Tema central

La experiencia chilena 1990-2005

La cada vez más confusa división entre izquierda y derecha está siendo reemplazada por la defensa de distintos modelos de Estado. En Chile, país que pasó de la violencia y los vaivenes ideológicos a una situación de consenso promisorio, las fuerzas políticas y las empresas se encuentran alineadas, a grandes rasgos, en dos grandes posiciones: el modelo de Estado americanista al estilo Reagan y Thatcher (defendido por los partidos de derecha y las grandes corporaciones), y el modelo europeo o asiático (impulsado por los sectores de centroizquierda, junto con las empresas pequeñas y medianas, sobre todo las modernas e innovadoras). Por eso, aunque una vieja ley hidráulica diría que el capital fluye siempre hacia la derecha, aquí se sostiene que la armonía entre empresarios y gobiernos progresistas es perfectamente posible.

La experiencia chilena 1990-2005

Introducción

Chile es un país anómalo en el concierto latinoamericano. El «chico nerd» del barrio ha logrado una de las tasas de crecimiento promedio más altas del mundo en los últimos 15 años, lo que lo acerca a los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE); la mayoría de sus indicadores económico-sociales sobresalen: índices de desarrollo humano, gobernabilidad, porcentaje de personas bajo las líneas de pobreza e indigencia, control de corrupción, riesgo país, relación deuda pública/PIB, etc. Su gran «asignatura pendiente» continúa siendo la tríada maligna y convergente: inequidad en los ingresos, exclusión social y educación, cuyos indicadores son tan deficientes como los del resto de la región.

También es un país anómalo en cuanto a su trayectoria político-ideológica, lo que incluye la formación de un Estado fuerte en el siglo XIX, más tempranamente que en el resto del continente. Desde los años 60 hasta hoy, Chile ha experimentado un «vaivén ideológico psicótico», pasando del Estado capitalista, con un modelo de sustitución de importaciones en las décadas de los 50 y 60, al malogrado experimento socialista de Salvador Allende del periodo 1970-73, y de allí a una sangrienta dictadura de corte inicialmente militar-planificadora, pero que ensayó el experimento de un capitalismo neoliberal –tal vez el más extremo del mundo hacia 1989–, que después desembocó en 15 años de gobierno de la Concertación de Partidos por la Democracia, coalición de centroizquierda (calificativo confuso, como propondremos más adelante). La Concertación mantuvo esencialmente intactos los principios básicos del modelo económico militar, los profundizó y perfeccionó en muchos aspectos, pero a la vez logró mejorar en algo los indicadores de equidad mediante una política social muy focalizada que no se salió de los límites de un constreñido gasto público, heredado del gobierno militar, situado en alrededor de 21% del PIB. Así, se pasó del concepto de «mercado fuerte-Estado débil» al de «mercado fuerte-Estado fuerte»... pero austero.

En este contexto, las relaciones entre empresariado, izquierda, progresismo y socialdemocracia se transformaron radicalmente, pasando del periodo que hemos denominado como el «balance del terror» en la década de los 90, al del «consenso promisorio» en 2005. El vaivén y la transición ideológica, así como la confusión reinante en el ambiente quedan cabalmente expresados en las seis citas iniciales de este trabajo. En los siguientes párrafos procuraremos describir este itinerario transicional y, si es posible, generalizar algunas reflexiones al resto de la región, siempre que se acepten de antemano las singularidades del caso chileno.

Una aclaración previa. Las ciencias sociales no son ideológicamente asépticas, por lo cual es prudente explicitar la trayectoria de uno de los autores de este texto (Mario Waissbluth), 23 años mayor que el otro. Waissbluth ha transitado por los mismos caminos de la confusión que su país: izquierdista vociferante del 68, exiliado durante 14 años en México, a su retorno a Chile, en 1989, simpatizante de la actual coalición de gobierno, miembro del directorio de empresas públicas y privadas y socio de una empresa mediana –lo que le ha permitido conocer el riesgo financiero y sus noches de insomnio–, ha vivido siempre en la frontera entre los «upelientos» y los «empresarios momios», términos despectivos utilizados respectiva y mutuamente por ambos extremos de la derecha y la izquierda del espectro político. Por ende, la visión de estas páginas tiene todo el peso de la noche y no es necesariamente científica ni representativa.

Para revisar algunos conceptos

Ya que el meollo de este texto es la relación entre empresarios e izquierda, intentaremos precisar éstas y otras categorías de análisis debatibles pero necesarias para unificar el lenguaje. Por cierto, a inicios del siglo XXI, todas las categorías se hacen más borrosas en materia de preferencias sexuales, familiares, ideológicas, institucionales o económicas. Las universidades parecen empresas... hay nubes conceptuales difusas, no categorías nítidas ni afiliaciones rigurosas.

Comencemos con la categoría «empresario». Suele atribuirse a los dueños de una organización cuyo propósito central es el lucro, quienes tienen en sus venas una imprescindible tolerancia al riesgo. Se la confunde con frecuencia con la categoría «gerente». Algunos de los más grandes empresarios del mundo y de América Latina no tienen estudios universitarios, sino un olfato intrínseco para identificar y evaluar riesgos, comprar barato y vender caro. Luego, si les va bien, crecen y contratan gerentes.

Sin embargo, es necesario distinguir ciertas subcategorías cuya relación con la izquierda no es igual: a) el «empresario arcaico-rentista» de los siglos XIX y XX, que consiguió alguna prebenda (entitlement) como una hacienda, una propiedad minera, un monopolio o una protección arancelaria especial, y se dedicó a disfrutarla, hasta que llegó la globalización; b) el pequeño empresario obsoleto y de escasa formación, que emplea a la mayor parte de los trabajadores de nuestros países en razón de su baja productividad, que vive angustias al borde del precipicio globalizador, que clama por perdonazos bancarios y que es excelente material para el uso y las promesas de los populistas de izquierda y de derecha; c) la pequeña y mediana empresa innovadora y tecnificada, de minúsculas proporciones porcentuales y escasa voz política; d) la gran empresa de capital nacional, no siempre heredera de los antiguos rentistas, con productividades similares a las internacionales, pero que mantiene todavía ciertas afinidades ideológicas con sus predecesores históricos; y e) los inversionistas extranjeros, cuyo stock de capital representa hoy 31% del PIB en los países en vías de desarrollo, y cuyas prácticas laborales, ambientales y democráticas son bastante más refinadas que las de sus pares latinoamericanos, herederos en muchos casos de la cultura colonial. Poner a todos los empresarios en el mismo saco conduce a errores.