Ensayo

La «política del dolor» ante la (in)acción del Estado en materia de seguridad. Los casos Blumberg en Argentina y Sicilia en México

Juan Carlos Blumberg en Argentina y Javier Sicilia en México han liderado movimientos construidos luego de la muerte de sus hijos. En ese sentido, lograron universalizar el dolor personal a partir de la configuración de amplios movimientos de protesta. Sin embargo, mientras Blumberg expresaba una serie de temores de las clases medias frente a la inseguridad creciente y un reclamo de mano dura, Sicilia se opone a la militarización de la guerra contra el narcotráfico e intenta dignificar a las víctimas consideradas en el discurso oficial como «bajas colaterales». Con todo, en ambos casos se trata de una interpelación de la sociedad civil a Estados atravesados por la corrupción y por diversos tipos de inseguridad.

La «política del dolor» ante la (in)acción del Estado en materia de seguridad. Los casos Blumberg en Argentina y Sicilia en México

Buenos Aires, marzo de 2004: Axel Blumberg, un estudiante de ingeniería de 23 años, fue secuestrado en Argentina el 17 de marzo de 2004 y posteriormente asesinado por sus captores. El crimen despertó la indignación de amplios sectores de la sociedad que se veían amenazados por la inseguridad, agravada por la extendida sospecha de que la banda de secuestradores contaba con la complicidad de policías de la provincia de Buenos Aires.Se organizaron multitudinarias protestas para exigir el esclarecimiento del caso y mayores controles sobre la policía. Así, el padre de Axel, el empresario textil Juan Carlos Blumberg, canalizó el descontento de los ciudadanos ante la crisis de inseguridad experimentada en Argentina a través de una serie de marchas que tenían como destinatarios los distintos poderes del Estado. La presión condujo a la aprobación parlamentaria de la llamada «Ley Blumberg» en 2004, que estipula la posibilidad de sumar hasta 50 años de prisión por los delitos gravísimos (violación seguida de muerte, secuestro extorsivo seguido de muerte, etc.). Posteriormente, Blumberg constituyó la Fundación Axel Blumberg por la Vida de Nuestros Hijos, de la cual es presidente.

Cuernavaca, marzo de 2011: el 28 de marzo de 2011, el estudiante Juan Francisco Sicilia Ortega, junto con otros seis jóvenes, fue asesinado por el crimen organizado en la población de Temixco (estado de Morelos). Como consecuencia, su padre, Javier Sicilia, abandonó su actividad como poeta con estas palabras: «La poesía ya no existe en mí». Acto seguido, encabezó numerosas manifestaciones a lo largo y ancho del país –y más allá de las propias fronteras mexicanas– con el lema «Estamos hasta la madre», exigiendo un alto al «clima de violencia» que vive México. El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) que lidera Sicilia ha logrado establecer diálogos con el gobierno del presidente Felipe Calderón y representantes del Congreso mexicano para presionar a las autoridades de su país con el fin de cambiar la estrategia de combate contra el crimen organizado centrada en las acciones militares. La lucha por el reconocimiento y la dignificación de las víctimas de la violencia en la «guerra contra el narco» –que suman ya 50.000 personas– es el lema central del movimiento. En dos caravanas por la paz, Sicilia recorrió el norte y el sur de México desenterrando a los muertos de muchas violencias –no solamente víctimas del narco–, y de esta forma amplió su influencia hacia otros sectores y temas, como la suerte de los migrantes centroamericanos en México, sujetos a la trata de personas por el crimen organizado, muchas veces en complicidad con autoridades del Estado.

Los «liderazgos de dolor» en el escenario público y político

La emergencia de figuras públicas antes desconocidas representa un fenómeno que se repite en América Latina. Sin embargo, los referentes erigidos en «líderes del dolor» que logran conformar un movimiento escapan a la lógica tradicional de los movimientos sociales, ya que disponen de recursos emotivos a los cuales otros actores políticos solo tienen acceso en raras ocasiones. Pero justamente por ello, las bases de la identificación de la población con esos movimientos pueden tener una corta vida si no son reactualizadas mediante la intervención de los medios de comunicación o nuevos eventos violentos.

