Tema central

La disputa por lo público en América Latina. Las juventudes en las protestas y en la construcción de lo común

En los últimos años se han producido una serie de movilizaciones juveniles en América Latina. Estas movilizaciones expresan formas contemporáneas de la política en un sentido amplio, no restringido solo a un fenómeno joven. En estas dinámicas, como se vio en las recientes protestas en Brasil, resaltan varias dimensiones, como la politización de los espacios cotidianos, la territorialización de la política, la estetización y culturización de la práctica política, y las disputas por el uso, la apropiación y la producción de lo público en tanto lo común.

La disputa por lo público en América Latina. Las juventudes en las protestas y en la construcción de lo común

Si abordamos las formas de expresión del conflicto social y las principales movilizaciones en la América Latina actual, hablar de la participación juvenil es ineludible. En efecto, los jóvenes son los principales protagonistas de muchos de los procesos de movilización social que se viven en el presente de la región. Asimismo, la alta participación juvenil en las movilizaciones y en los conflictos no es solo un dato comprobable empíricamente o que describe la composición sociodemográfica de los acontecimientos. Proponemos pensarla como un elemento que contribuye a comprender las características, las dinámicas y los sentidos de estos acontecimientos.Esto se enmarca además en un fenómeno más global que nos permite identificar que en las primeras décadas del siglo XXI se han producido en diversas regiones del mundo procesos de movilización social que tienen a los jóvenes como sus principales protagonistas: los movimientos de carácter sociopolítico, como los englobados en la denominada «primavera árabe», que contribuyeron a la caída de distintos gobiernos dictatoriales en el norte de África; los múltiples colectivos que se agrupan bajo la denominación de «indignados» en Europa (sobre todo en España) y América del Norte; las organizaciones estudiantiles que luchan por la democratización y la mejora de la calidad de una educación mercantilizada y degradada en América Latina (Chile, Colombia, México), América del Norte y algunos países de Europa; y los jóvenes urbanos movilizados en Brasil. Estas protestas han sido las más visibles, pero no son las únicas.

Existen también colectivos de indígenas, de trabajadores, de la diversidad sexual, de migrantes, de campesinos, de centros culturales, entre muchos otros, que son activos protagonistas de los conflictos y movilizaciones en sus territorios de acción específicos. Los jóvenes de los sectores populares y de las periferias de muchas grandes ciudades también han construido colectivos y asociaciones que expresan sus formas singulares de participación y compromiso con lo público y con la transformación de la realidad en la que viven. En muchas de estas organizaciones, las disputas territoriales y por el espacio público constituyen la principal modalidad de acción1.

La capacidad organizativa, la visibilidad pública y el renovado interés de muchos jóvenes de la región en la participación política y su compromiso con las cuestiones públicas configuran una coyuntura que Ernesto Rodríguez denomina los «nuevos movimientos juveniles latinoamericanos», con características más propositivas que reactivas2.

De acuerdo con este autor, esta nueva oleada de movimientos juveniles se presenta al menos de dos maneras. Por un lado, los colectivos que buscan formas de participación alternativas a los canales clásicos e instituyen otro tipo de prácticas, expresadas a través de espacios que se alejan relativamente de las vías institucionales conocidas de la política e ingresan en la vida cotidiana. Son movimientos que construyen desde la autonomía y desde formas de organización que discuten las jerarquías y el verticalismo y que no se sienten interpelados por el sistema político y los instrumentos de la democracia representativa (sobre todo, la delegación a través del sufragio y los partidos políticos).

Por otro lado, existen organizaciones que se constituyen en diálogo fluido con el Estado y que encuentran en las políticas públicas de ciertos gobiernos latinoamericanos (denominados progresistas o populares) espacios fértiles de acción y desarrollo de sus propuestas. Son grupos que en algunos casos están vinculados a juventudes partidarias y que se presentan como base de apoyo de los gobiernos en cuyas políticas o instituciones participan.

En algunos países conviven no sin conflicto ambos tipos de movimientos juveniles, y en otros alguna de las dos modalidades prevalece sobre la otra. De todos modos, más allá de estas singularidades, es una realidad cada vez más evidente que las diversas formas de asociatividad juveniles se constituyeron en un tema fundamental para comprender las dinámicas sociales, políticas y culturales en América Latina y han superado los límites sectoriales o generacionales para convertirse en expresión de conflictos sociales más generales.

