Coyuntura

La larga marcha de Hillary Clinton

El ciclo de primarias de este año en Estados Unidos ha concluido, y Hillary Clinton ha sido nominada por el Partido Demócrata para competir por la sucesión de Barack Obama en la Casa Blanca. Esta victoria de la ex-secretaria de Estado, conseguida luego de enfrentar una inesperada insurgencia desde la izquierda liderada por el senador por Vermont Bernie Sanders, puede encontrar sus motivos en su condición de favorita, su posición en el centro ideológico del partido y la ausencia de rivales competitivos en la primaria. Ahora, tras vencer a Sanders, viene la batalla contra el excéntrico Donald Trump, quien se enfrenta a no pocas dificultades.

La larga marcha de Hillary Clinton

Luego de concluir su periodo de primarias, el Partido Demócrata ha hecho historia y nominado por primera vez a una mujer como su candidata presidencial. La persona elegida para encabezar esta innovación electoral de género es Hillary Clinton, quien estuvo muy cerca de lograr ese mismo objetivo en la primaria demócrata de 2008 y ha oficiado como secretaria de Estado, senadora por Nueva York y primera dama durante distintos momentos de su carrera política.Sin embargo, la victoria de Clinton en las urnas fue cuestionada por múltiples actores, debido a que ocurrió en el marco de una inesperada y relativamente exitosa insurgencia dentro del Partido Demócrata. La rebelión contra Clinton, personificada en la figura de su rival Bernie Sanders, demostró cierta fortaleza organizativa y obtuvo considerables triunfos electorales. Algunas de las voces más críticas hacia la ex-secretaria de Estado llegaron incluso a afirmar que la robustez del desafío planteado por Sanders ameritaba su desplazamiento como candidata presidencial y su reemplazo por el senador por Vermont.

El propósito de este artículo es distinguir los hechos de los relatos en el proceso que condujo al triunfo de Clinton, considerar el riesgo real que Sanders planteó para la virtual nominada y revisar la batalla que se avecina contra Donald Trump y el significado que estas confrontaciones tienen para el porvenir del Partido Demócrata como fuerza de centroizquierda en Estados Unidos.

El partido decide

Desde mucho antes de las primarias de este año, buena parte de la atención del liderazgo demócrata se centró en la selección de un sucesor o sucesora que continuara la labor del partido y fuera capaz de recibir la herencia política de una administración relativamente exitosa. No obstante, esta tarea se vio frustrada por los graves problemas sufridos por los demócratas en las elecciones de medio término y en los comicios regionales durante la era Obama, los cuales redujeron notablemente el número de gobernadores y legisladores con proyección nacional. Este fue el obstáculo principal para el surgimiento de muchas nuevas figuras e inclusive envió a algunas ya consagradas de regreso al llano, lo que disminuyó el plantel de posibles candidatos presidenciales demócratas y debilitó la posición del partido. Como consecuencia de esta ausencia de figuras renovadoras, el foco de la sucesión se posó desde el principio en los integrantes más prominentes del gobierno de Barack Obama: el vicepresidente Joe Biden y la ex-secretaria de Estado Hillary Clinton. A excepción de la senadora por Massachusetts Elizabeth Warren y tal vez del gobernador de Nueva York Andrew Cuomo, el interés partidario en proteger y extender el legado del gobierno mantenido desde 2008 no incluyó la consideración seria de ninguna otra alternativa por fuera del gabinete.

En el marco de esta competencia de participación limitada, Clinton siempre contó con grandes ventajas. Además de ser universalmente conocida por el electorado, su campaña de 2008 dejó en pie una infraestructura de asesores y activistas listos para emprender un segundo intento y la certeza de ser, incluso en el peor de los escenarios, una candidata competitiva. Estos factores fueron esenciales para el buen desempeño inicial de la candidata en los sondeos y posiblemente contribuyeron a disuadir de la participación a dos o tres competidores de peso.

El resultado fue que Clinton obtuvo, desde muy temprano, el estatus de favorita en la competencia, y el rechazo a lanzarse de Warren y Biden cimentó la relación entre prácticamente toda la organización partidaria (la Casa Blanca, los líderes de ambas cámaras, los grupos de interés más importantes) y su ambición presidencial.

Las declaraciones oficiales de apoyo a su campaña fueron abundantes desde el mismo día de su lanzamiento en junio de 2015 y eventualmente incluyeron a una vasta proporción de los miembros del partido en las cámaras alta y baja, así como a varios gobernadores y la dirigencia del Comité Demócrata Nacional. En declaraciones privadas a mediados de marzo pasado, el propio Obama dejó atrás la neutralidad tradicional de los presidentes salientes y deslizó que era hora de que Sanders desistiera de competir, en pos de unificar al electorado detrás de Clinton. El partido optó por ella casi de forma unánime. Por otro lado, las fuentes de financiamiento de las campañas de 2008 y 2012 también vieron en Clinton la única opción realista como heredera política de Obama y fueron considerablemente generosas durante todo el periodo de primarias, lo que convirtió su campaña en la mejor financiada de todas las del ciclo 2015-2016. Esto último probablemente fue clave para facilitar los triunfos en las jornadas que incluyeron un alto número de estados, tales como las del 1o o el 15 de marzo, al proveer a la campaña de los recursos para bregar por múltiples objetivos de manera simultánea.

Sin embargo, tal situación de comodidad entre la elite partidaria y la candidata fue fuente de críticas, y muchas de ellas continuaron hasta el final entre sus detractores, lo que oscureció parcialmente el triunfo de Clinton. Las críticas iniciales se centraron en la paradoja de que muchas de las figuras políticas que anunciaron su apoyo a la candidata tuvieran menor distancia ideológica con su competidor Sanders que con ella. El electorado más deseoso de una alternativa de izquierda en la contienda vio esto no tanto como un reflejo del progresismo pragmático anunciado por Clinton, sino como una maniobra cínica e indolente por parte de quienes habían sido sus líderes hasta entonces.

Otro ángulo de crítica apuntó contra el financiamiento. La mayor parte del electorado demócrata se opone a la decisión de la Corte en el caso «Ciudadanos Unidos contra Comisión de Elecciones Federales» –que permitió el financiamiento privado de campañas electorales– y considera que el rol del dinero en la política debería reducirse drásticamente o limitarse al financiamiento público e individual de las campañas. Sanders fue el principal opositor a los nuevos grados de libertad otorgados a corporaciones e individuos para donar cantidades ilimitadas de dinero a sus candidatos preferidos; optó en cambio por el financiamiento individual por parte de millones de donantes pequeños e hizo saber que el uso de Clinton de algunos de estos recursos constituía una forma de corrupción del sistema. Por otra parte, una tercera objeción, que se enfocó en las reglas de competencia interna del Partido Demócrata, acusó de favoritismo a los candidatos preferidos por la dirigencia partidaria. El elemento contencioso en particular fue en este caso la figura de los superdelegados, miembros del partido indirectamente elegidos como delegados con poder de voto en la Convención.