Ensayo

La larga tristeza (y esperanza) venezolana

El fenómeno de la emigración venezolana sirve de eje para analizar los vaivenes de un proyecto de nación definido por el anhelo de la modernidad, que en dos ocasiones pareció estar al alcance de la mano para después desembocar en desilusiones profundas. Los jóvenes que en ambos momentos han decidido emigrar (a fines del siglo xix y en la actualidad) son un indicador de esas caídas. No obstante, las diferencias entre los que lo han intentado a un siglo de distancia también muestran los cambios que, dentro de un mismo proceso, ha vivido el país.

La larga tristeza (y esperanza) venezolana

Nota: una versión de este texto fue publicada originalmente en Tomás Straka: La república fragmentada. Claves para entender a Venezuela, Alfa, Caracas, 2015.


Dos jóvenes venezolanos intercambian opiniones sobre su patria. Luis Heredia, como tantos otros, decidió emigrar a Europa y ahora vive en Francia. Ernesto Gómez, su amigo, sigue en Caracas y solo sueña con seguir sus pasos. Por eso está ávido de información. Quiere saber cómo es todo por allá, compulsar posibilidades, verificar ilusiones. Las noticias que tiene de Heredia dibujan un cuadro inacabable de felicidad (salidas, espectáculos, fiestas), que anhela para sí y le hace incomprensibles las reservas que poco a poco este le va confesando. Hay tardes en las que Heredia se pone filosófico: dice que, después de todo, París no es como la pintan, ¡ni siquiera las muchachas son tan bonitas! (tal vez demasiado flacas para su gusto). Hasta síntomas de mal de patria comienzan a darle. En ocasiones le aflora algo que se parece al remordimiento por no hacer algo en favor de los suyos. Incluso lamenta que tantos jóvenes quieran marcharse, como lo hizo él. Por supuesto, a Gómez aquello le parece insólito. Sospecha que son solo poses para no causar envidia o excusas para calmar su conciencia. En una revolución, con unos generales que se reparten el botín de las arcas nacionales, un entorno y unas gentes tan mediocres, nada puede ser digno de añoranza. Lo increpa. Casi lo insulta. No hay caso. Al final logra irse y no lo piensa dos veces. Se va. Es el signo de un tiempo y, como en las siguientes páginas esperamos demostrar, lo es también de aspectos sustantivos de su nación. De lo que ha querido ser y de lo que efectivamente logró alcanzar.

Sobre la tristeza

El diálogo anterior, contra lo que pudiera pensar el lector, dista de ser actual. Heredia y Gómez son personajes de un cuento ambientado en 1898 (su telón de fondo es la Guerra Hispano-Estadounidense y la revolución de Queipa) y escrito algunos años después. Su título es «Viejas epístolas»1 y el autor es Pedro Emilio Coll, que sabía bien de lo que estaba hablando. En su juventud fue de esos muchachos «fin de siècle» que, después de abrigar grandes esperanzas políticas y estéticas (sobre todo estas, comoquiera que se atrevió a las filigranas del lenguaje modernista), desembocaron en el ánimo del «Finis Patriae» expresado por su contemporáneo Manuel Díaz Rodríguez como único destino para su generación y para su país. Y así, como el Alberto Soria de sus Ídolos rotos (1901)2, solo hallaron un remedio en la emigración.

Pero don Pedro Emilio, como la mayoría de ellos, no pudo irse. Terminó sus días en el peripato del que entonces era escenario la plaza Bolívar y su vecina cervecería Donzella, como encarnación de la ironía, de cierto descreimiento, de la nostalgia por lo que pudo haber sido y no fue. Hoy se lo recuerda por el cuento “El diente roto”, esa metáfora de la medianía nacional que por algo se hace leer en todas las escuelas (y que en vida tantos dolores de cabeza le produjo) y, entre los caraqueños, por un famoso liceo en Coche3. Situación que acaso lo haría sonreír una vez más, acomodarse con gesto amable el sombrero y tomar notas para otro cuento o ensayo; sobre todo ahora, cuando en las clases altas y medias volvemos a encontrar jóvenes tan desesperados como él lo estuvo en sus días, en una especie de encuentro entre dos finales de siglo que en esta y otras tantas cosas se parecen tanto que harían pensar en cierto inmovilismo, en algún tipo de conjuro de estancamiento del que fuimos posesos en los cien años que mediaron entre ambos.