La ubicación de estos liderazgos al margen de la institucionalidad política –por lo menos en su inicio– les ha conferido un poder de atracción sobre amplios grupos de la población, aunque al mismo tiempo sufren un rápido olvido al abandonar el espacio público y subordinarse a las lógicas del juego político. En el caso de Blumberg, su popularidad descendió tras saberse que había hecho uso ilegítimo del título de «ingeniero» en sus presentaciones públicas y por sus exabruptos verbales en materia de inseguridad en el país. El momento más crítico en el apoyo social a su figura quedó en evidencia cuando en septiembre de 2007 se presentó como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires y logró un pobre resultado, por debajo de 1% de los votos. Fue un abrupto final a las ambiciones políticas del empresario.

En el caso del poeta Sicilia en México, existe el peligro de que la ampliación de su agenda de intervención pública hacia la reforma política o la migración centroamericana haga colapsar la alianza que se construyó en el inicio de su movimiento, centrada en la indignación de las víctimas de la violencia. No obstante, hasta la fecha, Sicilia ha enfatizado que se ve comprometido con el movimiento de paz y rechaza cualquier actividad de carácter político-partidista.

Emoción y conmoción: el dolor como argumento político

Estos dos casos, el de Blumberg en Argentina y el de Sicilia en México, ejemplifican la fuerza que puede alcanzar una narración desde la individualidad, el dolor y la intimidad en la arena política. Son elementos de comunicación simbólica y social que el aparato estatal y la institucionalidad política son incapaces de construir y a los que en general no pueden responder. Además, la intervención de los medios de comunicación como amplificadores de la suerte de las víctimas y sus familiares permite generar un efecto multiplicador que es muy difícil de controlar políticamente y que puede convertirse en detonador de crisis sociales profundas en cuanto a la confianza en las instituciones. El dolor personal hecho público y convertido en una expresión de crítica a la gestión gubernamental no encuentra contestación política válida a los ojos del público, y cualquier reacción desde las instituciones solamente puede ser vista como inconsistente.

Sin embargo, la gran atención asociada a los hechos violentos alienta la tentación de los políticos a «pegarse» a estas situaciones de elevada emotividad social. La conversión del dolor individual en duelo público le confiere carácter político, mecanismo imposible sin la intervención de los medios como intermediarios entre un hecho individual y el clamor generalizado de (in)seguridad. Visibilizar el dolor y conferir a las víctimas un lugar destacado en la atención pública son los efectos más inmediatos que se generan con esta intervención de los medios de comunicación, por lo menos en un lapso limitado, hasta que lo espectacular de la noticia pierde prioridad.

En el caso de México, el movimiento encabezado por Sicilia intenta dignificar a las víctimas consideradas en el discurso oficial como «bajas colaterales», que las autoridades niegan al señalar que la «guerra del narco» solamente está implicando muertes entre los integrantes de los grupos criminales. Es esta implícita criminalización de las víctimas civiles la que ha impulsado a los familiares a movilizarse en contra de una comunicación oficial de la violencia que no respeta la integridad de las personas. En efecto, ponerle un alto a esta línea de argumentación gubernamental es uno de los propósitos que el movimiento de Sicilia ha logrado en el corto tiempo de su existencia. Desde su condición de víctimas, se alcanza a detectar una clara visión que no aspira a asumir una representación del pueblo mexicano, sino más bien el derecho de apelación e impugnación frente al gobierno y las instancias del Estado. Así refiere Sicilia: «Nosotros, es verdad, no representamos a todos ni nunca lo hemos pretendido, pero representamos el dolor de los más desprotegidos, el de las víctimas negadas y criminalizadas por el propio gobierno y el de muchos ciudadanos de a pie que saben que el rostro de esas víctimas es también el rostro del dolor de todo el país».

