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La izquierda democrática en el Sur del mundo

Con una izquierda democrática incapaz de proponer programas de transformaciones consistentes frente a la crisis capitalista, el liderazgo moral e intelectual de la izquierda está desplazándose desde los bastiones occidentales en dirección al Sur. En ese marco, una parte de América Latina transita por un populismo de izquierda que, aunque guarda puntos en común con el populismo clásico, presenta rasgos diferenciados. Al mismo tiempo, parece una alternativa más factible que las transiciones socialdemócratas radicales, debido a las estrictas condiciones que requieren estas para obtener resultados exitosos.

La izquierda democrática en el Sur del mundo

Hoy es principalmente en el Sur del mundo, en particular en América Latina, donde es posible encontrar una izquierda con renovada confianza en sí misma y estrategias coherentes para lidiar con las recalcitrantes realidades globales. La izquierda democrática de Occidente está en desbandada. Ni siquiera en el contexto de la peor crisis capitalista desde la Gran Depresión ha sido capaz de tomar la iniciativa para bregar por un nuevo paradigma político/programático. Si bien los movimientos socialistas y progresistas en general han hecho pronunciamientos audaces durante las campañas electorales, una vez al frente del gobierno no se han diferenciado mucho de la centroderecha. Desde la crisis de 2008-2009, muchos partidos europeos de izquierda se han subido primero al carro del estímulo para más tarde vacilar en torno de la necesidad de aplicar programas de austeridad.

El presidente estadounidense Barack Obama, a quien la derecha de su país –con argumentos poco convincentes– ha calificado de socialista y liberal, no logró reunir apoyo suficiente en el Congreso (o siquiera entre las filas de su propio partido) para varias de sus políticas modestamente progresistas. Por otra parte, la corriente de protesta progresista más publicitada –el movimiento Occupy– no consiguió ofrecer una organización sólida ni una ideología coherente. Aunque despertó conciencia de la desigualdad y sus nocivas consecuencias, este movimiento no concibió un programa alternativo para hacer realidad sus metas igualitarias y democráticas. Por todos estos motivos, hoy el liderazgo moral e intelectual está desplazándose desde los bastiones occidentales de la izquierda en dirección al Sur.

La izquierda democrática del mundo en desarrollo sostiene una visión de la buena sociedad que está en armonía con lo que ha animado a los progresistas de todas partes. Rectificar los males del capitalismo implica tanto un fin –ante todo, la construcción de una libertad igualitaria– como la primacía de la solidaridad y la política participativa en el logro de esta meta. La libertad igualitaria, en pocas palabras, supone una sociedad en la que todos los ciudadanos gocen de iguales oportunidades para experimentar la libertad: lejos de verse sometidos a un destino prescrito por circunstancias de nacimiento, rango familiar o posición inicial en el mercado, todos deberían estar en condiciones de vivir una vida prolongada y digna, de acuerdo con su propia elección. Los liberales «sociales» (o simplemente «liberales» en el sentido estadounidense) enuncian su meta en los mismos términos: tanto los liberales como los progresistas hacen foco en el desarrollo de las capacidades individuales. Pero la izquierda, a diferencia de los liberales sociales, se enfoca en la importancia de los medios cooperativos para el logro de un desarrollo igualitario del potencial humano: una sociedad donde «el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos», por citar las célebres palabras de Karl Marx. Los medios necesarios para alcanzar esta meta radical no son la competencia individual y la política democrático-liberal, sino la solidaridad entre clases y la acción política participativa. En el Sur del mundo, al igual que en todas partes, la izquierda se distingue del liberalismo social y otras tendencias ideológicas por su hincapié en la organización colectiva de los grupos excluidos o marginalizados y su promoción de la acción política colectiva para alcanzar metas distributivas.Podemos distinguir las estrategias de la izquierda democrática en el mundo en desarrollo de acuerdo con dos criterios: el grado de institucionalización del partido o los partidos de izquierda y el grado de conflicto entre las clases sociales. La institucionalización es importante, porque los partidos débilmente institucionalizados son, por definición, menos cohesionados, menos competentes desde el punto de vista organizacional, más dependientes de la lealtad al líder supremo y, en consecuencia, menos estables, consistentes y poderosos que los partidos con un alto grado de institucionalización.

En la medida en que las luchas por la libertad igualitaria se desarrollen a lo largo de periodos extensos y la continuidad democrática ocupe un lugar central en el proyecto de la izquierda democrática, los partidos bien institucionalizados estarán en mejores condiciones de alcanzar una redistribución perdurable que sus homólogos con institucionalización débil. El grado de conflicto entre clases también es una distinción crucial. Los movimientos progresistas se dividen en dos tipos. Por un lado, hay partidos de izquierda con una estrategia moderada que apuntan –o al menos se resignan– a implementar programas redistributivos con la aquiescencia de las elites. Para otros partidos, en cambio, solo la implacable confrontación contra las estructuras existentes de poder y el privilegio heredado conducirá a los desenlaces esperados. La diferencia entre negociaciones de clases y lucha de clases es entonces crucial. Empleando estos criterios, obtengo cuatro potenciales variedades de la izquierda democrática: la socialdemocracia moderada, una estrategia socialdemócrata radical de transición al socialismo, el populismo al viejo estilo y el populismo de izquierda.

La ruta socialdemócrata moderada es el camino preponderante (especialmente, pero no solo, en la América Latina contemporánea). Los casos prominentes incluyen a Brasil desde 2006, Chile desde 2000, Uruguay desde 2004, Costa Rica desde los años 50 hasta su deslizamiento hacia el liberalismo social en los años 90, Mauricio desde comienzos de los años 70 y dos estados de la India –Kerala y Bengala Occidental– que en los inicios habían adoptado una estrategia radical liderada por el Partido Comunista-Marxista de la India (CPM, por sus siglas en inglés), pero en la década de 1990 descendieron a una fase moderada para atraer votos de la clase media. La estrategia moderada es innovadora. Evita el populismo, así como la completa mercantilización del trabajo, la tierra y el dinero, mientras enfrenta con cierta eficacia los desafíos de la pobreza y la desigualdad en el restrictivo contexto de la globalización neoliberal. En otras palabras, sus proponentes han encontrado una manera progresista de equilibrar los imperativos de la redistribución/equidad con los de la acumulación/eficiencia en el marco de una economía capitalista.