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La prostitución: debates políticos y éticos

La prostitución es hoy objeto de ásperas confrontaciones centradas en los regímenes político-jurídicos (abolicionismo frente a reglamentarismo/ legalización). En este artículo se presentan algunas de las principales argumentaciones teóricas de autoras y militantes de ambas corrientes, que conllevan posicionamientos éticos y políticos, en un tema en el que están en juego el estatus del cuerpo y los límites entre lo digno y lo indigno.

La prostitución: debates políticos y éticos

La prostitución es hoy objeto de ásperas confrontaciones entre distintos sectores, y también en el seno de los movimientos feministas. Los debates no son nuevos. Persisten las controversias acerca de los regímenes jurídicos, que se mantienen similares a los de hace casi 150 años, como si los cambios sociales y culturales no hubieran alterado las relaciones prostibularias ni los modos de pensar la prostitución. Actualmente se sigue discutiendo si establecer un sistema que legalice la prostitución –es decir, que la legitime como trabajo– o mantener el abolicionismo que rige en muchos países1, sea en la modalidad definida hace un siglo o en la versión introducida por el modelo sueco2, mientras aún coexisten regímenes prohibicionistas y reglamentaristas en diversos países del mundo. Son todas discusiones acerca de lo legal y lo ilegal de la prostitución, sostenidas en argumentos –sociológicos, políticos, filosóficos y éticos– que solo serán abordados aquí parcialmente por razones de espacio.

Nociones de partida

Tanto en la literatura como en el habla cotidiana encontramos frecuentemente ambigüedades para definir la prostitución: lenguajes muy connotados –racistas, sexistas, clasistas– o miradas focalizadas solo en algunos actores o aspectos del mundo prostibulario. Además, el modo de nombrar las prácticas y a los actores reproduce ideologías y posicionamientos políticos.

Por mi parte, no puedo evitar usar las palabras que condicen con mi pensamiento, aunque respeto los modos de nombrar de las autoras y los autores cuando los cito. Otra aclaración de partida es que en muchísimos textos se habla en femenino, aun cuando también, en diferentes pasajes, se hace referencia a la prostitución masculina. Sin desconocer que hay varones, travestis y transexuales en los circuitos prostibularios, mantendré el uso del femenino por varias razones: a) la prostitución es históricamente y aún hoy una institución patriarcal, sostenida sobre el deseo y el poder sexual de los varones; b) se basa en la asimetría entre varones y mujeres, y aun en los circuitos homosexuales o transexuales los que pagan por sexo son varones y c) los circuitos de mujeres son mayoría y, en general, son diferentes de los circuitos homosexuales o transexuales. Además, la mayoría de las personas prostituidas son feminizadas, excepto los llamados taxi boys (prostitución viril), a los que recurren también algunas mujeres pero que constituyen un tipo de prostitución minoritario.

Existen dos visiones polares de la prostitución: una de ellas la caracteriza como una relación entre dos personas en la que se ponen en juego conceptos contractualistas –decisiones basadas en la libertad personal, libertad sexual, elección, mercado, servicio– admitiendo que el propio cuerpo, o el sexo, es un bien mercantilizable; otra la concibe como un sistema organizado, una «industria del sexo» que incluye a una diversidad de actores sociales –«clientes», proxenetas, Estados, varones, mujeres y sectores económicos complementarios, como empresas publicitarias y turísticas, hoteles, lavaderos, industria pornográfica, etc.–. Pero entre ambas visiones hay muchas otras demarcaciones del fenómeno prostibulario. A veces se lo limita a un hecho delictivo o de comportamiento «desviado»; en otros casos se pone la mirada en las motivaciones de las personas prostituidas o en alguno de los actores que participan del mundo prostibulario, entre ellos las organizaciones proxenetas y su dimensión globalizada. Las perspectivas, énfasis o aspectos no tenidos en cuenta tienen consecuencias en las propuestas y políticas, que a veces pueden ser complementarias y otras, opuestas y contradictorias.

