Opinión

La renegociación del TLCAN y el futuro de México La incertidumbre marca el destino del pacto comercial de América del Norte

La renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte se produce en un contexto internacional complejo. Las políticas de Trump y el calendario electoral mexicano añaden interrogantes al proceso de negociación.

La renegociación del TLCAN y el futuro de México / La incertidumbre marca el destino del pacto comercial de América del Norte

Al gobierno de Enrique Peña Nieto le urge concluir la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Ello debe producirse, a más tardar, el 30 de junio de 2018. Su improbable conclusión por parte de los presidentes de México y Estados Unidos y del primer ministro canadiense, dejaría pendiente su eventual ratificación legislativa. Pero hoy por hoy, la ansiedad mexicana por cerrar este capítulo obedece al menos a tres razones:

  • En esa fecha vence la autorización para actualizar el pacto comercial otorgada por el Congreso estadounidense al presidente Donald Trump;
  • Es la víspera de la elección presidencial en la que, de seguir las tendencias como van, triunfará Andrés Manuel López Obrador y habrá una mayoría legislativa de quienes hoy son la oposición;
  • La eventual postergación dejaría a México con un tratado zombi cuya eventual ratificación tendría lugar hasta bien entrado el año 2019, en una atmósfera de especulación cambiaria, de cautela por parte de la inversión nacional y extranjera, y de temor por un viraje en la estrategia económica del nuevo gobierno en una dirección diferente o contraria al rumbo actual.

La renegociación es en principio un asunto técnico, que toca abordar a quienes son expertos en reglas de origen, en solución de controversias y en protección a las inversiones. Deja fuera a la principal exportación mexicana: los trabajadores migratorios.

Sin embargo, el gobierno mexicano parece dispuesto a conceder a Trump todos aquellos puntos que le permitirían al inquilino de la Casa Blanca decir que «el peor tratado comercial de la historia» se ha convertido en un camino eficaz para devolverle a Estados Unidos, al menos en las apariencias, parte de la grandeza perdida que Trump pretende recrear.

De allí nuestra primera conclusión: la renegociación es fundamentalmente un tema político.

Peña Nieto quiere hacer ver que ni los reiterados insultos de Trump, ni el inicio de la construcción de nuevos tramos del muro fronterizo han sido obstáculo para que México siga siendo socio de la economía más poderosa del mundo.

Y aquí es donde radica el mayor problema.Aun si la renegociación llega a buen puerto, la verborrea de Trump ha dejado en claro que México no es América del Norte.A sus ojos y los de amplios sectores de la sociedad estadounidense, para jugar en las ligas mayores hay que seguir las reglas de quienes, a contrapelo de la demografía, quieren volver a hacer de Estados Unidos una sociedad dominada por los blancos, anglosajones y protestantes.

A esto se suma, sin embargo, el agravante de que el resto de América Latina, desunida y sin liderazgos claros, hace tiempo que ve al más septentrional de los países latinoamericanos uncido al ritmo que marca Washington antes que interesado en articular cualquier cosa con sus vecinos del sur.

Como lo expresó de manera nítida el periodista Sergio Ocampo en El Tiempo de Bogotá: «México no es Norteamérica, como creía, pero tampoco se siente de los nuestros».

Esta es nuestra segunda conclusión: en América Latina, México está solo ante Trump.

Y si no, que pregunten a los trabajadores migratorios hondureños, salvadoreños y guatemaltecos que en su Vía Crucis a través de territorio mexicano tratando de llegar al espejismo estadounidense, enfrentan racismo, violaciones, secuestros, extorsiones y un martirio sin fin.

En el fondo, a las élites latinoamericanas poco les importa la suerte de sus compatriotas pobres.Los ven como población excedente, como una carga que se aligera cuando migran al norte para enviar remesas a sus familias en sus sitios de origen, remesas que por cierto adormecen a las actividades productivas, refuerzan la dependencia de dinero enviado desde el Norte, y son recicladas por las élites económicas a través de su malls tropicalizados para ir a dar a algún paraíso financiero a salvo de las convulsiones políticas de sus propios países.