En efecto, aquí proponemos que las movilizaciones juveniles que se produjeron en América Latina en los últimos años expresan las formas contemporáneas de la política en un sentido amplio, no restringido a un fenómeno únicamente joven. Algunos de los principales rasgos que nos permiten acercarnos a estas configuraciones políticas de la actualidad a través de las movilizaciones y modalidades de participación juveniles son: el proceso de ampliación de la política (politización de los espacios cotidianos); la política como producción territorial y el territorio como producción política (lo que podemos denominar territorialización de la política); un proceso de estetización y culturización en el cual lo expresivo y lo comunicativo cobran un lugar creciente en la práctica política; y, no menos importante, las disputas por el uso, la apropiación y la producción de lo público que permiten la expresión de un espacio público no estatal, que abre una brecha entre la lógica mercantil y la lógica estatal y posibilita así la emergencia de lo comunitario y lo público en tanto lo común.Llegados a este punto, podríamos formular al menos dos interrogantes. Por un lado, por qué los jóvenes son los protagonistas principales de muchos de los procesos de movilización social en América Latina y también en el mundo; y, más interesante aún, por qué la apelación y la identificación juveniles se han convertido en potentes movilizadores y generadores de participación. Por otro lado, se trata de dilucidar si las movilizaciones juveniles expresan características políticas más amplias que pueden identificar coyunturas sociales generales, y cuáles serían esos rasgos que se condensan en lo juvenil pero que lo exceden.

Por cuestiones de espacio y enfoque, aquí nos concentraremos en la segunda pregunta para avanzar en las configuraciones generacionales de la política en la región. Sobre el primer interrogante, que líneas arriba desagregamos en dos partes, solo diremos que es necesario desentrañar el proceso por el cual las juventudes y lo juvenil (y no solo los jóvenes) adquirieron un lugar central en el mundo contemporáneo –proceso que es nombrado frecuentemente como una juvenilización de la vida–; interpretar por qué la apelación a la juventud y lo juvenil es un elemento que promueve la adhesión, participación y movilización políticas; y, más específicamente, comprender por qué y de qué manera muchos de los conflictos políticos vuelven a ser tramitados en clave generacional en la actualidad3. Siguiendo con nuestro planteo, a continuación ampliaremos el análisis acerca de los rasgos generacionales de la política en la América Latina actual, pensándolos a partir de algunas experiencias concretas que sucedieron en varios países de la región en los últimos tiempos.

Comenzaremos por explicitar el modo a través del cual nos acercamos a las juventudes y lo juvenil. Entendemos la noción de juventud como una categoría construida a partir de la relación con el tiempo y el espacio. Así, podemos analizar las diversas modalidades en las que se produce la juventud de acuerdo con experiencias y compromisos vitales, sociales e históricos diferentes, que no hacen sino mostrar los límites que presenta toda clasificación cuyo centro sea solo la edad o una concepción homogeneizante de lo juvenil. Al entender la juventud como una producción sociohistórica y cultural, situada y relacional, llegamos a la noción de generación. Y a partir del enfoque generacional, proponemos ver las juventudes y a los jóvenes, es decir, la noción de juventudes y a los sujetos juveniles, como construcciones sociohistóricas y situadas. Así, cada generación, cada producción, cada forma de presentarse, de aparecer, de ser y de estar de los jóvenes es inescindible de la situación donde se produce. Es decir, de un tiempo y un espacio determinados que, justamente, marcan singularidades que configuran modalidades específicas, con rasgos distintivos y también comunes respecto de otras producciones.

Al hablar entonces de generación, nos desplazamos tanto de los planteos que proponen ver a los jóvenes solo como un grupo etario definido por criterios biológicos como de la concepción de la juventud en tanto moratoria, como un momento de la vida que sería un tiempo de espera, de preparación, un intervalo que pone más el énfasis en lo que no es o en una formación hacia el futuro, que en lo que es y en lo que se está produciendo en ese presente. Así, la juventud se pluraliza, y sus rasgos diversos y múltiples, lejos de constituir excepcionalidades o debilidades, emergen como características distintivas y potentes de las juventudes en la actualidad.