Como consecuencia, existe inevitablemente una polarización en los debates en cuanto a las políticas que deben adoptarse. Sin embargo, sería simplificar mucho reducir la cuestión a la oposición abolicionismo-legalización, aunque en el debate político-jurídico este clivaje parece ocupar el centro de la escena. Y la polarización aleja la posibilidad de diálogo y de consensos sobre las políticas adecuadas, lo que ha llevado a que muchas activistas, investigadoras o personas comprometidas con la problemática expresen su pesimismo frente a la irreductibilidad, el maniqueísmo y la rigidez que se manifiestan con frecuencia en distintos espacios en los que se plantea el tema. Se ha llegado a un punto en que el diálogo resulta difícil3.

¿De qué se habla cuando se habla de prostitución?

En la bibliografía académica, encontramos enunciaciones tales como las que sostienen que el hecho de que «ciertas conductas sexuales (...) sean caracterizadas como actos de prostitución no depende de esas conductas en sí mismas, sino del modo de percepción y definición social de las mismas»4. El mismo autor señala que hay quienes consideran prostitutas a las mujeres promiscuas, a las secretarias que se acuestan con sus superiores para ascender en su carrera o a la mujeres casadas que mantienen relaciones sexuales a cambio de dinero o beneficios. Probablemente, la asociación más reiterada es la de matrimonio y prostitución. Paola Tabet, antropóloga italiana, remarca la existencia de un continuo entre matrimonio y prostitución, ya que en ambas instituciones existirían «intercambios económicos y sexuales entre mujeres y varones»5. La diferencia es que en el matrimonio las mujeres proporcionan también otros servicios, mientras que en la relación prostitucional se limitan a los servicios sexuales. Tabet reconoce además otras diferencias, tales como las modalidades de relación, las formas de contrato, la duración, etc.6

El texto de Tabet apareció en Les Temps Moderns en 1987 y, según ella misma explicó, la idea generó rechazo en muchos auditorios occidentales. Basada en sus estudios en sociedades no occidentales y también, en el pasado, en las occidentales, dice de manera clara que «el sexo es el capital de las mujeres, su tierra, y que ellas deben utilizarlo de manera adecuada»7. Lo que está claro es que en sus argumentaciones reconoce la asimetría entre varones y mujeres, ya que solo las mujeres brindan «servicios sexuales» y quienes pagan son varones, lo que implica una sexualidad subordinada –aunque Tabet no usa esta expresión–. En cambio, sostiene que quienes pagan «no reconocen la misma urgencia, la misma necesidad y la misma autonomía sexual de la otra persona, quien pone su sexualidad al servicio del otro», lo que tiene como resultado «la renuncia de las mujeres a sus propios deseos sexuales»8.

  • 1.

    Bajo este régimen, se penaliza a todos aquellos que participan de la explotación de la prostitución ajena, pero no a las personas prostituidas.

  • 2.

    Este nuevo abolicionismo considera que la prostitución es una forma de explotación y violencia contra las mujeres y, por lo tanto, la política del Estado es desalentarla para lograr su erradicación. Incluye diversas estrategias, desde la penalización de quienes pagan por sexo, grupos de apoyo para los varones que pagan, reinserción laboral para las mujeres prostituidas, estrategias educativas y culturales, etc.

  • 3.

    V. por ejemplo, Beatriz Gimeno: «La prostitución ¿abolir o regular? Un giro en el debate» en Femicidio.net, 25/2/2013.

  • 4.

    Francisco Vázquez: Mal menor. Políticas y representaciones de la prostitución. Siglos xvi-xix, Universidad de Cádiz, Cádiz, 1998, p. 13.

  • 5.

    P. Tabet: «Du don au tarif: les relations sexuelles impliquant une compensation» en Les Temps Modernes No 490, 5/1987.

  • 6.

    Mathieu Trachman «La banalité de l’échange. Entretien avec Paola Tabet» en Genre, Ssexualité & Sociéte, No 2, otoño de 2009.

  • 7.

    Ibíd.

  • 8.

    Ibíd., pp. 34-35.