Sin embargo, fue justo al contrario: pocas etapas resultaron tan movidas y presenciaron cambios tan dramáticos como los ocurridos en la pasada centuria. De hecho, el tono de los escritores que median entre los decepcionados modernistas y positivistas, y eso que hoy algunos llaman la «literatura del exilio» (nombre no del todo apropiado porque no se trata de un exilio en toda ley: casi todos son autoexiliados o simples emigrantes en busca de un futuro mejor, no pocas veces subsidiados por sus familias), es decir, de aquellos que escribieron más o menos entre 1930 y 2000, fue distinto: aunque no dejaron de acusar lo que de falso y contradictorio tuvo un país en el que todo comenzó a salir bien, sospechosamente bien, su talante con respecto a él cambió de manera sustantiva. Hasta en las almas carcomidas y en los destinos fallidos de Venezuela que generalmente nos dibujaron, se atrevieron a atisbar desenlaces optimistas (como el de Doña Bárbara4). Por muy duras que fueran las novelas de Miguel Otero Silva que narraron el paso del país rural al petrolero, o País portátil (1969) de Adriano González León5, en ninguna se encuentra la melancolía que flota como un sopor y lo impregna todo en «Lorena llora a las tres» (2010), de Miguel Gomes6.

Probablemente en González León hay más rabia que tristeza (aunque de esta también hay); encontramos soñadores que quieren otra realidad y que sistemáticamente se estrellan contra ella, pero no por eso carecen –autores y personajes– de un deseo más o menos disimulado de despertar a la sociedad y de hacerla tomar las riendas de su porvenir. Es decir, si hubiera alguna esperanza de que eso fuera posible. Repásese el resto de los grandes escritores y sus militancias del «siglo xx corto» (para emplear la categoría de Eric Hobsbawm) venezolano, desde la Generación –literaria y política– del 28 hasta aquellos autores que hacia 1990 retomaron una actitud más bien irónica –¿desesperanzada?– hacia su realidad, y se hallará lo mismo: una crítica que, en última instancia, apuesta a conmover al lector y a salvar a la sociedad, porque ambos, de algún modo, se consideraban salvables.

Incluso lo vemos en Leoncio Martínez, con esa tristeza que solo tienen los humoristas de «La balada del preso insomne»: «estoy pensando en exilarme / me casaré con una miss /de crenchas color de mecate y ojos de acuático zafir; / una descendiente romántica / de la muy dulce Annabel Lee, / evanescente en las caricias / y marimacho en el trajín, / y que me adore porque soy tropical cual mono tití». Incluso entonces deja un espacio para la esperanza, y no solo porque vayan a ser sus «nietos, gigantes rubios, de cutis de cotoperiz», o porque, «en un cementerio evangélico», «tenga lo que a mí me niegan: la libertad del buen dormir», sino porque con todo y el dolor no duda en el buen desenlace final: «¡Ah, quién sabe si para entonces / ya cerca del año 2000, / esté alumbrando libertades, / el claro sol de mi país!»7.

  • 1.

    P.E. Coll: El castillo de Elsinor, América, Caracas, 1901.

  • 2.

    Panapo, Caracas, 1987.

  • 3.

    Popular parroquia de Caracas.

  • 4.

    Rómulo Gallegos: Doña Bárbara, Araluce, Barcelona, 1929.

  • 5.

    Seix Barral, Barcelona, 1969.

  • 6.

    Este relato ganó el concurso de cuentos de El Nacional en 2010. Publicado en varios sitios, está disponible en <https://cuatrocuentos. wordpress.com/2012/04/26/miguel-gomes- lorena-llora-a-las-tres/>.

  • 7.

    Leoncio Martínez: «La balada del preso insomne» (1920), en Guillermo Sucre (comp.): Las mejores poesías venezolanas, Organización Continental de los Festivales del Libro, División Venezolana, Caracas, 1958, pp. 83-86.