Ensayo

La oportunidad socialdemócrata. Frente a la crisis estructural del capitalismo

En el actual contexto mundial, la socialdemocracia se encuentra ante un gran desafío y una oportunidad histórica. El desafío: asumir una profunda reflexión crítica sobre las causas de sus fracasos gubernamentales durante las últimas décadas. La oportunidad: ocupar un lugar crítico y propositivo frente a un liberalismo sin respuestas. Para el autor de este artículo, eso solo es posible si se recuperan las herramientas teóricas para construir una crítica seria al capitalismo actual y renovar el proyecto de socialismo democrático, en un contexto mundial en el que capitalismo y democracia parecen bifurcarse.

La oportunidad socialdemócrata. Frente a la crisis estructural del capitalismo

«Si no estudias, no conseguirás trabajo», decían los padres a sus hijos hasta hace unas décadas. Ahora, tal como va el mundo, da un poco lo mismo: millones de diplomados no encuentran empleo. El proceso de informatización, la robótica, la explosión de las comunicaciones, del transporte y otros prodigiosos adelantos científicos y tecnológicos han dado un golpe brutal a la idea, hasta ahora tenida por axiomática, de que aumentando la producción se amplía la demanda de trabajo y, en consecuencia, disminuye la pobreza. El ciclo de crecimiento económico, acompañado de demanda de empleos, se ha interrumpido brutalmente.Aunque las explicaciones sobre el problema suelen ser complejas, su meollo es simple: desde hace cuatro décadas, los desarrollos tecnológicos y científicos aseguran aumentos de producción y de productividad con simultánea disminución de la necesidad de mano de obra humana. Un ejemplo, entre miles: en 1985, 39.200 obreros belgas producían 10,6 millones de toneladas de acero. En 1990, solo un lustro después, se necesitaban 21.200 trabajadores para producir 11,5 millones de toneladas: 8,5% de producción extra con 46% menos de trabajadores. El desempleo no ha hecho más que acelerarse desde entonces en todos los sectores de la producción: agropecuaria, industrial y de servicios. Uno de los últimos ejemplos conocidos parece de ciencia ficción: «Foxconn, principal fabricante de los productos Apple, acaba de anunciar el reemplazo de miles de trabajadores por un batallón de un millón de robots a ser adquiridos en tres años en procura de disminución de costos laborales, teniendo en cuenta que en la actualidad emplea más de 1,2 millones de trabajadores».

Cuando este cambio radical se hizo evidente, a principios de la década de 1970, la idea era que los puestos perdidos en la producción agropecuaria e industrial se recuperarían con creces en el sector servicios; del mismo modo que en los siglos XVIII y XIX, durante la Revolución Industrial, los que se perdieron en el agro se ganaron, con creces, en la industria.

Nadie explicaba por qué, habiendo cambiado las condiciones, el proceso se reiteraría, pero casi todo el mundo lo creía. Sin embargo, hoy basta con asomarse a cualquier rama del sector servicios para comprobar que no ha sido así; al contrario. Sofisticadas máquinas reemplazan a los esperados trabajadores en el sector, incluso en una rama del sector servicios de la que se esperaba la mayor absorción de trabajo: el turismo. Ya están en período de prueba, por cierto exitosa, restaurantes y hoteles completamente automatizados y aviones que despegan, vuelan y aterrizan sin tripulación. Cada supermercado o shopping que se abre lleva a la ruina en poco tiempo a centenares de pequeños comercios, pero solo absorbe unas decenas de los centenares o miles de puestos de trabajo perdidos. Todas las ciudades han crecido, pero el número de recolectores de basura es, en términos absolutos, mucho menor que hace unas décadas.

Otra idea generalmente aceptada es que los únicos afectados por la crisis económica son los sectores más bajos, las llamadas «clases populares», los trabajadores sin mayores capacidades. Pero la desocupación crónica incluye, además de a los trabajadores industriales, el hundimiento de los sectores medios por las dificultades o la desaparición del pequeño y mediano comercio y el deterioro salarial en el sector servicios. La concentración empresaria y el estancamiento o disminución de los salarios administrativos y profesionales afectan por su parte a las capas medias.

Esta nueva realidad, un presente desconcertante y sin futuro, afecta la estructura tradicional de millones de familias de casi todas las clases sociales. Los asombrosos 25 suicidios de trabajadores en menos de dos años en la poderosa multinacional francesa France Télécom, un sector laboral hasta hace poco considerado de privilegio, no solo obedecen al deterioro salarial, sino al despótico estilo de gestión de los «recursos» humanos de la empresa: cadencias infernales, arbitrarios e intempestivos cambios de horario o de lugar de trabajo, recorte o desaparición de los beneficios sociales.