Esta generalización del dolor personal hacia un duelo nacional, de la emoción a la conmoción política, está alimentada por un reclamo de identidad nacional que trata de asumir al mismo tiempo el reclamo del «buen gobierno» frente a las instituciones públicas: «Hoy, después de tantos crímenes soportados, cuando el cuerpo destrozado de mi hijo y de sus amigos ha hecho movilizarse de nuevo a la ciudadanía y los medios, debemos hablar con nuestros cuerpos, con nuestro caminar, con nuestro grito de indignación (...) Hay que devolverle la dignidad a esta nación».

Son palabras con las que Javier Sicilia se refiere a México, dirigidas tanto al gobierno como a los mismos criminales. Este tipo de interlocución con las autoridades y el mundo criminal entablado por parte de Sicilia es animado por la esperanza y la expectativa cifradas en el presidente, en que este empiece a resarcir la deuda que el Estado tiene con las víctimas. Sicilia ve la presencia del miedo entre los ciudadanos prolongada y profundizada por la estrategia de guerra del gobierno mexicano, «que podría convertirse en una guerra sin fin donde los flujos de dinero y las complicidades políticas continúan intactas y los ciudadanos en México quedamos atrapados entre la lógica del mercado y la del orden militar». Para atender a este dolor de las víctimas y reconocer su dignidad, Sicilia pide la convocatoria de una Comisión de Verdad, iniciativa que el gobierno rechazó inmediatamente, ya que considera que no corresponde a la situación del país, donde el terror no sería generado por el Estado sino por los grupos criminales.

La movilización inicial y su descenso posterior

En el caso de Argentina, la movilización de amplios estratos de la sociedad se debe en gran medida al genérico reclamo de «seguridad», que recogió la adhesión de millones de personas en un petitorio y movilizó a varias decenas de miles en tres marchas en Buenos Aires. La primera, encabezada por Blumberg, secundado por familiares y amigos de su hijo, se realizó a ocho días del hallazgo del cadáver el 1 de abril de 2004; se dirigió a la Plaza de los Dos Congresos (en la Capital Federal) y tuvo la participación de unas 140.000 personas. Menos de tres semanas después, el 22 de abril, se convocó a una segunda marcha que se dirigió a los Tribunales federales y reunió a unas 70.000 personas. Ambas fueron promovidas y transmitidas «en cadena» por los principales medios privados de información. La tercera movilización de Blumberg fue el 26 de agosto, a ella asistieron alrededor de 40.000 personas, mientras que en la cuarta marcha cayó la participación a unos 5.000 manifestantes.

En las movilizaciones participaban desde personas convocadas emotivamente hasta otras que experimentaban un gran rechazo hacia los políticos en general, típico del contexto del año 2004, en el epílogo del «Que se vayan todos» proclamado durante la crisis de 2001. En este sentido, Blumberg era una figura que no provenía del espacio político tradicional y por eso podía asumir el papel de convocante de una clase media agobiada por el discurso de los políticos establecidos. Por un lado, la seguridad era el tema central que inquietaba a los grupos sociales de clase media y lograba reunirlos alrededor de una plataforma política común; por otro lado, el discurso de Blumberg era capaz de expresar el sentimiento de minoría con el que se identificaban los reunidos en la Plaza de Mayo ante la nueva presencia de activistas como los piqueteros, con una visión totalmente encontrada. Por eso, las afirmaciones de Blumberg fueron muy aplaudidas: «Pedimos que, como se hace en otros países, se publiquen fotos de los violadores en toda la ciudad, para que la gente los conozca» o «Acá los derechos humanos son solamente para los delincuentes, no hay derechos humanos para la gente como ustedes, a mí nadie me vino a ver de los derechos humanos cuando mataron a Axel», señaló en una poco velada referencia a la política de derechos humanos kirchnerista. Y esta visión sobre la seguridad, que refleja el miedo y la angustia típicos de la clase media que se considera la ciudadanía decente, en contraposición a los delincuentes, fue multiplicada por las intensas coberturas mediáticas de las marchas. Pero lo efímera que resultó al final la movilización inicial puede atribuirse no solo a la conmoción de la población con el padre de Axel Blumberg, de la cual dan testimonio los cuatro millones de firmas que se recolectaron en la «Cruzada Axel»; sino también a la respuesta institucional, con la participación del «ingeniero» en las Comisiones del Congreso junto a diputados y senadores, en pos de la aprobación de varias leyes para el endurecimiento de las penas, el control del registro de teléfonos móviles, etc.En el diseño de la campaña liderada por Blumberg se optó por un relato de guerra: guerra de ciudadanos contra delincuentes, de ciudadanos contra la inoperancia del Estado y la corrupción policial. En cambio, en el caso de Sicilia en México la crítica se refiere justamente a las operaciones bélicas de las agencias de seguridad estatales, que generan mayor daño a la ciudadanía. En los dos casos se incluyen estrategias y acciones asociadas simbólicamente a las «guerras religiosas». En tanto que Blumberg emplea el concepto de cruzada para aplicar el criterio de excepcionalidad a su modalidad de intervención, Sicilia opta por el instrumento de la caravana por la paz (estilo procesión) para compartir su dolor y los dolores de otras víctimas en un clamor contra la violencia.

