos en pleno desierto. Aquí no hay contaminación, pero sí un clima seco, sofocante en verano. Situada 150 kilómetros al sudoeste de la capital, esta ciudad de un millón de habitantes es el primer centro de enseñanza teológica del país –5.000 mujeres estudian religión– y un importante lugar de peregrinación. Allí es donde está enterrada Fátima al-Masuma, hermana del octavo imán chiita Reza, en un bonito e inmenso mausoleo. En las fachadas de los edificios, algunos frescos gigantes que representan al ayatoláh Jomeini recuerdan que el iniciador de la Revolución Islámica vivió mucho tiempo en Qom. Acá, nada de vestimentas coloridas: todas las mujeres, sin excepción, usan el chador. A menudo se desplazan en ciclomotor, detrás de sus maridos, con los velos hacia fuera.

80.000 mujeres formadas en teología difunden hoy la palabra sagrada en Irán. Fariba Alasvand es «eshtehot», el grado más alto de estudios en teología. Enseña en el Centro de Investigación sobre la Familia y las Mujeres. Sus estudiantes son tanto hombres como mujeres. «Las mujeres de Irán son muy diferentes de las del mundo árabe. Nosotras damos una gran importancia a nuestra libertad. Esto viene de la cultura iraní y del chiismo», se apura a decir de entrada. Sobre el uso obligatorio del hiyab, vacila un segundo, seguramente demasiado familiarizada con las preguntas falsamente inocentes. «Un versículo del Corán nos dice: ‘Usen el hiyab’. Este protege a las mujeres. Si abandonamos esta regla del islam, abandonaremos otras», termina soltando. Esta madre de familia de unos 60 años, conservadora, a veces viaja a Europa y eeuu para participar en conferencias religiosas. Cada vez, siente «la mirada negativa de los occidentales» y la padece, como todos los iraníes. Para ella, los medios de comunicación son responsables de esta incomprensión. Su temor: que el levantamiento de las sanciones, «deseado tanto por toda la población como por el Guía», no provoque a largo plazo un sometimiento de Irán. «Claramente Occidente quiere penetrar en Irán, pero rechaza lo inverso», se lamenta. Su anhelo es que su país mantenga sus especificidades. «Nuestra religión nos brinda una cultura y un marco. Nuestra libertad debe ejercerse en el marco del Corán».

Más joven, pero igualmente firme en los principios, Zahra Aminmajd también es graduada en derecho islámico y docente en Qom. Sonriente, jovial, piensa que el cristianismo y el islam «tienen muchos puntos en común» y lamenta que en Occidente se tenga «una percepción tan mala del islam, en particular en lo que concierne a las mujeres». ¿Lo que más le preocupa? El consumismo al estilo occidental, con el que, según ella, sueñan los iraníes. «Antes que esperar todo del levantamiento de las sanciones, harían mejor en trabajar más», afirma.

Si bien el regreso de Irán a la escena internacional la entusiasma, Sanaz Minai espera sobre todo una cosa: «Que se limpie la imagen de Irán. Que su valor perdido sea finalmente restaurado». En jeans, tacos aguja y pañuelo ligero, esta mujer es un modelo de éxito. Escribió más de 20 libros sobre la cocina y la cultura iraníes, lanzó una escuela dedicada al arte de recibir, el Culinary Club, y fundó Sanazsania, que encabeza las ventas de revistas culinarias. El levantamiento de las sanciones le abre perspectivas infinitas. Quiere hacer de Irán «un polo culinario», a la vez «a la moda y chic».

Nada parece poder detener a otra empresaria exitosa: Faranak Askari. En junio de 2013, la joven estaba en Londres, donde creció, cuando escuchó el llamamiento del nuevo presidente Hassan Rohani: «¡Vengan a Irán!». Dos meses más tarde, desembarcaba en Teherán y lanzaba Toiran («To Iran»), una compañía de servicios para turistas vip y hombres de negocios. En forma paralela, montaba un sitio de internet que recopila toda la información posible sobre unas 50 ciudades iraníes –una especie de Guide du routard en línea–. Éxito inmediato.

A partir del acuerdo del 14 de julio de 20155, las reservas de Toiran se duplican todos los meses. La clientela es mayoritariamente europea. Una urgencia para Askari: que se restablezcan las transacciones bancarias entre Irán y los países extranjeros, prohibidas estos últimos años en razón de las sanciones occidentales. Toiran, como numerosas empresas iraníes, tiene sus ingresos bloqueados en Dubai. «Nos falta liquidez. Para sobreponernos, ¡nos vemos obligados al trueque! Pero esto no puede durar: tenemos que obtener recursos, invertir…», dice Askari.Conocida por su franqueza, Shahindokht Molaverdi no vacila en encontrarse con periodistas occidentales, pero en esta oportunidad mantiene un lenguaje correcto. Hay que decir que el contexto es difícil para ella. Nombrada vicepresidenta de la República a cargo de las mujeres y la familia, hace dos años, por el presidente Rohani, esta jurista de unos 40 años se mantiene alerta. «Hace falta que haya más mujeres en las asambleas», dice. O también: «Tenemos que hacer entrar a las mujeres en todas las esferas del poder». Ninguna palabra desentona. Se la comprende: entre las elecciones del 26 de febrero, el levantamiento de las sanciones y la crisis abierta con Arabia Saudita, no puede permitirse ni un mínimo error. Por ser considerada cercana a los reformadores y feminista, los ultraconservadores la odian.

Las mujeres, ¿un desafío fundamental en Irán? Sin ninguna duda. Un profesor universitario, protegido por el anonimato, asegura: «El régimen les tiene miedo. Ellas representan la mayor amenaza. No sabe cómo manejarse con ellas, cómo combatirlas, impedirles que abran sin cesar nuevas fisuras…». Y la cuestión del velo, sin gran importancia en el fondo, es un símbolo. Como dicen las teólogas de Qom, «si cedemos en eso, cedemos en el resto»…

  • 1.

    Mahmud Ahmadineyad fue presidente de la República Islámica entre 2005 y 2013, de tendencia conservadora.

  • 2.

    Se refiere a las elecciones para el Parlamento y la Asamblea de Expertos (los religiosos encargados de nombrar y reemplazar al guía supremo) desarrolladas el 26 de febrero de 2016 [n. del e.].

  • 3.

    V. Ángeles Espinosa: «eeuu y la ue anulan las sanciones tras reducir Irán su programa nuclear» en El País, 16/1/2016.

  • 4.

    Autora, entre otros, de Iran, les rives du sang (Seuil, París, 2001) y A mon retour d’Iran (Seuil, París, 2008).

  • 5.

    V. «Los puntos clave del histórico acuerdo nuclear entre Irán y las seis grandes potencias» en bbc Mundo, 14/7/2015.