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La Iniciativa del Arco del Pacífico Latinoamericano. Un nuevo actor en el escenario de la integración regional

En los últimos años se ha producido una reconfiguración de la integración latinoamericana en torno de «ejes» de países que son críticos al modelo de regionalismo abierto que imperó en la región desde la década del 90. La Iniciativa del Arco del Pacífico, un proyecto iniciado por Perú, es una forma de responder a estos cuestionamientos e incidir en los cambiantes escenarios integracionistas mediante la creación de un ámbito comercial orientado a profundizar la articulación en el espacio económico del Pacífico.

La Iniciativa del Arco del Pacífico Latinoamericano. Un nuevo actor en el escenario de la integración regional

En este artículo se analizan los nuevos escenarios del regionalismo en el continente americano y el papel del recientemente creado Foro del Arco del Pacífico Latinoamericano. Se parte de la premisa de que se está produciendo una fragmentación del hemisferio en tres ejes que proponen modelos económicos bastante diferentes para el proyecto regional. Por un lado, el «eje del regionalismo abierto-TLC», representado por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que se ha ampliado a América Central, parte del Caribe y Sudamérica a través de la firma de TLC entre EEUU y algunos países de la región. En este eje se ha adoptado un enfoque propio del «nuevo regionalismo internacional», centrado exclusivamente en el comercio y los temas con él relacionados. En algunos países de América del Sur, en cambio, se critica este modelo de integración abierta. Allí se observan dos tendencias. La primera, representada por el Mercosur, constituye el «eje revisionista». Aunque este bloque regional nació bajo la lógica de la integración comercial y la apertura, ha sufrido una trasformación para convertirse en un proceso con una dimensión social y productiva. La Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) es una expresión de esta tendencia revisionista, pero se trata más de una iniciativa política y social que económica. El segundo eje, que denominamos «antisistémico», está representado por la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), liderada por Hugo Chávez en Venezuela, que se ha articulado con la iniciativa boliviana del Tratado de Comercio de los Pueblos (TCP). Se trata de una propuesta de integración que se describe como no capitalista, que no está centrada en el comercio y la competencia y que, por lo tanto, propone una clara ruptura con el modelo de regionalismo abierto y plantea una integración basada en la complementación, la cooperación y la solidaridad.

En este nuevo contexto regional surge una nueva iniciativa, el Foro del Arco del Pacífico Latinoamericano, constituido por Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Honduras, Nicaragua y México. Nacida en 2007, esta iniciativa comprende, por un lado, a los países que aún suscriben el modelo de regionalismo abierto, salvo Nicaragua y Ecuador. Y por otro lado agrupa a todos los países que han suscrito un TLC con EEUU y la Unión Europea (salvo Ecuador).

Este artículo analiza primero los diferentes ejes de integración. Luego, examina en detalle el desarrollo de esta nueva iniciativa, sus perspectivas y desafíos en el cambiante escenario del regionalismo en América.

El escenario actual de la integración en América

El eje del regionalismo abierto: el TLCAN y los TLC. El primer eje está representado por el TLCAN suscrito entre Canadá, EEUU y México en 1994, un proceso que representa en varios aspectos un modelo de integración distinto de los modelos tradicionales que se desarrollaron en las previas oleadas de regionalismo económico, en los 60 y 70. El TLCAN es una expresión del «regionalismo abierto», puesto que su objetivo de promover un espacio comercial preferencial no se realiza a expensas del sistema multilateral de comercio. Al contrario, la preferencia regional se concibe como un paso previo hacia una mayor apertura global.

Sin embargo, el TLCAN se asemeja más a la versión de Asia Pacífico del regionalismo abierto que a la propuesta por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), pues carece de instrumentos para el fomento de la transformación productiva con equidad. En segundo lugar, el TLCAN se distingue por promover un modelo de «integración profunda» que plantea la regulación de sectores como la propiedad intelectual, las compras gubernamentales y las normas ambientales y del trabajo relacionadas con el comercio. Estas cuestiones no estaban incluidas en los antiguos procesos de integración. En tercer lugar, el TLCAN se presenta como una modalidad de integración Norte-Sur, al reunir en su seno a países desarrollados y en vías de desarrollo. Su propulsor principal, EEUU, intentó expandir este modelo mediante la formación de un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Ante el estancamiento de este proceso, ha optado por suscribir diversos TLC, como el firmado con Centroamérica y República Dominicana (CAFTA+DR, por sus siglas en inglés) o aquellos suscriptos con Chile, Perú y Colombia.

El eje Mercosur. En general, la literatura sobre el tema suele describir el Mercosur como un modelo de integración abierta o de regionalismo abierto1. En ese sentido, el bloque regional favorecería la liberalización del comercio intrazona sin por ello afectar la apertura hacia el resto del mundo. Otros autores, como el equipo del Programa Interdisciplinario sobre Integración Latinoamericana de la Universidad de Rosario (Argentina), encabezado durante varios años por Iris Mabel Laredo, consideran que el modelo de integración regional del Mercosur está simplemente basado en la idea neoliberal de apertura comercial y desregulación económica2.

Desde sus inicios, el Mercosur fue un modelo híbrido. Aunque nació con elementos típicos del «regionalismo abierto», en particular su énfasis inicial en la apertura y la desgravación comercial, careció al mismo tiempo de una agenda de «integración profunda».

El Mercosur combinó un proceso de apertura sin «integración profunda» con la ausencia de mecanismos para avanzar en la integración social y productiva. En el Tratado de Asunción, se establecieron como objetivos el perfeccionamiento de una zona de libre comercio y el de un arancel externo común. Aunque se admitía la posibilidad de acuerdos sectoriales, estos apenas se concretaron en una política sectorial para el sector automotor. A pesar de este sesgo «comercialista», el Mercosur no adoptó la modalidad de «integración profunda», pues si bien se propuso normar temas como la propiedad intelectual o las compras gubernamentales, no se planteó hacerlo aprobando normas de tipo OMC plus.

A pesar de que en el Tratado de Asunción no se consideró la dimensión social, en la década del 90 el Mercosur logró desarrollar una importante agenda sociolaboral, que condujo a la aprobación de la Declaración Sociolaboral en 1998 y la firma de un acuerdo regional sobre seguridad social ese mismo año. Desde 2000, se ha intentado establecer una sólida dimensión social que trascienda lo meramente laboral. En otras palabras, se trata de la aplicación de políticas redistributivas que permitan a los más amplios sectores de la población tener acceso a educación, salud, vivienda y servicios públicos de calidad. Son, pues, medidas típicas del Estado de Bienestar, dirigidas a reducir la pobreza, redistribuir la riqueza, promover la justicia social y reglamentar las instituciones de mercado. Expresiones de este proceso son la creación de instancias como la Reunión de Ministros y Autoridades de Desarrollo Social en 2000, la creación del Instituto Social del Mercosur en 2007 y la aprobación en 2008 del Plan Estratégico de Acción Social del Mercosur.

  • 1. V. al respecto, por ejemplo, Andrés Cisneros y Jorge Campbell: «El Mercosur: regionalismo abierto o ‘Building Block’» en Boletim de Integração Latino-Americana No 19, 7-12/1996.
  • 2. Ver Iris Mabel Laredo y Juan Pablo Angelone: «El neoliberalismo como sustento teórico de la integración en el Mercosur» en I.M. Laredo: Estado, mercado y sociedad. Pautas para su viabilización vol. iii, unr, Rosario, 1996.