La sensación de inseguridad, en el discurso de Blumberg, se ve convertida en la causa de todos los problemas sociales, cuya solución depende de un endurecimiento del sistema penal mediante reformas legislativas. Son posturas que claman por «mano dura» en un sentido tradicional de invocación de la fuerza del Estado, que tiene que ubicarse del lado de los ciudadanos; sin embargo, este tipo de mensaje de alarma social, presente también en la sociedad mexicana en la lucha contra los carteles del narco, varía sustancialmente en la comunicación de Sicilia y su movimiento, ya que estos justamente recriminan al Estado sus acciones indiscriminadas y la producción de «daños colaterales» que se plasma en las víctimas civiles no reconocidas como tales por parte de la autoridad.

Blumberg, que se postula como representante de «todos los hijos de una Argentina insegura», asumió con su presencia personal un liderazgo diferente al de Sicilia en México, quien opera sobre la suerte y el dolor común de todos los afectados por la guerra contra el narco, tratando de esta manera de ampliar las voces de su movimiento. Sicilia inició su activismo nacional en compañía de 600 seguidores con la Marcha por la Paz desde Cuernavaca y culminó con una movilización de 90.000 personas el día 8 de mayo de 2011 en el Zócalo de Ciudad de México, en apoyo de un petitorio que incluía la destitución del secretario de Seguridad Pública en el ámbito federal y el reconocimiento de la culpabilidad de las autoridades del Ejecutivo y del Legislativo. Con sus actividades en plazas públicas, el MPJD ha tratado de implementar una estrategia de recuperación del espacio público quitado a la ciudadanía por la delincuencia y la incapacidad gubernamental.

En un claro contradiscurso respecto de la insistencia oficial acerca de que las actividades de las fuerzas de seguridad del Estado no generan violencia, el movimiento de Sicilia reclama el cese de las acciones militares en el territorio nacional. Con una baja en la movilización de la población, en el MPJD existe preocupación por los intentos gubernamentales de minimizar y denostar al movimiento, y el temor de que las autoridades logren «robarle la base» apostando por otras agrupaciones de víctimas con las cuales iniciaron un diálogo por separado. Esta sensación de verse manipulados por el Estado no es sorprendente si se tiene en cuenta la cantidad de experiencias similares que han acumulado las organizaciones de la sociedad civil en México.