En segundo lugar, si miramos hacia el mundo de la política y lo político, podemos identificar en las últimas décadas un proceso de ampliación de sus fronteras tanto en América Latina como en el mundo. Este ensanchamiento de los espacios de la política en la vida social puede ser explicado a partir de la noción de politización. Así, la politización de las relaciones y de los espacios cotidianos diluyó ciertas fronteras entre lo privado y lo público y generó un avance de lo público en tanto producción de lo común y territorio de la política. Desde esta mirada, la política es una producción relacional y dinámica, en proceso; y los jóvenes son protagonistas fundamentales de estas transformaciones de las formas de la política, con sus innovaciones y continuidades respecto a modalidades anteriores.

Profundizando en la noción de politización, sostenemos que algunas prácticas culturales juveniles –aun cuando no han sido concebidas como propiamente políticas por los actores que las protagonizan– pueden ser leídas como modos de expresión de politicidad, en tanto «modos de contestar al orden vigente y formas de insertarse socialmente»4 o bien de intervenir en el espacio de lo común5. Así, prácticas que podían considerarse como expresivas o culturales han devenido políticas al calor de su publicidad y su carácter conflictivo, colectivo y organizado.

Ingresamos, entonces, en la relevancia del proceso de culturización de la política o politización de la cultura, en el cual el protagonismo social y la producción subjetiva de los jóvenes constituyen también una estética particular que es, a la vez, juvenil y alternativa. Al cruzar las producciones estéticas con las dimensiones política y subjetiva se construye una expresión estética juvenil contracultural y alternativa que deviene, en algunas situaciones, en una ética joven en conflicto y en fuga respecto a las tendencias hacia la dominación y la mercantilización de la vida.

Este proceso de culturización y estetización de la política, que implica también que los afectos y las corporalidades adquieran otro lugar en las producciones políticas, se articula con otra emergencia de los últimos años: el territorio como producción política y la política como producción territorial. Así, el proceso de territorialización de la política –a partir del cual el espacio se transforma en una producción política, en una construcción colectiva y relacional–, nos sitúa en la dimensión comunitaria, en donde lo común y lo público no se reducen solo a los ámbitos estatales.

A partir de lo dicho, pensamos que no solo no es comprobable que las juventudes latinoamericanas estén atravesadas por las nociones de apatía, desinterés o despreocupación respecto a la política y las cuestiones públicas. Más bien, estas caracterizaciones podrían aludir a la falta de legitimidad de determinadas formas de la política entre los jóvenes y del escaso compromiso de estos respecto a esas formas, lo cual no significa el rechazo a la política como tal, es decir, como discurso y práctica relacionados con la construcción social de lo común. Entonces, el desinterés o la apatía aparentes no tienen por qué traducirse en la idea de que las nuevas generaciones no valoran las cuestiones públicas o, en otras palabras, de que se trata de generaciones despolitizadas. Por el contrario, podrían permitirnos dar cuenta del modo en que se produce el alejamiento de los jóvenes de las instituciones y prácticas de la política, entendida solo en términos representativos e institucionales. Esto es, dar cuenta de la disminución de la participación en prácticas políticas que podemos denominar «clásicas», así como del alejamiento y la desconfianza hacia las instituciones y actividades convencionales de implicación en la esfera pública. Esto puede verse, por ejemplo, en el caso de Chile, con la constante caída de la participación juvenil en las elecciones, a pesar de la creciente movilización de colectivos juveniles en las calles.

En el mismo sentido, podemos analizar los modos en que la politización se produce a través de otro tipo de prácticas o mediante otros canales que se alejan relativamente de las vías institucionales conocidas de la política, resituándose en espacios alternativos en el plano territorial. Sin embargo, en los últimos años y al calor de los procesos actuales de reconfiguración de algunos Estados y cambios de gobierno en América Latina, es posible identificar un segundo desplazamiento: los jóvenes regresan su mirada al Estado como terreno de disputa y herramienta de cambio social, recentrando la participación política juvenil en el ámbito de la ejecución de políticas públicas y el apoyo a un determinado gobierno. Este movimiento, no obstante, no replica las formas políticas estadocéntricas y liberales clásicas, sino que mantiene, como veremos, la dimensión territorial como base de legitimidad y sustento de su práctica. Desde ya, esto es más visible en algunos países, como Argentina o Venezuela, que en otros; pero también pueden rastrearse evidencias de esta parábola en los casos de Chile y Brasil.