La «globalización» tiene otro nombre en términos de trabajo: deslocalización (outsourcing, en inglés), proceso que consiste en separar los lugares de producción de los de consumo; fabricar allí donde el salario es menos caro y hay menos obligaciones (fiscales, ecológicas y otras) y vender donde existe poder de compra. Así, aprovechando las computadoras y los satélites, la compañía aérea Swissair «deslocalizó», hace ya dos décadas, su departamento de contabilidad desde Zúrich hacia la India. El economista Lester Thurow se preguntaba en 1997 por qué clase de milagro los empresarios alemanes deberían continuar pagando a sus obreros US$ 30,33 la hora cuando en la vecina Polonia encuentran el mismo nivel de calificación a US$ 5,28; por qué pagarle US$ 75.000 al año a un doctor en Física estadounidense si se puede emplear a un Premio Nobel ruso por US$ 1.000 al mes, o menos.

Una visión ingenua de esta evolución, sostenida por la mayoría de los políticos y economistas de países subdesarrollados, es la de las «ventajas comparativas» laborales. Es decir: los trabajadores polacos están encantados con que empresas alemanas los contraten a US$ 5,28 la hora. Pero siempre aparecerá mano de obra más barata en alguna otra parte. En 1994, los trabajadores de la Seat (Fiat-Volkswagen) de Barcelona lograron impedir, aunque al precio de importantes concesiones, que la fábrica mudara sus bártulos a República Checa. Pocos años antes habían estado «encantados» de que fueran a contratarlos por cuatro veces menos que el salario de un alemán.

Se trata de una carrera a pura pérdida. En México, las «maquilas» (fábricas en las cuales se ensamblan productos para la exportación a partir de materias primas importadas sin pagar aranceles) empleaban en 2004 a 1.062.000 trabajadores, 250.000 menos que tres años antes, ya que las empresas habían comenzado a «deslocalizar» hacia China o hacia países de América Central. Pero China tampoco escapa a la regla: «entre 1995 y 2002, China perdió más de 15 millones de puestos de trabajo en fábricas, el 15% de su población activa en manufacturas».

Gran estudioso del tema, André Gorz apunta:

El objetivo de la economía no es proporcionar trabajo, crear empleo. Su finalidad reside en poner en funcionamiento, de la forma más eficaz posible, los factores de producción; es decir, crear el máximo de riqueza con el mínimo de recursos naturales, capital y trabajo. El mundo industrializado realiza cada vez mejor esta tarea. Durante los años 80, la economía francesa aumentó en 30% su producción de riqueza, mientras que disminuyó en 12% la cantidad de trabajo que se requería para ello.

Gorz señala la urgencia de un profundo cambio cultural en relación con el trabajo: «en lugar de preguntarse qué hacer para que en el futuro todo el mundo pueda trabajar mucho menos y mucho mejor y recibir su parte de la riqueza producida socialmente, la inmensa mayoría de los dirigentes se preguntan qué hacer para que el sistema consuma más trabajo».

Se trata de una meta imposible de lograr en la lógica del actual sistema, ya que si no se empieza a concebir la mayor productividad como «trabajo economizado», o sea, la producción de riqueza como social antes que privada, el problema del empleo seguirá agravándose, con la desagregación social y cultural consiguiente.

Bernard Perret y Guy Roustang, por su parte, subrayan que «la percepción de la necesidad del trabajo, que es siempre –al menos simbólicamente– participación en la lucha colectiva por la vida, sigue siendo el principio de realidad que estructura las personalidades, que justifica las obligaciones respecto al propio futuro, a la familia y a la sociedad».

La exclusión duradera, incluso definitiva, de un número creciente de individuos del mundo del trabajo no es solo un problema económico. Es también una patología social de amplio espectro, con efectos culturales devastadores: aumento de la toxicomanía y de la criminalidad, trastornos mentales, suicidios, marginalización de la juventud, racismo. Políticamente, equivale a una verdadera privación de ciudadanía, a la ruptura del contrato republicano.

A principios de este proceso, cuando el fenómeno afectaba tan solo a una pequeña minoría y era percibido como temporal, podía ser digerido por el sistema. Transformado en masivo y afectando a todas las edades y sectores, supone el desgarro del tejido social; y en el mediano plazo, el agravamiento de los conflictos nacionales y mundiales con máscara religiosa, étnica o nacionalista.

Fuga hacia adelante capitalista

Un fenómeno concomitante de esta fase del capitalismo es el dinámico proceso de concentración mundial, que pone al alcance de los consumidores una mayor oferta de productos y servicios mediante empresas más eficaces, es decir, que producen más y mejor empleando menos gente. El proceso planetario de concentración empresaria empezó con timidez a principios de la década de 1970, pero hoy es el motor de acumulación de capitales, a un ritmo nunca antes conocido.

El capital transnacional pasó de representar 17% del producto bruto mundial en los años 60 a 24% en 1982 y más de 30% en 1995. Según la revista Fortune, 200 megaempresas controlaban en 1996 31,2% del comercio mundial. Entre 1986 y 1996, las compras, las fusiones y los reagrupamientos de empresas se multiplicaron a un ritmo de 15% anual. En 2000, el costo acumulado de las fusiones mundiales representaba ya ¡un 25% más que el PIB de EEUU!