Legitimación: la (de)construcción social del miedo

Aunque el punto de partida de los movimientos de Blumberg y Sicilia haya sido la legitimidad del dolor por sus hijos secuestrados y asesinados, pronto sus actividades adquirieron un rumbo diferente: en el caso de Blumberg, se desenvolvió como una expresión de miedos socialmente construidos desde las clases media y alta, con un matiz autoritario de «mano dura»; mientras que en el caso de Sicilia, se trata de un intento de consolidar un movimiento de paz, en el afán de deconstruir el miedo ante el impacto de la violencia en el país y representar, o por lo menos articular, a una cantidad muy amplia de víctimas convencidas de que es responsabilidad del Estado garantizar la seguridad. En ambos casos se generó una solidaridad efímera alrededor de los protagonistas, sin que se estén dando las bases institucionales para la conformación de un actor social a más largo plazo. El proceso de movilización recurrente, con marchas y caravanas, no parece garantizar una suficiente continuidad en la afluencia de voluntarios capaz de lograr un compromiso durable por parte de los integrantes del movimiento. Por otro lado, la atención de los medios va decreciendo, en tanto que los diálogos con las autoridades pueden minar la faz extrainstitucional del movimiento. De este modo, la representación de las víctimas por parte de líderes sociales sufre un proceso de disipación, como es visible en el caso de Blumberg, cuya fuerza moral se dañó debido a las dudas con respecto a su título profesional y al uso de sus demandas en favor de un proyecto conservador (respecto de la seguridad) de más largo alcance.

El «nosotros» de las víctimas como legitimación originaria, al cual se asocian muchas personas por identificación individual y simbólica, abre paso a una pluralidad de posiciones críticas a la gestión gubernamental, ya sea como reproche a un tratamiento no profesional por parte de la policía, o en el rechazo a la intervención del gobierno en el combate a la narcoviolencia. Las «plegarias» presentadas tanto por Blumberg como por Sicilia, en clara alusión a ritos religiosos, encarnan una relación con la autoridad diferente que la que tiene un ciudadano político: se dirigen a ella desde el lugar de víctimas y desde allí se peticiona. Eso no excluye que, al mismo tiempo, se desarrolle un abierto tono de crítica al gobierno: en el caso de Blumberg, contra el gobierno de Kirchner, hecho remarcado por la presencia de líderes de la oposición, quienes al mismo tiempo le ofrecieron la posibilidad de una candidatura, mientras el gobierno respondía con contramarchas a las movilizaciones lideradas por él.

En el caso de México, el esfuerzo de Sicilia por evitar que su movimiento sea percibido como expresión de la oposición política es muy manifiesto, aunque busca decididamente la alianza con fuerzas alternativas como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en diálogo con el subcomandante Marcos. De manera explícita, Sicilia, quien siempre se identificó claramente con una posición de izquierda, rechazó cualquier intento por aparecer mediatizado como posible representante del Partido de la Revolución Democrática (PRD), y este a su vez no se mostró muy convencido por la actuación de Sicilia en el marco del diálogo sostenido con el Poder Ejecutivo. Sicilia celebró reuniones públicas con el presidente Calderón y su gabinete en julio y octubre de 2011 buscando un diálogo abierto, de cara a la nación. Su crítica a la estrategia militar del gobierno era muy explícita, pero al mismo tiempo expresó su reconocimiento personal al primer mandatario con abrazos y gestos que generaron variadas críticas en los ámbitos de la oposición política. Por eso, el proceso de pérdida creciente de la legitimidad originaria y emotiva del dolor está mermando la cohesión del movimiento, y este seguirá perdiendo vigencia si no logra reforzar sus bases de legitimación social con nuevos elementos capaces de referir a otros intereses y reclamos sociales que no contrarresten, empero, el motivo inicial de las movilizaciones.

El diálogo con las autoridades

El impacto que han tenido las personalidades de Blumberg y Sicilia como «líderes del dolor» sobre el público y los medios de sus países no careció de efectos en la política, especialmente ante la movilización masiva de ciudadanos que lograron sentirse comprometidos con sus causas. El interés central de sus campañas, movilizar la reserva moral de la sociedad que anteriormente no se había articulado en términos políticos, los ponía en una situación de rivalidad no declarada frente a los actores políticos establecidos. Las estrategias de estos apuntaban por lo tanto a copar, cooptar o deslegitimar este nuevo liderazgo emergente para sus propias organizaciones y agendas.