Avanzando, al realizar un recorrido panorámico por las principales experiencias de politización juvenil que se despliegan en América Latina en la actualidad, observamos que se trata de organizaciones que producen movilizaciones que expresan posibilidades políticas de establecimiento de relaciones intergeneracionales, a la vez que tienden puentes entre las movilizaciones de los jóvenes y las de otros movimientos y expresiones sociales colectivas más o menos organizadas. Así, vemos cómo estas movilizaciones superan ampliamente los límites sectoriales (y aun los generacionales), para convertirse en procesos que dinamizan diversas luchas sociales más amplias y expresan impugnaciones al sistema dominante que exceden las cuestiones aparentemente corporativas.

Para profundizar en las interpretaciones acerca de las formas políticas juveniles que compartimos hasta ahora, introduciremos algunos aspectos generales del proceso de movilización social y juvenil que se vive en Brasil desde por lo menos mediados de 2013, enfocados particularmente en la ciudad de San Pablo, epicentro de muchas de las manifestaciones. Por un lado, analizaremos las manifestaciones producidas durante los meses de junio y julio de 2013, que marcaron un quiebre respecto de las formas de protesta y movilización popular en la historia reciente de este país. Por otro, abordaremos las apariciones públicas conocidas como rolezinhos, que consisten en presentaciones de jóvenes de las periferias paulistas en centros comerciales del centro de la ciudad, que causan con su sola presencia un acontecimiento disruptivo que expresa los conflictos profundos que atraviesan a la sociedad brasileña actual.

En cuanto a las movilizaciones callejeras de la segunda mitad de 2013, si bien algunos de sus rasgos podrían rastrearse en movimientos anteriores como Diretas Já, en 1984-1985 (que marcó el fin de la dictadura militar en Brasil) o en las protestas por el Fora Collor, que empujaron el juicio político y la renuncia del presidente Fernando Collor de Mello a fines de 1992, y también en algunas grandes movilizaciones de las organizaciones rurales como el Movimiento Sin Tierra (MST), lo sucedido en 2013 adquirió formas disruptivas y presentó varios elementos innovadores. En efecto, entre los meses de junio y julio decenas de miles de jóvenes se organizaron y movilizaron ocupando calles, plazas y edificios públicos durante varios días; de esa manera, expresaron las limitaciones de los avances políticos y sociales que vivió Brasil en los últimos años. En estas movilizaciones, que no pudieron ser apropiadas por los partidos políticos ni por las corporaciones hegemónicas como los medios masivos de comunicación, se pusieron en juego tanto el sentido y la producción de lo público como los usos de los dineros estatales, las connivencias con las empresas privadas, el uso y apropiación del espacio urbano y las formas de participación política, entre otros puntos.

Más allá de la sorpresa que estas movilizaciones pudieron haber causado en algunos sectores y analistas, si nos enfocamos en lo que acontecía entre los colectivos juveniles de Brasil en los últimos años surgen varios elementos que pueden contribuir a su comprensión. Así, más que sorpresa por una irrupción impensada, que no era imaginable unas semanas antes de los acontecimientos, lo que encontramos es un proceso de creciente conflictividad y organización de los jóvenes urbanos en las principales ciudades desde hace varios años que, sin opacar los elementos de ruptura e imprevisibilidad, nos permite comprender sus rasgos, dinámicas y sentidos con una perspectiva de mediana duración.

Impulsadas en un primer momento por organizaciones urbanas como el Movimiento Pase Libre (MPL), el Movimiento Tarifa Cero (MTZ, que surgió a partir del MPL) y los Comités Populares de la Copa (CPC), que rechazaban la suba de tarifas del transporte público paulista y los grandes gastos que demandan las obras preparatorias para el Mundial de Fútbol, las movilizaciones se fueron masificando. Aunque a los pocos días de iniciado el ciclo de protestas la suba de tarifas del transporte se canceló, el proceso de organización popular continuó y se amplió a numerosos sectores que desbordaron tanto a las organizaciones que promovieron las primeras marchas como a los sectores medios urbanos que las protagonizaron.

De esta manera, podemos decir que las movilizaciones en San Pablo fueron el disparador de una ola de manifestaciones que se expandió por las principales ciudades de Brasil e incorporó luchas locales y demandas más generales que excedieron las cuestiones del transporte, para abarcar asuntos vinculados al uso de los presupuestos públicos, la corrupción, los negocios inmobiliarios, el derecho a la vivienda y a habitar en la ciudad, y las formas de participación política, entre los principales. Lo que se puso en juego fue mucho más que una mera cuestión tarifaria.