¿Cual es la lógica de este proceso? Porque la tiene y, en términos de estricta rentabilidad y eficiencia capitalista, es excelente. La absorción o fusión de empresas genera de inmediato notables beneficios. En primer lugar, capitalización: por ejemplo, la de los laboratorios Sandoz y Ciba-Geigy –devenidos Novartis– pasó de US$ 63.000 millones a US$ 82.000 millones apenas producida la fusión, para alegría del puñado de accionistas. Esas empresas racionalizan de inmediato sus departamentos de investigación, producción, comercialización, administración, publicidad, transportes. Disminuyen sus costos y aumentan sus beneficios.

¿Y cuales son sus resultados, en términos sociales y políticos? El primero, fulgurante como un infarto, es la pérdida de empleos. La fusión Boeing-McDonnell y otras del sector defensa, que redujeron el número de empresas de 32 a 9, provocaron la pérdida de más de un millón de empleos en EEUU. En Argentina, entre 1973 y 1993, el proceso de concentración y extranjerización de empresas provocó la expulsión de 320.000 trabajadores, 25% de la mano de obra industrial. Más recientemente, durante la crisis financiera mundial desencadenada a finales de 2007, el Tesoro de EEUU (en realidad sus ciudadanos, mediante impuestos) salvó de la quiebra a la mayor empresa automotriz del mundo, General Motors (GM), mediante una «inyección» de US$ 50.000 millones. Por supuesto que GM debió «racionalizarse», para lo cual, entre otras medidas, despidió a 25.000 trabajadores en EEUU y a 12.000 en sus diversas filiales en el mundo.

Todo este proceso es alentado por los bancos y la especulación internacional, que obtiene grandes beneficios de corto plazo. Fortune señaló que la deuda mundial (incluyendo la de los gobiernos, las empresas y los particulares), representa 130% del producto bruto del planeta y progresa a un ritmo de entre 6% y 8% anual, cuatro veces más que el crecimiento del producto bruto. Solo la deuda de EEUU pasó de US$ 910.000 millones en 1980 a US$ 4,97 billones en 1995. A mediados de 2011 se encontraba en US$ 14,4 ¡billones! Frédéric Clairmont, economista y autor de varias obras sobre este fenómeno, sostiene que «en este periodo marcado por la deflación y disminución del crecimiento (mundial), el subempleo y el endeudamiento, las sociedades transnacionales no tienen casi otros medios para expandirse que absorber a la competencia para conquistar nuevos mercados».

Dicho de otro modo: el capitalismo no aprovecha su enorme potencialidad productiva para acercar los beneficios del progreso a los miles de millones de desamparados del planeta; no utiliza lo que necesita y cuida de la reproducción, porque eso requiere inversión de largo plazo y reduce los beneficios inmediatos. Simplemente, devora lo que tiene alrededor. Sus consignas son simples: «desregulación», lo que quiere decir que producirá allí donde no haya protección del medio ambiente, y donde haya salarios y fiscalidad más bajos y menor cobertura social; y «libre comercio», lo que significa que venderá sin trabas allí donde haya mercados solventes. Como estos están saturados, a las empresas no les queda más remedio que eliminar o absorber otras empresas para quedarse con su parte. Puesto que esta «racionalización» elimina empleos, los mercados solventes se achican; pero como la producción es cada vez mayor gracias al desarrollo científico y tecnológico, serían necesarios mercados más grandes y con mayor solvencia...

«No es verdad que la lucha contra el desempleo sea, como se nos dice, la prioridad de la política de los países desarrollados, aunque tengan ya más de 36 millones de desocupados (...) la preocupación por el empleo está relegada por la defensa de la moneda, la reducción del déficit público, el productivismo o la promoción del libre intercambio». Esta frase no fue lanzada por un izquierdista, sino por Philippe Séguin, gaullista prominente y presidente de la Asamblea Nacional francesa, en 1993. Séguin precisaba las razones que lo llevaron a pronunciarse por el «no» al Tratado de Maastricht en ocasión del referéndum sobre el tema:

El desempleo ha alcanzado una dimensión tal, que plantea nada más y nada menos que la capacidad de sobrevivir del cuerpo social (...) debemos abocarnos urgentemente a un cambio completo de valores y decisiones fundamentales (...) vivimos, desde hace demasiado tiempo, un verdadero Múnich social (...) la ceguera sobre la naturaleza del peligro, la ausencia de lucidez y de coraje (...) el embarazoso silencio, la educada indiferencia de la que todos hacemos hoy gala hacia las generaciones de marginados que concienzudamente fabrican nuestras sociedades, no es de naturaleza diferente a la cobardía de las democracias en los años 30 ante las ambiciones territoriales del régimen nazi.