El presidente Kirchner tuvo una extensa reunión en la Casa Rosada con los padres de Axel Blumberg inmediatamente después de hacerse pública la muerte del joven. En esa ocasión, las críticas se dirigieron contra el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, quien trató de salir de la situación con la propuesta de una agenda propia de seguridad basada en el caso Blumberg, que incluía la creación de un organismo para controlar la actuación de policías, agentes penitenciarios y personal de las agencias privadas de seguridad. El Comité de Transparencia tendría facultades para recibir denuncias y presentaciones sobre irregularidades en las fuerzas de seguridad o casos de abusos cometidos por policías. Con sus palabras acerca de que «en la comunidad existe una sensación generalizada de inseguridad e indefensión, que las estructuras del Estado no han logrado contener», trató de canalizar las percepciones ciudadanas de que las mismas instancias públicas podrían encontrarse involucradas en el delito. El hecho de que Raúl Rivara debiera renunciar al cargo de ministro de Seguridad de la provincia puso de manifiesto el efecto que las críticas del movimiento generado por Blumberg tuvieron sobre la gestión gubernamental local. Además, Solá afirmó que «esta situación se agrava por la intervención de agentes o ex-agentes de las fuerzas de seguridad en hechos delictivos», por lo cual la limpieza en los mismos órganos de gobierno se convirtió en uno de los ejes de acción. Con las condenas a reclusión perpetua para los secuestradores y asesinos del joven Blumberg y el endurecimiento de algunas leyes penales se hicieron patentes las metas a las cuales trató de llegar y llegó finalmente el movimiento del padre de la víctima.

En una tónica totalmente diferente se mueve en la actualidad el MPJD mexicano. Su petición central consiste en un alto a la guerra contra el narcotráfico; busca lograr una tregua en esta lucha en la cual «no se sabe de dónde vienen las balas» y conseguir el reconocimiento de las víctimas. Con esta agenda inicial que logró articular el movimiento, Sicilia fundamentó su compromiso y su actividad política. Sin embargo, la cuestión de la paz como eje central de la acción colectiva implicó de inmediato una ampliación de la agenda y le confirió muy pronto al MPJD rasgos de un movimiento de movimientos. Al sumársele otras organizaciones, se abrió por un lado el debate sobre las alianzas y el núcleo común, y por el otro, el problema de controlar el alcance de las discusiones con el gobierno. La doble estrategia de «beso y abrazo» y crítica profunda empleada por Sicilia en las diversas rondas de conversaciones con el gobierno y el Congreso demostró tener resultados ambivalentes: el gobierno se vio expuesto por primera vez a un debate profundo y público con la sociedad civil y se logró establecer claramente la responsabilidad parlamentaria en la «guerra al narco», por haberla dejado casi por completo en manos del Ejecutivo sin mayores reparos por parte de los diputados y senadores. Pero, al mismo tiempo, se hizo evidente la improvisación con la cual el MPJD inició este proceso y el peligro de que se lo utilizara como instrumento para legitimar la militarización de la lucha contra el crimen, al no existir consenso dentro del movimiento respecto a la valoración de la estrategia gubernamental y las maniobras políticas empleadas. Hasta la fecha, es la personalidad de Sicilia la que da coherencia política y mantiene el mensaje moral del colectivo.

Por otro lado, los esfuerzos del movimiento por construir una presencia territorial con una red de nodos de grupos para parar la guerra y lograr una tregua en los combates no han fructificado hasta la fecha en cuanto al involucramiento de las autoridades locales y regionales en una acción conjunta. Al parecer, la opción militar –y así lo reflejan las encuestas en el país– encuentra un amplio respaldo en la población, por lo cual en los estados del norte, que son los más afectados por el conflicto, la respuesta por parte de las autoridades fue distante.