El de los rolezinhos es también un fenómeno urbano, pero con características distintas al recién descripto. Se conocen como rolezinhos las irrupciones públicas de jóvenes de las periferias paulistas en centros comerciales que, si bien son lugares públicos, se ven conmocionados ante la presencia masiva de personas que no suelen ser su concurrencia habitual6. Los jóvenes se autoconvocan por redes sociales como Facebook y luego filman sus apariciones, con lo cual la resonancia en internet se multiplica. El objetivo es poner en evidencia que estos espacios públicos dedicados al consumo y el tiempo libre, que declamativamente están abiertos para todos los que ingresen en la lógica de ocio mercantilizado, en realidad están vedados a ciertos grupos sociales que no se ajustan a los cánones hegemónicos.

Estas formas de presentación pública de los jóvenes de la periferia tensionan varios elementos que es importante mencionar. Por un lado, dejan en evidencia las limitaciones y contradicciones de las nociones de «consumidores» y «ciudadanos» que interpelan a las juventudes en la actualidad. Las promesas de consumo como símbolo de bienestar y ascenso social y las consignas que hablan de la ciudadanía como vía de inclusión se muestran impotentes ante la aparición de jóvenes de los suburbios que lo único que hacen es ser ellos mismos, pero ya no recluidos en sus espacios y barrios, sino en otros ámbitos por los que no circulan cotidianamente. Pareciera que no hay problema si los jóvenes permanecen en la periferia; el conflicto comienza cuando osan circular y traspasar límites simbólicos, que no por poco visibles son menos reales y efectivos. Como si el aumento de las tarifas del transporte y otras formas de segregación urbana no alcanzaran; es necesaria la represión abierta cuando los jóvenes de sectores populares se manifiestan y habitan otros ámbitos.

Coincidimos con la antropóloga brasileña Silvia Borelli, quien afirmó que «estamos viendo formas de movilización diferentes en las que se combinan la cultura, el consumo, el placer y nuevas formas de hacer política»7. Lo que está en juego es el concepto mismo de espacio público. Los jóvenes lo tensionan y muestran sus limitaciones, a la vez que lo ocupan, reapropian y reconfiguran. Se discuten así también las modalidades de acceso, uso y derecho a la ciudad, y las apropiaciones y formas legítimas de habitar el espacio urbano. Al mismo tiempo, ambas expresiones de movilización juvenil hacen visible un cuestionamiento más general que expuso las limitaciones del modelo de acumulación y el sistema político de Brasil. A pesar de los cambios de los últimos años, este país continúa teniendo una alta desigualdad social, étnica, de género, territorial y generacional, con graves problemas en la salud y la educación públicas y con ciudades expulsivas y segregadas. En efecto, en los dos momentos de movilización se produjo un interesante aunque breve proceso de confluencia –no sin tensiones y contradicciones– entre los sectores medios y las periferias pobres de grandes ciudades como San Pablo o Río de Janeiro. Jóvenes universitarios, profesionales y habitantes de barrios residenciales se encontraron en las calles con los colectivos juveniles de las periferias, establecieron relaciones iniciales en algunos casos y fortalecieron vínculos originados en trabajos comunitarios y territoriales en otros8. Por algunos días o semanas, los jóvenes de las periferias pudieron habitar con cierta legitimidad el centro de las ciudades, superando prejuicios y segregaciones. Muchos de los jóvenes de sectores medios que pudieron haber apoyado la creación de las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) para controlar represivamente las favelas de Río de Janeiro y garantizar la seguridad de los barrios residenciales se hallaban junto a personas jóvenes como ellos que seguramente fueron objeto de esa represión. Estas confluencias y convivencias pueden tener efectos inesperados, que aún no pueden ser apreciados por el corto tiempo transcurrido desde los acontecimientos.

A partir de lo dicho, podemos destacar dos rasgos característicos de estos procesos de movilización juvenil analizados en la mediana duración. Por un lado, se trata de movilizaciones que superan ampliamente los reclamos sectoriales, para discutir cuestiones más amplias y cuestionar la dinámica urbana del Brasil actual. Sobre todo, en lo que hace al mercado inmobiliario, la vivienda y el derecho a transitar libremente y sin restricciones por la ciudad, rompiendo la segregación espacial que limita las posibilidades de apropiación de la ciudad por parte de amplios sectores de la población, en especial jóvenes de las periferias. Asimismo, los colectivos y organizaciones que impulsaron este proceso expresan otras formas de habitar la ciudad y de uso, apropiación y producción de lo público, no solo en el plano espacial concreto, sino también en cuanto al transporte y las condiciones que posibilitan la libre movilidad urbana, el derecho al ocio, también mediante formas estéticas y artísticas de intervenir la ciudad con murales, grafitis o pixaçoes9.