¿Exageraba acaso Séguin? A pesar de cierta recuperación económica, el número de desempleados en la Unión Europea pasó de 17 millones entonces a 20 millones en 1996; en el conjunto de los 20 países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), los 36 millones se convirtieron en 41. Hoy quizás superen los 80 millones. «Quizás» porque las cifras están disimuladas por una serie de argucias. En 2011, el desempleo oficial en EEUU orillaba el 10% de la población económicamente activa, pero ya en 2010 Dennis Lockhart, presidente de la Reserva Federal de Atlanta, declaró que si se considerara a las personas que abandonaron toda pretensión de encontrar empleo, la cifra rondaría el 17%, más de 20 millones de ciudadanos. En España, el último «milagro» europeo, el desempleo oficial en abril de 2012 orillaba el 25%, uno de cada cuatro ciudadanos. El diario El País informaba a fin de 2011:

Según los datos de la Organización Mundial del Trabajo (OIT), hay más de 200 millones de parados en el planeta, de los cuales 30 millones se han generado en los años de la actual crisis económica. Casi 80 millones de menores de 25 años no encuentran empleo y 1.200 millones de trabajadores, 40% de la fuerza de trabajo global, son considerados vulnerables por las condiciones en que laboran o por los escasos emolumentos que reciben. De esos 200 millones, más de 23 millones corresponden a Europa y entre los trabajadores vulnerables se puede incluir, por ejemplo, a los siete millones que en Alemania (que tiene una tasa de desempleo por debajo de la media regional) cobran menos de 400 euros.

Capitalismo y democracia

El sombrío pronóstico político de Séguin no parece exagerado. Hay quienes reflexionan abiertamente sobre si la democracia es o no un buen sistema para garantizar el crecimiento, y no son solo académicos de derechas. En un largo, sinuoso y excelente artículo de 1993, titulado sin ambages «¿Es mala la democracia para el crecimiento?», la revista Business Week verificaba que «la India ha languidecido en democracia, mientras Chile y Corea del Sur, ambas bajo dictaduras hasta hace muy poco, han tenido éxito. Hoy, el capitalismo prospera sin democracia, tal como lo demuestra el rápido crecimiento propiciado por los líderes comunistas chinos». Luego de criticar a los «autócratas» del pasado, que «solo actuaban en su propio interés», la revista estima que «hoy perviven algunos de esos dictadores. Pero en los años recientes ha emergido un nuevo modelo: un autócrata deseoso de liberalidad en el corto plazo, para impulsar el crecimiento y futuras ganancias».

Business Week matiza con la «evidencia histórica» de que el crecimiento económico genera tales pujos de libertad en los pueblos, que inevitablemente estos concluyen en democracia; para acabar afirmando que los países desarrollados –muy en particular EEUU– no necesitan dictadores, sino solo minimalización del Estado, descentralización, desregulación y libre comercio.

Pero la derechización del electorado en sociedades tan insospechadas como la islandesa, la danesa y la holandesa, por no hablar de la francesa, la española y la estadounidense, desmiente el liberal optimismo de la revista de negocios. En noviembre de 2011, la derecha posfranquista arrasó a los socialistas en las elecciones generales españolas. En abril de 2012, Marine Le Pen, dirigente del xenófobo, racista y antisemita Frente Nacional, obtuvo casi 19% de los votos en la primera ronda de las elecciones presidenciales francesas.

Esta preocupante evolución política no es nueva en la historia. Con las diferencias del caso, es similar a las de las décadas de 1920 y 1930. Pero la situación es ahora más grave, porque los intereses de los Estados y las sociedades ya no coinciden con los de las compañías y el gran capital transnacional. Lo que ahora amenaza el empleo, el vigor económico y la democracia es la desenfrenada puja por la competitividad y el aumento y concentración del beneficio que, apoyada en el desarrollo tecnológico, acaba creando no solo paro, sino una verdadera crisis mundial de demanda.

Así se entiende que el neoliberalismo puje por la desregulación mundial absoluta y prescinda, si es necesario, de la democracia. El capital especulativo y las empresas multinacionales han conseguido un poder de presión inmenso sobre los Estados, en la medida en que esgrimen ante las economías nacionales la amenaza de la deslocalización y la descapitalización.

La democracia capitalista está amenazada porque el crecimiento de la producción ya no garantiza la provisión de empleos que la evolución de una sociedad democrática requiere. No hablamos de cualquier sociedad, sino de una que se ha dado o que intenta darse, o perfeccionar, un sistema democrático de gobierno, formas democráticas de convivencia, ya que el desempleo estructural masivo corroe de manera inevitable la vida social y acaba por afectar gravemente la democracia. Una sociedad sin oportunidades para la mayoría, estructuralmente fracturada, no vive en democracia («libertad, igualdad...») y acaba por requerir alguna forma de autoritarismo.

