Ensayo

La «política del dolor» ante la (in)acción del Estado en materia de seguridad. Los casos Blumberg en Argentina y Sicilia en México

Juan Carlos Blumberg en Argentina y Javier Sicilia en México han liderado movimientos construidos luego de la muerte de sus hijos. En ese sentido, lograron universalizar el dolor personal a partir de la configuración de amplios movimientos de protesta. Sin embargo, mientras Blumberg expresaba una serie de temores de las clases medias frente a la inseguridad creciente y un reclamo de mano dura, Sicilia se opone a la militarización de la guerra contra el narcotráfico e intenta dignificar a las víctimas consideradas en el discurso oficial como «bajas colaterales». Con todo, en ambos casos se trata de una interpelación de la sociedad civil a Estados atravesados por la corrupción y por diversos tipos de inseguridad.

La «política del dolor» ante la (in)acción del Estado en materia de seguridad. Los casos Blumberg en Argentina y Sicilia en México

Buenos Aires, marzo de 2004: Axel Blumberg, un estudiante de ingeniería de 23 años, fue secuestrado en Argentina el 17 de marzo de 2004 y posteriormente asesinado por sus captores. El crimen despertó la indignación de amplios sectores de la sociedad que se veían amenazados por la inseguridad, agravada por la extendida sospecha de que la banda de secuestradores contaba con la complicidad de policías de la provincia de Buenos Aires.Se organizaron multitudinarias protestas para exigir el esclarecimiento del caso y mayores controles sobre la policía. Así, el padre de Axel, el empresario textil Juan Carlos Blumberg, canalizó el descontento de los ciudadanos ante la crisis de inseguridad experimentada en Argentina a través de una serie de marchas que tenían como destinatarios los distintos poderes del Estado. La presión condujo a la aprobación parlamentaria de la llamada «Ley Blumberg» en 2004, que estipula la posibilidad de sumar hasta 50 años de prisión por los delitos gravísimos (violación seguida de muerte, secuestro extorsivo seguido de muerte, etc.). Posteriormente, Blumberg constituyó la Fundación Axel Blumberg por la Vida de Nuestros Hijos, de la cual es presidente.

Cuernavaca, marzo de 2011: el 28 de marzo de 2011, el estudiante Juan Francisco Sicilia Ortega, junto con otros seis jóvenes, fue asesinado por el crimen organizado en la población de Temixco (estado de Morelos). Como consecuencia, su padre, Javier Sicilia, abandonó su actividad como poeta con estas palabras: «La poesía ya no existe en mí». Acto seguido, encabezó numerosas manifestaciones a lo largo y ancho del país –y más allá de las propias fronteras mexicanas– con el lema «Estamos hasta la madre», exigiendo un alto al «clima de violencia» que vive México. El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) que lidera Sicilia ha logrado establecer diálogos con el gobierno del presidente Felipe Calderón y representantes del Congreso mexicano para presionar a las autoridades de su país con el fin de cambiar la estrategia de combate contra el crimen organizado centrada en las acciones militares. La lucha por el reconocimiento y la dignificación de las víctimas de la violencia en la «guerra contra el narco» –que suman ya 50.000 personas– es el lema central del movimiento. En dos caravanas por la paz, Sicilia recorrió el norte y el sur de México desenterrando a los muertos de muchas violencias –no solamente víctimas del narco–, y de esta forma amplió su influencia hacia otros sectores y temas, como la suerte de los migrantes centroamericanos en México, sujetos a la trata de personas por el crimen organizado, muchas veces en complicidad con autoridades del Estado.

Los «liderazgos de dolor» en el escenario público y político

La emergencia de figuras públicas antes desconocidas representa un fenómeno que se repite en América Latina. Sin embargo, los referentes erigidos en «líderes del dolor» que logran conformar un movimiento escapan a la lógica tradicional de los movimientos sociales, ya que disponen de recursos emotivos a los cuales otros actores políticos solo tienen acceso en raras ocasiones. Pero justamente por ello, las bases de la identificación de la población con esos movimientos pueden tener una corta vida si no son reactualizadas mediante la intervención de los medios de comunicación o nuevos eventos violentos.

La ubicación de estos liderazgos al margen de la institucionalidad política –por lo menos en su inicio– les ha conferido un poder de atracción sobre amplios grupos de la población, aunque al mismo tiempo sufren un rápido olvido al abandonar el espacio público y subordinarse a las lógicas del juego político. En el caso de Blumberg, su popularidad descendió tras saberse que había hecho uso ilegítimo del título de «ingeniero» en sus presentaciones públicas y por sus exabruptos verbales en materia de inseguridad en el país. El momento más crítico en el apoyo social a su figura quedó en evidencia cuando en septiembre de 2007 se presentó como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires y logró un pobre resultado, por debajo de 1% de los votos. Fue un abrupto final a las ambiciones políticas del empresario.

En el caso del poeta Sicilia en México, existe el peligro de que la ampliación de su agenda de intervención pública hacia la reforma política o la migración centroamericana haga colapsar la alianza que se construyó en el inicio de su movimiento, centrada en la indignación de las víctimas de la violencia. No obstante, hasta la fecha, Sicilia ha enfatizado que se ve comprometido con el movimiento de paz y rechaza cualquier actividad de carácter político-partidista.

Emoción y conmoción: el dolor como argumento político

Estos dos casos, el de Blumberg en Argentina y el de Sicilia en México, ejemplifican la fuerza que puede alcanzar una narración desde la individualidad, el dolor y la intimidad en la arena política. Son elementos de comunicación simbólica y social que el aparato estatal y la institucionalidad política son incapaces de construir y a los que en general no pueden responder. Además, la intervención de los medios de comunicación como amplificadores de la suerte de las víctimas y sus familiares permite generar un efecto multiplicador que es muy difícil de controlar políticamente y que puede convertirse en detonador de crisis sociales profundas en cuanto a la confianza en las instituciones. El dolor personal hecho público y convertido en una expresión de crítica a la gestión gubernamental no encuentra contestación política válida a los ojos del público, y cualquier reacción desde las instituciones solamente puede ser vista como inconsistente.

Sin embargo, la gran atención asociada a los hechos violentos alienta la tentación de los políticos a «pegarse» a estas situaciones de elevada emotividad social. La conversión del dolor individual en duelo público le confiere carácter político, mecanismo imposible sin la intervención de los medios como intermediarios entre un hecho individual y el clamor generalizado de (in)seguridad. Visibilizar el dolor y conferir a las víctimas un lugar destacado en la atención pública son los efectos más inmediatos que se generan con esta intervención de los medios de comunicación, por lo menos en un lapso limitado, hasta que lo espectacular de la noticia pierde prioridad.