Coyuntura

La falacia de la mano dura

Las últimas encuestas confirman que la inseguridad es uno de los grandes problemas de América Latina. Y no se trata solo de una sensación: el índice de homicidios se ha duplicado desde 1980 hasta alcanzar niveles que podrían calificarse de epidémicos. La clásica respuesta se ha basado en los enfoques policiales y represivos conocidos como «mano dura» que, pese a su popularidad, no han dado los resultados esperados. Por el contrario, este camino impide diferenciar entre la delincuencia organizada y los actos delictivos de jóvenes excluidos y entorpece la elaboración de políticas capaces de enfrentar en profundidad la cuestión. Solo un enfoque integral, que ubique la inseguridad en el contexto social y económico que atraviesa América Latina, permitirá un acercamiento efectivo al problema.

La falacia de la mano dura

Una preocupación en aumento

Los medios masivos de comunicación bombardean permanentemente con noticias de crímenes, asesinatos, robos. Las maras en Centroamérica, las pandillas juveniles en México, el control por parte de los narcotraficantes de zonas enteras de las favelas en Brasil... la inseguridad acompaña la vida cotidiana de los latinoamericanos.Según los últimos datos del Latinobarómetro, la inseguridad es, junto a la pobreza, la falta de acceso a la salud y la educación, la corrupción y el desempleo, una de las grandes preocupaciones de la población. En la mayoría de los países ocupa el primero o el segundo lugar del ranking de preocupaciones (ver gráfico 1).

La percepción de inseguridad ha crecido. Casi cuatro de cada 10 latinoamericanos dicen que ellos o algún familiar ha sido asaltado, agredido o víctima de un delito en el último año (ver gráfico 2). La percepción ya no es lejana sino parte de la propia experiencia. Y sería un error subestimarla: vivir sin miedo es un derecho absolutamente elemental; decir que no debe ser visto como un problema simplemente no funciona.

No se trata solo de una sensación. La evolución de la tasa de criminalidad en América Latina es alarmante (ver cuadro). En 1980, el promedio de homicidios por cada 100.000 habitantes era de 12,5 al año. En 2006 fue de 25,1, lo que significa que la criminalidad se ha duplicado en el último cuarto de siglo. Los especialistas coinciden en que un escenario de cinco homicidios cada 100.000 habitantes al año es considerado normal, entre cinco y ocho homicidios es alarmante, lo cual requiere repensar las políticas, y más de ocho constituye una tasa epidémica, lo que significa que el fenómeno es parte de estratos muy profundos de la realidad social y exige un cambio de paradigmas. Los países con criminalidad más aguda son El Salvador (cinco veces la epidémica), Colombia (4,7 veces), Venezuela (4,25 veces) y Brasil (3,8 veces). Solo se hallan debajo de la cota de ocho homicidios Costa Rica, Cuba, Perú, Argentina, Chile y Uruguay. Comparativamente, la tasa de homicidios en América Latina es 17 veces la de Canadá (1,5) y 20 veces la de los países nórdicos (1,1 o 1,2). Es difícil exagerar la importancia de este problema. La criminalidad significa todo tipo de daños para la sociedad. En primer término, por las vidas perdidas: en algunos países, como Brasil y Colombia, se ha transformado en la principal causa de muerte de los jóvenes. También por las pérdidas materiales que ocasiona, porque distorsiona los presupuestos presionando a los gobiernos a gastar en seguridad en lugar de realizar inversiones prioritarias en desarrollo humano, y por los cuantiosos costos intangibles, imposibles de medir, derivados del hecho de vivir con miedo.¿Cuál es el contexto económico y social de América Latina en el que se está produciendo el ascenso de la inseguridad? A continuación se describe brevemente, y luego se analiza la respuesta más obvia y común al problema (las políticas de mano dura), así como los resultados negativos que ha arrojado. Posteriormente se examinan las verdaderas causas estructurales de este fenómeno y se evalúan algunas experiencias exitosas, para concluir con un planteo de respuesta integral al problema.

El contexto de la inseguridad

El crecimiento económico de América Latina ha sido en los últimos cinco años de 4,7%, cifra récord en las últimas tres décadas, en un contexto de equilibrio macroeconómico, con el mejor nivel de reservas internacionales y la mejor relación exportación-PIB de las últimas décadas.

Esto es resultado de los nuevos proyectos políticos emprendidos y de los virajes económicos, por supuesto, pero también de la revalorización de los términos de intercambio gracias, entre otros factores claves, al ascenso de los precios de las materias primas por el crecimiento de China y la India, y las bajas tasas de interés internacional. En México, los países de Centroamérica y otros, ha sido muy importante el fuerte incremento de las remesas migratorias, que hoy representan entre 17% y 40% del PIB. Estas son las buenas noticias: la economía de América Latina tiene una oportunidad.

Sin embargo, las buenas noticias macroeconómicas no se trasladan mecánicamente a la microeconomía. El crecimiento ha sido importante pero la reducción de la pobreza no siempre lo ha acompañado. En la región más desigual del planeta, la posibilidad de que el crecimiento se transforme en una mejora de la vida diaria requiere de muchísimas mediaciones en términos de políticas públicas. La tasa de pobreza latinoamericana, que era de 40,5% en 1980, fue 35,1% en 2007. Aunque el porcentaje expresa una mejora, es en términos absolutos como debe establecerse la comparación, pues se trata de seres humanos y cada uno importa. En 1980 había 136 millones de pobres; actualmente son 190 millones. Esto significa que hay casi 54 millones más de pobres y siete millones más de indigentes (pasaron de 62 a 69 millones) que en 1980.

La persistencia de las desigualdades explica las altas tasas de pobreza a pesar del crecimiento económico. No se trata solo de desigualdad de ingresos sino también de desigualdad en el acceso a la salud, la educación y el agua (América Latina tiene 33% de las aguas limpias del planeta, pero hay 120 millones de personas sin instalaciones sanitarias y 60 millones sin agua potable). Uno de los errores más importantes en la estrategia para encarar estos temas es plantear que en América Latina hay pobreza y hay desigualdad cuando, en realidad, hay pobreza porque hay altos niveles de desigualdad.

Estos altos niveles de desigualdad generan las «trampas de la pobreza». Si un niño, en sus primeros años de vida, se cría en un hogar de pobreza significativa, las mediciones indican que ello va a incidir en un crecimiento neuronal insuficiente. Con el tiempo, esto va a implicar capacidades de aprendizaje disminuidas, capacidades de utilización del lenguaje reducidas y una dotación de recursos biológicos deficitaria. Será difícil, en esas condiciones, que algún día pueda salir de la pobreza.