Suele entenderse que la democracia es previa al desarrollo económico, a la demanda de trabajo y a salarios que excedan las necesidades de reproducción de la fuerza de trabajo, de lo que un trabajador necesita para meramente sobrevivir. Pero las democracias occidentales modernas, es decir con inclusión y derechos para trabajadores, mujeres, jóvenes, minorías e inmigrantes, solo fueron dibujándose en el horizonte a partir de las revoluciones productivas agraria e industrial.

Es pues necesario crecer –producir bienes– para distribuir y crear así condiciones sociales que permitan vivir en democracia y en paz. Pero la evolución reciente del modo de producción capitalista obliga a preguntarse: ¿garantiza el crecimiento, en cantidad y calidad, la provisión de empleos que la evolución de una sociedad democrática requiere? Dos especialistas responden en Le Monde:

La gran promesa de la liberalización del comercio es crear prosperidad y empleo. Pero esta promesa está lejos de cumplirse, e incluso parece haber desaparecido de la agenda de la OMC. Mientras tanto, millones de trabajadores viven en la inseguridad que emana de la desregulación del mercado internacional. En todo el mundo, los trabajadores temen perder su empleo.

Si es que no lo han perdido ya... En plena euforia de la Copa Mundial de Fútbol, la automotriz alemana Volkswagen confirmó la reducción de 20.000 puestos de trabajo –entre despidos y jubilaciones anticipadas (Arbeitsteilzeit)– y la aseguradora Allianz y su banco, el Dresdener, redujeron 7.500 empleos. DuPont, segunda empresa química estadounidense después de Dow Chemical, anunció la supresión de 1.500 empleos en Europa. La lista podría prolongarse indefinidamente, con ejemplos de todos los países industriales desarrollados en los que el desempleo es estructural y las condiciones del empleo se degradan sin cesar. Así, «en la última década, en la UE desaparecieron un millón de puestos de trabajo solo en el sector textil y para los próximos cinco años se esperan pérdidas de la misma importancia. En los países en desarrollo, muchos trabajadores se ven obligados a aceptar condiciones de trabajo peores que las precedentes».

¿Solo en los países en desarrollo? Además de los despidos, la Volkswagen de Alemania anunció a los que quedan que si no aceptan trabajar siete horas más a la semana por el mismo salario, levantará sus bártulos y se instalará en otro país. Y en EEUU, GM ha comenzado a contratar trabajadores temporarios a US$ 16 por hora, después de haber despedido a miles de fijos que ganaban US$ 27.

¿No es hora de revisar a fondo las expectativas basadas en el «crecimiento» según la lógica capitalista actual? ¿No será necesario comenzar a debatir alternativas al modelo, en lugar de perseguir espejismos?

Tarde o temprano, deberán aparecer fuerzas sociales y propuestas alternativas a la hasta ahora irresistible conformación de un mundo dominado por mercaderes y especuladores, basado en la injusticia y, a la postre, antidemocrático. A menos que la humanidad se resigne a un porvenir de exclusión masiva, conflictos permanentes y catástrofe ecológica.

El capitalismo en cuestión

Los crecientes conflictos entre trabajadores y patronal, entre las sociedades –sobre todo los jóvenes– y «el sistema» en el mundo entero prefiguran las luchas y las transformaciones sociales y políticas del porvenir. Iguales por sus causas y distintos en sus manifestaciones, ya que se dan en marcos política, social e históricamente diferentes, todos los conflictos de este tipo expresan la impotencia económica, estructural, del sistema capitalista mundial para salir de su propia crisis por sus propios medios y según su propia lógica. En otras palabras, si el sistema de producción y distribución de bienes, el capitalismo, no renuncia o es obligado a renunciar a sus principios y modos de apropiación del beneficio, los conflictos como este y muchos otros de distinto tipo continuarán, se ampliarán y agudizarán hasta tornarse inmanejables e insoportables para la vida en general.

La continuidad del repliegue capitalista hacia sus núcleos más concentrados y hacia la especulación desenfrenada continuará amenazando la paz mundial, lo que agravará los conflictos sociales y, en último término, deteriorará su expresión política, la democracia capitalista. Esto último no será necesaria ni inevitablemente para bien de la humanidad, ya que las alternativas superadoras siguen estando, por ahora y en el mejor de los casos, en el limbo de la teoría.

En la presente etapa de desarrollo capitalista, cualquier aumento de la producción y de la productividad destruye puestos de trabajo. Los bienes, producidos en mayor cantidad y más rápidamente, se ofrecen en un mercado cada vez menor en términos de poder adquisitivo, a causa del desempleo y de la caída de la participación de los trabajadores activos en el ingreso. Esto último, porque ante la menor participación del trabajo en la composición del capital y un mercado saturado de bienes, la tasa de ganancia del capital tiende a disminuir, lo que lleva a las empresas a intentar achicar costos en proveedores, controles, servicios, etc., y en particular en el salario.

