Opinión

La izquierda no debe temer al pueblo en las calles

En los últimos días, Brasil asiste a una ola de manifestaciones populares que se ha extendido por sus principales ciudades. Pero la situación no debería causar tanto espanto. Después de todo, la ampliación de los derechos básicos a grandes contingentes de población propiciada por los gobiernos Lula y Dilma ha liberado en Brasil una serie de demandas represadas y ha creado otras nuevas. El país está mucho mejor, pero todavía es un país profundamente desigual.

La izquierda no debe temer al pueblo en las calles

En los últimos días, Brasil asiste a una ola de manifestaciones populares que se han extendido por sus principales ciudades. Inicialmente impulsadas por la protesta eb contra de los aumentos en las tarifas de los transportes públicos, las consignas abrazadas por los manifestantes se fueron multiplicando en la misma medida en que crecía el número de personas en las calles. La derecha y los medios de comunicación a su servicio se apresuraron, por supuesto, a llamar “pendencieros” y subversivos a los manifestantes. Pero, de inmediato, ante el aumento del apoyo popular – sobre todo después que la policía del estado de São Paulo reprimió violentamente a los manifestantes y a la población en general, incluyendo a periodistas –, vislumbraron allí la posibilidad de desestabilizar al país y de incitar a los sectores conservadores contra el gobierno de Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores. La izquierda organizada – partidos, movimiento sindical, entidades estudiantiles, entre otros –, sorprendida por esa inmensa movilización popular que no había convocado y no estaba dirigiendo, dudó en expresar su apoyo y participar. Muchos se vieron tentados a calificarla como un “complot de la oposición” o como un “movimiento apolítico”, confundiendo las formas institucionalizadas de ejercicio de la política con su esencia, olvidando así que el pueblo en las calles es la política en su estado puro. Pero la situación no debería causar tanto espanto. Después de todo, la ampliación de los derechos básicos a grandes contingentes de población propiciada por los gobiernos de Lula y Dilma ha liberado en Brasil una serie de demandas reprimidas y ha creado otras nuevas. El país está mucho mejor pero todavía es un país profundamente desigual. Para avanzar en la atención de esas demandas son necesarias ahora reformas estructurales que distribuyan efectivamente la riqueza y el poder, algo que nuestras elites no están dispuestas a permitir. Para eso, cuentan con un sistema político-electoral totalmente permeable al poder económico, en el cual la formación de mayorías no se da en torno a un programa sino mediante acuerdos de intereses. Es por ello que la izquierda, que ha llegado a la Presidencia de la República, es minoritaria en el Parlamento y tiene enormes dificultades para aprobar sus propuestas.

Este contexto, en el que las demandas reprimidas se asocian con el descrédito de todo lo que se refiere a la capacidad institucional de resolverlas, ha generado un verdadero malestar, sobre todo en las ciudades más grandes, donde los problemas aparecen de forma concentrada. No debería, entonces, extrañarnos que gran parte de la gente haya salido a la calle con ganas de ser sujetos de la historia. Si observamos las principales banderas de este movimiento, veremos que forman parte de una agenda de izquierda. Y seguramente la mayoría de los manifestantes no es de derecha, aunque sí hay sectores conservadores e incluso provocadores infiltrados y aunque buena parte no se ve representada por ninguno de los partidos existentes. El problema es que los principales representantes de la izquierda se demoraron en entender lo que ocurría. Pese a que muchos militantes de la base del PT han participado del movimiento prácticamente desde el principio, la dirigencia y los miembros del gobierno tardaron en tomar una posición. Cuando lo hicieron, fue en general en la dirección correcta: el PT saludó las movilizaciones, se identificó con las banderas por más derechos y servicios públicos y llamó a los militantes a participar. Pero en ese momento, la derecha, con el apoyo de los grandes medios de comunicación, ya disputaba con ventaja los rumbos y los significados del movimiento, tanto en el país como en el resto del mundo donde fueron divulgados. Analizar en pocas palabras un fenómeno tan complejo como el que vivimos es una tarea casi imposible. Pero la lección general que se puede sacar es que el PT y las demás fuerzas organizadas de izquierda necesitan unirse al pueblo, convirtiendo esa expresión de insatisfacción y ese clamor por cambios en un punto de apoyo para el enfrentamiento victorioso de los poderes fácticos que todavía se hacen valer de distintas formas y obstruyen el avance de un proyecto democrático y popular capaz de responder efectivamente a las demandas históricas de millones de brasileños.

* Vicepresidenta de la Fundación Perseu Abramo, Brasil.

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