Nuevos liderazgos, sociedad civil y seguridad

Tanto en Argentina como en México los respectivos movimientos emanados de los asesinatos de los hijos de los protagonistas lograron también cambios de carácter legislativo e institucional: así, el gobierno bonaerense creó un comité para controlar a la policía y Blumberg, con su movimiento, pudo impactar en la reforma del sistema penal (Ley Blumberg), impulsando debates sobre la modificación del régimen de imputabilidad de menores, la reforma del régimen de portación de armas (con penas no excarcelables), el registro público de telefonía celular y un sistema de documentos de identidad no adulterables. Sicilia, por su parte, pudo obligar al gobierno mexicano a la instauración de una Procuraduría Social para Atención a Víctimas del Delito, lo que se consideró una respuesta a la presión pública de su movimiento, el cual a su vez pide que la Procuraduría lleve el nombre de «Víctimas de la Violencia y del Abuso del Poder» y que disponga de un presupuesto adecuado para su funcionamiento, además de ser liderada por un representante de la sociedad civil. Se espera que la situación del país, que Sicilia ha calificado de «emergencia nacional», mejore con la aprobación en abril de 2012 de la Ley General de Víctimas para la Atención del Delito, que no incluye el deseo de Sicilia de considerar también el abuso de poder. Al mismo tiempo, el MPJD insiste en que no es suficiente la aprobación de la Ley de Seguridad Pública propuesta por el Ejecutivo y en la necesidad de que sea ampliada a una Ley de Seguridad Ciudadana y Humana, para superar así la limitación de los esquemas restringidos de seguridad predominantes en las instituciones públicas. Además, el movimiento ha articulado la necesidad de definir una hoja de ruta que determine tiempos y límites de la presencia de las Fuerzas Armadas en las calles, ya que considera que el mantenimiento de esta situación a largo plazo pone en serios riesgos la endeble democracia mexicana, al subordinar el poder civil a la lógica de la seguridad militar.

Así, el discurso de Javier Sicilia y de su movimiento asume al mismo tiempo la crítica al aparato estatal y la esperanza en la función pública: se denuncia la podredumbre existente en las instituciones a través de la «multiplicación de los cadáveres, en la impunidad y la corrupción que habita en los aparatos del Estado», a través del «terror que vive la población a causa de la delincuencia y de la respuesta violenta de los gobiernos en sus diferentes niveles», a la vez que se apela a las autoridades para cambiar el rumbo en la gestión de la seguridad del país con el giro hacia un camino de pacificación.

En medio del escenario electoral para los comicios presidenciales, el mismo Sicilia dejó en claro que no aspiraba a un cargo de elección popular ni deseaba ser parte del juego político buscando cuotas de poder, sino que basa su actuación en una posición de ética bajo el criterio: «No lucramos con nuestros muertos y nuestro dolor». Si estos liderazgos –aunque se resistan a asumir una carrera política– logran mantener una presencia pública que vaya más allá de una capacidad de movilización efímera (lo que a la luz del camino transitado por Blumberg resulta dudoso), la posibilidad de generar innovaciones organizativas y de contenido para movimientos emanados desde la sociedad civil y por fuera del ámbito político tradicional depende ciertamente de su enraizamiento en las diferentes capas de la sociedad y de sus articulaciones, sus coyunturas y su inclinación a formar alianzas sustantivas. Que estos esfuerzos de Blumberg y Sicilia se muevan en el ámbito de la seguridad –por cierto, con vectores opuestos– restringe de cierta manera su capacidad de desarrollo, ya que su punto de contacto siempre son las autoridades del Estado en sus diferentes expresiones y eso deja poco espacio para modelos de autogestión. Estos movimientos surgieron desde la vulnerabilidad central que tiene la institucionalidad a la hora de tratar las emociones y la conmoción; sin embargo, la vigencia del movimiento de Sicilia podría verse condicionada por la actuación del Estado, que podría cercenar la resonancia social de sus reclamos y exigencias, como ocurrió con Blumberg. Así, este tipo de liderazgos sufren de su precaria inserción en movimientos sociales más amplios y, a su vez, no alcanzan cierto umbral de institucionalización que les permita ejercer mayores niveles de control y presión sobre la gestión gubernamental. En definitiva, su propio campo de actuación representa en este sentido una limitante, por su relación íntima con la gestión estatal.