El recurso de mantener o aumentar la tasa de ganancia achicando costos se ve facilitado, al menos en el corto plazo, justamente por la causa del deterioro de la tasa: la mayor y mejor capacidad capitalista de producir bienes con menor trabajo humano. Y por su consecuencia: un mercado de trabajadores inactivos, prestos a aceptar bajos salarios y peores condiciones laborales.

Así, y a pesar de algunos éxitos parciales, al final de su recorrido el proceso no hace más que achicar la demanda relativa global. En esta etapa de su evolución, el capitalismo solo crea mercados efímeros, porque su tendencia objetiva es achicarlos. Desde el fracaso del socialismo autoritario en la Unión Soviética, esta lógica interna del capitalismo se expandió hasta alcanzar vigencia planetaria. El otro gran ensayo comunista, China, es hoy un totalitarismo capitalista más, protagonista del entramado del sistema en su condición de principal titular de bonos del Tesoro de EEUU, su primer cliente comercial.

La deriva del capital en su conjunto de la producción a la especulación es la otra cara de este fenómeno.

¿La hora de la socialdemocracia?

En el actual contexto mundial, la socialdemocracia se encuentra a la vez ante un gran desafío y ante una oportunidad histórica. El desafío consiste en que debe asumir una profunda reflexión crítica sobre las causas del fracaso de los gobiernos socialdemócratas en las últimas décadas. La oportunidad, en que se hace evidente que ninguna variante del liberalismo político encuentra respuesta a la crisis estructural del capitalismo.

Las herramientas teóricas de la socialdemocracia, en cambio, la habilitan para rediseñar y ofrecer al mundo su propuesta de salida de la crisis: el socialismo democrático, actualmente la única opción razonable y superadora en términos de civilización. Para comprender el peso del desafío y la importancia de la oportunidad para la socialdemocracia, resulta interesante seguir la evolución de las ideas y el desempeño concreto de los partidos socialdemócratas en el gobierno desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En Europa, y en especial en Escandinavia, la socialdemocracia fue la propuesta de base que impulsó y, llegado el caso, puso en práctica los extraordinarios progresos políticos y sociales logrados después de 1945, en un marco de auge económico. Esos primeros años de euforia capitalista fueron políticamente favorables para la socialdemocracia, que supo administrar con sensibilidad social los excedentes que arrojaba un sistema en plena reconstrucción de posguerra; empeñado además en una vital disputa ideológica, política y geoestratégica con la Unión Soviética y, por lo tanto, forzado a hacer concesiones contrarias a su naturaleza.

Durante varias décadas, la expansión productiva capitalista generó trabajo y altos salarios y los capitalistas toleraron y hasta propiciaron elevadas cargas fiscales a bienes y ganancias. El capitalismo era aún inclusivo y esa fue en consecuencia la época de oro del reformismo de izquierdas; la época de grandes líderes como Willy Brandt, Olof Palme y Enrico Berlinguer. Esa fue también la época feliz y progresiva de los populismos en América Latina.

Pero todo empezó a cambiar hace unas cuatro décadas, cuando explotó el desarrollo tecnológico y científico aplicado a la producción capitalista. Su primer efecto fue un creciente debilitamiento del empleo, la afiliación y la actividad sindical y un gran fervor financiero. En los países desarrollados, los trabajadores que quedaban en la calle seguían cobrando parte de su salario y aportes por un par de años, se acogían a planes de reciclaje y esperaban un nuevo empleo. Los trabajadores en activo recibían todo tipo de ofertas de crédito. De este modo, los efectos en el consumo apenas se notaban, o este se disparaba, como en EEUU.

En los países subdesarrollados se empezaba a recibir el «beneficio» de las deslocalizaciones. Esos mercados se ampliaban por el doble efecto de los salarios, los préstamos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el flujo de la especulación financiera internacional. El mundo del trabajo y el capital, el mundo capitalista, iniciaba una vertiginosa etapa de consumo basado en el endeudamiento; de ascenso en espiral, con el chisporroteo de algunas crisis en la periferia del sistema casi como decorado, que concluyó finalmente con la explosión global de 2008.

Durante este periodo, la globalización y la especulación financiera fueron para el sistema tanto el escape hacia adelante como un recurso para disimular una progresiva crisis estructural de demanda mediante la creación de demanda artificial. Pero, por otro lado, la presión para reducir costos se acentuó. Una vez reducido o bajo control el costo salarial, el principal de esos costos desde el punto de vista del capital eran los altos impuestos y cargas necesarios para mantener el Estado de Bienestar, el andamiaje social desarrollado durante los «treinta gloriosos»: las tres décadas de crecimiento económico real de posguerra.