Por otra parte, estos procesos también expresaron formas alternativas de producción y práctica políticas, distintas de las dominantes. No solo porque se cuestionó la capacidad del Estado para ejecutar políticas públicas que tiendan al bienestar común y no al negocio para pocos, sino también porque se dejaron en evidencia las limitaciones de la organización partidaria para llevar adelante procesos de movilización social disruptivos y masivos. Y, finalmente, porque se desplegaron formas de organización interna y de articulación entre colectivos que se basaron en la discusión de las jerarquías y la participación directa –no delegada o mediada–, tanto en la deliberación como en la toma y ejecución de las decisiones.

Para concluir, presentaremos los rasgos que las movilizaciones descriptas comparten con otras organizaciones juveniles y que configuran las formas de la política en la América Latina actual. Entre ellos destacamos:

- la construcción de vínculos con el Estado basados en una interlocución directa, sin mediaciones. El diálogo entre los movimientos y el Estado se plantea sin la intermediación de partidos políticos o sindicatos y también sin la designación de representantes permanentes. Muchas veces el vínculo se produce a través de los medios de comunicación. Esta relación distinta que se busca constituir expresa otra forma de entender y practicar la política, en la cual las modalidades organizativas y la construcción de lazos sociales son tan importantes como el logro de objetivos inmediatos y la exhibición de logros absolutos. Asimismo, se plantea una relación simétrica, pero no especular, y se busca llevar al Estado al terreno del movimiento más que adaptar la organización a las modalidades de negociación impuestas por las instituciones existentes;

- transformaciones en las formas de presentación de las movilizaciones sociales en América Latina, que se expresaron en el crecimiento de otros modos de escenificar la presencia colectiva en el espacio público, sobre todo a través de la acción directa. Estas formas de acción directa están ligadas a las modalidades de democracia directa que caracterizan la disposición interna de las organizaciones –estimulando la participación más que la delegación o representación–, e instituyeron una forma política que denominamos en otros trabajos «política con el cuerpo» o «política de cuerpo presente»10. Entre otras cosas, esta modalidad fue una expresión del carácter indelegable que adquirió la política. Es decir, hizo visible el cuestionamiento a la posibilidad de delegar la representación del propio cuerpo y la propia voz. Así, la acción directa y la política con el cuerpo se volvieron fundamentales, ya que no solo permitieron enunciar necesidades o aspiraciones, sino que a la vez instituyeron formas de visibilidad social y de creación de valores y símbolos colectivos. Por eso, no solo fue relevante la visibilización de los cuerpos sino, además, el proceso que podemos denominar «carnavalización de la protesta»: «la dramatización de los referentes identitarios, la imaginación para captar la atención de los medios de comunicación, trastoca las relaciones en el espacio público y señala la transformación en los modos de hacer política»11. Se constituye entonces una estética singular creada en torno de las acciones colectivas juveniles en la que lo político y lo artístico-cultural se encuentran inevitablemente articulados;

- las formas y tecnologías de la comunicación y la información –en particular, las redes sociales– no solo son un canal fundamental de expresión y visibilidad de los movimientos, sino que constituyen un componente relevante para comprender la constitución y consolidación de estas organizaciones. Así, estas redes se convierten en un territorio de acción política similar a otros. Por un lado, allí se produce una disputa por el control. Por otro, se despliegan formas de comunicación interna y de acercamiento de nuevos miembros y adherentes, a la vez que se constituyen alternativas informativas frente a los medios masivos y corporativos;

- la institución de formas alternativas de lo público, no solo en cuanto a su uso o apropiación, sino también en lo referido a la producción de espacios públicos no estatales y no mercantiles, a partir de lógicas comunitarias. Una concepción de lo público en tanto lo común, una posibilidad para estar juntos con una composición distinta –y a veces en fuga–, que tensiona las dinámicas hegemónicas que promueven la segregación y la competencia. Esta constitución de lo público no entendido solo como lo estatal se vincula con lo que en otros trabajos denominamos «forma social ocupación»12, en tanto modo particular de uso, apropiación y producción del espacio público y la dinámica comunitaria;

