Tema central

La responsabilidad social de la empresa

Desde mediados de los 80, en simultáneo con el agotamiento del modelo de Estado de Bienestar y el auge del neoliberalismo, la sociedad comenzó a demandar a las empresas mayor responsabilidad social y ambiental, además de un comportamiento más ético y transparente. La sociología de la empresa permite analizar desde un nuevo ángulo estas problemáticas, ya que la concibe no solo como un instrumento para obtener ganacias, sino como un actor social dotado de una cultura propia, capaz de crear identidad. Esto es clave en la coyuntura actual, en que la empresa ya no se limita a administrar recursos económicos, técnicos y humanos, como ocurría hasta hace algunos años. Hoy, la creación y el desarrollo permanente de nuevos recursos se imponen como exigencias para la supervivencia económica.

La responsabilidad social de la empresa

Introducción

Antes, las ciencias sociales no se aproximaban mucho a las empresas, ni siquiera para considerarlas como objeto de estudio. Esta situación se revirtió desde mediados de los 80: la sociedad comenzó a interpelar a la empresa y ésta, desde aquel momento, empezó a aparecer en los medios de comunicación de forma más favorable, y no solo como el locus en que se produce la explotación del trabajo por el capital. En los años 90, asociaciones y foros empresariales, así como empresarios en forma aislada, comenzaron a discutir la función social de la empresa y su responsabilidad en la sociedad.

La noción de responsabilidad social está de moda en el lenguaje de la administración, aunque todavía no tiene un sustrato conceptual sólido, lo que da origen a muchos equívocos. Esta imprecisión es tanto más seria dado que vivimos en una época en la que la sociedad interpela a las empresas y en la que, simultáneamente, los empresarios sienten la necesidad de mejorar su imagen pública propiciando debates sobre acciones sociales e interviniendo activamente en la vida de la comunidad. En este artículo formularemos, en primer lugar, algunas hipótesis para explicar los motivos que producen esta valorización social de la empresa a lo largo de los últimos 20 años. Luego, cuestionaremos la noción de responsabilidad social empresaria y, finalmente, mostraremos en qué medida la sociología de la empresa puede ser útil para analizar esta cuestión.

Las empresas, más visibles

Renaud Sainsaulieu y Denis Segrestin fueron los primeros sociólogos que utilizaron la expresión «sociología de la empresa». Ellos demostraron que durante los años 80 se vivió en Europa una época tan importante para la empresa como lo fue la de Mayo del 68 para la evolución de los modos de vida, las relaciones sociales de consumo o la lucha contra las desigualdades de género (Sainsaulieu/Segrestin, p. 338). En ese texto pionero de 1986, los autores adelantaron una hipótesis que luego sería exhaustivamente desarrollada y confirmada: si la valorización social de la empresa se convierte en una moda, es porque acarrea en su seno la búsqueda por parte de la sociedad de una nueva forma de regulación de las relaciones sociales, ya no centrada en el consumo o en los modos de vida, sino en la esfera de la producción de bienes y servicios. Sainsaulieu y Segrestin proponen el desarrollo de investigaciones con un abordaje deliberadamente institucional de la empresa, de modo de contemplar en forma simultánea tanto la cultura como la relación entre las empresas y el cambio social: «(...) en un contexto general de debilitamiento de los referentes sociales, la empresa se afirma como un lugar de producción identitaria, que tendería a esbozar las representaciones significativas de la sociedad futura» (Sainsaulieu/Segrestin 1986, p. 339).

Sería interesante, por lo tanto, pensar en qué medida la sociedad comenzó a demandar más responsabilidad y acciones éticas por parte de las empresas a partir de la implementación del modelo neoliberal y del agotamiento del Estado de Bienestar en Europa, o a partir del final del modelo de sustitución de importaciones en los países de América Latina. En Brasil, desde la segunda mitad de la década del 80 el Estado comenzó a retirarse de las funciones que había ejercido como agente económico y regulador de la actividad económica. Y fue justamente durante ese período que la sociedad civil dio los primeros pasos en el sentido de reclamarles a las empresas mayor responsabilidad social y ambiental, y también más transparencia.

La política de liberalización y menor intervención estatal afectó profundamente a la economía brasileña. Como ejemplo, destacamos la reducción de 50% de la producción de algodón, 70% de la de trigo, el cierre de varias líneas de producción de electrónicos en la Zona Franca de Manaos y el crecimiento de los niveles de importación de autopartes y bienes de consumo, principalmente de automóviles (Cano; Kirschner 1995). En ese contexto de cambio, la reestructuración patrimonial a partir de la apertura de la economía no sirvió de incentivo para la mayor parte de los grandes grupos nacionales, e incluso reforzó sus fragilidades intrínsecas. En general, estos grupos se concentraron en la producción de commodities, mientras que la participación del capital extranjero en el PIB saltó de 10% en 1995 a 15% en 1998 (Miranda/Tavares; Gonçalves).

Las discusiones en torno al Estado y su papel en la economía no se limitaron al debate académico, sino que fueron más allá. En este sentido, Renato Boschi no coincide con la opinión mayoritaria, que considera que «las reformas orientadas al mercado han destituido al Estado de su capacidad de intervención (...) Es sorprendente la recomposición operada, tanto en el plano de las iniciativas del Estado, como en el plano de las respuestas de los actores privados en términos de readaptación y reconstrucción de la representación de los intereses privados» (Boschi, p. 13). Este autor asegura que una de las modificaciones fundamentales ocurridas durante aquellos años fue que la lógica del Estado comenzó a ser atravesada por la lógica del mercado, que se interpuso en las relaciones internas del propio aparato estatal, en las relaciones de éste con la sociedad y en las de los principales actores organizados. Este cambio en el modelo del Estado contribuyó a intensificar el debate ideológico. Por un lado, los Institutos Liberales, presentes en los principales estados brasileños, operaron muy activamente en los años 80 y 90 para divulgar y afirmar los principios clásicos del liberalismo. El énfasis estaba puesto en la eficacia del mercado como ordenador de la producción y de las relaciones sociales, algo que ciertamente tuvo un fuerte impacto si se tiene en cuenta la creciente hegemonía neoliberal en la sociedad brasileña, no solo entre sus elites económicas, sino también entre la población en general.

Al mismo tiempo, un grupo de empresarios disidentes de la Federación de Industrias del Estado de San Pablo (FIESP) creó el Pensamiento Nacional de Bases Empresarias (PNBE). Con sede en San Pablo, el PNBE se propuso romper con el tradicional estilo de acción política de la cúpula industrial, reclamando la creación de canales institucionalizados para la relación con el Estado y diferenciándose del patrón directo, informal y clientelista (Diniz/Boschi). Los estudios más específicos sobre estas organizaciones hablan de los límites de tales iniciativas. Eduardo Gomes y Fabricia Guimarães (1999) muestran que este movimiento empresarial estuvo en realidad orientado hacia una discusión más amplia sobre el país y tuvo como base la construcción de un «empresario ciudadano». Según señala uno de los mismos líderes del PNBE, el papel político de esta entidad perdió fuerza con la elección de Fernando Henrique Cardoso, quien puso en práctica muchas de sus demandas. Por otro lado, el movimiento continúa activo a través de proyectos ligados a la ecología, la educación y la salud, y se caracteriza por una cierta forma de asistencialismo, entendida por sus integrantes como «práctica ciudadana».