El capitalismo atacó entonces con éxito esos escollos, lo que provocó a la larga aún menos demanda y mayor desprotección social, mayores desigualdades. La expresión política de este periodo en el que el modo de producción capitalista empezó así a morder su propia cola fueron las dictaduras militares y algunos gobiernos democráticos en los países subdesarrollados, el conservadurismo neoliberal en EEUU y Gran Bretaña y los ilusorios esfuerzos de la socialdemocracia europea por «reformar» el sistema, que acabaron sometiéndola al credo neoliberal y sus maneras despiadadas y corruptas. Sus personajes emblemáticos: Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Felipe González, Bettino Craxi, François Mitterrand, Anthony Blair, Gerhard Schröder; el último de ellos, otro «socialista» español, José Luis Rodríguez Zapatero. En Argentina, alumnos modelo de ese frenesí entre los países en desarrollo fueron el general dictador Jorge Videla y el presidente democrático peronista Carlos Menem.

Resulta chocante asociar gobiernos socialdemócratas con neoliberales y hasta con dictaduras. Pero aunque las diferencias de estilo e intenciones son notorias, el resultado final ha sido semejante en todos los países y modelos: un progresivo deterioro económico y el desmantelamiento del Estado de Bienestar. El calvario de la izquierda europea empezó pues en las últimas décadas del siglo pasado, de manera paradojal: en el cénit de su poder político, cuando la socialdemocracia gobernaba en Escandinavia y en más de dos tercios de los países de la UE, el sistema económico capitalista iniciaba su progresiva evolución hacia la crisis global actual. Ante el aumento de la factura energética desde la crisis del petróleo en 1973, el desempleo estructural provocado por la informática y la automatización en el proceso productivo, la consecuente globalización y concentración empresaria, la crisis de demanda y el desenfreno especulativo, la socialdemocracia siguió operando como si nada. No tomó en cuenta, como sus herramientas teóricas deberían haberle indicado, los cambios estructurales que se operaban en el capitalismo.

Este error de partida determinó la política de los partidos socialdemócratas europeos, que se embarcaron poco a poco en un pragmatismo que disimulaba cada vez menos el abandono de sus principios y objetivos. Al margen de sus intenciones e intentos iniciales, todos los gobiernos, antes o después y de uno u otro modo, terminaron acomodándose a la nueva «lógica» del sistema: el desmadre especulativo, la corrupción generalizada, el endeudamiento del Estado en beneficio del sector privado. Algunos gobiernos, como los de Mitterrand, Felipe González y Craxi, acabaron aplicando o tolerando las maneras de la peor derecha, incluyendo la corrupción y el terrorismo de Estado.

Hasta las mejores intenciones fracasaron por parciales, timoratas o concesivas: por ejemplo, la ley de las «35 horas semanales» lograda hace una década por el primer ministro socialista francés Lionel Jospin apuntaba a repartir el empleo y mejorar la vida de los trabajadores. Pero se acompañó de leyes que permitieron a las empresas la «flexibilización» del trabajo y les otorgaron ventajas impositivas. El paulatino resultado fue que las condiciones de trabajo empeoraron gravemente y el Estado vio disminuir aún más sus ingresos. Hoy en Francia, como en todo el mundo, menos trabajadores trabajan más en peores condiciones y más trabajadores van al paro. Y el Estado está en graves dificultades.

El estruendoso fracaso del «socialismo real» en la Unión Soviética, hace ya dos décadas, y la consiguiente deriva hacia una suerte de capitalismo de Estado autoritario en China, Vietnam y ahora Cuba parecieron dejar el camino abierto a la socialdemocracia, al menos en parte de Europa y América Latina. Pero, a juzgar por los resultados, es evidente que esta no ha atinado hasta ahora a reformular su visión del capitalismo y sus propuestas alternativas. Es verdad que hoy por hoy nadie las tiene, pero al menos habría que hacerse cargo de que las viejas recetas y herramientas reformistas, cualquiera sea su envoltura –socialdemócrata, socialcristiana, populista–, se muestran impotentes ante los nuevos datos de la realidad.

El neoliberalismo, última etapa conocida del liberalismo capitalista, entró a finales de 2007 en una grave crisis, que afecta el planeta entero y se manifiesta en su propio corazón: los países desarrollados. Ahora, la «salida de la crisis», anunciada a los cuatro vientos, presenta como únicos números rojos la deuda pública… y el empleo. Y todo parece indicar que, una vez más, el capitalismo obedece a su propia lógica interna, es decir, tratar de recuperar la tasa de ganancia mediante la especulación. Martin Hutchinson escribe en Le Monde: «La configuración actual se parece a la de los años 1970: bajo crecimiento; bajas tasas de interés; aumento del precio de las materias primas. Esto confirma, una vez más, que los inversores han perdido el sentido de la realidad».

La implacable continuidad del problema en la economía real implica su contracara: crisis política sistémica en un gran número de países, incluyendo a los desarrollados. ¿Y qué propone la socialdemocracia ante esta realidad? La reunión del Consejo de la Internacional Socialista (IS), que tuvo lugar en San José de Costa Rica el 23 y 24 de enero de 2012 para analizar «La crisis financiera; los mercados y la democracia; la justicia climática», resultó otra muestra del desconcierto y la impotencia actuales de esa organización. Los discursos, declaraciones y resoluciones son elocuentes: apenas una proposición para gravar las transacciones financieras, seguida de los clásicos llamados a estimular el crecimiento económico y el empleo y a frenar el desmantelamiento de los Estados.