- un último punto que nos interesa señalar se vincula con el reciente proceso por el cual la juventud se convierte en una causa pública que produce adhesiones y movilización política. Esta cuestión fue abordada por la socióloga argentina Melina Vázquez y nos parece sumamente estimulante para estudiar los movimientos que trabajamos. En muchas experiencias, esto se complementa con una apelación a lo juvenil que es utilizada para connotar novedad, es decir, como símbolo de una forma de la política que se reconoce como nueva. De esta manera, muchos conflictos políticos aparecen expresados en clave de disputa generacional, contraponiendo a los jóvenes movilizados con las estructuras políticas definidas como tradicionales, a menudo identificadas con los partidos políticos o las instituciones estatales. Ser joven se convierte así en un valor político que simboliza una tensión –a veces opuesta o contradictoria– con las anteriores formas de hacer política que se consideran agotadas o impotentes en la coyuntura en la cual el movimiento despliega su acción. El cuestionamiento al sistema político, entonces, no se traduce en un alejamiento de los jóvenes organizados respecto a la política como tal, sino más bien en iniciativas colectivas de producción política alternativa y en tensión con las dominantes.

Resumiendo, pensamos que las movilizaciones juveniles producidas en América Latina en los últimos años expresan: vocación persistente para proponer alternativas innovadoras, capacidad para manifestar rasgos sociales generales y potencia para continuar protagonizando los procesos sociales de movilización, conflicto y cambio. Así, las organizaciones juveniles que dinamizan las movilizaciones sociales en la América Latina actual pueden interpretarse como expresión visible y radical de las transformaciones que la región necesita.

  • 1. P. Vommaro: «Juventud y política» en aavv: Diccionario internacional de derecho del trabajo y de la seguridad social, Tirant Lo Blanch / ltr, Madrid-San Pablo, 2013.
  • 2. E. Rodríguez: Movimientos juveniles en América Latina: entre la tradición y la innovación, Celaju / Unesco, Montevideo, 2013.
  • 3. Para ampliar estas cuestiones, v. Melina Vázquez: «En torno a la construcción de la juventud como causa pública durante el kirchnerismo: principios de adhesión, participación y reconocimiento» en Revista Argentina de Estudios de Juventud vol 1 No 7, 2013; y M. Vázquez y P. Vommaro: «Con la fuerza de la juventud: aproximaciones a la militancia kirchnerista desde La Cámpora» en Germán Pérez y Ana Natalucci (comps.): Vamos las bandas. Organizaciones y militancia kirchneristas, Nueva Trilce, Buenos Aires, 2012.
  • 4. Rossana Reguillo: Emergencia de culturas juveniles. Estrategias del desencanto, Norma, Buenos Aires, 2000.
  • 5. Pedro Núñez: «Protestas estudiantiles: interrelaciones entre escuela media y cultura política» en Propuesta Educativa No 35, 2011.
  • 6. En algunos rolezinhos, como los que ocurrieron en varios centros comerciales paulistas entre los meses de diciembre de 2013 y enero y febrero de 2014, se llegaron a reunir más de 6.000 jóvenes.
  • 7. Declaraciones incluidas en «Brasil: centros comerciales de Brasil se preparan para invasión de ‘rolezinhos’, jóvenes que bajan de las favelas» en Infobae, 15/1/2014.
  • 8. Esto se produjo tanto durante las movilizaciones de 2013, como en las marchas de repudio a la represión contra los rolezinhos en San Pablo a comienzos de 2014.
  • 9. Las pixaçoes surgen de una práctica similar al grafiti en la cual los pixadores realizan inscripciones callejeras con tipografías singulares y distintivas, generalmente en forma clandestina u oculta. En San Pablo existen decenas de colectivos juveniles de pixadores que despliegan sus propuestas estéticas en las paredes de la ciudad.
  • 10. P. Vommaro: «Política, territorio y comunidad: las organizaciones sociales urbanas en la zona sur del Gran Buenos Aires (1970-2000)», tesis doctoral, Facultad de Ciencias Sociales, uba, 2010.
  • 11. R. Reguillo: ob. cit.
  • 12. V. por ejemplo, P. Vommaro: «Política, territorio y comunidad: las organizaciones sociales urbanas en la zona sur del Gran Buenos Aires», cit.