Ensayo

La oportunidad socialdemócrata. Frente a la crisis estructural del capitalismo

En el actual contexto mundial, la socialdemocracia se encuentra ante un gran desafío y una oportunidad histórica. El desafío: asumir una profunda reflexión crítica sobre las causas de sus fracasos gubernamentales durante las últimas décadas. La oportunidad: ocupar un lugar crítico y propositivo frente a un liberalismo sin respuestas. Para el autor de este artículo, eso solo es posible si se recuperan las herramientas teóricas para construir una crítica seria al capitalismo actual y renovar el proyecto de socialismo democrático, en un contexto mundial en el que capitalismo y democracia parecen bifurcarse.

La oportunidad socialdemócrata. Frente a la crisis estructural del capitalismo

«Si no estudias, no conseguirás trabajo», decían los padres a sus hijos hasta hace unas décadas. Ahora, tal como va el mundo, da un poco lo mismo: millones de diplomados no encuentran empleo. El proceso de informatización, la robótica, la explosión de las comunicaciones, del transporte y otros prodigiosos adelantos científicos y tecnológicos han dado un golpe brutal a la idea, hasta ahora tenida por axiomática, de que aumentando la producción se amplía la demanda de trabajo y, en consecuencia, disminuye la pobreza. El ciclo de crecimiento económico, acompañado de demanda de empleos, se ha interrumpido brutalmente.Aunque las explicaciones sobre el problema suelen ser complejas, su meollo es simple: desde hace cuatro décadas, los desarrollos tecnológicos y científicos aseguran aumentos de producción y de productividad con simultánea disminución de la necesidad de mano de obra humana. Un ejemplo, entre miles: en 1985, 39.200 obreros belgas producían 10,6 millones de toneladas de acero. En 1990, solo un lustro después, se necesitaban 21.200 trabajadores para producir 11,5 millones de toneladas: 8,5% de producción extra con 46% menos de trabajadores. El desempleo no ha hecho más que acelerarse desde entonces en todos los sectores de la producción: agropecuaria, industrial y de servicios. Uno de los últimos ejemplos conocidos parece de ciencia ficción: «Foxconn, principal fabricante de los productos Apple, acaba de anunciar el reemplazo de miles de trabajadores por un batallón de un millón de robots a ser adquiridos en tres años en procura de disminución de costos laborales, teniendo en cuenta que en la actualidad emplea más de 1,2 millones de trabajadores».

Cuando este cambio radical se hizo evidente, a principios de la década de 1970, la idea era que los puestos perdidos en la producción agropecuaria e industrial se recuperarían con creces en el sector servicios; del mismo modo que en los siglos XVIII y XIX, durante la Revolución Industrial, los que se perdieron en el agro se ganaron, con creces, en la industria.

Nadie explicaba por qué, habiendo cambiado las condiciones, el proceso se reiteraría, pero casi todo el mundo lo creía. Sin embargo, hoy basta con asomarse a cualquier rama del sector servicios para comprobar que no ha sido así; al contrario. Sofisticadas máquinas reemplazan a los esperados trabajadores en el sector, incluso en una rama del sector servicios de la que se esperaba la mayor absorción de trabajo: el turismo. Ya están en período de prueba, por cierto exitosa, restaurantes y hoteles completamente automatizados y aviones que despegan, vuelan y aterrizan sin tripulación. Cada supermercado o shopping que se abre lleva a la ruina en poco tiempo a centenares de pequeños comercios, pero solo absorbe unas decenas de los centenares o miles de puestos de trabajo perdidos. Todas las ciudades han crecido, pero el número de recolectores de basura es, en términos absolutos, mucho menor que hace unas décadas.

Otra idea generalmente aceptada es que los únicos afectados por la crisis económica son los sectores más bajos, las llamadas «clases populares», los trabajadores sin mayores capacidades. Pero la desocupación crónica incluye, además de a los trabajadores industriales, el hundimiento de los sectores medios por las dificultades o la desaparición del pequeño y mediano comercio y el deterioro salarial en el sector servicios. La concentración empresaria y el estancamiento o disminución de los salarios administrativos y profesionales afectan por su parte a las capas medias.

Esta nueva realidad, un presente desconcertante y sin futuro, afecta la estructura tradicional de millones de familias de casi todas las clases sociales. Los asombrosos 25 suicidios de trabajadores en menos de dos años en la poderosa multinacional francesa France Télécom, un sector laboral hasta hace poco considerado de privilegio, no solo obedecen al deterioro salarial, sino al despótico estilo de gestión de los «recursos» humanos de la empresa: cadencias infernales, arbitrarios e intempestivos cambios de horario o de lugar de trabajo, recorte o desaparición de los beneficios sociales.

La «globalización» tiene otro nombre en términos de trabajo: deslocalización (outsourcing, en inglés), proceso que consiste en separar los lugares de producción de los de consumo; fabricar allí donde el salario es menos caro y hay menos obligaciones (fiscales, ecológicas y otras) y vender donde existe poder de compra. Así, aprovechando las computadoras y los satélites, la compañía aérea Swissair «deslocalizó», hace ya dos décadas, su departamento de contabilidad desde Zúrich hacia la India. El economista Lester Thurow se preguntaba en 1997 por qué clase de milagro los empresarios alemanes deberían continuar pagando a sus obreros US$ 30,33 la hora cuando en la vecina Polonia encuentran el mismo nivel de calificación a US$ 5,28; por qué pagarle US$ 75.000 al año a un doctor en Física estadounidense si se puede emplear a un Premio Nobel ruso por US$ 1.000 al mes, o menos.

Una visión ingenua de esta evolución, sostenida por la mayoría de los políticos y economistas de países subdesarrollados, es la de las «ventajas comparativas» laborales. Es decir: los trabajadores polacos están encantados con que empresas alemanas los contraten a US$ 5,28 la hora. Pero siempre aparecerá mano de obra más barata en alguna otra parte. En 1994, los trabajadores de la Seat (Fiat-Volkswagen) de Barcelona lograron impedir, aunque al precio de importantes concesiones, que la fábrica mudara sus bártulos a República Checa. Pocos años antes habían estado «encantados» de que fueran a contratarlos por cuatro veces menos que el salario de un alemán.

Se trata de una carrera a pura pérdida. En México, las «maquilas» (fábricas en las cuales se ensamblan productos para la exportación a partir de materias primas importadas sin pagar aranceles) empleaban en 2004 a 1.062.000 trabajadores, 250.000 menos que tres años antes, ya que las empresas habían comenzado a «deslocalizar» hacia China o hacia países de América Central. Pero China tampoco escapa a la regla: «entre 1995 y 2002, China perdió más de 15 millones de puestos de trabajo en fábricas, el 15% de su población activa en manufacturas».