El «Informe de la Comisión sobre las Cuestiones Financieras Mundiales» de la IS –presidida por el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz–no analiza a fondo los cambios estructurales operados en el capitalismo. Formula apenas un «llamado a reconcebir la arquitectura financiera mundial, a una mejor reglamentación, a la promoción de un crecimiento duradero y al refuerzo de la protección social».

Nada que distinga claramente estas propuestas de las de la derecha liberal, que ya está aceptando, como en Francia, la idea de gravar las transacciones financieras y que, por supuesto, mantiene el discurso de la protección social. La única diferencia es que la socialdemocracia se opone a los ajustes brutales y al desmantelamiento del Estado que está aplicando la derecha en toda Europa. Pero en ausencia de propuestas que ataquen la raíz del problema, eso resulta puramente declarativo: en las últimas décadas los gobiernos socialdemócratas, con las variantes del caso, no han sabido frenar el progresivo desmantelamiento del Estado benefactor en todos los países europeos donde han gobernado. En la reunión de Costa Rica tampoco se analizaron las razones del fracaso en el gobierno de su núcleo embrionario y principal bastión: los partidos socialdemócratas europeos. Más de lo mismo en cuanto a los partidos de otras regiones, por ejemplo, América Latina. El socialdemócrata ex-presidente de Guatemala, Álvaro Colom, resaltó en su discurso algunos logros reales de su gobierno, pero no consideró pertinente la menor reflexión sobre su derrota, en noviembre pasado, ante el general retirado Otto Pérez Molina y su Partido Patriota, populista de extrema derecha.

En conclusión, la socialdemocracia se encuentra ante una oportunidad histórica, porque en todo el mundo el modo de producción y distribución capitalista está en crisis. Pero justamente, para realizar un análisis crítico de sus propias dificultades o de los fracasos de las últimas décadas y, a partir de allí, formular una propuesta a la sociedad, la socialdemocracia debe recuperar su propia tradición teórica: el marxismo y todos sus desarrollos y afluentes posteriores. La socialdemocracia ha pagado caro el progresivo abandono de esas herramientas; en particular del análisis marxista de la evolución histórica de la economía capitalista.

El error de no tener en cuenta los cambios en la estructura del sistema acabó instalando a los partidos socialdemócratas en la lógica capitalista: se desplazaron de reformadores a defensores del sistema. Ahora, la socialdemocracia comparte la crisis; no está «frente» a la crisis, sino dentro. No constituye una alternativa, porque ha abandonado la propuesta socialista.

La oportunidad para el socialismo democrático está basada en que la crisis capitalista es un fenómeno histórico objetivo, que opera en la lógica interna del sistema y anuncia un fin de época. El capitalismo debe cambiar, mutar en su esencia. Quiénes lo hagan, cómo lo hagan, en cuánto tiempo, con qué consecuencias, son los interrogantes que responderá la historia futura. Hacia dónde acabará mutando el sistema –un salto cualitativo o una mayor destrucción; ambas posibilidades están abiertas– constituye el actual desafío histórico.

La primera posibilidad, un salto de calidad, es posible porque por primera vez en su historia la humanidad produce con creces lo suficiente para autosatisfacerse. En el caso de una evolución destructiva –la tendencia actual–, las guerras comerciales, políticas y llegado el caso militares, asolarían el planeta en un grado mucho mayor.

La experiencia histórica reciente es al respecto muy aleccionadora. El Premio Nobel de Economía Paul Krugman considera que fue ese «amplio programa público de empleo, conocido como la Segunda Guerra Mundial, el que terminó con la Gran Depresión». De modo que para aprovechar la oportunidad, contribuyendo a la libertad, la igualdad y la paz mundial, la socialdemocracia debe antes asumir el desafío de un análisis crítico de los nuevos datos de la realidad y de sus propias propuestas.

El 6 de mayo de 2012, los ciudadanos franceses eligieron al socialista François Hollande. El nuevo presidente de Francia ha hecho algunas propuestas audaces, pero muy difíciles de aplicar en un solo país. No obstante, es posible que en los próximos años el socialismo o coaliciones hegemonizadas por él sean llamados a gobernar en otros países.

La socialdemocracia mundial deberá cerrar filas ante esta nueva oportunidad, aportando propuestas novedosas que apunten a revertir la actual tendencia a la desigualdad social y a consolidar la democracia y la paz en el mundo. Si la socialdemocracia no juega sus cartas y se muestra impotente, todo indica que habrá sonado la hora de la extrema derecha, tal como sugiere hoy la evolución política en Francia y en numerosos países.