Lo reitera Ocampo: en América Latina estamos lejísimos de una conciencia común, de un proyecto real de unidad más allá de la falsa integración económica, que pone de acuerdo a los ricos de cada país para apoyarse en sus intereses.

Y aquí se asoma la tercera conclusión: es imperativo un cambio de estrategia para hacer que los términos de la integración norteamericana también signifiquen mejores condiciones laborales, mayores salarios y un porvenir de progreso social para la mayoría de los mexicanos.Hoy sólo se traduce en utilidades para el sector exportador, cuya columna vertebral es el comercio intra-firma por el cual las sucursales o subsidiarias de las grandes multinacionales estadounidenses le venden productos de la maquila y el ensamblado a sus propias matrices en Estados Unidos.

El gobierno de Peña Nieto está sorprendido de que los salarios miserables que se pagan en México – el mínimo está por debajo de 5 dólares diarios, y el manufacturero apenas llega a la octava parte de las remuneraciones registradas en Estados Unidos-se hayan convertido en un tema de disputa en la renegociación del TLCAN.

En semanas recientes ha corrido la versión de que Washington abandonó la demanda de que todos los vehículos fabricados en Canadá y México para exportación a Estados Unidos contengan al menos un 50 por ciento de contenido estadounidense. A cambio, el acceso libre de aranceles para dicha industria dependerá del uso de mano de obra de mayor costo, obligando a los fabricantes a pagar salarios más altos a los trabajadores, lo que a su vez podría enviar más empleos a las plantas estadounidenses y canadienses.

Sin embargo, en México los niveles salariales no son el resultado de la oferta y la demanda de mano de obra, sino que constituyen el reflejo de políticas deliberadas de castigo salarial como la única y desgastada fórmula para ser competitivos en el comercio exterior.

La dolorosa realidad es que incluso en un contexto de racismo y desprecio por parte de Trump, los trabajadores migratorios mexicanos prefieren quedarse en Estados Unidos antes que regresar a un México convulsionado por la violencia y envilecido por la corrupción. México permanece como el coto de la impunidad. Es el único país latinoamericano en el que, tras el escándalo Odebrecht, no se han fincado responsabilidades a político alguno.

He aquí el desafío a futuro: ¿México seguirá apostándole a los bajos salarios como puerta falsa para la competitividad?

El gobierno de Peña Nieto ve la tempestad y no se hinca: en los estertores del fin de su sexenio, está empecinado en usar la mayoría del PRI y sus aliados en el Senado para imponer en las próximas semanas una contrarreforma laboral que impide la libertad de asociación y de negociación colectiva, con el objetivo de mantener salarios bajos e indefensión laboral.

Ya veremos qué hará al respecto el nuevo gobierno a partir del 1 de diciembre de 2018. Hacen falta mejoras educativas, mayor inversión en capital humano, una red de protección de salud y seguridad social, y, sobre todo, lograr que las inversiones públicas y privadas eleven la productividad laboral.

El presidente estadounidense, Donald Trump, ha criticado duramente la migración de empleos desde Estados Unidos hacia México, y ha amenazado con abandonar el tratado comercial de no alcanzarse acuerdos que cubran sus expectativas.Esta amenaza permanecerá como una espada de Damocles sobre la cabeza de Peña Nieto hasta el desenlace de la renegociación.

No sabemos aún cuál será éste, pero México ha encendido otra vela con sus (hasta hoy) socios formales: organizar la Copa del Mundo FIFA en agosto de 2026 en una candidatura tripartita con Estados Unidos y Canadá.La FIFA decidirá el 13 de junio entre América del Norte y Marruecos.

A final de cuentas, no basta la geografía para beneficiarse de las alianzas. Nadie hará por los mexicanos lo que no seamos capaces de hacer por nosotros mismos.

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